INICIAR SESIÓNEl cielo gris le hace justicia a esa tarde desoladora, que será la última en que sus padres tengan esa forma que pronto perderán al descomponerse. Tan solo es un niño; ¿cómo se supone que vivirá sin sus cuidados?
Mira a los presentes, que visten de negro, alrededor de ambos orificios donde los ataúdes serán puestos, para esconder los cuerpos que le dieron vida. De todas formas, son como muñecos de carne, puesto que carecen de esencia y conciencia; ya sus padres no están. Ha quedado completamente solo en un mundo cruel y caótico.
Sus tíos permanecen de pie con cara de tristeza, al igual que todos allí. ¡Hipócritas! A ninguno les duele esa muerte ni les afecta como a él. Sus progenitores nunca contaron con su familia; asimismo, muchos amigos le dieron la espalda cuando el señor Amato despreció a su padre y lo desheredó.
Una última mirada a las cajas que contienen a las únicas personas a quienes le importaba, y las lágrimas afloran cuando estos son introducidos allí y cubiertos por la tierra. Tiene que abrazarse a sí mismo para no perder la compostura, porque lo único que desea es ser enterrado junto a ellos.
«Adiós, papá y mamá», se despide en su mente y se cubre el rostro con las manos. Así oculta el llanto.
***
El cielo se está tornando oscuro y el suelo, mojado por la reciente lluvia, se encuentra un poco resbaloso.
El chico de unos doce años se baja de la limusina negra con desazón, puesto que está destrozado por dentro. Sus rizos rubios ya se han desarreglado; no importa cuánto los peine, vuelven a desordenarse alrededor de su rostro. Sus mejillas y nariz están rojas por el llanto.
—Querido, bienvenido a tu nuevo hogar. —La mujer de delgadez exagerada, cabello negro y lacio que recoge en una coleta de lado, se coloca a su lado y le palmea el hombro derecho.
El chico ni siquiera se molesta en mirarla o responderle. No le gusta esa mujer a quien todos llaman Lisselot y que porta ese ridículo sombrero negro con plumas. ¿Se supone que deba llamarla tía o por ese feo nombre?
—Ya entren, antes de que llueva más. —Ese es el tío gordo: un alcohólico glotón que nunca ha trabajado en su vida, a quien todos llaman Juárez.
El chico mira la mansión por un largo rato y desea correr lejos de allí. Más que la casa de los hijos del hombre más rico del país parece la casa de Drácula: negra por fuera, anticuada, sombría, gigantesca, con una vibra negativa que le provoca escalofríos. Definitivamente, no es el mejor lugar para un niño.
Minutos después, sus tíos ya han entrado; él continúa afuera, sopesando si entrar o salir corriendo.
—No te preocupes, pequeño, que tu tío Víctor cuidará de ti. —El hombre de gran estatura, complexión fuerte y rústica, cabellera negra pegada al cráneo y ojos grandes, con un cigarro en mano, le pone la palma en el hombro y la aprieta con fuerza.
Cierto, el tío mayor.
El hombre se adelanta, dejando escapar humo de su boca y nariz mientras el chico queda solo allí, contemplando su nuevo hogar. Las gotas de lluvia empiezan a descender y se mezclan con sus lágrimas. Resignado, camina en dirección a la mansión donde vivirá desde ese momento.
***
Tres años después…
—Tú puedes hacerlo, chico —anima su tío Víctor con impaciencia—. Es esto o la cárcel, tú decides. Debes pagar las deudas que tu padre dejó y cubrir tus gastos; no hay otra opción que trabajar para conseguirlo. Créeme, te encantará hacer esto y la paga te dará una vida de lujos. Placer y dinero fácil es lo que obtendrás. Deberías agradecerme.
El adolescente no dice nada. ¿Acaso hablar cambiaría su suerte? Su vida quedó condenada desde el momento en que se anunció la muerte de sus padres y él quedó desamparado en manos de esos buitres. Entonces no había caso en refutar; su destino ya había sido elegido, y él se convertiría en otra persona, muy diferente a lo que sus padres hubieran deseado.
