MasukLUCA
El guardia puso una mano delante del lector antes de que acercara mi tarjeta por segunda vez.—Señor Ferrer, tengo instrucciones de no permitirle el acceso al piso ejecutivo.Durante años aquel hombre se había levantado cuando yo entraba. Sabía cómo tomaba el café, qué automóvil utilizaba y qué empleados podían subir sin cita.Ahora evitaba mirarme.—Mi apellido continúa en lLUCAEntregué mi teléfono a Claudia sin pedir condiciones, la abogada lo observó como si esperara que explotara sobre su escritorio.—Mensajes, grabaciones, correos y los números utilizados por Salcedo —dije—. También encontrará conversaciones con el padre de Ana.—¿Sabe que está entregando pruebas que pueden perjudicarlo?—Sí.—Quiero escucharlo decirlo con claridad. Después no asegurará que revisamos información sin autorización.Me senté frente a ella.—Autorizo que extraigan todo lo relacionado con las transferencias, Consultoría Monteverde, Salcedo y las sociedades vinculadas con los Villaseñor.Claudia encendió una grabadora.—¿Incluyendo mensajes que demuestren su participación en la primera operación?—Incluyendo esos.Por primera vez desde que la conocía, pareció sorprendida.—Esto no elimina su responsabilidad.—No vine a pedirle que la eliminé.—Entonces ¿qué quiere?Miré el teléfono.Quería recuperar mi puesto, destruir a los Villaseñor antes de que utilizaran la grabación
ANA PAULALuca esperó a que se cerrara la puerta de la sala privada, después arrancó el micrófono que todavía llevaba sujeto al vestido y lo arrojó sobre una mesa.—¿En qué estabas pensando?La enfermera había salido para darnos privacidad. Mi madre permanecía al otro lado de la puerta junto con Humberto y una multitud de periodistas que ya anunciaban el heredero que aún no existía.—En evitar que mañana todos publiquen que dejé de servirte.—Acabas de anunciar un hijo que nunca acordamos tener.—¿Ibas a acordarlo conmigo? Apenas puedes mirarme sin recordar las escaleras.—No vuelvas a utilizar eso.—¿Qué parte? ¿La caída, el bebé muerto o que me quitaron el útero?Luca caminó de un lado a otro. La furia tensaba su espalda. Yo sentía humedad debajo del vestido, cerca de la herida, pero no iba a decírselo. Si pedía un médico, terminaría la discusión y volverían a tratarme como a una mujer demasiado frágil para decidir.—No sabes siquiera si pueden obtener tus óvulos —dijo.—Mis ovarios
VALENTINOEnny rechazó al maquillista que Humberto envió a la residencia.—No voy a presentarme frente a la prensa como si asistiera a una fiesta.La mujer guardó sus brochas con rapidez. Yo permanecí cerca de la puerta, observando a Enny ajustar el cuello de su blusa frente al espejo. Había elegido un traje color crema. No llevaba joyas, excepto la alianza. Su cabello caía suelto sobre los hombros y las ojeras seguían visibles.Parecía cansada, también parecía preparada para destruir a cualquiera que intentara llamarla amante comprada.—¿Vas a decirme que debería cambiarme? —preguntó al encontrarme en el espejo.—No.—Llevas varios minutos mirándome.—Eso no significa que quiera cambiar algo.Su expresión se suavizó apenas. Me acerqué y puse las manos sobre su cintura. Esperé a que se tensara, pero no lo hizo.—Si en algún momento quieres salir, nos iremos.—Sin decidirlo por mí.—Sin decidirlo por ti.—Estás aprendiendo.—Despacio.Enny giró entre mis brazos. Me arregló la corbata,
ENNY —También utilizaron la firma de Enny para pagar la boda con la que la reemplazaste. Nadie habló después de que Valentino pronunciara aquellas palabras. Yo seguía mirando los comprobantes sobre la mesa. El hotel, la empresa organizadora, la joyería. Cada nombre representaba una parte de la celebración a la que entré del brazo de Valentino mientras todos me observaban como a la amante despechada. Una boda pagada con dinero robado de Ferrer, una boda pagada usando mi identidad. —Yo no sabía esto —dijo Luca. —Qué extraño —respondí—. Nunca sabes nada. —Enny… —No me expliques que solo autorizaste el primer pago. Ya lo escuché. Recogí las hojas. Mis dedos temblaban tanto que una cayó al piso. Valentino se inclinó para recogerla, pero yo lo hice primero. No quería que nadie recogiera nada por mí en aquel momento. —Necesitamos rastrear cada movimiento —dijo Claudia—. También debemos determinar si los proveedores conocían el origen d
LUCAEl guardia puso una mano delante del lector antes de que acercara mi tarjeta por segunda vez.—Señor Ferrer, tengo instrucciones de no permitirle el acceso al piso ejecutivo.Durante años aquel hombre se había levantado cuando yo entraba. Sabía cómo tomaba el café, qué automóvil utilizaba y qué empleados podían subir sin cita.Ahora evitaba mirarme.—Mi apellido continúa en la fachada —respondí.—Lo sé, señor.—Entonces retira la mano.—No puedo hacerlo.Dos empleados esperaban el elevador detrás de mí. Fingían revisar sus teléfonos, pero escuchaban cada palabra.—¿Quién dio la orden?—El señor Humberto Ferrer.Mi padre.No Valentino. No el consejo ni los auditores. Humberto había ordenado impedirme el acceso a la o
ENNY El guardia de la entrada me reconoció. Lo vi en la forma en que abrió los ojos y después bajó la mirada hacia mi gafete de visitante. Meses atrás había sido uno de los hombres que me acompañaron hasta la calle mientras cargaba una caja con mis cosas. Ahora abrió la puerta de Ferrer Corp y me llamó señora Ferrer. —Licenciada Arizmendi —lo corregí. El hombre parpadeó. —Disculpe, licenciada. Valentino caminaba a mi lado. No dijo nada, pero sentí que me observaba. Llevaba un traje oscuro y la misma expresión cerrada con la que entraba a cualquier lugar dispuesto a demostrar que no necesitaba permiso. A partir de aquella mañana, ocupaba temporalmente la dirección general. Yo solo quería atravesar el vestíbulo sin recordar el día en que me sacaron como a una delincuente, no lo conseguí. El mármol seguía igual. También el olor a café que llegaba desde la recepción y el sonido de los elevadores. Incluso la mujer detrás del mostrador era la misma. Me miró, fingió revisar







