Mag-log in
ENNY
—Algún día voy a dejar de ser la mujer que escondes... o este va a ser mi lugar para siempre?
Luca sonrió de lado, me atrapó por la cintura con la soltura de quien se sabe dueño de la casa y me jaló contra su pecho. Olía a sándalo de su loción, ese aroma penetrante que se me pegaba a las sábanas y a la piel durante días. Sus dedos se entrelazaron en mi espalda sin prisa mientras la luz ámbar del atardecer se filtraba por las persianas a medio cerrar.
—Otra vez esa cara, Enny —murmuró contra mi cuello, buscándome la boca con besos cortos que me obligaron a aflojar los hombros—. La cara que pones cuando te da por armar tragedias en tu cabecita.
—Es en serio, Luca —insistí, apoyando las palmas contra sus pectorales para marcar una distancia mínima—. Hoy en la oficina me levantaste la voz delante de la gente de contabilidad solo porque me retrasé cinco minutos con los informes de cierre.
Él soltó una risa corta que le retumbó en el pecho.
—Había tres directores parados a la mitad del pasillo, no podemos darles motivos para que sospechen nada. Sabes perfectamente cómo vuela el chisme en Ferrer Corp.
—Y hace dos horas me estabas besando detrás de los archiveros del cuarto piso como si te fueras a morir si no me tocabas.
—Y lo volvería a hacer —atrapó mi labio inferior con los dientes, apretando con la fuerza justa para sacarme un respingo—. Sabes por qué hacemos esto. Mi padre tiene la vista puesta en cada uno de mis pasos, vigila hasta con quién me siento a comer. Siempre admiré que fueras diferente a las mujeres que me rodean, Enny. Tienes una cabeza brillante, eres recta, no andas buscando figurar, por eso confió en ti.
El cumplido me apreto el pecho, pero no fue suficiente para apagar la punzada que llevaba semanas atragantada en mi garganta.
— ¿Cuándo voy a conocer a tu familia?
Luca soltó mi cintura, fue un movimiento sutil, pero la tibieza de la habitación se evaporó de golpe. Antes de responder, deslizó la mirada hacia el buró de la cama, fijando los ojos un instante de más en la carátula de su reloj de pulsera. Luego se pasó la mano por el cabello con un gesto ensayado, desviando la cara hacia la ventana antes de volver a mirarme.
—Después del lanzamiento del proyecto de Nueva York —dijo, bajando el tono con demasiada soltura.
—¿Me lo prometes? —me incorporé despacio, sujetando la sábana contra el pecho.
Él se giró a mirarme, se inclinó sobre la cama, me tomó el rostro con ambas manos y me besó la frente con una tibieza que terminó por desarmar cualquier defensa.
—Voy a hablar con mi padre, Enny. Después de esta semana dejarás de ser mi secreto. Te voy a presentar como lo que eres: la mujer que elegí. Cuando termine este compromiso familiar... seremos solo tú y yo.
Tres días después, el olor a desinfectante del consultorio me raspaba la nariz. Estaba acostada en una camilla metálica con las piernas cubiertas por una sábana de papel que crujía con cada movimiento.
La médica activó el transductor con gel frío sobre mi vientre. El único sonido en el cuarto era el chasquido del teclado donde ingresaba mis datos.
—¿Puedes ver? —preguntó la doctora, girando la pantalla hacia mi lado.
Me quedé sin aire.
—Es un punto blanco —dijo con una sonrisa amable—. Está de seis semanas, señorita Arizmendi. Ese punto ya le cambió la vida.
Apreté el papel de la camilla hasta romperlo, una lágrima se me escapó por la emoción, perdiéndose entre mi cabello. Un bebé, nuestro bebe. La prueba de que estos dos años de esperas a deshoras, de llamadas a medianoche y de viajes que pagué con mis propios ahorros para alcanzarlo en sus giras tenían un sentido. Había rechazado ofertas en dos despachos de prestigio en la capital para quedarme en su área de archivos, ganando un sueldo modesto para no entorpecer su carrera. Todo el esfuerzo al fin tenía un puerto.
Salí a la calle y el aire caliente de la tarde me pareció limpio, guardé la ecografía dentro de mi bolso junto al comprobante del cajero automático que acababa de sacar. Después de cubrir las deudas médicas de mi madre y enviar dinero durante meses a mi familia en provincia, mis ahorros apenas alcanzaban para sobrevivir tres semanas más. Pero ya no importaba, Luca y yo formaríamos una familia.
Saqué el teléfono con la mano temblorosa.
Enny: Tengo una sorpresa.
Luca: ¿No puedes esperar al viernes?
Enny: No. Esta vez no.
Luca: Me estás asustando.
Enny: Te juro que es la mejor noticia de tu vida.
Luca: Entonces yo tengo otra para ti.
Enny: ¿Cuál?
