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5 El Rastro Del Pecado

Author: Alexa Writer
last update publish date: 2026-04-16 02:24:57

El reloj de pared marcaba las dos de la mañana. El silencio de la mansión Miller era una losa pesada, pero dentro de aquellas paredes forradas de roble y cuero, el aire vibraba con una electricidad peligrosa.

Helena movida por una mezcla de gratitud desesperada y una sed que solo el hombre frente a ella podía calmar.

Había venido por el dinero para la supuesta cirugía de su madre, pero en cuanto Alex cerró la puerta con llave, ambos supieron que el precio se pagaría con creces esa misma noche.

Alex no perdió tiempo en galanteos. La atrapó contra la puerta, sus manos grandes y rudas ascendiendo por debajo de su camisón de seda hasta apresar sus glúteos con una fuerza que le arrancó un gemido.

Helena se aferró a sus hombros, hundiendo los dedos en la tela de su camisa.

— Viniste — gruñó él contra su cuello, antes de clavarle los dientes en la zona donde el hombro se une con la clavícula. Un mordisco marcado, una firma de propiedad — Sabía que no podrías resistirte al trato.

— Hazlo, Alex — suplicó ella, con la voz rota por el deseo y la angustia — Por favor, haz que me olvide de que existe mi realidad, haz que piense que todo es una pesadilla y que voy a despertar en la mañana.

Él la izó en vilo, obligándola a enredar sus piernas alrededor de su cintura. La llevó hasta el escritorio, apartando libros y una lámpara de bronce que cayó al suelo con un estrépito sordo.

La dejó caer sobre la superficie fría y, sin ceremonias, se deshizo de su propia ropa. Helena lo observó en la penumbra, era una visión de masculinidad letal, sus músculos tensos bajo la luz de la luna se marcaban como si hubieran sido esculpidos por una artista.

Perfectos, hermosos, viriles y atléticos.

Alex separó sus muslos con una brusquedad excitante y se hundió en ella. El encuentro fue como un choque de trenes, una coreografía de carne y sudor. Él la tomaba con una fuerza que bordeaba los límites del deseo, pero que Helena recibía con una entrega absoluta.

Sus embestidas eran profundas, rítmicas, brutales, Alex buscaba borrar el rastro de Magnus de cada pliegue de su cuerpo.

Helena arqueaba la espalda, sus pechos subiendo y bajando mientras los dedos de Alex se clavaban en sus caderas, dejando las marcas que mañana serían un secreto bajo su ropa.

Estaban en el clímax de la pasión, con Helena al borde de un orgasmo delicioso que la haría gritar, cuando tres golpes secos en la puerta de roble los congelaron.

— ¿Señora Helena? — La voz del mayordomo, monótona y gélida, atravesó la madera — El señor Magnus solicita su presencia inmediata en la suite principal. Dice que no admite retrasos.

El mundo pareció detenerse. Alex se quedó inmóvil dentro de ella, su pulso latía con fuerza contra las paredes internas de Helena sin haber llegado a desbordarse dentro y ella sintió un terror que le recorrió la espina dorsal.

—Dígale que... que voy en un momento — logró articular Helena, con la voz temblorosa, intentando que no se notara su falta de aliento.

—El señor ha sido específico, señora. La espera ahora.

Alex se retiró con lentitud, sus ojos grises brillaban con una furia oscura. Helena se puso en pie con las piernas flaqueando. Ni siquiera tenía tiempo para ducharse, sintió que el frío de la noche la golpeaba con el miedo.

Se arregló el camisón como pudo, sintiendo el rastro cálido de Alex bajando por sus muslos, la humedad de su pecado pegada a su piel, y el aroma a sexo y almizcle envolviéndola como una confesión de lo que acababa de hacer.

— Ve — susurró Alex, arreglándose el pantalón con una calma aterradora — Pero recuerda que ere mía.

Helena caminó por los pasillos como una sonámbula hasta llegar a la suite de Magnus. Al entrar, el aire acondicionado estaba al mínimo, la habitación era una nevera.

Magnus estaba sentado en su sillón de terciopelo, con una bata de seda negra y su bastón apoyado entre las piernas.

— Me… ¿Me llamaste?...

— Acércate, Helena — ordenó él sin mirarla.

Cuando ella estuvo a dos metros, Magnus inhaló profundamente y su nariz se arrugó. Se puso en pie con una agilidad que no encajaba con su edad y caminó alrededor de ella, como un lobo evaluando a su presa.

— Hueles a sudor… A agitación — dijo él, acercando su rostro al cuello de ella.

Helena cerró los ojos, rogando que no identificara el perfume de Alex.

— Hay un aroma metálico, un rastro de... secreciones…

Magnus le puso una mano en el vientre y bajó con brusquedad hacia su entrepierna metiendo su mano como una invasión. Al retirar los dedos, vio la humedad que empapaba la seda del camisón y su rostro se transformó en una expresión de lascivia y desprecio.

— Vaya, vaya... Parece que mi pequeña esposa tiene un fuego interno que no puede controlar — mascó Magnus, llevándose los dedos a la nariz, confundiéndolo con el resultado de una masturbación desesperada — ¿Es que no puedo satisfacer sus necesidades? Tienes que buscar alivio sola en los rincones de mi casa? ¿Es que no puedo satisfacer sus necesidades?

La mujer palideció y contuvo la respiración mientras el monstruo se ponía manos a la obra.

Magnus la empujó hacia la cama de postes.

Esta vez no hubo seda. Usó correas de piel, apretando sus muñecas hasta que la circulación se cortó.

