LOGIN—Es una pppena que se me pegue la fama de ser la peor lagarta de oficina, pero esta vez no tuve la culpa de lo que le pasó a mi pobre cara —dijo Lucius cuando Crescent le miraba el rostro magullado. De pronto, ella sintió una oleada de culpa.Perdón, rectifico: no quiero inventar nada. Aquí va la traducción fiel.—Menuda pelea la que montaste ahí dentro. ¿Quién te enseñó eso? —preguntó Lucius mientras Crescent le miraba la cara magullada. De repente, una oleada de culpa la invadió.—Lo siento muchísimo, chicos. No lo hice a propósito. Sentí que estaba en peligro e intenté defenderme. —Las lágrimas empezaron a rodarle por la cara, lo que la desconcertó, porque rara vez mostraba sus emociones, y mucho menos lloraba.—Eh, eh, eh, Princesa, mírame, mira aquí —la animó Lucius con suavidad, y ella obedeció—. No estamos enfadados contigo. Por favor, deja de llorar, odio verte llorar.Lucian intentó calmar sus sollozos.—¿Por qué lloras, nena? ¿Hicimos algo mal? ¿Estás enfadada con nosotros p
El teléfono sonaba sin parar, para fastidio supremo de Lucian, y le arruinaba aquel momento de dicha. Su compañera tenía la mitad superior del cuerpo sobre Lucius, que estaba cómodamente sentado en el sofá, mientras la otra mitad descansaba sobre Lucian, que le rodeaba la cintura diminuta con el brazo. Lucian se desenredó despacio del triángulo, con cuidado de no despertar a Lucius, que se removió por la intromisión mientras se aseguraba de que su agotada compañera siguiera sin ser molestada. Lucian se acercó a la máquina demoníaca y le susurró a gritos al que llamaba.—¡¿Qué?! —ladró al auricular, mientras veía a Lucius apartarle con suavidad a Crescent los mechones sueltos de la cara, una imagen digna de contemplar.—Perdone, señor Sterling, pero tenemos un problema en una de sus plataformas petrolíferas que no podemos resolver sin su presencia aquí en Dubái —dijo la persona al otro lado, con urgencia.—Bien. Nos vemos por la mañana —Lucian terminó la llamada con un suspiro pesado.
«Lo mataré si lo vuelvo a ver cerca de ti, pequeña». Las palabras de Lucian se entremezclaron con los besos, y Crescent jadeó en busca de aire, pero no duró mucho, porque Lucius volvió a apoderarse de su boca.«Eres nuestra. Solo nuestra. Cada caricia, cada sonrisa, cada beso nos pertenece, y no compartimos lo que es nuestro. Nadie te arrebatará de nuestro lado. ¿Me oyes, princesa?».Su pecho se agitaba. Parpadeó para despejar la niebla que tenía en la cabeza, mareada y aturdida.Oírlo le provocó algo. El calor se acumuló en lo más bajo, húmedo, y gimió, ansiando atención. Dios, era una pervertida. Estaban allí de pie reclamándola, regañándola, amenazándola, y ella se excitaba con cada palabra. Estaba perdida, y lo sabía. Sin pensárselo dos veces, apretó sus labios contra los de Lucius y lo besó con todas sus fuerzas. Él respondió agarrándole el culo con fuerza. Lucian se abalanzó sobre su cuello, chupándolo con toda la intención de dejarle una marca, mientras sus manos le amasaban lo
—No me hagas repetirme otra vez, Crescent —advirtió Lucius, caminando furioso hacia ellos con la mirada clavada en Xavier.Crescent deseó desesperadamente que apareciera su hada madrina y se la llevara volando a cualquier sitio lejos de su inminente ira.—Solo estábamos hablando, y la última vez que lo comprobé, en este país hay libertad de expresión —replicó Xavier con descaro.*Madre mía, está muerto si no consigo que cierre la boca,* pensó Crescent frenética.Lucius tenía una expresión asesina, con las cejas temblándole y una vena palpitándole a la vista en el cuello, antes de que su mirada volviera de golpe a Crescent. Entonces recordó su escalofriante amenaza del almuerzo del día anterior: *«Si veo a algún chico a tu alrededor, juro por Dios que lo mato solo por mirarte, no digamos ya por tocarte».*Crescent ya podía imaginar un millón de formas horribles en que podría descuartizar a Xavier, que, por alguna razón, no parecía inmutarse en lo más mínimo ante sus miradas mortales. A
Los tres amigos estaban sentados en su mesa favorita, cotilleando de todo un poco mientras comían contentos. Para Crescent era un alivio estar lejos de sus jefes gemelos, que andaban ocupados con llamadas. Se había escabullido de su despacho, segura de que le cortarían las orejas al volver, pero por suerte la reunión de la mañana se había aplazado hasta la tarde.Crescent se aclaró la garganta.—Maddy, en una sola frase, ¿puedes explicar qué pasó ayer por la mañana y cómo nos dejaste plantados en el almuerzo por los jefes? —movió las cejas con burla hacia su amiga.—Eh, no pasó gran cosa. Vine a trabajar como todos vosotros y me arrastraron a comer por la fuerza —se encogió de hombros Crescent, sorbiendo su zumo de naranja.—O sea, que sales por casualidad de su coche de la mano, como si fuerais amantes o estuvierais en una relación a tres, y encima comes con ellos al mediodía. Vaya, qué tópico —dijo Pascal, boquiabierto, mirándola con sospecha.—¡Eh, eh, eh! Antes de que me devoréis
¿Por qué tenía que ser siempre tan controlador, con su elegante traje gris de Armani a juego con la corbata y los zapatos azul marino? Crescent juraba que lo odiaba con toda su alma, sobre todo esa estúpida expresión que Lucian llevaba plantada en su sexi cara.*Espera, se supone que estoy enfadada, no que los esté repasando. Crescent, concéntrate,* se dio una bofetada mental.—Vale, pero solo porque tengo hambre... Además, no creo que sea prudente tener tanta confianza con vuestra asistente.—Me alegra que hayas dicho *nuestra* asistente, nena, así que eres asunto nuestro y de nadie más. Ahora ven aquí antes de que pierda la paciencia y te castigue.Crescent sintió que hacía el camino de la vergüenza, sabiendo que no podía ganarles la discusión. Lucian la arrastró despacio hacia el centro de la sala mientras los dos hermanos se levantaban y se quitaban las chaquetas del traje, marcando sus bellos músculos con sonrisas diabólicas.*Madre mía, creo que estoy babeando.*—O sea, que pase







