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4. Protocolo de seguridad

Penulis: Mileth Pineda
last update Tanggal publikasi: 2026-06-17 08:28:02

Ely

Llevaba un buen rato intentando cerrar la maleta cuando mi teléfono vibró por tercera vez sobre la colcha revuelta. Pero no necesitaba mirar la pantalla para saber que era Harry, quien llevaba tres días bombardeándome con mensajes y llamadas que oscilaban entre la disculpa y el reproche.

Empujé la tapa rígida del equipaje con la rodilla, tirando de la cremallera hasta que el metal cedió y por fin pude resoplar satisfecha. Luego arrastré el bulto cerca de las maquetas y planos que ocupaban la otra mitad de mi cuarto.

Giré sobre mí misma sin poder creer que me iría por meses de ese apartamento que entero cabía en lo que para cualquiera sería un recibidor, y aunque tenía la calefacción racionada y mi ventana no tenía la mejor vista del edificio, había sido mío desde que llegué a este país y le tenía cariño.

El teléfono volvió a iluminarse mostrando un número extranjero encabezado por el prefijo +97 seguido de una cadena de dígitos que no reconocí, y decidí ignorarlo. No estaba para lidiar con equivocaciones ni con nadie. Pero cuando el nombre de Marlén saltó en la pantalla en la siguiente llamada, encajé el móvil entre el hombro y la oreja para responder.

—Asere, me tienes abandonada —dije, revisando mentalmente los adaptadores de corriente.

—Estoy a un mensaje de pedir una orden de alejamiento contra tu ex —soltó Marlén, sin saludar—. Harry me tiene la vida hecha un yogur, Ely. Se ha pasado la mañana llamándome para saber dónde nos metimos en Nochevieja. Dice que fue a buscarte para arreglar las cosas y te esperó hasta la madrugada en la puerta, pero nunca llegaste.

Me sequé el sudor de las manos en los vaqueros al recordar lo que hice esa noche, pero me tragué los nervios al decir:

—Dile que si no para, hablaré con Recursos Humanos. Y si mi madre te llama, tú no sabes nada.

—Ely, es que no te llamo para eso —la voz de Marlén bajó una octava, perdiendo de golpe toda la soltura caribeña—. Puede que no sea nada, pero hoy pasé por la firma a buscar mi cargador y Margie, la recepcionista del gerente, dijo que llamaron preguntando por ti.

La maleta resbaló, golpeándome la espinilla, y contuve una maldición.

—¿Quién?

—Dijo que un hombre con acento, pero como dijo que era un asunto personal, ella no se atrevió a darle tus datos cuando se los pidió. Ella me buscó porque sabía que eres mi amiga. Pero aquí en confianza, ¿es el mismo con el que entraste al VIP?

Un frío rápido y pesado me bajó por la nuca hasta congelarme la boca del estómago y tuve que apretar las piernas para no pensar en lo que ese desconocido le provocó a mi cuerpo.

¿Habría sido él?

Pero eso no era lo que debía estar pensando, sino cómo diablos había dado conmigo si era así.

Se suponía que esa sería una noche anónima, de las que una se permite una vez y guarda para cuando esté vieja. Y mi trabajo era el único lugar en este país donde mi valor era innegable. El que un extraño invadiera ese territorio era una declaración de poder que me puso a temblar.

Dios mío, ¿con quién me había metido en realidad?

—Ely, ¿estás ahí? —insistió Marlén.

—Sí. Yo… gracias por avisar, y recuérdame traerle algo a Margie. Pero de verdad, no tengo tiempo para esto.

—Claro, yo sé que estás por abandonarme, pero como te vi bailando con ese bombón, supuse que…

—Nada. Olvida lo que pasó esa noche. Se me hace tarde.

—Sí, te dejo. No olvides llamar cuando hayas llegado. Te envidio —dijo antes de cortar la llamada.

No iba a pensar en él, ni en Harry tampoco, así que hice lo que llevaba posponiendo desde que supe del proyecto, solo porque no quería ilusionarme sin haber obtenido el premio antes.

