Mag-log in«Puedes huir de un director general, Crescent. Pero no puedes huir de dos seres sobrenaturales que comparten tu alma». La estrategia profesional de Crescent King era sencilla: hacer su trabajo, ignorar la tensión asfixiante que se respiraba en la sala de juntas y nunca, jamás, mantener contacto visual con sus jefes durante demasiado tiempo. Lucian es frío, calculador y la vigila como si fuera una posesión preciada. Xavier, por su parte, es pura tentación desenfrenada: un hombre que toma lo que quiere sin pedir permiso. Para el mundo empresarial, son socios despiadadamente brillantes que dirigen un imperio global. Para el mundo sobrenatural clandestino, son alfas híbridos dominantes que no rinden cuentas a nadie. Y para ambos, Crescent no es solo una empleada: es su compañera compartida y predestinada. Cuando Crescent intenta distanciarse de su creciente obsesión, la ilusión de los límites profesionales se hace añicos. Atrapada entre dos hombres letales decididos a reclamarla y un mundo oculto de peligros sobrenaturales, Crescent se enfrenta a una verdad descarnada: sus jefes no solo pretenden robarle el corazón, sino que están dispuestos a arrastrarla para siempre a su mundo oscuro y peligroso.
view more"¡Madre mía, es mi primer día y voy a llegar tarde! ¿Por qué tuve que hacerle caso a Kalvin cuando me invitó a ese club ridículo para celebrar un trabajo que todavía ni tengo? Y ahora el tráfico se empeña en castigarme por mis pecados", dijo Crescent en voz alta, pitándole furiosa a un conductor despistado.
Kalvin era su mejor amigo. Lo había conocido años atrás, durante unas vacaciones para ver a sus abuelos en África Occidental, justo después del instituto. Desde entonces formaban un dúo imparable. Aunque la mayor parte del tiempo podía ser un pesado, ella lo quería igual. Hablando del rey de Roma, la estaba llamando. —Hola, Kal —dijo Crescent, exasperada, poniendo la llamada en altavoz mientras aparcaba como Dios manda. Agarró el bolso y el móvil y salió corriendo hacia la recepción como un ganso asustado. —Vale, ¿podemos terminar esta charla luego, antes de que me despidan sin haber empezado? —le susurró a gritos, y colgó sin molestarse en oír su respuesta ni ningún otro comentario. Uf. Se acercó a la recepcionista, que le echó un repaso de arriba abajo, raro e incómodo, pero aun así la mandó a la planta 60 de su futuro lugar de trabajo. Con los dedos cruzados. Al llegar arriba, Crescent chilló por dentro al mirar el reloj: 8:55 a. m. Por el pasillo había como diez mujeres con ropa de diseñador, sofisticada y elegante. Logró bloquear sus cuchicheos hasta que una morena resultona llamada Sasha, de ojos azules penetrantes, sentada a su lado, soltó: "Dios mío, los jefes están buenísimos", sin despegar la vista del móvil, mientras las demás se ponían a susurrar emocionadas como fans en un concierto. ¿"Los jefes"? ¿En plural? Noticia de última hora: nadie le había dicho a Crescent que tendría dos jefes. O quizá es que no le había prestado atención a las revistas de cotilleo sobre el Grupo de Empresas Sterling. Desde luego, no era lo que tenía planeado ni lo que esperaba. Su mente no paraba de dar vueltas: ¿trabajaría para los dos o solo para uno de los hermanos? Había oído hablar mucho de los Sterling, sobre todo a las chicas de sus redes sociales, pero nunca tuvo tiempo ni vio la utilidad de buscar el apellido, y por eso no sabía que eran dos. Metida de lleno en sus superficiales pensamientos, Crescent no se dio cuenta de que tanto el tiempo como las mujeres de al lado se habían esfumado, hasta que oyó su nombre en una voz grave de barítono: —Crescent King. Ahora o nunca. Entró en la sala y tropezó, y sus cosas salieron volando. M****a. Lucian estaba mirando por la ventana, hablando con su gemelo Lucius sobre las chicas que habían venido a la entrevista, cuando lo golpeó un aroma intenso: jazmín dulce mezclado con el embriagador perfume de una rosa roja. Un estrépito acompañado de un jadeo dulce los obligó a él y a su gemelo a girarse hacia el ruido, justo en la puerta. Allí estaba una hermosa joven mulata de piel clara, con unos ojos castaños cautivadores que casi guardaban un destello dorado. Tenía el labio inferior atrapado entre los dientes y la cara encendida mientras intentaba recoger su bolso de tela para ocultar la vergüenza. Llevaba un vestido verde de corte lápiz con un cinturón blanco que resaltaba su cintura diminuta, sandalias blancas de tacón, el pelo suelto en ondas rizadas y un labial vampírico para rematar el conjunto. *Compañera.