LOGINLas puertas dobles de cristal de la Jefatura de Policía de Palermo casi se desprenden de sus bisagras cuando Diego Rossi las empujó con una violencia ciega. Entró como un torbellino de furia contenida, ignorando el murmullo habitual de los teléfonos fijos, el tecleo perezoso de los agentes de turno y el olor a café recalentado que flotaba en el ambiente. Seguía vistiendo la chaqueta de cuero con la que había estado operando desde la furgoneta, pero ahora la llevaba abierta, revelando la funda de su arma reglamentaria y una placa que parecía pesarle más que nunca.
Detrás de él, los cuatro agentes de la Unidad Uno que habían estado infiltrados como camareros intentaban mantenerle el paso, con los rostros pálidos y las expresiones desencajadas. Sabían que cuando Diego Rossi se ponía así, la jefatura entera temblaba. Diego no se detuvo hasta llegar al centro exacto de la oficina de la unidad de homicidios y crimen organizado. Se paró frente a la gran mesa central, donde aún descansaban los mapas tácticos de la mansión Martineli y las copias de los planos de las frecuencias de audio. Con un movimiento brusco de su brazo, barrió con todo lo que había sobre la mesa. Los papeles, los bolígrafos y los vasos de plástico salieron volando, estrellándose contra el suelo ante la mirada atónita de una docena de oficiales que se congelaron en sus puestos. —¡Cierren las malditas puertas! —rugió Diego, su voz resonando como un trueno en el espacio cerrado—. ¡Nadie entra y nadie sale de este piso sin mi maldita autorización! ¡Ahora mismo! El agente Bianchi, uno de sus hombres de mayor confianza, corrió a echar el cerrojo de la entrada principal, mientras el resto del equipo se agrupaba en un semicírculo tenso, tragando saliva. La atmósfera se volvió tan densa que costaba respirar. Diego se apoyó con ambas manos sobre la mesa vacía, respirando agitadamente. Su mirada azul, normalmente analítica y fría, recorrió uno a uno los rostros de sus subordinados y compañeros. Buscaba un tic, una gota de sudor, una mirada esquiva. Cualquier señal que delatara al maldito traidor que acababa de tirar a la basura tres años de su vida. —Tres años —comenzó Diego, bajando la voz a un susurro sibilante que resultaba mucho más aterrador que su grito anterior—. Tres años persiguiendo a Maximiliano Martineli. Planificamos este operativo durante seis meses. Nadie fuera de esta habitación sabía la frecuencia de los micrófonos. Nadie fuera de esta habitación sabía que hoy era la entrega de los diamantes. Y sin embargo... el Don cerró el maletín un segundo antes de que diéramos la orden de asalto porque recibió un mensaje de texto. Diego se enderezó lentamente, cruzándose de brazos mientras caminaba alrededor de sus hombres, como un depredador acorralando a su presa. —¿Saben lo que eso significa? —preguntó, clavando sus ojos en un joven detective de apellido Moretti—. Significa que mientras yo me rompía los cuernos buscando pruebas, uno de ustedes estaba calculando cuánto valía la información en el mercado negro de la *Cosa Nostra*. Significa que el dinero ensangrentado de Martineli está metido en los bolsillos de alguien que lleva este mismo uniforme. —Detective Rossi —intervino Bianchi con voz temblorosa, dando un paso al frente—, todos aquí hemos arriesgado el pellejo. Llevamos meses sin dormir por este caso. No puede acusarnos a todos así... —¡Puedo y lo hago, Bianchi! —le cortó Diego, plantándose a pocos centímetros de su rostro—. Porque los micrófonos no fallaron. Las frecuencias no se cruzaron. A Martineli le dieron un soplo interno. Alguien de esta unidad sacó su teléfono, digitó un maldito mensaje encriptado y le vendió nuestra posición. ¿Quién fue? ¡¿Quién coño fue?! El silencio que siguió fue sepulcral. Los policías se miraban entre sí con una mezcla de desconfianza y temor. La paranoia, la peor enfermedad que puede sufrir un equipo policial, acababa de ser inyectada directamente en sus venas. A partir de ese momento, ninguno volvería a confiar en el compañero de al lado. Diego soltó una carcajada amarga, carente de cualquier pizca de gracia, llena de puro cinismo y dolor. Se pasó una mano por el cabello castaño, visiblemente frustrado, y caminó hacia la pizarra acrílica donde la foto de Maximiliano Martineli presidía el organigrama de la mafia. En la imagen, el Don lucía imponente, con esa mirada superior