Inicio / Romance / El Karma de Sangre Blackwood / CAPÍTULO 6: El Rey sin Corona

Compartir

CAPÍTULO 6: El Rey sin Corona

Autor: L. Alejandra
last update Fecha de publicación: 2025-12-28 11:57:42

Dominic Blackwood

Tres días. Habían pasado setenta y dos horas desde que esa mujer me tocó la mejilla y se marchó como si yo fuera un extra en la película de su vida. Mi paciencia, que de por sí era un hilo fino y desgastado, se había roto por completo.

—Dime que tienes algo, Marco —gruñí, ajustándome los gemelos de plata frente al espejo de mi despacho.

Marco, mi jefe de seguridad, entró con una tableta en la mano. Se veía inquieto, y eso nunca era una buena señal.

—Es un fantasma, jefe. No hay ninguna "Chloe Ross" que sea consultora en Nueva York. El apellido Ross en Londres nos lleva a cientos de personas, pero ninguna encaja con su descripción. Sin embargo... —hizo una pausa, deslizando un mapa en la pantalla—. Nuestros hombres vigilaron las cámaras de seguridad de la gala benéfica. La seguimos hasta la estación de metro y luego perdimos el rastro, pero uno de los informantes de la zona este reconoció su rostro.

—¿Y? —mi voz salió como un latigazo.

—Se la ha visto entrar y salir de un viejo almacén reconvertido en Shoreditch. No es una oficina de consultoría, señor. Es un taller de arte. Está registrado a nombre de una sociedad pequeña, pero ella pasa ahí la mayor parte del tiempo.

Una sonrisa lenta y peligrosa se extendió por mi rostro. Un taller de arte. Así que mi pequeña insolente era una pintora que jugaba a las escondidas.

—Dame la dirección —ordené—. Pero antes, tenemos otra gala. La inauguración de la Ópera. Ella estará allí; Samara me confirmó que su "asistente" volvería a asistir.

—Señor, después de lo de la otra noche, ¿está seguro de que quiere...?

—Quiero que aprenda que nadie se burla de un Blackwood dos veces.

La Ópera Nacional era un hervidero de joyas y esmóquines. El aire estaba cargado de una expectación servil. Cuando entré, la gente se apartó como el Mar Rojo, pero mis ojos solo buscaban una cosa: el destello de una melena castaña y una actitud que no encajaba en este lugar de plástico.

La encontré cerca del balcón principal. Llevaba un vestido azul cobalto que le quedaba como una segunda piel y sostenía una copa de cristal con una elegancia que me irritaba profundamente. Estaba rodeada de tres directivos de la banca, y por sus expresiones, ella los estaba despedazando verbalmente.

Me acerqué por detrás, dejando que mi sombra la envolviera primero.

—Vaya, Chloe Ross —dije, mi voz fluyendo como veneno tibio—. Parece que tu "consultoría" te permite disfrutar de la ópera. ¿O vienes a criticar la acústica para sentirte superior?

Ella se giró. Sus ojos café se encontraron con los míos y, por un instante, no vi miedo, solo un aburrimiento letal.

—Dominic. Qué persistente —respondió, ignorando a los banqueros, quienes se retiraron de inmediato al verme—. ¿No tienes una ciudad que oprimir o algún huérfano al que quitarle los dulces? Tu presencia aquí es como poner un grafiti en una catedral: innecesaria y de mal gusto.

—Cuidado —murmuré, dando un paso que la obligó a retroceder contra la barandilla—. He sido muy paciente contigo, pero mi curiosidad tiene un límite. Sé que Ross no es tu apellido. Sé que tu oficina es un taller lleno de manchas de pintura. ¿Qué buscas, Chloe? ¿Atención? ¿Dinero? ¿O simplemente quieres ver cuánto tardo en romperte?

Ella soltó una carcajada clara que resonó en el vestíbulo silencioso. Varias cabezas se giraron. La élite de Londres nos observaba.

—¿Romperme? —Ella dejó su copa sobre la barandilla con un golpe seco. Se acercó a mí, quedando tan cerca que podía oler la vainilla en su piel—. Escúchame bien, Blackwood. Todos estos lamebotas te tienen miedo porque creen que tu dinero y tus armas te hacen un dios. Pero yo te miro y solo veo a un niño rico con un complejo de Edipo no resuelto que necesita que todos se callen para no escuchar lo vacío que está por dentro.

El silencio que siguió fue atronador. Pude ver a Spencer en la distancia, deteniéndose a mitad de una conversación con una expresión de puro asombro. Mis hombres se tensaron, esperando la orden de sacarla a rastras.

