MasukCasi cinco años despuésNew YorkAmandaTodavía siento un ardor en la garganta cuando pienso en mi padre y, a veces, me descubro regresando a aquellos días en los que todo cambió. Me cuesta seguir adelante sin él. Como dice mi esposo, sigo culpándome por lo sucedido. Justo cuando creí que tenía derecho a ser feliz, la vida volvió a golpearnos con una crueldad que todavía me cuesta aceptar.Fue una época dolorosa para todos. Aprendimos a ser una familia, nos mantuvimos unidos y Harry hizo lo que siempre hizo: arreglar los desastres de Williams. Pero esta vez el precio fue demasiado alto.El olor de la tierra húmeda se mezcla con la brisa de la mañana mientras avanzo entre las lápidas, con la mano de mi hija entre las mías. Sasha se detiene a mirar a su alrededor y tira suavemente de mis dedos.—¿Ya llegamos, mami? —pregunta con impaciencia.—Casi, mi amor.Me detengo frente a la lápida de mi padre. Por unos segundos, permanezco inmóvil, incapaz de acercarme más. Después, miro a Sasha y
Un tiempo despuésLondresMichaelEntre tantos «te amo», los días se me escaparon sin darme cuenta. Solo fui consciente del paso del tiempo cuando el vientre de Amanda comenzó a crecer con nuestro hijo. Todavía me costaba creer que íbamos a ser padres. Todo se volvió real al escuchar el primer llanto de Edward.Se me cortó la respiración. Una sonrisa nerviosa me curvó los labios y los ojos se me llenaron de lágrimas al verlo sobre el pecho de su madre, tan pequeño y frágil que hasta rozarlo me daba miedo.Por Dios, era hermoso. Tenía los ojos azules cargados de ternura y unos rasgos que me recordaban a Amanda. Me quedé mirándolo sin saber qué decir, con el corazón desbocado y la certeza de que aquel diminuto cuerpo acababa de cambiarme la vida para siempre.Durante los primeros días, despegarme de él fue casi un desafío. Buscaba cualquier excusa para cargarlo un rato más, sentir sus dedos diminutos aferrados a los míos o contemplarlo mientras dormía. Al regresar a casa, muchas veces e
Unos meses más tardeLondresAmandaSupongo que no había manera de resistirme, no cuando mi corazón tenía dueño, y casarme con Michael fue confirmar que quería una vida a su lado. Fue conmovedor escucharlo hablar de nosotros, no de promesas, sino de todo lo que construiríamos juntos. Me vi reflejada en sus pupilas y ya no me asustaba sujetar su mano ni convertirme en su compañera, porque él supo desterrar mis miedos con esa manera suya de amarme.La luna de miel fue vivir sin apuros ni preocupaciones. Éramos nosotros dos, entre sábanas revueltas, besos robados, caricias prohibidas y provocaciones que nos hacían olvidar hasta la intención de salir de la villa. Y, sin embargo, no podíamos quedarnos para siempre en la Toscana.Apenas regresamos, nos sorprendieron con un almuerzo familiar.Estábamos en el jardín, rodeados de anécdotas, bromas y platos que pasaban de mano en mano. Michael mantenía sus dedos entrelazados con los míos por debajo de la mesa, mientras Jacqueline nos observaba
La misma nocheTámesis, cerca de Greenwich, LondresHarrySeguía clavada en mi memoria la mirada de Amanda cuando le mostré el lunar de mi espalda. La confusión, el desconcierto y esa rabia que terminó por apartarla de mí me perseguían sin darme tregua. Quise detenerla, encontrar las palabras capaces de aliviar su dolor, pero mi niña no quiso escucharme. Se marchó sin dejarme acercar y yo me quedé inmóvil, con las manos cerradas y un nudo en la garganta, viendo cómo se alejaba.Jacqueline se detuvo a mi lado. No hizo falta que la mirara para saber que también seguía a Amanda con los ojos.—No te acerques, Harry. Solo conseguirás palabras hirientes… Necesita procesar la verdad —me advirtió.Me pasé una mano por el rostro, incapaz de apartar la vista de mi hija.—Necesito saber que no me odia… No quiero perderla a ella también —murmuré con la voz áspera.Jacqueline apretó los labios antes de volverse hacia mí.—Ella no te odia. Está furiosa, y tiene derecho a estarlo. Dale tiempo.Solté
La misma tardeTámesis, cerca de Greenwich, LondresMichaelLa sonrisa nerviosa de Amanda me tenía con el corazón bombeando a toda máquina, aunque quizá fuera la felicidad de volver a tenerla entre mis brazos. Aun así, me moría por saber qué había respondido cuando le preguntaron por las flores de la boda.—¿Te importa el color? —preguntó Amanda, acomodándose contra mi pecho.Su expresión tenía ese desafío juguetón que tantas veces me había hecho perder la paciencia y que, aun después de todo lo vivido, seguía enamorándome. Pero aquella respuesta era la señal que necesitaba para continuar.Me aparté de ella, rodé hasta el borde de la cama y recogí el abrigo que había dejado sobre una silla.—¿Michael? —me llamó, acomodándose contra el respaldo de la cama.No respondí. Busqué en el bolsillo la pequeña caja de terciopelo y regresé hacia ella. Me senté frente a Amanda, apoyé una rodilla en el colchón y abrí la caja entre mis manos.Levanté la mirada hacia sus ojos.—No tengo un discurso
Unos días despuésTámesis, cerca de Greenwich, LondresAmandaDespués de la sorpresa de encontrarme con Michael en el globo, me ganó la rabia. Tal vez no estaba preparada para perdonarlo; tampoco sabía cómo pasar página sin sentir que traicionaba todo lo que había sufrido. Así que reaccioné como cuando era adolescente: me crucé de brazos y le di la espalda, fingiendo que el paisaje me interesaba mucho más que el hombre que se empeñaba en recuperar mi atención.—No vas a responderme. Perfecto. Puedo hacer un monólogo de lo que significa ser un imbécil con quien amo… —soltó Michael, con una ironía que no alcanzó a esconder su frustración.Lo miré de reojo. Tenía la mandíbula tensa, pero volví la cara hacia el paisaje, decidida a no darle el gusto de una respuesta.—Era más fácil cuando éramos niños. Te reías de mis bromas y, al final del día, no querías despedirte de mí… pero ahora me odias… —murmuró, con la voz apagada.Sus palabras me dejaron sin respuesta. Mantuve los brazos cruzados