que tanto odiaba. —¿Se creen que esto es un juego? —preguntó Diego, señalando la fotografía—. Ese hombre no es solo un mafioso con un traje caro. Es un monstruo que controla Palermo a base de miedo, extorsión y cadáveres enterrados en el cemento. Y el imbécil que le pasó la información cree que va a poder disfrutar de su maldito dinero. Cree que Martineli lo va a proteger. Diego se giró despacio, apoyando la espalda contra la pizarra. Su rostro se ensombreció, y la determinación en sus ojos se volvió letal. —Escúchenme bien —dijo, estirando cada palabra para que se grabara en sus mentes—. Voy a revisar cada registro telefónico. Voy a auditar cada cuenta bancaria, no solo las de ustedes, sino las de sus esposas, sus madres y sus hermanos. Voy a interrogar a cada informante de la calle si es necesario. No me importa si tengo que dar vuelta a toda Sicilia o si tengo que trabajar veinticuatro horas al día sin pisar mi casa. Diego caminó de regreso a la mesa, apoyó los puños sobre ella y se inclinó hacia adelante, asegurándose de que todos escucharan su promesa. —Yo mismo voy a encontrar al infiltrado. Y cuando lo haga... no habrá sindicato, ni derechos humanos, ni placa que lo salve de mí. Lo voy a destruir. Le voy a quitar el uniforme a jirones y me aseguraré de que pase el resto de sus miserables días en la celda más oscura y podrida de la prisión de máxima seguridad de la isla. Nadie se burla de mi trabajo. Nadie vende a mi unidad. Diego se enderezó y le hizo una seña severa a Bianchi. —Bianchi, requisa todos los teléfonos móviles de los presentes ahora mismo. Nadie se va a su casa hasta que asuntos internos venga a sellar esta oficina. Sin esperar respuesta, Diego caminó hacia su despacho privado, una habitación pequeña con paredes de cristal desde donde podía vigilar el exterior. Entró y dio un portazo que hizo vibrar los vidrios. Se dejó caer en su silla de cuero gastada, tapándose la cara con las manos. La rabia inicial comenzó a transformarse en una fría y peligrosa lucidez. Sabía que investigar de forma interna tomaría meses, meses burocráticos llenos de papeleo donde Martineli seguiría ganando terreno y borrando huellas. Los corruptos se cubrían muy bien entre ellos. Mientras miraba a través del cristal a sus hombres entregando sus teléfonos con caras de indignación y miedo, Diego comprendió la amarga realidad: la ley estaba atada de manos por su propio peso. Si realmente quería llegar al fondo de esto, si quería descubrir quién era el traidor y ponerle las esposas a Maximiliano Martineli, no podía seguir jugando bajo las reglas del sistema que el propio Don ya había comprado. Tenía que operar en las sombras. Tenía que convertirse en un fantasma, igual que ellos.El silencio incómodo en torno a la barra comenzó a disolverse lentamente a medida que la música recuperaba su volumen y los guardias, bajo las severas miradas de los capos, regresaban a sus tragos y a sus mujeres, aunque los murmullos seguían flotando en el aire pesado del club.Maximiliano no apartó la vista de Diego. Con un sutil movimiento de su mano libre, le hizo una seña a uno de los hombres de los escalones para que le indicara al escolta que subiera.Diego dejó su vaso sobre el mármol, se acomodó los puños de la camisa y comenzó a subir los escalones hacia la exclusiva zona VIP. Desde el centro de la pista, Salvatore observó la escena. El veterano capo vio a Diego acercarse al Don con esa maldita seguridad que tanto le irritaba, y cuando el mecánico tomó asiento en el sofá individual de cuero, justo al lado del imponente sillón de Maximiliano, Salvatore apretó los puños con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. No toleraba que un aparecido del puerto ganara tan
La música de ambiente, una mezcla de jazz moderno y ritmos italianos, retumbaba con suavidad en las paredes del club privado subterráneo de la mansión. Maximiliano había decidido organizar una fiesta íntima para sus hombres de confianza. Tras semanas de alerta máxima por los ataques de Catania y turnos de vigilancia extenuantes de veinticuatro horas, la tensión en la estructura era evidente. Los soldados necesitaban despejar la mente, y el Don sabía que el alcohol, la música y las mujeres traídas de los clubes más selectos de la costa eran el mejor sedante para mantener a sus lobos contentos y leales. El ambiente estaba cargado de risas roncas, el tintineo constante de las botellas de champán y el humo de los puros que bailaba bajo las luces rojas y difusas del local. Varios guardias bailaban en el centro de la pista, desabrochándose las chaquetas de sus trajes, flanqueados por mujeres hermosas vestidas con telas brillantes y tacones altos. Apartado del bullicio, sentado en un impon