Helena lloraba en silencio, sintiendo el asco infinito de que el rastro de Alex todavía estuviera dentro de ella mientras Magnus preparaba sus instrumentos.

— Si tienes tanta hambre de sensaciones, te daré algo que recordarás hasta que mueras — siseó él.

Encendió varias velas de cera roja. La sesión fue un descenso al infierno.

Magnus vertió la cera hirviendo sobre sus pechos y su vientre, disfrutando de los espasmos de dolor de su esposa.

Luego, extrajo una mordaza de bola de un estuche de terciopelo y se la colocó, silenciando sus gritos y casi ahogándola en el proceso.

Durante horas, la sometió a una humillación física sistemática, utilizó pequeñas descargas eléctricas en sus zonas más sensibles y la golpeó con una fusta de cuero trenzado hasta que los muslos de Helena quedaron marcados con surcos rojos y amoratados. El deseo sexual que Alex había dejado en su interior se despertaba fácilmente, y oleada tras oleada de orgasmos la dejaban exhausta.

Lo más cruel era su voz.

Mientras la torturaba, le hablaba de su madre, de cómo su vida dependía de su obediencia, de cómo ella era solo un animal que él debía domesticar.

Magnus compensaba su impotencia con el control total del dolor ajeno, y Helena estaba rota… suspendida en un limbo de agonía, deseando que el amanecer la matara para acabar con todo.

Cuando los primeros rayos de sol se filtraron por las cortinas, Magnus la desató. Ella cayó al suelo como un fardo de carne inerte.

— Hoy tenemos un banquete con los inversores de la naviera — dijo él, limpiando sus manos con una toalla húmeda como si nada hubiera pasado — Quiero que te pongas el vestido de Versace rojo, el de espalda descubierta.

Ella apenas si podía seguir el hilo de sus ideas.

— Quiero que todos vean la joya que poseo. Y Helena... asegúrate de no usar ropa interior. Quiero que sientas el aire frío recordándote a quién perteneces cada vez que camines.

Helena se miró al espejo del baño minutos después. Estaba destruida. Pero entre las marcas de cera de Magnus, aún podía ver el mordisco de Alex en su hombro. Eran dos monstruos peleando por sus restos, y ella era solo un pedazo de carne en las fauces de dos perros.

El día pasó, y la hora del compromiso con los empresarios llegó.

Ella se vistió con el vestido rojo, una prenda que era poco más que un hilo de seda que dejaba su espalda y gran parte de sus costados al aire.

Su piel, hipersensible gritaba ante el roce de la tela. Bajó las escaleras para el banquete, sintiendo la ausencia de ropa interior como una vulnerabilidad insoportable, cada paso era un recordatorio de la advertencia de Magnus.

Al llegar al gran salón, Magnus la esperaba junto a los invitados. Pero su humor había cambiado. Estaba revisando su teléfono con una expresión de furia contenida.

Al ver a Helena acercarse, tan provocativa y hermosa, pero con los ojos empañados por el trauma reciente, algo en su mente paranoica hizo clic.

No podía permitir que otros hombres la miraran así hoy, no después de haber descubierto su supuesta autocomplacencia nocturna.

— He cambiado de opinión — dijo Magnus, interceptándola antes de que llegara al grupo de inversores.

Su mano gélida se cerró sobre el brazo herido de Helena, arrancándole un jadeo de dolor — Estás demasiado... inestable. Tu mirada me traiciona. No voy a arriesgarme a que hagas una escena frente a mis socios con ese aire de mártir.

— Pero... tú me obligaste a vestir así — susurró ella, confundida y aterrada.

E hizo una señal a los guardias de la entrada.

— Llévenla a la biblioteca del ala oeste. Queda bajo llave hasta que el banquete termine y yo decida qué hacer con ella.

Helena fue escoltada a través de la mansión. Los invitados empezaban a reír y brindar en el salón principal mientras a ella la empujaban dentro de la inmensa biblioteca circular.

El clic de la puerta al cerrarse por fuera sonó como el martillo de un juez.

Se desplomó en uno de los sofás de cuero, temblando. El silencio de la biblioteca era absoluto, interrumpido solo por el tic tac de un reloj antiguo.

El vestido rojo, diseñado para la seducción, ahora se sentía como una burla cruel en medio de su soledad.

Se encogió sobre sí misma, ocultando su rostro entre las rodillas, sollozando por la madre que creía estar salvando y por el cuerpo que sentía que ya no le pertenecía.

No sabía cuánto tiempo había pasado cuando escuchó un ruido suave. No venía de la puerta principal, sino de la entrada del jardín de invierno, una puerta que Magnus solía olvidar.

— ¿Helena?

La voz era suave, cargada de una preocupación que no buscaba poseer, sino sanar. Helena levantó la vista, con el maquillaje corrido y el hombro expuesto, revelando accidentalmente una de las marcas de cera de Magnus.

Era Chase.

Se quedó de pie bajo el arco de la puerta, con la luz de la tarde filtrándose tras él. En sus manos traía una manta de lana y una taza humeante. Al verla allí, vestida de gala pero rota por dentro, el corazón de Chase experimentó una metamorfosis violenta.

Ya no era solo la esposa de su padre, ni una madrastra a la que compadecer.

Chase caminó hacia ella, y por primera vez, no la miró como un joven que busca aprobación, sino como un hombre que acaba de encontrar su razón para rebelarse.

Mientras se arrodillaba frente a ella, Helena intentó cubrirse el escote desgarrado, pero Chase detuvo su mano con una firmeza inesperada.

— No te escondas de mí, Helena — susurró él, y en sus ojos, usualmente dulces, brilló una chispa que nunca antes había estado allí — estás a salvo conmigo.

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