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Chapter 6

Autor: Talewrites
last update Fecha de publicación: 2026-03-31 16:33:26

Punto de vista de Elara.

No podía respirar.

Empezó a llover, creando una escena digna de una película. No había pasado ni una semana, pero mi vida pendía de un hilo.

"Dante", susurré, con la voz quebrada.

"Te dije que no te movieras", siseó Dante. Estaba tenso, con su arma en alto, pero ni él ni yo podíamos ver al tirador.

El francotirador estaba en lo alto, oculto entre las gárgolas y los aparatos de aire acondicionado.

"Dante, el punto", dije, con las rodillas temblando. "No se mueve".

"Tranquila".

De repente, una sombra apareció en la oscuridad.

"¡Elara!"

Era Lorenzo. Corría hacia nosotros.

"¡Lorenzo, aléjate!", gritó Dante.

Se abalanzó hacia adelante, chocando contra mí justo cuando un fuerte estruendo resonó en el callejón.

La fuerza de su placaje nos hizo caer a ambos sobre el pavimento mojado. Sentí el agua fría empapar mi bata.

—¿Lorenzo? —jadeé, intentando incorporarme.

No respondió.

Estaba desplomado contra mí, su peso pesado y flácido. Extendí la mano y sentí algo cálido y espeso. Incluso en la penumbra, supe que era sangre.

—¡Le han dado! —grité.

Dante disparó cuatro veces hacia el tejado del edificio de enfrente. Un grito ahogado provino de arriba, seguido del sonido de un cuerpo golpeando un contenedor de metal más adelante en la cuadra.

Dante corrió hacia nosotros, con el rostro convertido en una máscara de furia y pánico. Agarró a Lorenzo por el hombro y lo volteó.

—¡Enzo! ¡Háblame! —exigió Dante.

Lorenzo gimió, abriendo los ojos con dificultad. La bala le había alcanzado en la parte carnosa del hombro, cerca de la clavícula. Era una herida fea y la sangre brotaba a borbotones.

—¿Me la... me la dieron? —preguntó Lorenzo con voz ronca, esbozando una débil sonrisa.

—Eres un idiota —espetó Dante. Se quitó la chaqueta del esmoquin y la presionó con fuerza contra la herida.

—Un «gracias» no estaría mal, hermano —dijo Lorenzo con una mueca de dolor, con el rostro contraído.

—Acabo de salvar a tu esposa. De nada.

—No te pedí que hicieras eso —gruñó Dante, apretando la mandíbula—. Lo tenía todo bajo control.

—¡No tenías nada bajo control! —replicó Lorenzo, alzando la voz a pesar de su debilidad—. ¡Estuvo a punto de que le perforaran el pecho!

—Cállate y sujeta esto —ordenó Dante, forzando la mano de Lorenzo sobre la chaqueta—. Tenemos que movernos. Ahora.

Me puse de pie a toda prisa, con el vestido destrozado pegado a las piernas. —Necesitamos una ambulancia. Está perdiendo mucha sangre. Puede que le haya alcanzado la arteria subclavia.

Dante sacó su teléfono. —Sin señal. Hay mucho tráfico en la manzana.

—La calle —dije, señalando la avenida principal—. Tenemos que llegar a la calle. Pasará alguien.

—Agárralo del otro lado —me dijo Dante.

Levantamos a Lorenzo. Era un hombre alto, e incluso con la ayuda de ambos, nos costaba mucho. Lo arrastramos hacia la carretera, chapoteando en los charcos.

—Te estás manchando el vestido de sangre, Elara —bromeó Lorenzo, aunque su voz se debilitaba—.

—No hables —dije—. Ahorra energías.

—¿Sigue discutiendo? —murmuró Dante, escudriñando los tejados y las esquinas—. Se está muriendo y todavía intenta ser el centro de atención.

—Al menos no soy un cabrón sin corazón —tosió Lorenzo—. ¿Te preocupa ella, Dante?

—¡Te dije que te callaras, Enzo! —La voz de Dante era como un látigo—. Concéntrate en caminar.

Llegamos al borde de la acera.

La calle estaba extrañamente vacía.

—¡Ahí! —grité.

Un sedán negro estaba parado en el semáforo en rojo a media cuadra de distancia. No era una de las camionetas de Dante, pero a esas alturas, no importaba.

—¡Oye! ¡Alto! —agité los brazos.

El auto aceleró hacia nosotros y frenó bruscamente. Los cristales estaban muy tintados.

—¡Ayúdennos! —grité, extendiendo la mano hacia la manija de la puerta trasera—. ¡Le han disparado!

La puerta se abrió al instante.

—Entra —dijo Dante, empujando primero a Lorenzo al asiento trasero. Subí tras él, y Dante me siguió, cerrando la puerta de golpe.

—Hospital —le dijo Dante al conductor—. New York Presbyterian. ¡Muévete!

—Lorenzo, quédate conmigo —dije, presionando su hombro. Miré por la ventana, esperando ver las curvas familiares hacia el hospital.

Pero el auto no giró. Siguió recto, dirigiéndose hacia el distrito industrial cerca de los muelles.

—Oye —dijo Dante, inclinándose hacia adelante—. Te pasaste del desvío. Te dije que fueras al hospital.

El conductor permaneció en silencio. Extendió la mano y pulsó un botón en el salpicadero.

—Dante —dije, con la voz alarmada—. ¿Adónde va?

—¡Da la vuelta ahora mismo! —Dante intentó abrir la puerta, pero no se movió—. Los seguros están puestos.

De repente, un leve silbido llenó el habitáculo. Provenía de las rejillas de ventilación.

—¿Qué es eso? —pregunté, olfateando el aire.

Los ojos de Dante se abrieron de par en par. —Gas. ¡Elara, no lo respires!

—¡Lo estoy intentando! —Me tapé la nariz con el cuello del vestido, pero el aire ya estaba cargado de gas. Empecé a sentir mareos—. Lorenzo, ¿estás bien?

Miré a Lorenzo. Su cabeza había caído hacia atrás contra el asiento. Tenía los ojos en blanco y la mano se le había resbalado de la herida.

—¿Lorenzo? —Lo sacudí, pero no se movió.

—Dante... no puedo... —Mi visión se nublaba. El coche parecía estirarse y doblarse.

—Aguanta, Elara —jadeó Dante. Luchaba contra ello, arañando el cristal de la ventana, intentando romperlo. Pero sus movimientos eran lentos, como si se moviera bajo el agua.

—¡Lorenzo! —grité por última vez, pero mi voz apenas era un susurro.

La cabeza de Dante se desplomó contra el asiento delantero.

Sentía que mi cuerpo pesaba como el plomo.

Miré la nuca del conductor; no se había inmutado.

Llevaba una máscara de oxígeno.

Lo último que vi fue el plateado de mi vestido antes de que todo se volviera completamente negro.

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