El calor del verano siciliano comenzaba a derretir el asfalto de Palermo, pero dentro de la mansión Martineli el aire acondicionado mantenía una atmósfera gélida. Habían pasado dos semanas desde la noche de la tormenta. Diego se había adaptado a su papel de manera impecable, pero la cercanía diaria con Maximiliano estaba empezando a jugarle una pasada peligrosa a su mente de detective.Ya no lo veía solo a través de una pantalla de vigilancia o en fríos informes policiales. Ahora compartía el mismo espacio, respiraba su mismo aire y, sobre todo, sentía el peso de la presencia de un hombre imponente que gobernaba con mano de hierro. Maximiliano era un líder nato, y aunque Diego lo odiaba por lo que representaba, no podía evitar sentir una extraña fascinación por la seguridad y la frialdad con la que el Don manejaba su imperio.La oportunidad para que esa barrera profesional crujiera por primera vez ocurrió una tarde en el gimnasio privado de la mansión, un espacio subterráneo revestido
El reloj de pared del pasillo central marcaba las once de la noche. La mansión Martineli estaba sumida en un silencio sepulcral, interrumpido solo por el rugido lejano de los truenos y el golpeteo de la lluvia contra los ventanales blindados. Hacía menos de una hora que un rayo había afectado uno de los transformadores externos, obligando a los generadores auxiliares de la propiedad a entrar en funcionamiento. Aunque la electricidad se había restablecido, los sistemas informáticos y el circuito cerrado de televisión tardarían unos veinte minutos en reiniciarse por completo debido a los protocolos de encriptación de alta seguridad.Para los operadores de la sala de control, era un fallo técnico rutinario. Para Diego Santos, era la ventana táctica que había estado esperando durante un mes.Vistiendo ropa civil oscura y calzando zapatos de suela de goma que no emitían el menor sonido sobre el suelo de mármol, Diego se deslizó fuera de su habitación. Evitó el pasillo principal, donde sabí
La primera noche en la fortaleza de los Martineli fue una prueba de resistencia absoluta para Diego Santos. El ala de seguridad de la mansión, donde Salvatore le había asignado una habitación, era un reflejo de la mentalidad paranoica de la organización: pasillos alfombrados para ahogar las pisadas, cámaras de circuito cerrado en cada esquina y ventanas blindadas que daban a los extensos jardines patrullados por hombres armados y dobermans.Eran las dos de la madrugada cuando Diego cerró la puerta de su habitación con pestillo. El cuarto era amplio, impecable, decorado con muebles de madera oscura que olían a cera cara, pero para él se sentía como una celda de aislamiento de máxima seguridad.Dejando escapar un suspiro ronco que había estado conteniendo durante horas, se despojó de la chaqueta de lona y la camiseta. Al mirarse en el espejo del lujoso baño de mármol, vio que el esfuerzo físico en el parque había pasado factura. El vendaje elástico que comprimía su torso estaba ligerame
El trayecto en el coche de la familia Martineli transcurrió en un silencio tenso, roto únicamente por los sollozos ya apagados del pequeño Alexander y los murmullos de su madre, Sonia, quien no dejaba de estrecharlo contra su pecho. Diego viajaba en el asiento del copiloto, manteniendo la mirada fija en el retrovisor, simulando la paranoia natural de un civil que acababa de sobrevivir a un tiroteo. Por dentro, sin embargo, su mente trabajaba a una velocidad de vértigo. Tenía que fijar cada detalle de su nueva fachada. A partir de ese segundo, el detective Rossi estaba oficialmente muerto. Su nuevo escudo sería un apellido corriente, uno que no levantara sospechas en los archivos policiales ni en los registros de la mafia. *Santos*. Un nombre limpio para un hombre cubierto de secretos.Cuando las imponentes puertas de hierro forjado de la mansión Martineli se abrieron, Diego sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el dolor de sus costillas. Reconoció el lugar al instante: er