* Lucian se volvió hacia su hermano, que tenía una expresión lujuriosa. Fiel a su carácter, Lucius recuperó enseguida su gesto severo, mientras Lucian se esforzaba al máximo por no abalanzarse a calmar a su compañera. Se aclaró la garganta e le indicó que se sentara, y los dos la miraron fascinados. Lucian tomó su expediente y se lo pasó a su hermano, que hizo lo que mejor se le daba, intentar intimidar a su compañera, aunque ella no parecía inmutarse en absoluto. —Me llamo Lucian Sterling, y aquel de allí es mi hermano gemelo, Lucius Sterling —dijo Lucian, señalando a Lucius, que estaba en el sofá y respondió a su saludo con un gruñido áspero. Se recostó en su asiento, admirando a la bella mujer que tenían delante. —Bueno, cuéntenos sobre usted y por qué cree que está cualificada para este puesto —le dijo con una cálida sonrisa, que ella le devolvió. —Soy Crescent King. Me titulé en la Universidad Estatal de Míchigan en Estudios Empresariales y Financieros —respondió. Lucian miró a su hermano, a quien esta pequeña compañera suya tenía intrigado, y sonrió. *Créeme, esté cualificada o no, no se nos va a escapar tan pronto. Después de buscarla durante 426 años, perdimos la esperanza, y resulta que aparece en nuestra oficina de la nada,* le dijo Lucian a Lucius mediante el vínculo mental, y eso le arrancó a Lucius su famosa sonrisa traviesa mientras accedía al perfil de Crescent. Ella siguió hablando de todos los detalles de su vida, salvo de su estado sentimental. —Señorita Crescent, ¿tiene pareja? —preguntó Lucian, haciéndola sonrojar. —No, señor Sterling —respondió ella, mirándose los pies. Su respuesta provocó que Lucius montara una pataleta a través del vínculo. *Mejor, porque alguien estaba a punto de acabar bajo tierra.* Lucian lo miró con asombro. Aún no estaba acostumbrado a que Lucius llevara las cosas a tales extremos, así que puso los ojos en blanco ante su gemelo. *¡Qué! Deja de hacer como si yo fuera el malo cuando tú la quieres tanto como yo,* replicó Lucius por el vínculo. Lucian sonrió, sabiendo que era cierto al cien por cien. Crescent terminó de hablar y mantuvo los ojos puestos en ellos, admirándolos, fascinada y confundida a la vez, mientras observaba su extraña comunicación silenciosa. —Bien, señorita Crescent King, está contratada —le dijo Lucian—. Empieza el lunes a primera hora. Espero lo mejor de usted, o no lo pensaré dos veces antes de ponerla de patitas en la calle. Llegue antes que nosotros, a las 8:00 a. m., con dos tazas de café sobre nuestras mesas. Le enviarán más información por correo. Una vez más, bienvenida al Grupo de Empresas Sterling. Lucian se levantó para estrecharle la mano con su sonrisa de siempre. Crescent hizo un baile de la alegría en su cabeza mientras el señor Sterling le daba la buena noticia. Vio a su hermano ponerse de pie para darle la mano, y entonces se fijó de verdad: era de una belleza impactante, con una mandíbula marcada, igual que su gemelo. Eran idénticos en casi todo salvo en el color de ojos. Lucian tenía unos perfectos ojos azul cielo y un carácter encantador; ella supuso que era el divertido. Lucius, en cambio, tenía unos ojos grises inconfundibles y un aire severo, de chico malo. ¿Cómo iba a concentrarse con estos dos dioses griegos, tan altos y tan atractivos, con sus 2,03 metros frente a su metro sesenta y cinco? Pensó que tendría que imaginárselos como Shrek, el ogro, para conservar la cordura. Aun así, no pudo evitar quedárselos mirando, preguntándose cómo se verían en traje de baño o en la cama. *¡Por Dios, Crescent, son tus jefes! Deja de admirar sus atributos y corta con los pensamientos sucios,* se regañó, dándose una bofetada mental para volver a la realidad. Mirándolos a los dos, Crescent les prometió solemnemente que tendría buena conducta y que jamás les fallaría. Agarró su bolso para irse, sintiendo sus ojos clavados en su espalda mientras se alejaba. Casi podía notar cómo su mirada le hacía agujeros en el trasero curvilíneo al caminar hacia la puerta. Al llegar al pomo, lo giró, abrió la puerta y se dio la vuelta para confirmar su sospecha. Efectivamente, los pilló a los dos mirándola fijamente, como si fuera una forastera llegada de Plutón o de Marte. Les ofreció una sonrisa. —Hasta el lunes, señor y señor Sterling. Le respondieron con una sonrisa torcida sincronizada, gloriosa, que le