MasukENNY
—Quiero que me recuerdes por qué ninguna otra mujer podría ocupar mi lugar.
Valentino se levantó del sofá.
El pantalón ligero que había usado para dormir marcaba con claridad el efecto que mis palabras habían provocado. Su pecho estaba desnudo, el cabello desordenado y sus ojos recorrían mis piernas debajo de la camiseta.
No vino hacia mí inmediatamente.
—Eso no es suficiente &md
VALENTINOLa escuché decir que se quedaría tres meses y sentí que algo se cerraba alrededor de mi garganta.Había prometido que la decisión sería suya. Durante varios segundos intenté comportarme como el hombre que acababa de asegurarle que podía elegir. Quise felicitarla, preguntarle cuándo comenzaba la asignación y decir que encontraríamos una forma de continuar. Ninguna de esas frases consiguió salir.—No —respondí.Enny soltó una risa incrédula.—Tardaste menos de un minuto en olvidar todo lo que dijiste.—No te estoy prohibiendo aceptar. Te estoy diciendo que no quiero que lo hagas. Puedes tomar la decisión de todas maneras, pero no voy a mentirte para parecer un esposo razonable. Me parece una pésima idea y creo que una parte de ti la eligió porque sabe que me duele.Su cara cambió. Había acertado.—Sí —admitió—. Hay una parte de mí que disfruta verte incómodo. Quiero que pases una noche preguntándote dónde estoy, con quién hablo y si puedo descubrir que mi vida funciona sin ti.
ENNY—No me preguntes si voy a aceptar —le advertí a Valentino—. Después de lo que hiciste, todavía no sé si quiero que tu opinión pese en esta decisión.Permaneció junto al automóvil, con la camisa arrugada y una sombra debajo de los ojos. No parecía el hombre capaz de silenciar una junta, sino un esposo que ignoraba si tenía derecho a acercarse.—No voy a preguntarte qué decidirás —respondió—. Quiero saber qué deseas. No es lo mismo.—En este momento deseo que no conviertas una oportunidad laboral en una prueba para medir cuánto te amo.—Tres meses lejos de casa no son una semana difícil, Enny. No voy a fingir que escuchar la oferta no me dejó la sensación de que alguien acababa de abrir una puerta y tú estabas buscando una razón para cruzarla.—Tal vez porque cada vez que intento construir algo propio apareces detrás de mí, revisas quién me escribe y terminas recordándome por qué necesito una puerta.El golpe llegó. Lo vi en la manera en que tensó la boca. Una parte de mí se sintió
VALENTINOSupe que había cruzado el límite antes de enviar el mensaje.Eso era lo peor. No podía culpar al alcohol ni fingir que el impulso me había sorprendido. Vi el nombre de Santiago en la pantalla, recordé su mano en la espalda de mi esposa y contesté porque me importó más marcar mi lugar que respetar el de ella.Enny estaba frente a mí con la bata abierta y el cabello húmedo. Minutos antes había gemido mi nombre. Ahora quería arrancarme de la habitación junto con todo lo que habíamos compartido.—Dame una sola razón para no echarte de Monterrey esta noche —dijo.—No tengo una que convierta lo que hice en algo aceptable. El mensaje apareció, pensé en él buscando una intimidad contigo después de la cena y reaccioné.—No reaccionaste. Elegiste. Desbloqueaste mi teléfono,
ENNYEl apretón de manos duró demasiado.Santiago soltó primero. No pareció intimidado, aunque miró a Valentino con la precaución que provocaba un hombre incapaz de disimular sus ganas de apartarte.—La cena es con los socios y el equipo —aclaré antes de que convirtieran el vestíbulo en territorio de conquista—. Santiago vino porque pasaremos primero por las oficinas.Valentino introdujo una mano en el bolsillo del pantalón. La otra permaneció cerca de mi cintura sin llegar a tocarme.—No necesito una explicación. Enny ya me dejó claro que este viaje pertenece a su trabajo. Solo me gusta saber quién estará cerca de ella hasta la madrugada.—Entonces te ahorraré la investigación —respondió Santiago—. Soy el director jurídico, estoy divorciado y no tengo antecedentes penales. Si necesitas algo más, puedes pedírselo directamente a tu esposa. Ella parece capaz de contestar sola.La mandíbula de Valentino se endureció. Tomé su café antes de que terminara sobre la camisa de alguien.—Nos vem
VALENTINOPrometer que no la tocaría fue un error.Enny se quitó los zapatos, dejó el saco sobre una silla y caminó hacia el baño. No intentaba seducirme. Solo era una mujer cansada que sabía que su esposo la deseaba y todavía no decidía qué hacer con ese poder.—Puedes servirte algo mientras me baño —dijo—. Hay whisky en el minibar, aunque tal vez necesites toda la botella para cumplir tu promesa.—No necesito alcohol. Necesito que dejes de provocarme.—Yo solo estoy caminando, Valentino. El problema es lo que haces en tu cabeza cuando me miras.Cerró la puerta sin poner el seguro. El sonido del agua comenzó unos segundos después.Permanecí junto a la ventana, preguntándome en qué momento me había convertido en un hombre capaz de comprar un boleto porque su esposa pasaría tres semanas lejos. Antes de Enny, podía abandonar un país sin despedirme. Ahora entendía que llevaba años evitando necesitar algo que pudiera morir, traicionarme o elegir a otro.Enny reunía las tres posibilidades.
ENNYValentino consiguió sentarse a mi lado en el avión.No pregunté cuánto había pagado para cambiar su asiento. Me acomodé junto a la ventanilla, coloqué la carpeta de Claudia sobre mis piernas y fingí que podía concentrarme mientras su rodilla rozaba la mía.Yo había dejado claro que él dormiría solo. Valentino insistía en discutirlo en Monterrey, como si mi cama fuera una negociación pendiente.—Vamos a discutirlo ahora —dije cuando el avión comenzó a moverse—. No vas a presentarte en mis reuniones, no llamarás a Claudia para preguntar por mis horarios y no utilizarás tu apellido para averiguar con quién estoy. Este viaje es importante para mí. Si conviertes mi trabajo en otra prueba de nuestro matrimonio, tomaré el primer vuelo de regreso y continuaré desde otra ciudad si es necesario.Valentino no sonrió. Tampoco intentó tocarme.—Compré un boleto, Enny. No compré tu agenda. Puedo aceptar que trabajes sin mí, pero no voy a fingir que me resulta fácil verte marcharte después de t







