MasukLa luz del sol de verano se colaba por la ventana cuando Amanda abrió los ojos.Le bastó un vistazo para confirmar que las cortinas estaban abiertas y que el día ya había avanzado más de lo que imaginaba. Se removió en la cama buscando, por pura costumbre, el cuerpo de Ethan, pero él no estaba. En su lugar encontró una carta, y Amanda sonrió apenas la vio. Cada vez que Ethan le dejaba una nota, terminaba recibiendo una sorpresa. Pasó el día del cumpleaños de Noah, cuando volvió y él todavía no sabía que era su hijo. Pasó la noche de la propuesta de matrimonio. Y, conociéndolo, era imposible no preguntarse con qué saldría esta vez. Tomó la carta todavía medio dormida y la leyó despacio. “Señora Van Ness, le pido disculpas por mi ausencia en la comodidad de su cama. Me complace recordarle que hoy cumplimos un año siendo marido y mujer. La espero en el patio de la casa y no se preocupe por Noah y Vicky, estarán esperándola a mi lado. Con amor, Ethan.” La sonrisa fue inmediata, pu
Amanda abrió los ojos despacio al escuchar que el tono de su voz había cambiado. Seguía siendo cálido, íntimo, pero ahora había algo más debajo, una clase de seriedad que la hizo quedarse quieta, expectante. Ethan ya no la estaba mirando como un hombre perdido en el deseo o en la ternura de ese momento. La estaba mirando como alguien que había llegado a una parte del corazón de la que no podía retroceder sin decir la verdad. Amanda lo sintió de inmediato y, por eso mismo, no se movió. —¿Años? —repitió ella en voz baja. Ethan respiró hondo y se sentó a su lado en la cama, sin dejar de sostenerle una mano entre las suyas. Amanda observó ese gesto con una atención nueva. La forma en que sus dedos la envolvían, la pequeña tensión en la mandíbula, el leve nervio que intentaba esconder detrás de esa calma tan suya. Verlo así le despertó una ternura difícil de explicar. Él estaba nervioso. Y no por cualquier cosa. —Cuando te conocí en aquella campaña… —empezó, mirándola como si t
Ethan abrió la puerta de la habitación de su apartamento como pudo, con Amanda cargada en brazos y una sonrisa imposible de ocultar en el rostro. Entró con más prisa que coordinación y, apenas cruzó el umbral, tropezó levemente con el marco de la puerta. Amanda soltó una carcajada que resonó por toda la habitación. —Cuidado, señor Van Ness —se burló entre risas, aferrándose a su cuello—. Sería terrible aceptar casarme contigo y morir desnucada el mismo día. Ethan resopló, fingiendo dignidad herida, aunque la sonrisa seguía clavada en su boca. La forma en que la miraba delataba otra cosa. Estaba demasiado feliz para fingir bien. Demasiado lleno de ella. Demasiado vivo. —No exageres. Tengo todo bajo control. —Claro que sí. Casi me estampas contra la puerta.
Las manos de Ethan subieron hasta la piel desnuda de su espalda, arrancándole un escalofrío que le recorrió el cuerpo entero y le trepó hasta la nuca como una corriente tibia. Amanda cerró los ojos apenas un segundo, solo uno, porque quería sentirlo todo. La música seguía envolviéndolos, lenta, elegante, casi irreal, y aun así lo único que de verdad registraba era a Ethan. El calor de sus manos. La forma en que la sostenía. Esa mirada que siempre lograba hacerle sentir que el resto del mundo se apagaba un poco cuando él estaba cerca. Él se separó apenas lo suficiente para mirarla. Sus ojos verdes brillaban de una manera distinta, más intensa, más profunda, como si hubiera algo latiéndole adentro que ya no quisiera seguir guardando. Y entonces empezó a hablar. —Quiero aprovechar este momento para decirte lo mucho que significas para mí, Amanda. Desde el pr
Amanda le dio un vistazo a Ethan, esperando que le diera una explicación o, al menos, que le dijera por qué el salón estaba completamente solo. Pero, una vez más, él evitó su mirada. Y eso solo hizo que el corazón de Amanda empezara a latir más rápido. Volvió la vista al interior y algo dentro de su pecho dio un salto, como si una parte de sí empezara a sospechar lo que estaba pasando antes que su cabeza. El lugar estaba decorado con telas blancas y luces colgantes que caían del techo con elegancia. En el suelo, una especie de niebla artificial se mantenía suspendida, cubriéndoles los pies y dándole al ambiente un aire irreal. Todo parecía pensado para envolver, para suavizar, para hacerle olvidar al cuerpo que todavía venía de una noche horrible. Amanda se sintió como si hubiera entrado al cielo. Y, mien
Amanda sintió ese nervio tonto, casi adolescente, que le subió del estómago al pecho. Le pareció ridículo y, al mismo tiempo, necesario. Después de tanta oscuridad, ese tipo de emoción se sentía casi como un regalo. Se despidió primero de Noah y luego de Amelia, que acababa de entrar a la cocina y la abrazó como si todavía no terminara de creer que la tenía de vuelta. A Amanda le tocó pedirle con suavidad que disimulara un poco para que Noah no sospechara nada ni se asustara. Después le explicó que iba a salir con Ethan y le pidió que cuidara de su hijo mientras regresaba. Amelia aceptó encantada. Y Noah, ni hablar. A él siempre le gustaba pasar tiempo con su abuela. Amanda se puso por fin las sandalias. Le quedaban perfectas, aunque el dolor en los pies seguía recordándo