Luca: Que ya quiero verte.
Sonreí en medio de la acera, abracé el sobre amarillo con la ecografía contra el pecho, sintiendo un calor firme debajo de las costillas. Por primera vez en dos años, no sentí miedo.
Tomé un taxi directo a la residencia de los Ferrer, pero cuando el auto dobló en la última calle, la escena me tomo por sorpresa.
La casona estaba iluminada de punta a punta, autos deportivos y camionetas blindadas ocupaban ambos lados de la avenida. Valets de chaleco rojo corrían abriendo puertas, había arreglos enormes de flores blancas en los portones de hierro y decenas de personas en traje largo y esmoquin subían la escalinata.
Me bajé del taxi a media cuadra, avancé entre los invitados sintiéndome fuera de lugar con mi abrigo sencillo y mis zapatos de piso. Luca no me había dicho nada de una fiesta.
Al llegar a la reja principal, un guardia de seguridad me cerró el paso poniendo un brazo firme al frente.
—Señorita, su invitación.
—No tengo —tragué saliva, sintiendo la mirada de arriba abajo de una mujer cubierta de joyas que pasaba a mi lado—. Vengo a ver a Luca Ferrer, necesito hablar con él.
El guardia frunció el ceño, a punto de tomarme del brazo para sacarme de la fila, cuando un hombre canoso que pasaba cerca le hizo un gesto indiferente.
—Déjala pasar, es la abogada del departamento de archivos de la empresa. Seguro trae algún expediente que olvidaron en la oficina.
El guardia se hizo a un lado, crucé el portón no como la mujer que Luca amaba, sino como la empleada que llevaba los papeles.
El salón olía a perfume caro, a puros y a champán. Me acomodé torpemente cerca de un ventanal, buscándolo entre la gente. Me imaginaba su cara cuando viera la ecografía, la forma en que me sacaría de ahí sin importar la gente.
De pronto, un golpe seco sobre una copa de cristal silenció el murmullo de las voces. Don Humberto Ferrer estaba parado a la mitad de la gran escalera de mármol.
—Esta noche celebramos dos acontecimientos cruciales para nuestra familia —su voz resonó limpia por los altavoces—. El regreso de mi hijo mayor... Valentino Ferrer.
Un aplauso medido recorrió el salón, algunos empresarios comentaron en voz baja que el verdadero heredero estaba de vuelta. Don Humberto esperaba que el sonido cediera antes de continuar con un ademán firme.
—Y el compromiso oficial de mi hijo menor, Luca... con la señorita Ana Paula Villaseñor.
La sangre se me dreno de golpe. El corazón me dio un vuelco tan violento que me dejó sorda.
Luca apareció en lo alto de la escalera, impecable en un esmoquin negro. Tenía del brazo a una mujer joven, de vestido claro y una elegancia natural. Ella levantó la mano para mostrar un diamante enorme en su dedo anular, mientras Luca la miraba con una atención absoluta, bajando los escalones a su lado entre felicitaciones y copas en alto.
El sobre con la ecografía se me resbaló de las manos.
El papel amarillo cayó al piso de mármol, justo a un lado de mis zapatos. La imagen del pequeño punto blanco quedó mirando al techo.
Levante la vista, Luca ya no sonreía, sus ojos claros se habían encontrado directo con los míos en medio de la multitud.
Durante un segundo entero... ninguno de los dos respiró.