Un último suspiro le da la fuerza que necesita para entrar a aquella habitación.
Acomoda la bata de baño, se peina los rizos con los dedos y se relame los labios. Mira a su tío una vez más, buscando ese apoyo que tanto necesita, o tal vez piedad, que lo dejara ser un jovencito como los demás; uno que no tuviera que cargar con una deuda que ignoraba que existía y no tuviera que pagar por la comida que sus tíos ricos le dan; después de todo, son su única familia y él es un menor de edad.
Vuelve a suspirar, preso del miedo.
Esa sería su primera vez…
—Vamos, chico; relájate y disfruta el momento.
Siente náuseas al escuchar aquello, y una sensación de amargor le invade el paladar.
Disfrutar el momento…
Aprieta la manilla de la puerta y la gira dubitativo. Cuando esta cede, varios escalofríos recorren su cuerpo y el pulso se le acelera. Los ojos le arden por las ganas inmensas de llorar que siente, pero debe disimular y sonreír de forma coqueta, como su tío le había enseñado días antes.
Con pasos torpes y el nerviosismo torturándole la cordura, entra a la habitación donde su primera clienta lo espera.
—¡Pero qué belleza de chico! —exclama la señora mientras se saborea los labios de una manera que a él le parece asqueante—. Está vestida con una batita sensual de color rojo que no deja nada a la imaginación; su cabello negro y largo va recogido en una coleta alta que le da cierta elegancia.
Ser testigo de la lujuria en la mirada de aquella mujer, cuyos ojos están rodeados de algunas arrugas, le provoca un malestar insoportable.
—Acércate, que no muerdo… bueno —ríe maliciosa—…, mis mordeduras te encantarán.
El asco, el miedo y la rabia se mezclan en su interior, pero debe disimularlo, porque ya el dinero ha sido depositado. Se acerca como presa que va directo a la trampa del depredador, conteniendo las ganas de llorar y escapar.
Esa noche, en la habitación de un hotel lujoso de cinco estrellas, un chico virgen pierde su inocencia. Para él, este es el primero de muchos encuentros desagradables que lo dejan asqueado y quebrado casi todos los días.
Los días transcurren y Gio es mimado por Katerina, quien lo cuida con celo y entrega.—Ya estoy mejor, mi amor; descansa, muñequita —Él le acaricia el rostro con ternura.—No quiero que hagas ningún esfuerzo hasta que te sanes, Gio —replica ella con el ceño fruncido mientras lo mira con desaprobación.—Estás exagerando, solo me agaché a recoger las chanclas; si no me morí por el disparo, mucho menos por agacharme. —Él entorna los ojos.Katerina se exalta al escucharlo y, con la voz temblorosa, le reclama:—¡No vuelvas a decir eso, Gio! Cada vez que mencionas la muerte, no puedo evitar recordar ese horrible evento en el que casi te pierdo. —Ella empieza a llorar.Gio se enternece con su reacción.—Lo siento, mi amor, se me olvidó lo sensible que te encuentras en estos días. Deberías comerte una barra de chocolate y descansar.—Solo tengo la menstruación, Gio, tampoco estoy enferma. —Ella resopla.—No dije que estuvieras enferma, mujer. Ya, ven a acostarte con tu marido y deja de estres
Katerina se levanta temprano y, después de beberse un té, se dirige al hospital. Mientras conduce, pide en su corazón por la salud de su esposo. Cuando llega, todavía no es la hora de la visita, así que se va a desayunar a la cafetería.Una hora más tarde, le dicen que el horario de visita empieza a las diez, así que debe esperar dos horas más.Da vueltas por el hospital para hacer tiempo y llega al área de pediatría; allí ve a las madres con sus hijos, algunos solo son unos bebés, mientras que otros ya son grandecitos.Una emoción extraña la embarga al imaginarse sentada en uno de esos asientos, con su bulto de bebé al lado y un pequeño en brazos, mientras una niña más grandecita juguetea a su alrededor y la llama mamá.Katerina observa la escena de una madre amamantando a su bebita, entonces los ojos se le llenan de lágrimas al entender que ella nunca experimentará aquella hermosa conexión, como tampoco sabrá qué se siente tener una vida dentro de ella.Años atrás no pensaba mucho en