—No eres un rey, Dominic —continuó ella, alzando la voz para que los círculos cercanos escucharan—. Eres solo un matón con un sastre excelente. Y sinceramente, tu acto de "hombre oscuro y misterioso" ya caducó. Busca a alguien que se impresione con tus tatuajes de corona, porque a mí solo me das lástima.

Me dio una última mirada de desprecio, se dio la vuelta y caminó hacia la salida principal con la cabeza en alto. Me dejó allí, de pie frente a la crema y nata de la sociedad londinense, quienes ahora bajaban la mirada intentando fingir que no habían visto al hombre más temido del país ser humillado por una mujer que no llegaba a su hombro.

—Señor... —Marco se acercó, su mano en el arma—. ¿La traemos?

Apreté el vaso de cristal que tenía en la mano hasta que se cuarteó. La sangre empezó a gotear de mi palma, manchando el puño de mi camisa blanca, pero no sentí dolor. Solo sentía una furia gélida y un deseo posesivo que me quemaba las entrañas.

Ella me había humillado. Me había llamado vacío. Y se había ido creyendo que había ganado.

—No —dije, mirando la mancha de sangre en el suelo—. No aquí.

Saqué un pañuelo negro y me envolví la mano. Mis ojos brillaban con una promesa que no era de muerte, sino de algo mucho más oscuro.

—Mañana iremos a su taller. Quiero que rodeen el edificio. No quiero que salga ni una rata de ese lugar sin mi permiso.

—¿Qué piensa hacer, señor?

—Voy a recordarle quién es el dueño de esta ciudad —susurré, viendo cómo ella desaparecía por las puertas dobles—. Chloe Ross, o como sea que te llames... Mañana vas a aprender que al diablo no se le tiene lástima. Al diablo se le obedece.

Me di la vuelta y salí del teatro. La humillación pública era una deuda que pensaba cobrar con cada centímetro de su piel. Ella creía que era mi karma, pero yo iba a ser su destino.

Y mi destino acababa de conseguir su dirección.

Continúa leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la App

Último capítulo

  • El Karma de Sangre Blackwood   epilogo

    Dominic BlackwoodSi pensaba que dirigir un imperio criminal y logístico en los muelles de Londres era estresante, es porque no conocía lo que significa estar casado con una Chloe Donovan embarazada de tres meses. La boda fue, en palabras de Spencer, "el evento del siglo", pero para mí fue el inicio de una nueva era de servidumbre voluntaria.Chloe ha pasado de ser una artista independiente y serena a ser una fuerza de la naturaleza que se despierta a las tres de la mañana exigiendo pepinillos con chocolate fundido. Y yo, el hombre que hace temblar a sus rivales, me encuentro recorriendo las gasolineras de la ciudad en pijama porque "el chocolate de la despensa no tiene la textura correcta".Hoy era la cita de control de los tres meses. Chloe estaba radiante, aunque un poco irritable porque el olor del cuero de mi coche nuevo le producía, según ella, "ganas de cometer un crimen".—Dominic, deja de tamborilear los dedos en el volante. Me pones nerviosa —me espetó mientras caminábamos po

  • El Karma de Sangre Blackwood   final

    Dominic BlackwoodHabía pasado un mes y medio desde que puse ese anillo en el dedo de Chloe, y mi vida se había convertido en un torbellino de decisiones que nunca pensé tomar. Muestras de lino para los manteles, catas de menús que siempre terminaban conmigo pidiendo un filete simple, y Spencer enviándome correos electrónicos con el asunto "Logística de la Boda Real".Pero hoy, el ruido del mundo se había detenido.Estábamos en el despacho de la mansión. Chloe me había pedido que subiera porque tenía algo para mí. Estaba de pie junto a la ventana, con la luz de la tarde bañando su silueta, y frente a ella, apoyado en un caballete y cubierto por una tela de terciopelo azul, estaba un lienzo.—¿Te acuerdas de esto? —preguntó ella, con una sonrisa que escondía algo más que nostalgia.—¿Cómo olvidarlo? —me acerqué, colocándome detrás de ella y rodeando su cintura con mis brazos—. Fue mi excusa favorita. "Señorita Donovan, necesito que pinte mi retrato". Una mentira descarada para tenerte

  • El Karma de Sangre Blackwood   CAPÍTULO 164: Primicias, panzas y promesas por FaceTime

