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Capítulo 23

Author: Dalex Hache
last update publish date: 2026-10-26 01:13:55

El zumbido constante de los fluorescentes en la comisaría de Roma parecía acentuar el tinnitus que Diego arrastraba desde la redada en Corleone. Había firmado los informes de cierre, entregado el disco duro con las imágenes de la microcámara y respondido a los interrogatorios burocráticos de Asuntos Internos con la precisión fría de un autómata. Para el departamento, la caída de los Martineli era el caso del siglo, una victoria histórica que merecía portadas de periódicos y condecoraciones inst
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  • El escolta del Don de la Mafia   Final

    El motor del viejo Mercedes negro se apagó por completo al adentrarse en los terrenos aislados de la villa en ruinas, situada en un promontorio secreto sobre la costa de Montenegro. Las olas del Adriático rompían con una furia sorda contra los acantilados de piedra gris, levantando una neblina salada que empañaba los cristales.Maximiliano descendió del vehículo con la sobriedad imponente que los años de exilio y supervivencia no habían logrado limar. Llevaba puesta una gabardina oscura y el rostro marcado por la intemperie, pero su mirada seguía conservando esa intensidad magnética y afilada que lo había convertido en el temido Don de Palermo.A pocos metros de distancia, Diego se bajó del lado del copiloto, apoyándose levemente contra el capó. Su brazo derecho, aunque ya curado de la herida de bala del penal, guardaba la rigidez de los viejos traumas. No pronunció palabra; le regaló a Maximiliano una mirada de absoluta complicidad y se apartó hacia la sombra del porche, dándoles el

  • El escolta del Don de la Mafia   Capítulo 42

    El eco de sus pasos resonaba con fuerza en el pasillo central, mientras el ulular incesante de la alarma de incendios teñía las paredes de un rojo intermitente y violento. A lo lejos, el bullicio de los guardias intentando contener el supuesto fuego en el sector industrial creaba la cortina de humo perfecta para su huida.Maximiliano iba al frente, con la barra de hierro firmemente empuñada, moviéndose con la precisión de un depredador que conoce cada recoveco de la trampa. A su lado, Diego lo cubría con la porra antidisturbios, con los ojos azules escudriñando cada ángulo muerto, sintiendo cómo la adrenalina pura borraba por completo el dolor sordo de la herida en el brazo.—El control de acceso principal está cruzando la esclusa del sector B —advirtió Maximiliano en un murmullo cortante, deteniéndose junto a una puerta de servicio marcada con una franja amarilla—. Si logramos hackear o forzar el panel de la garita, saldremos directo al patio de descarga de los furgones.Diego se ace

  • El escolta del Don de la Mafia   Capítulo 41

    El eco del segundo golpe contra el muro de concreto reverberó en la celda como una descarga eléctrica. Diego apretó los nudillos contra la piedra fría, sintiendo que la fría monotonía del penal se desmoronaba en mil pedazos con esa sola palabra.—Te dije que no iban a poder encerrarme por mucho tiempo, detective —murmuró Maximiliano desde el otro lado, su voz un susurro ronco que se filtraba a través de una grieta imperceptible en la mampostería—. Los cimientos de esta prisión son de cemento, pero los hombres que la vigilan están hechos de la misma mierda que los de Palermo. Se venden por la mitad de lo que imaginas.Diego dejó escapar una risa corta, incrédula y cargada de una oscura euforia. Pegó los labios a la pared, devolviéndole el susurro con la misma intensidad.—¿Cuánto tiempo, Martineli? —preguntó, sintiendo que el pulso se le aceleraba en las venas—. ¿Cuánto falta para que salgamos de aquí?—Menos de lo que crees —respondió el Don con una seguridad absoluta, fría y magnétic

  • El escolta del Don de la Mafia   Capítulo 40

    El chirrido metálico de las puertas traseras del furgón blindado al cerrarse cortó de tajo el frío y el estruendo del bosque bosnio. En el interior, la oscuridad era casi absoluta, apenas rota por la luz rojiza y parpadeante de una pequeña rejilla superior que proyectaba sombras alargadas sobre el suelo de metal.El vehículo arrancó con un golpe seco, tambaleándose por los baches del camino de tierra antes de estabilizarse en la carretera principal.Diego estaba sentado en el banco de acero del lado izquierdo, con la espalda apoyada contra las paredes de hierro. Tenía el brazo derecho apretado contra el torso; la sangre ya había empapado por completo la manga de su chaqueta táctica, formándose un charco oscuro y viscoso sobre el suelo del furgón que se mecía al ritmo de los virajes. El dolor sordo y punzante de la herida de bala le quemaba los músculos, pero mantenía los ojos azules fijos en la penumbra, respirando con lentitud para no flaquear.Frente a él, esposado de pies y manos c

  • El escolta del Don de la Mafia   Capítulo 39

    El alba sobre las cumbres de Bosnia oriental no trajo luz, sino una cortina de plomo y niebla cerrada que se aferraba a los valles.Diego y Maximiliano avanzaban rápido entre los matorrales helados, a menos de dos kilómetros de la orilla donde el Danubio debía ofrecerles una salida hacia el Mar Negro. Pero el crujido seco de una rama pisada a su izquierda quebró el silencio de la madrugada con la precisión de un disparo.El mundo se detuvo un segundo. Y al siguiente, explotó.—¡Alto policía! ¡Manos arriba! ¡Tiren las armas! —rugió una voz a través de un megáfono desde el claro de los pinos, seguida por el chasquido metálico e intimidante de decenas de cerrojos y seguros de fusiles siendo quitados al unísono.No era una patrulla rutinaria de control fronterizo. Era una emboscada táctica de las fuerzas especiales conjuntas, alertadas por el soplo del viejo leñador y guiadas por las coordenadas de Interpol. Estaban rodeados en un semicírculo perfecto de hombres armados con chalecos antib

  • El escolta del Don de la Mafia   Capítulo 38

    Las chispas de la pequeña fogata chisporroteaban contra las paredes desgastadas de la antigua estación de trenes, proyectando sombras largas y danzantes en la penumbra. El olor a pino mojado, humo y hierro oxidado llenaba el aire helado de la estructura abandonada.Maximiliano deshizo el contacto de sus labios lentamente, pero no se alejó. Mantuvo su mano firme en la nuca de Diego, pulgar trazando la línea de su mandíbula con una posesión que rozaba lo sagrado. Sus ojos oscuros, habituados durante décadas a leer la traición en los hombres, solo encontraban en la mirada azul del exdetective una lealtad inquebrantable que costaba la vida entera.—Tuviste mil oportunidades de entregarme, Diego —murmuró Maximiliano, su voz grave resonando contra la piedra fría—. Tenías la placa, el respaldo de la fiscalía, la ley de tu lado. Y preferiste volver la espalda a todo por arder conmigo en este infierno.Diego soltó una risa baja, rasposa por el frío de la montaña, y apoyó las palmas de las mano

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