LOGINBianca mantuvo la mirada fija en los ojos oscuros de Mateo. Con la mano izquierda, tanteó la superficie del escritorio a sus espaldas hasta encontrar su teléfono móvil. No tembló. Deslizó el pulgar por la pantalla, abrió la aplicación de correo y redactó una línea al director de su departamento legal. Sus uñas golpearon el cristal con rabia mientras Mateo seguía acorralándola contra el inmenso ventanal de la oficina.Apretó el botón de enviar.La orden salió hacia sus abogados, exigiendo el retiro inmediato de la demanda contra el consorcio Viatti-Roswald y la anulación total de la cláusula de embargo sobre los terrenos.—Ya tienes lo que querías —siseó Bianca, alzando el teléfono entre los dos para mostrarle la pantalla con la confirmación de envío—. Ahora quítate de en medio.Apoyó ambas manos sobre el pecho de Mateo y lo empujó con todas sus fuerzas. Esta vez, él cedió. Dio un paso atrás, liberándola del encierro contra el vidrio frío. Bianca soltó un suspiro de frustración. Se arr
La ciudad de Barcelona brillaba al otro lado del inmenso ventanal, indiferente a la destrucción de su matrimonio y al exilio del hombre que amaba.Horas atrás, se había derrumbado en ese mismo suelo. Lloró hasta quedarse sin aire. Pero al escuchar la voz triunfal de Giancarlo Viatti al otro lado de la línea, la tristeza se evaporó por completo. En su lugar, un fuego calculador y despiadado le endureció el corazón.Se apartó del escritorio de cristal. Caminó hacia el baño de la habitación principal, encendió las luces blancas y se miró al espejo. El rímel le manchaba las mejillas y la bata de seda negra se veía arrugada, dándole el aspecto de una presa herida.Abrió el grifo, se lavó la cara con agua helada hasta borrar cualquier rastro de lágrimas y se secó con una toalla. Fue al inmenso vestidor, ignoró la sección de ropa casual y sacó un traje sastre oscuro de corte impecable. Se vistió con movimientos ágiles, como un soldado preparándose para salir al campo de batalla.Tomó su telé
La habitación de huéspedes estaba a media luz. Damián sacó la misma maleta negra que había utilizado el día que Vittoria lo exilió a esa alcoba tras descubrir la mentira sobre Isabella. Esta vez, el destierro era definitivo. Abrió el cierre de la lona y comenzó a guardar sus pertenencias sin ningún orden. Tiró pantalones, camisas y zapatos en el fondo, moviéndose con velocidad para no detenerse a pensar en lo que estaba perdiendo.Vittoria apareció en el umbral de la puerta. Se apoyó contra el marco de madera, abrazándose a sí misma. Lloraba en silencio. El rímel le manchaba las mejillas y la bata de seda negra se veía arrugada. Ya no quedaba rastro de la mujer invencible que había ganado la batalla a Bianca Navarro en la sala de juntas el día anterior; solo una esposa aterrada de perder a su marido.—No tienes que irte de Europa —murmuró ella, con la voz ahogada—. Podemos irnos los dos. A América o Asia. Podemos empezar de cero lejos del consorcio.Damián cerró la maleta. Evitó mirar
Damián mantuvo la barbilla en alto. No apartó la mirada de los ojos de Giancarlo Viatti. Sabía perfectamente que estaba caminando sobre un campo minado, pero retroceder significaba ver a su esposa destrozada dentro de una celda. No tenía pruebas reales sobre las cuentas ocultas de la familia, pero conocía a la perfección el mundo de los millonarios. Sabía cómo operaban y dónde escondían su dinero. Su farol tenía que ser impecable.—Una investigación por extorsión y fraude abriría los libros contables del consorcio frente a un juez —explicó Damián, usando un tono de voz firme y desinteresado—. Revisarán las transferencias hacia Luxemburgo y encontrarán las triangulaciones que haces en las Islas Caimán para evadir impuestos. Yo tengo copias de esos registros de seguridad. Si me envías a prisión, me aseguraré de que la fiscalía reciba cada documento.A sus espaldas, escuchaba la respiración agitada de Vittoria. Ella lloraba. Cada sollozo le perforaba el pecho como una aguja, pero Damián
El peso de la amenaza aplastó a Vittoria por completo. La cárcel. Su propio padre estaba dispuesto a destruir su libertad y arrojarla tras las rejas por haber desobedecido una orden.Giancarlo no fanfarroneaba. Él era el único miembro fundador vivo del consorcio, el patriarca que movía los hilos del sistema judicial de Barcelona a su antojo. Si él presentaba las pruebas de falsificación, ningún abogado en Europa podría salvarla.—Papá, por favor, no hagas esto —rogó Vittoria. Su voz se quebró. La máscara de ejecutiva fría se desmoronó, dejando a la vista el pánico absoluto—. Yo nunca quise traicionarte. Solo intentaba proteger lo nuestro de un escándalo. Te juro que todo el dinero está devuelto. Puedo dejar mi puesto como directora hoy mismo si eso es lo que quieres.Giancarlo la miró desde arriba. No mostró ni un gramo de empatía por las lágrimas que empezaban a acumularse en los ojos de su hija.—Ya no me sirves como directora, Vittoria —respondió él, con un tono frío—. Tu debilidad
Damián no se apartó del umbral. Su postura bloqueaba por completo el acceso al interior del apartamento. Giancarlo Viatti clavó sus ojos en él, demostrando un desprecio profundo. Los dos guardaespaldas a sus espaldas dieron un paso al frente, listos para intervenir, pero el patriarca levantó una mano para detenerlos. No necesitaba usar la fuerza física en ese momento.—Hazte a un lado, Roswald —ordenó Giancarlo, con una voz severa—. Vengo a hablar con mi hija.Vittoria salió de la cocina sosteniendo las tazas de porcelana. Al ver a su padre en la entrada principal, el estómago se le hundió. La paz que había sentido minutos antes se desvaneció de inmediato. Conocía esa expresión en el rostro de Giancarlo; era la misma que usaba antes de destruir la carrera de un rival en la junta directiva.Caminó rápido hacia la sala y dejó las tazas sobre la mesa de cristal para evitar tirar el café.—Déjalo pasar, Damián —pidió Vittoria, acercándose al recibidor.Damián giró la cabeza para mirarla.