    Chloe DonovanLa mansión Blackwood todavía olía ligeramente a las tostadas carbonizadas de Dominic, pero el ambiente ya no era de desastre, sino de una calidez vibrante. Spencer y Casey habían llegado hace una hora con la pequeña Izzi, quien ahora gateaba a toda velocidad por la alfombra del salón persiguiendo a Gárgola. El perro, por su parte, parecía haber encontrado a su alma gemela en la bebé; ambos eran igual de caóticos y ruidosos.—Dominic, en serio, el detector de humo de la entrada principal me envió una alerta al móvil —decía Spencer, desparramado en el sofá con una copa de vino en la mano—. Pensé que los Rose habían vuelto para un segundo asalto, pero veo que el único enemigo fue una rebanada de pan integral.—Cállate, Spencer. Estaba probando la resistencia térmica de la cocina —respondió Dominic con su habitual tono gélido, aunque no podía ocultar la chispa de felicidad en sus ojos mientras me rodeaba los hombros con el brazo.—Bueno, antes de que sigan peleando por la ef

  • El Karma de Sangre Blackwood   CAPÍTULO 163: Humo, pan quemado y lengüetazos de buenos días

    Chloe DonovanMe desperté con esa sensación de pesadez deliciosa que solo queda después de una noche de entrega absoluta. La luz del sol se filtraba tímidamente por las cortinas de terciopelo de la mansión, iluminando el anillo de compromiso en mi mano derecha. Sonreí como una tonta, estirándome entre las sábanas de seda que aún conservaban el aroma de Dominic.Sin embargo, algo faltaba. El lado de la cama de la Gárgola estaba frío y vacío.De repente, un olor extraño empezó a filtrarse por debajo de la puerta. No era el aroma a café recién hecho que solían preparar los empleados. Era algo más... industrial. Algo que olía a desesperación y a tostadora en llamas.—¿Dominic? —llamé, pero no hubo respuesta.Me puse su camisa de seda negra, que me quedaba como un vestido corto, y salí de la habitación. A medida que bajaba las escaleras, el olor a quemado se intensificaba, acompañado por el sonido de una alarma de humo que alguien —probablemente un hombre con muy poca paciencia— intentaba

  • El Karma de Sangre Blackwood   CAPÍTULO 162: El lenguaje de la piel

    Dominic BlackwoodEl eco de la celebración en la azotea se había desvanecido, dejando solo el silencio vibrante de nuestra habitación en la mansión. El anillo en el dedo de Chloe destellaba bajo la luz tenue de las lámparas de sal, un recordatorio constante de que, a partir de esta noche, no había vuelta atrás. Ella era mía en todos los sentidos legales y espirituales que el hombre ha inventado.La alcé en mis brazos, sintiendo su peso ligero y su calor traspasando la seda de su vestido. Cuando sus pies tocaron la alfombra junto a la cama, no la solté. La acorralé contra el poste de madera tallada, mis manos subiendo por sus muslos hasta anclarse en su cintura.—Dominic… —susurró mi nombre como una súplica, sus ojos azules dilatados, fijos en los míos.—No tienes idea de cuánto tiempo he esperado para celebrarte así, sin sombras, sin médicos, solo tú y yo —mi voz sonó como un rugido contenido.Me incliné y capturé sus labios. No fue un beso tierno; fue un reclamo. Mis dientes rozaron

  • El Karma de Sangre Blackwood   CAPÍTULO 161: Entre agujas, decepciones y una promesa de diamante

    Dominic BlackwoodHay algo que los manuales de estrategia militar no te enseñan: cómo manejar el silencio de un resultado negativo. He pasado los últimos tres meses en una guerra diferente. No hubo balas ni barcos, solo citas médicas, hormonas, esperanzas puestas en un laboratorio y, finalmente, el frío vacío de una prueba que decía que no.Habíamos decidido optar por la inseminación. Chloe y yo, listos para traer al mundo a ese pequeño ser que soñamos en el jardín de la cabaña. Pero la biología no sigue las órdenes de un Blackwood. Ver la frustración en los ojos de Chloe cada vez que salíamos de la clínica me quemaba más que cualquier herida de combate. Ella se sentía responsable, se sentía fallida, y por más que yo le jurara que la amaba a ella por encima de cualquier deseo de paternidad, su luz se estaba apagando.—No quiero ir a cenar, Dom. Solo quiero quedarme en pijama y ver documentales de crímenes —me dijo ella, sentada en el borde de nuestra cama, mirando la nada.—Chloe Dono

Más capítulos
Explora y lee buenas novelas gratis
Acceso gratuito a una gran cantidad de buenas novelas en la app GoodNovel. Descarga los libros que te gusten y léelos donde y cuando quieras.
Lee libros gratis en la app
ESCANEA EL CÓDIGO PARA LEER EN LA APP
DMCA.com Protection Status