LOGINKloe Zazueta creció en un convento, lejos de los peligros del mundo. Pero su vida cambia cuando el poderoso mafioso Lucius Fernández la obliga a casarse con su hijo, Less, para que él pueda recibir la herencia familiar. Less no quiere una esposa elegida por su padre, mucho menos una joven que considera demasiado inocente para formar parte de su mundo. Sin embargo, cuando Kloe abandona su hábito de monja y llega a la mansión Fernández, algo en ella despierta un deseo que Less ya no puede controlar. Entre secretos, amenazas y una mujer del pasado que reclama su lugar, Kloe descubrirá que convertirse en la esposa de un mafioso puede ser mucho más peligroso que enamorarse de él.
View More—Es una broma, ¿Verdad? —preguntó Less Fernández con una sonrisa nerviosa en su rostro y luego una mueca de asco mientras miraba a Kloe de arriba abajo—. ¿Mi padre quiere que me case con esta monja gorda y desarreglada?
Kloe escuchó claramente el insulto de Less y apretó sus puños con fuerza, pero permaneció en silencio en el pasillo oscuro del convento San José. Ella no era una gorda fea y desarreglada, pero el hábito ancho y desgastado que llevaba puesto, ocultaba por completo la forma real de su cuerpo. Sin embargo, ante los ojos de aquel mafioso acostumbrado a modelos delgadas, plásticas y con cuerpos perfectos, ella solo parecía una mujer sin gracia y sin encanto.
—Son las órdenes de su padre, señor Fernández —respondió la madre superiora sin mirarlo a los ojos—. Ella es huérfana, virgen y muy discreta. Es la única de las hermanas que cumple con todas esas características que dejó el señor Fernández.
Less soltó un suspiro profundo en señal de frustración. Sabía que no tenía otra opción si quería quedarse con la herencia Fernández y asegurar su lugar en el negocio familiar de su padre. El corazón de Kloe latía fuertemente bajo las desgastadas telas de su hábito. «Quizás si este hombre supiera de las humillaciones y maltratos que he sufrido por parte de las demás monjas por mi aspecto físico, sabría que no tengo miedo y que sus insultos no me avergüenzan», pensó Kloe.
Sabía que en este lugar pasaba hambre, sufría castigos injustos y muchas veces la hacían dormir en el suelo frío del convento. Todo esos abusos hacían que la idea de irse con un mafioso peligroso no sonara tan descabellada. Obviamente le aterraba casarse con un desconocido, pero al menos esa sería una vía de escape del infierno que sus hermanas le hacían vivir en el convento.
—Traigan al cura Bolívar de una vez —ordenó Less con frialdad—. Acabemos con este circo lo más rápido posible—, dijo mientras se estrujaba el rostro con las manos.
Y así fue como en una capilla oscura y sin invitados, celebraron una boda de dos minutos. Sin anillos de compromiso, sin votos de amor, y sin un beso romántico.
—Escúchame bien, monjita —dijo Less mientras la acorralaba contra la pared justo después de firmar el papel—. Nunca voy a amar a una mujer gorda como tú. Tu único trabajo es no estorbar… ¿entiendes?
Kloe bajó la mirada y asintió con la cabeza. Ella podía sentir como la mirada despectiva de Less le quemaba la piel, pero sus años de aprendizaje en el convento le hacían imposible responder de mala manera a los insultos de ese hombre.
Fue en ese momento cuando Kloe observó a través de la camisa entreabierta de Less y notó las cicatrices de su pecho. Kloe fijó la vista en las cicatrices de bala y cortes de navajas que marcaban su pecho. Eran producto de peleas que ese hombre peligroso había tenido en el pasado. Se le heló la sangre. Aquellas huellas no eran simples tatuajes, eran la prueba de que Less era un tipo al cual debía tenerle miedo. Dio un paso atrás por instinto mientras tragaba con dificultad el nudo que se había formado en su garganta. Estaba atrapada en ese lugar frente a un verdadero monstruo, y la idea de estar junto a él le aterraba, pero no tanto como la de quedarse a vivir un día más en el convento. Así que se llenó de valor y siguió adelante.
—Entiendo, señor Fernández —respondió Kloe con la serenidad que había aprendido en sus años sirviendo a Dios—. Solo le pido algo de comer.
Less se extrañó ante la falta de lágrimas en los ojos de esa monja curvy, pero jamás imaginó que ella solo agradecería poder comer bien después de tantos años solo comiendo engrudo y pan duro del suelo.
—Sígueme a la mansión Fernández, allí podrás comer todo lo que quieras —dijo antes de salir por la pesada puerta de madera.
La madre superiora comenzó rápidamente la mudanza de Kloe. No había tiempo que perder.
—Sor Juana, Sor Karina, ayuden a Kloe a empacar sus cosas —ordenó con urgencia y dio media vuelta para salir de la capilla.
Mientras caminaba por el pasillo oscuro del convento, la madre superiora no podía evitar recordar en su mente aquella noche oscura y lluviosa cuando un mafioso muy poderoso de una ciudad vecina tocó a la puerta del convento San José, traía en sus manos a su hija bastarda acompañada de un fajo de billetes a cambio de que nunca se supiera ese oscuro secreto que podría destruir su imperio familiar.
—No puedo creer la suerte que tiene nuestra hermana más gorda —dijo Sor Juana mientras metía las cosas de Kloe en una bolsa.
—Se llama la suerte de las feas —añadió sor Karina burlándose.