En una de las salas de la mansión Amato en Cinsy, tres hermanos conversan acerca de un tema importante para ellos:—Tengo la sospecha de que Giovanni está en Permis. Creo que él ya empezó a dirigir el imperio Amato —asume Lisselot.Como de costumbre, ella se encuentra vestida de negro, con maquillaje sombrío y su extravagante sombrero puesto. Está sentada en un sillón fino y de apariencia anticuada, que hace juego con la extraña y escalofriante decoración de la mansión, que luce poco iluminada.—Pero no se ha hecho oficial ni se le ha entregado nada —refuta Juárez—. Aún tenemos tiempo de matarlo.—Alguien fuera del imperio lo debe de estar ayudando o puede que sí haya ido a reclamar la herencia, pero que no lo hayan anunciado porque lo están preparando para su liderazgo —deduce Víctor, quien enciende un cigarrillo y se sienta frente a sus hermanos—. Supongo que está oculto hasta aprender el oficio. Liderar toda una mafia no es algo que se haga a la ligera, y eso lo sabe el segundo jef
Katerina corre en dirección a Gio con una rapidez fuera de lo común, pese a que todo su cuerpo tiembla. Es la primera vez que siente ese tipo de angustia, de dolor, de miedo.—¡Gio! —grita cuando llega a él.El hombre que porta el arma pretende volver a disparar; esta vez sería en la cabeza para rematar a su víctima. No obstante, Katerina se le lanza encima y le cae a golpes, sin importarle el peligro que su ataque representa.—¡No le dispares a ella o te mato con mis propias manos! —advierte Tom, conociendo la poca paciencia de su empleado.El otro subordinado lucha por quitarle a Katerina de encima, pero la tarea se le hace difícil, puesto que ella parece una gata salvaje y rabiosa.Por su parte, Katerina araña, golpea y le hala el cabello al hombre que le hizo daño a su esposo, con una ira que jamás había experimentado, ni siquiera cuando le hicieron daño a ella.El compañero logra liberar a su colega de la mujer, quien patalea y suplica que la suelten.—¡Necesito ayudarlo! ¡Puede
La niebla cubre el mar bajo el cielo gris, que ha tomado ese tono porque está nublado. Aquel día, la gélida temperatura le traspasa la piel y siente ese mismo frío punzante embargarle el pecho. Mira el océano, que se muestra desolado y triste, puesto que la alegría ya no está allí y los colores se han tornado grises. Las lágrimas se congelan al brotar de sus ojos y el llanto se le queda atascado en la garganta, lo que le provoca una sensación de asfixia. «Estás destinada a la soledad y al dolor», escucha en su mente de forma tortuosa. —¡Regresa a mí! —grita al fin. Las lágrimas empiezan a fluir y por fin siente el alivio recorrerla cuando las palabras son liberadas. «Déjame ir, amada...», escucha a lo lejos. El dolor aumenta a medida que esas palabras se repiten en sus pensamientos; entonces, la negación se impone. —No puedo dejarte ir porque eres lo único que tengo —llora a todo pulmón. La rosa amarilla se deshoja y cae al mar; entonces ella mira las otras dos que le quedan en
Katerina atiende a los clientes con buen ánimo y con una sonrisa amable todo el tiempo. Se ha pasado esos días metida en el trabajo y visitando el terreno que usará para los cultivos, debido a que de esa manera se distrae y no piensa en la ausencia de Gio.No obstante, al caer la noche y tener que acostarse sola, el paladar le es embargado por un sabor amargo que solo él puede endulzar y el vació en la cama se torna insoportable.Lo extraña tanto que le duele.—¿Cuándo volverá Gio? —le pregunta una clienta—. Este lugar no es el mismo sin su carisma, ya que él es la alegría de la floristería —comenta nostálgica.Katerina sonríe al recordar todas sus locuras y lo creativo que es él para atraer a la clientela.—Tiene toda la razón, Gio es el alma de la tienda y su ausencia se siente demasiado —responde com