Caminé directo a la mesa del rincón, abrí el portátil y tecleé Al-Rasheen Emirate en el navegador. Necesitaba entender exactamente qué terreno pisaba y cómo sostenerme en él.

La pantalla se llenó de artículos financieros y crónicas de política internacional que detallaban la vida del Emir anterior, que había muerto hacía pocos meses, pero su heredero estaba por tomar el control en medio de una tensa transición. Hablaban de una urgencia palpable por estabilizar alianzas comerciales.

Busqué imágenes de ese hombre, pero en todas aparecía envuelto en túnicas y con el rostro cubierto por una barba y el tocado tradicional, así que me encogí de hombros y cambié la búsqueda hacia las normas de vestimenta e interacción social.

Confirmé que a una extranjera no le exigían cubrirse el pelo pero sí una vestimenta modesta, usar la mano derecha al saludar, y que la mirada sostenida con un hombre con el que no tienes parentesco se consideraba una insolencia. Pero por diferente que fuese, tenía que aprender sus reglas.

Por último revisé el correo que recibí de Marchmont & Croft sobre el cronograma de las primeras semanas. No era el primer proyecto de modernización en el que trabajaba, pero sí en liderarlo, así que yo viajaba primero y el equipo llegaría después, cuando se hubieran decidido los detalles que faltaban.

***

Una hora después, el auto de nuestros clientes había pasado por mí y casi no pude controlar un suave silbido al detenernos en el hangar de la pista ejecutiva de Heathrow frente a un jet privado.

A escondidas, deslicé la mano sobre el cuero blanco en el que me había sentado y admiré la madera pulida y los accesorios que decoraban cada espacio.

Antes de apagar el teléfono, había llamado a Marlén para despedirme y nos habíamos reído, pero al darme cuenta de que ella era la última ancla con mi mundo real antes de aislarme me estrujó el pecho.

Llegamos a Nura de madrugada, pero lejos del calor desértico que esperaba, la pista me recibió con una bofetada de viento helado. Tuve que abrazarme a mí misma mientras bajaba las escalerillas para evitar castañetear los dientes, sintiendo cómo la noche me arrancaba de tajo el último rastro de calor artificial de la cabina.

Una mujer de treinta y pocos me esperaba abajo, con una carpeta contra el pecho y cubierta de pies a cabeza de un color sobrio, sin adornos de ningún tipo.

—Bienvenida a Al-Rasheen, señorita Reyes. Soy Amal, secretaria privada de Su Alteza, Hessa Al-Nasser, y encargada de su estancia. El itinerario que recibió en Londres inicia con un recorrido cultural por Nura a partir de mañana en cuanto así lo decida.

—Vaya, tu español es muy fluido. Y gracias, pero vine a trabajar y mi agenda ya es bastante apretada. Mi equipo espera el primer reporte de cimientos mañana al mediodía.

Ella me guio hacia un coche con las ventanas tintadas mientras asentía con una leve inclinación antes de subir después de mí al asiento del copiloto.

—Agradecería que me permita practicar el idioma con usted si no es mucha… molestia. —Ella sonrió cuando asentí, pero luego apretó los labios antes de añadir—: Su llegada y la de su equipo activa un protocolo de seguridad especial y hasta que el palacio no lo apruebe, será instalada en uno de los hoteles de la familia real.

¿Qué podía decir después de tanta franqueza?

Guardé silencio hasta que el auto se detuvo frente a la fachada de un hotel, que parecía diseñado para intimidar. El mármol del suelo reflejaba las luces como un espejo escarchado mientras avanzábamos hacia el ascensor sin detenernos en recepción.

—Mis maletas…

—No se preocupe, estarán en su habitación antes de que las eche en falta. —Pasó una tarjeta por el escáner y activó uno de los pisos privados en lo más alto del edificio.

Sostuve su mirada, negándome a encogerme.

—Entiendo.

Amal no sonrió esta vez, y algo parecido a la ironía le cruzó la mirada.

Miré de reojo el pequeño domo negro de la cámara de seguridad en la esquina del techo con una luz roja parpadeando en el centro, y por primera vez no estuve segura de haber ganado nada.

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