Kloe permanecía en silencio y con la mirada baja, pero en el fondo estaba muy feliz de salir de ese lugar de una vez por todas.
—Ten, hermana…
Sor Juana extendió su mano con la bolsa en donde había metido las pertenencias de Kloe, pero las dejó caer al piso intencionalmente antes de que ella pudiera tomarlas.
—Ups, lo siento —dijo y ambas salieron de allí burlándose de Kloe.
Kloe tomó sus pertenencias del suelo y salió del convento San José por primera vez en mucho tiempo. Una limusina brillante la esperaba en la entrada y un chófer de traje elegante le abría la puerta con caballerosidad.
Ella estaba asombrada y con la piel totalmente erizada, pensaba que ese tipo de cosas solo pasaban en los cuentos de hadas.
—Sube de una vez, no tengo toda la noche —gritó Less desde el interior de la limusina.
Ella obedeció y se sentó justo al lado de su nuevo esposo. Less percibió de inmediato un aroma exquisito que le hizo cerrar los ojos por instinto. Era una fragancia que superaba cualquier perfume que hubiera olido antes, pero se sintió como un estúpido al darse cuenta que se trataba del cabello de Kloe. Se molestó consigo mismo y dio una orden para olvidar lo sucedido.
—A la mansión Fernández —ordenó.
—De inmediato, señor Fernández —respondió el chófer y comenzó el viaje hacia la nueva vivienda de Kloe.
[***]Al día siguiente.La luz del sol se colaba por el cristal de la ventana y entre las cortinas de la habitación principal. Kloe no había logrado cerrar los ojos durante toda la noche. Acostada sobre las sábanas de seda, con el mismo vestido negro que había usado la noche anterior, había estado contando cada segundo en el reloj de la pared. En su mente se repetían una y otra vez las palabras de su suegra y Débora que la hacían sentir muy mal, pero de momento también se colaba el recuerdo del beso de Rossi en su mano y eso lograba robarle una pequeña sonrisa tierna. En ese momento también recordó la reacción de Less cuando Rossi no soltaba su mano y una idea surcó su mente de manera repentina: «¿Less sintió celos por mi?», pensó. —No… eso es imposible —se dijo a sí misma mientras sonreía en el silencio y la soledad de esa habitación.El sonido inesperado de un impacto seco contra la puerta de la habitación la hizo saltar de la cama. La puerta se abrió de golpe y Less Fernández ent
—No puedo hacerlo —exclamó Kloe mientras Leticia le terminaba de retocar el maquillaje. Less se había adelantado y ahora la esperaba junto a sus padres y varios invitados en el salón de fiestas. —Solamente sé tú misma y lo harás muy bien. Además, te ves hermosa —dijo Leticia con una sonrisa que la llenó de confianza.Kloe respiró profundo y se contagió de la sonrisa de Leticia. «Ella tiene razón», pensó, «Si pude con todo ese tormento en el convento, seguramente puedo con esto».Mientras tanto, en el centro del salón de fiestas de la mansión Fernández, el sonido del cristal de las copas chocando levemente una contra otras resonó en medio de la elegante música que sonaba de fondo. Less empinó la copa de champagne y se tragó el líquido de un solo golpe para tratar de disimular los nervios.—Arregla tu cara ahora mismo, Less —ordenó Lucius Fernández sin siquiera mirarlo, sosteniendo su propia copa con firmeza—. No quiero que nadie note lo débil que eres. Less estuvo a punto de contest
Los ojos de Kloe se llenaron de brillo la primera vez que vio la mansión en la que Less vivía. Lo que para su esposo era una gigantesca casa aburrida y exagerada, para ella era un palacio de sueños hecho realidad. —Por aquí —ordenó Less después de subir las escalinatas. La habitación principal era inmensa en comparación con el convento. Pero Less no se detuvo allí, la llevó hasta el salón comedor justo en el momento en el que la señora Leticia colocaba la última charola de comida sobre la extensa mesa de mantel blanco y pulcro. Era todo un banquete de comida caliente. La anciana notó de inmediato la forma en la que Kloe miraba los platos, y aprovechando que Less salió del salón, le preguntó si quería sentarse a comer. —¿Está segura de que puedo hacer eso? —preguntó Kloe con timidez. Kloe estaba apretando la tela de su hábito y con los ojos fijos en el pastel de carne, tragando saliva en silencio mientras su estómago rugía.—Por supuesto, señorita Kloe. Es una orden del señorito L
—Es una broma, ¿Verdad? —preguntó Less Fernández con una sonrisa nerviosa en su rostro y luego una mueca de asco mientras miraba a Kloe de arriba abajo—. ¿Mi padre quiere que me case con esta monja gorda y desarreglada? Kloe escuchó claramente el insulto de Less y apretó sus puños con fuerza, pero permaneció en silencio en el pasillo oscuro del convento San José. Ella no era una gorda fea y desarreglada, pero el hábito ancho y desgastado que llevaba puesto, ocultaba por completo la forma real de su cuerpo. Sin embargo, ante los ojos de aquel mafioso acostumbrado a modelos delgadas, plásticas y con cuerpos perfectos, ella solo parecía una mujer sin gracia y sin encanto.—Son las órdenes de su padre, señor Fernández —respondió la madre superiora sin mirarlo a los ojos—. Ella es huérfana, virgen y muy discreta. Es la única de las hermanas que cumple con todas esas características que dejó el señor Fernández.Less soltó un suspiro profundo en señal de frustración. Sabía que no tenía otra












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