Entonces comprendí que el hombre que me había prometido un futuro acababa de destruir el mío y por la expresión de sus ojos…él acababa de entender que descubrí su mentira
LUCAEntregué mi teléfono a Claudia sin pedir condiciones, la abogada lo observó como si esperara que explotara sobre su escritorio.—Mensajes, grabaciones, correos y los números utilizados por Salcedo —dije—. También encontrará conversaciones con el padre de Ana.—¿Sabe que está entregando pruebas que pueden perjudicarlo?—Sí.—Quiero escucharlo decirlo con claridad. Después no asegurará que revisamos información sin autorización.Me senté frente a ella.—Autorizo que extraigan todo lo relacionado con las transferencias, Consultoría Monteverde, Salcedo y las sociedades vinculadas con los Villaseñor.Claudia encendió una grabadora.—¿Incluyendo mensajes que demuestren su participación en la primera operación?—Incluyendo esos.Por primera vez desde que la conocía, pareció sorprendida.—Esto no elimina su responsabilidad.—No vine a pedirle que la eliminé.—Entonces ¿qué quiere?Miré el teléfono.Quería recuperar mi puesto, destruir a los Villaseñor antes de que utilizaran la grabación
ANA PAULALuca esperó a que se cerrara la puerta de la sala privada, después arrancó el micrófono que todavía llevaba sujeto al vestido y lo arrojó sobre una mesa.—¿En qué estabas pensando?La enfermera había salido para darnos privacidad. Mi madre permanecía al otro lado de la puerta junto con Humberto y una multitud de periodistas que ya anunciaban el heredero que aún no existía.—En evitar que mañana todos publiquen que dejé de servirte.—Acabas de anunciar un hijo que nunca acordamos tener.—¿Ibas a acordarlo conmigo? Apenas puedes mirarme sin recordar las escaleras.—No vuelvas a utilizar eso.—¿Qué parte? ¿La caída, el bebé muerto o que me quitaron el útero?Luca caminó de un lado a otro. La furia tensaba su espalda. Yo sentía humedad debajo del vestido, cerca de la herida, pero no iba a decírselo. Si pedía un médico, terminaría la discusión y volverían a tratarme como a una mujer demasiado frágil para decidir.—No sabes siquiera si pueden obtener tus óvulos —dijo.—Mis ovarios
VALENTINOEnny rechazó al maquillista que Humberto envió a la residencia.—No voy a presentarme frente a la prensa como si asistiera a una fiesta.La mujer guardó sus brochas con rapidez. Yo permanecí cerca de la puerta, observando a Enny ajustar el cuello de su blusa frente al espejo. Había elegido un traje color crema. No llevaba joyas, excepto la alianza. Su cabello caía suelto sobre los hombros y las ojeras seguían visibles.Parecía cansada, también parecía preparada para destruir a cualquiera que intentara llamarla amante comprada.—¿Vas a decirme que debería cambiarme? —preguntó al encontrarme en el espejo.—No.—Llevas varios minutos mirándome.—Eso no significa que quiera cambiar algo.Su expresión se suavizó apenas. Me acerqué y puse las manos sobre su cintura. Esperé a que se tensara, pero no lo hizo.—Si en algún momento quieres salir, nos iremos.—Sin decidirlo por mí.—Sin decidirlo por ti.—Estás aprendiendo.—Despacio.Enny giró entre mis brazos. Me arregló la corbata,
ENNY —También utilizaron la firma de Enny para pagar la boda con la que la reemplazaste. Nadie habló después de que Valentino pronunciara aquellas palabras. Yo seguía mirando los comprobantes sobre la mesa. El hotel, la empresa organizadora, la joyería. Cada nombre representaba una parte de la celebración a la que entré del brazo de Valentino mientras todos me observaban como a la amante despechada. Una boda pagada con dinero robado de Ferrer, una boda pagada usando mi identidad. —Yo no sabía esto —dijo Luca. —Qué extraño —respondí—. Nunca sabes nada. —Enny… —No me expliques que solo autorizaste el primer pago. Ya lo escuché. Recogí las hojas. Mis dedos temblaban tanto que una cayó al piso. Valentino se inclinó para recogerla, pero yo lo hice primero. No quería que nadie recogiera nada por mí en aquel momento. —Necesitamos rastrear cada movimiento —dijo Claudia—. También debemos determinar si los proveedores conocían el origen d
LUCAEl guardia puso una mano delante del lector antes de que acercara mi tarjeta por segunda vez.—Señor Ferrer, tengo instrucciones de no permitirle el acceso al piso ejecutivo.Durante años aquel hombre se había levantado cuando yo entraba. Sabía cómo tomaba el café, qué automóvil utilizaba y qué empleados podían subir sin cita.Ahora evitaba mirarme.—Mi apellido continúa en la fachada —respondí.—Lo sé, señor.—Entonces retira la mano.—No puedo hacerlo.Dos empleados esperaban el elevador detrás de mí. Fingían revisar sus teléfonos, pero escuchaban cada palabra.—¿Quién dio la orden?—El señor Humberto Ferrer.Mi padre.No Valentino. No el consejo ni los auditores. Humberto había ordenado impedirme el acceso a la o
ENNY El guardia de la entrada me reconoció. Lo vi en la forma en que abrió los ojos y después bajó la mirada hacia mi gafete de visitante. Meses atrás había sido uno de los hombres que me acompañaron hasta la calle mientras cargaba una caja con mis cosas. Ahora abrió la puerta de Ferrer Corp y me llamó señora Ferrer. —Licenciada Arizmendi —lo corregí. El hombre parpadeó. —Disculpe, licenciada. Valentino caminaba a mi lado. No dijo nada, pero sentí que me observaba. Llevaba un traje oscuro y la misma expresión cerrada con la que entraba a cualquier lugar dispuesto a demostrar que no necesitaba permiso. A partir de aquella mañana, ocupaba temporalmente la dirección general. Yo solo quería atravesar el vestíbulo sin recordar el día en que me sacaron como a una delincuente, no lo conseguí. El mármol seguía igual. También el olor a café que llegaba desde la recepción y el sonido de los elevadores. Incluso la mujer detrás del mostrador era la misma. Me miró, fingió revisar







