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Descontrol

Autor: ARGrimán
last update Fecha de publicación: 2026-08-13 05:38:19

Los días siguientes transcurrieron con una calma que Elena hacía tiempo no experimentaba.

Apenas se cruzaba con Julián. Él había decidido evitarla, y ella lo agradecía. Ya no había discusiones en los pasillos, ni tensiones en la cocina, ni miradas cargadas de reproche. Podía desayunar tranquila, salir sin sobresaltos y regresar sin la sensación constante de estar caminando sobre cristales rotos.

Por primera vez en semanas, respiraba.

Y buena parte de esa paz tenía nombre.

Adrián.

Las cenas con
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  • El heredero que le negué al CEO Vancroft   Términos de rendición

    Una semana después, el timbre sonó en el pasillo de un edificio residencial en Barcelona.La puerta se abrió. Isabella se quedó parada en el umbral, apoyando una mano en el marco. Llevaba un vestido de diseñador, pero el entorno la delataba; el apartamento era cómodo, pero estaba a años luz de los apartamentos exclusivos a los que estaba acostumbrada. Tenía una expresión de amargura en el rostro.—Vaya —soltó Isabella, cruzándose de brazos y levantando la barbilla—. Vi las noticias. Así que ya no eres una Vancroft. ¿Vienes a buscar consuelo o a presumir que por fin te quitaron el apellido?Elena no alteró su expresión. La provocación no surtió ningún efecto.—Vengo a hacer negocios, Isabella. Permíteme pasar.Isabella dudó un segundo, pero se hizo a un lado. Elena caminó hasta el salón, sacó una carpeta de su maletín y la dejó sobre la mesa de cristal.—No tengo tiempo para juegos, Elena. ¿Qué es eso?—Tu billete de regreso a la vida que perdiste —respondió Elena, tomando asiento en e

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    El reporte mensual emitido desde Barcelona descansaba abierto sobre el escritorio. Julián lo hojeaba con el ceño fruncido, apretando la mandíbula al leer las notas del trabajador social.Elena se detuvo en el umbral del despacho. Había pasado los últimos días evitándolo, manteniendo una distancia prudencial impuesta por su propia culpa, pero la expresión de frustración en el rostro de Julián la hizo cambiar de idea. Hizo a un lado la incomodidad, entró en la habitación y tomó asiento en la silla frente a él.—¿Qué dice el informe? —preguntó ella directo al grano.Julián soltó las hojas sobre la madera con pesadez.—Isabella está aislando a Marco cada vez más. No permite que las niñeras lo saquen del apartamento ni para ir al parque. Reacciona con agresividad ante cualquier intento de socialización del niño. Lo está convirtiendo en un prisionero de su propia amargura.Elena cruzó las piernas y se inclinó hacia adelante.—Estamos abordando el problema desde el ángulo equivocado, Julián.

  • El heredero que le negué al CEO Vancroft   Mensajes en el vacío

    El reloj digital del microondas marcaba la una y cuarenta y cinco de la madrugada.Sofía estaba sentada en el sofá de su apartamento, con las rodillas recogidas contra el pecho y el teléfono iluminándole la cara en medio de la oscuridad. La pantalla mostraba el chat vacío de Adrián.Llevaba horas intentando dormir. Había dado vueltas en la cama, se había levantado a beber agua, había encendido la televisión y la había vuelto a apagar. Su mente se negaba a darle una tregua. La escena de la tarde en la zanja se repetía en su cabeza en un bucle constante.Recordaba la firmeza del brazo de él rodeándole la cintura. La presión de sus dedos contra sus costillas. El calor de su pecho a través de la tela de la camisa. Y, sobre todo, la intensidad de su mirada. Adrián la había mirado con una urgencia cruda, despojándola de la etiqueta de hermana pequeña de Mateo en un solo segundo.Y ella le había devuelto la mirada con la misma intensidad. Lo deseaba. Reconocerlo en la soledad de su sala le r

  • El heredero que le negué al CEO Vancroft   El precio de la paz

    El crujido de la grava bajo sus zapatos era el único sonido en la oscuridad. Julián caminaba hacia la villa con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, pero la temperatura de la madrugada no lograba apagar el calor que le quemaba la sangre.La imagen de Elena en la cocina seguía incrustada en su mente. La respiración de ella, la mirada fija, la cercanía insoportable. Había estado a punto de cruzar la línea. A punto de destrozarlo todo. El sonido del motor de la camioneta de Adrián había sido un golpe directo en la mandíbula, despertándolo de un espejismo peligroso y devolviéndolo a la realidad de golpe.Entró a la villa y cerró la pesada puerta de madera a sus espaldas. El silencio de la casa enorme lo recibió de inmediato. Caminó hasta el bar del salón principal, sirvió dos dedos de whisky en un vaso de cristal y dio un trago largo, dejando que el ardor del alcohol le bajara por la garganta.Con el vaso en la mano, caminó por el pasillo central y se detuvo frente a la galerí

  • El heredero que le negué al CEO Vancroft   La otra cara de la mentira

    El sol de media tarde caía sobre las ruinas del ala sur. Adrián estaba en cuclillas junto a la zanja de inspección, con la cinta métrica en la mano y la camisa pegada a la espalda.—El colector viejo pasa por debajo del muro —dijo Sofía, señalando con el lápiz—. Si la filtración viene de ahí, no sirve de nada reforzar arriba.—¿Cuánto tenemos que abrir?—Depende del diámetro. Déjame medirlo.Sofía dejó la libreta sobre una piedra y se inclinó hacia delante, apoyando una rodilla en la tierra para alcanzar la tubería expuesta a ras de suelo. Estiró el brazo dentro de la zanja.Adrián iba a decir algo sobre el presupuesto de excavación y se le olvidó.Durante meses la había archivado sin esfuerzo. La arquitecta insoportable. La hermana menor de Mateo. La mujer que le hablaba con desprecio y que él aguantaba porque el proyecto la necesitaba. Esa etiqueta se le desprendió de la cabeza en un segundo y lo dejó mirando lo que tenía delante: el pantalón de trabajo tenso sobre las caderas, la c

  • El heredero que le negué al CEO Vancroft   Sustitutos en la oscuridad

    El agua de la tetera empezó a silbar, pero ninguno se movió.Julián seguía ahí, con la mano apoyada apenas sobre el brazo de Elena, los dedos quietos, sin subir ni bajar. Ella podía contar los centímetros que los separaban. Cuatro, tal vez menos.—Se va a quemar el agua —murmuró él.—El agua no se quema.—Algo se va a quemar.Un motor rugió afuera. Los neumáticos crujieron sobre la grava y los faros barrieron la ventana de la cocina, iluminando la encimera, los azulejos, las manos de ambos.Se separaron de golpe. Julián retrocedió dos pasos y se apoyó contra el fregadero. Elena giró hacia la hornilla y apagó el fuego con dedos temblorosos.La puerta principal se abrió.—¿Hay alguien vivo en esta casa? —la voz de Adrián llegó desde el salón, ronca de cansancio, pero con su usual humor alegre.—En la cocina —contestó Elena.Adrián apareció en el umbral. Tenía polvo de cemento en el pelo, en las pestañas, en los antebrazos. Dejó las llaves sobre la mesa y se frotó los ojos con el dorso d

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