puso las mejillas ardiendo. Esto iba a ser mucho más difícil de lo que esperaba. Recordando sus miradas lujuriosas, Crescent salió del edificio rumbo a su coche. Llamó a Kalvin para darle la buena noticia, y él chilló por la línea. Para ser un chico, era todo un gritón, pero ella sabía que se alegraba de verdad por ella. Ahora tocaba ir de compras. Colgó y se alejó del edificio con una felicidad absoluta.Los tres amigos estaban sentados en su mesa favorita, cotilleando de todo un poco mientras comían contentos. Para Crescent era un alivio estar lejos de sus jefes gemelos, que andaban ocupados con llamadas. Se había escabullido de su despacho, segura de que le cortarían las orejas al volver, pero por suerte la reunión de la mañana se había aplazado hasta la tarde.Crescent se aclaró la garganta.—Maddy, en una sola frase, ¿puedes explicar qué pasó ayer por la mañana y cómo nos dejaste plantados en el almuerzo por los jefes? —movió las cejas con burla hacia su amiga.—Eh, no pasó gran cosa. Vine a trabajar como todos vosotros y me arrastraron a comer por la fuerza —se encogió de hombros Crescent, sorbiendo su zumo de naranja.—O sea, que sales por casualidad de su coche de la mano, como si fuerais amantes o estuvierais en una relación a tres, y encima comes con ellos al mediodía. Vaya, qué tópico —dijo Pascal, boquiabierto, mirándola con sospecha.—¡Eh, eh, eh! Antes de que me devoréis
¿Por qué tenía que ser siempre tan controlador, con su elegante traje gris de Armani a juego con la corbata y los zapatos azul marino? Crescent juraba que lo odiaba con toda su alma, sobre todo esa estúpida expresión que Lucian llevaba plantada en su sexi cara.*Espera, se supone que estoy enfadada, no que los esté repasando. Crescent, concéntrate,* se dio una bofetada mental.—Vale, pero solo porque tengo hambre... Además, no creo que sea prudente tener tanta confianza con vuestra asistente.—Me alegra que hayas dicho *nuestra* asistente, nena, así que eres asunto nuestro y de nadie más. Ahora ven aquí antes de que pierda la paciencia y te castigue.Crescent sintió que hacía el camino de la vergüenza, sabiendo que no podía ganarles la discusión. Lucian la arrastró despacio hacia el centro de la sala mientras los dos hermanos se levantaban y se quitaban las chaquetas del traje, marcando sus bellos músculos con sonrisas diabólicas.*Madre mía, creo que estoy babeando.*—O sea, que pase
Solo pensar en su fin de semana con los gemelos era increíble. Sorprendentemente, habían cumplido su palabra, aunque eso no significaba que se hubieran privado de robarle besos y de provocarla sin parar, dejándola toda acalorada y alterada.Cuando Crescent despertó, fueron de compras a pesar de sus quejas, que cayeron en saco roto, y después pararon en el centro comercial a por su helado de chocolate favorito. Nunca había sabido que fueran *tan* famosos, con un enjambre de paparazzi pisándoles los talones, pero por suerte sus disfraces la salvaron de acabar en una de esas revistas de cotilleo.Por desgracia, después del trabajo de hoy Crescent volvería a la realidad sin ellos. Pero no pensaba dejar que notaran que había cedido. La experiencia es la mejor maestra, y desde luego no quería darle la razón a ese dicho. Así que ahí estaba, sentada justo entre los gemelos mientras iban de camino al trabajo. ¡Ja! La broma les había salido al revés, ya que no la perdían de vista ni un segundo,
Lucius observó cómo Crescent se sentaba con las piernas cruzadas, la cara sonrojada y el pelo revuelto, jugueteando con los dedos y evitando mirarlos a los ojos. De pronto, estalló en carcajadas.—Qué hermosa estás cuando estás confundida y excitada.Ella se puso roja como un tomate y escondió la cara en el hueco del cuello de Lucian, justo cuando su estómago soltó un rugido fuerte y frenético.—Ven, nena —dijo Lucian, ayudándola a levantarse—. Vamos a darte algo de comer y a saciar a esa ballena moribunda que llevas dentro.—Perdona que nos hayamos distraído y nos hayamos olvidado del desayuno que te preparamos —añadió Lucius, poniéndole delante un plato lleno de tostadas, una tortilla y beicon, junto con un vaso de zumo de manzana.Ella les regaló una sonrisa letal, de esas que devolverían a alguien a la vida.—No pasa nada, lo entiendo.Le dieron espacio para que estuviera cómoda y se sentaron en el extremo opuesto de la isla para observar lo nerviosa que parecía. La vieron comer c






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