Se connecterTara Stuart solo quería empezar su vida después de recibirse de abogada. No esperaba encontrar a un hombre herido detrás de su departamento. No esperaba descubrir que se llamaba Vicente Espartaco. Y mucho menos esperaba que, días después, el tio de Vicente apareciera frente a ella. Neakail Espartaco. El hombre que todos conocen. El hombre al que nadie desafía. El hombre que está acostumbrado a tenerlo todo bajo control. Hasta que Tara entra en su mundo. Ella fue contratada para defender a su sobrino. Pero mientras más profundiza en el caso, más descubre que la verdad puede ser mucho más peligrosa que el crimen del que lo acusan. Y Neakail tiene demasiadas razones para mantenerla lejos. Porque Tara todavía tiene toda una vida por delante. Él ya dejó demasiada vida atrás. Y enamorarse de ella podría ser la primera cosa que Neakail no pueda controlar.
Voir plus—¿Qué encontraste?La pregunta de Neakail quedó suspendida en el despacho, pesada y afilada, como una hoja apoyada sobre la mesa.Afuera, el club continuaba funcionando. Se escuchaban golpes secos contra los sacos de entrenamiento, voces apagadas y el sonido lejano de una puerta cerrándose. Sin embargo, dentro de aquella habitación todo parecía haberse detenido.Vico permanecía junto a la puerta, con los brazos cruzados y el rostro serio. Yo tenía el teléfono entre las manos y una fotografía abierta en la pantalla. La luz azul iluminaba mis dedos, que todavía temblaban ligeramente.Podía mentir.Decir que no había encontrado nada importante. Que el mensaje no era más que una amenaza sin sentido. Que había ido al depósito, había visto un sobre vacío y había regresado.El problema era que Neakail tenía esa manera irritante de mirarte como si ya supiera que estabas ocultando algo. No necesitaba levantar la voz ni hacer preguntas insistentes. Le bastaba con quedarse quieto, observando, es
Estaba por irme a dormir cuando el teléfono vibró sobre la mesa de luz.Lo ignoré al principio. Llevaba toda la tarde intentando terminar unos escritos atrasados y lo único que quería era acostarme sin pensar en Neakail, en sus negocios ni en la maldita costumbre que tenía de aparecer en mi cabeza cuando menos lo necesitaba.El teléfono volvió a vibrar.Lo agarré con desgano.Número desconocido.Abrí el mensaje.Si querés saber algo sobre Ethan Cole, mañana a las diez. Depósito 17, calle Rivadavia 1840.Leí la dirección dos veces.Llegó otro mensaje.Vas a encontrar un documento que te interesa. Vení sola. Es una condición.Antes de que pudiera responder, apareció el último.Si venís acompañada, las cosas se van a poner feas.Sentí un frío incómodo en el estómago.No era la primera amenaza que recibía. Durante las últimas semanas había aprendido a reconocer esa mezcla de intimidación y misterio con la que alguien intentaba hacerme retroceder. Pero aquello era diferente.No me estaban
La mañana me recibió con una luz gris y desganada, pero fue el frío en mi nuca lo que realmente me despertó. Al girar la esquina hacia el estudio, la confirmación de que Neakail no soltaba sus presas me golpeó de frente.Allí estaba. Un auto oscuro, una mancha de tinta que contrastaba con la claridad de la acera. Apoyado contra la carrocería, con los brazos cruzados y una postura que irradiaba una paciencia forzada, había un hombre. Me detuve en seco, sintiendo que el aire se me escapaba de los pulmones. No estaba feliz de estar ahí, su expresión hosca lo gritaba a voces, pero su presencia era tan sólida que parecía parte del mobiliario urbano. Lo reconocí al instante, aunque él solo levantó la vista, escaneándome con ojos profesionales y distantes. Era uno de los hombres que había visto entre las sombras del club de boxeo. La extensión física de la voluntad de Neakail. —¿Sos el que mandó Neakail? —pregunté, tratando de ocultar el temblor de mi voz bajo una capa de irritación. —Sí
El zumbido del teléfono sobre la mesa de madera fue un golpe seco, un sonido que cortó el silencio de mi habitación como una navaja. Lo miré con desgana, intentando fingir que no me afectaba, pero el pulso ya me martilleaba en las sienes.Otro mensaje.Otro número desconocido que se ocultaba tras una pantalla de cristal.Lo abrí, y las palabras se clavaron en mis ojos como cristales rotos:"Todavía no entendiste que tenés que dejarlo"Solté el aire lentamente, un intento inútil por calmar la descarga de adrenalina. No era la primera vez. Hacía tiempo qué convivía con este acoso, una sombra digital que me seguía a todas partes. Algunos mensajes eran directos, casi vulgares; otros, sin embargo, eran mucho más aterradores: frases sutiles que me confirmaban que alguien me estaba observando, conociendo mis pasos, midiendo mis silencios.Los había bloqueado una y otra vez.Los había archivado como pruebas, por si llegaba el día de necesitarlas.Había intentado ignorarlos, como si al no darl












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