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El nuevo comienzo

Autor: ARYO
last update Fecha de publicación: 2026-05-09 20:43:43

Tres meses después.

La Fundación Valeria Solís fue aprobada oficialmente. La biblioteca ya no pertenecía solo a la familia Rivera. Ahora era una institución cultural y terapéutica sin fines de lucro, con un consejo directivo y presupuesto propio.

Lucía estaba de pie en el centro del Rincón de los Tres, observando los cambios. Habían movido ligeramente la placa de mármol hacia un lado y colocado un elegante cartel de bronce que decía:

Fundación Valeria Solís

Donde las historias sanan

El antiguo
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Último capítulo

  • El nombre prohibido    Epílogo Final

    Quinientos años después de que Lucía rompiera el ciclo, el Jardín de las Diez Generaciones ya no necesitaba placa ni nombres.Era simplemente “El Jardín”.Nadie recordaba con exactitud cuántas generaciones habían pasado. El nombre “Valeria” ya no pertenecía a ninguna familia en particular, sino al mundo entero. Se había convertido en un apellido común, un nombre que miles de niñas recibían con orgullo, sin que nadie supiera ya por qué.En el centro del jardín original, donde una vez estuvo el viejo banco de madera, ahora había un sencillo círculo de piedra blanca. En su interior, una sola rosa blanca crecía con una perfección casi imposible. Nunca se marchitaba. Nunca perdía sus pétalos. Florecía todo el año, sin importar la estación.Una niña de nueve años llamada Lucía se acercó corriendo esa mañana. Se arrodilló frente a la rosa eterna y susurró:—Abuelas, hoy cumplí nueve años. Mamá dice que cuando tenga diez podré cuidar de ti. ¿Me esperarás?La rosa brilló suavemente, como si re

  • El nombre prohibido    El latido del cosmos

    Trescientos veinte años después de que Lucía rompiera el ciclo, el Jardín de las Diez Generaciones ya no era solo un lugar en la Tierra ni un símbolo humano. Se había convertido en un latido cósmico, una manifestación viva del perdón que trascendía planetas y generaciones. Rosas blancas crecían en invernaderos lunares, en colonias marcianas y en estaciones espaciales, recordando a los humanos que, incluso entre las estrellas, se podía sanar.Victoria Rivera Solís, de ochenta y nueve años, caminaba con pasos extremadamente lentos pero llenos de una luz interna por el sendero principal. A su lado iba su tataranieta Sofía, de cuarenta y siete años, quien lideraba la Iniciativa interestelar de Rosas Blancas.—Bisabuela, ayer recibimos confirmación desde la Estación Alfa Centauri —dijo Sofía con voz llena de asombro—. Los primeros colonos plantaron rosas blancas en su domo. Dicen que al cuidarlas sintieron que no estaban solos en el universo.Victoria se sentó con mucha delicadeza en el ba

  • El nombre prohibido    El aliento del universo

    Trescientos diez años después de que Lucía rompiera el ciclo, el Jardín de las Diez Generaciones ya formaba parte de la conciencia colectiva de la humanidad. No era solo un jardín físico. Era un concepto vivo, un recordatorio permanente de que las heridas más profundas pueden sanar y convertirse en algo hermoso que se comparte con el mundo.Lucía Rivera Solís, de ochenta y siete años, caminaba con pasos muy lentos pero llenos de una dignidad serena por el sendero principal. A su lado iba su tataranieta Johanna, de cuarenta y cuatro años, quien coordinaba ahora la Red Universal de Rosas Blancas.—Bisabuela, esta semana recibimos semillas desde Marte —dijo Johanna con una mezcla de incredulidad y emoción—. Un grupo de colonos plantó las primeras rosas blancas en un domo. Dicen que cuidarlas les ayuda a no perder su humanidad tan lejos de la Tierra.Lucía se sentó con cuidado en el banco central. La placa de mármol ahora tenía treinta y cinco nombres grabados. Todos brillaban con una luz

  • El nombre prohibido    El jardín que se hizo universo

    Trescientos años después de que Lucía rompiera el ciclo, el Jardín de las Diez Generaciones ya no era solo un lugar en la Tierra. Se había convertido en un concepto universal, un símbolo que trascendía fronteras, idiomas y creencias. Rosas blancas crecían en todos los continentes, en ciudades devastadas por la guerra, en comunidades que buscaban reconciliación y en hogares donde alguien necesitaba sanar.Sofía Rivera Solís, de ochenta y cuatro años, caminaba con pasos lentos pero llenos de gracia por el sendero principal. A su lado iba su tataranieta Valeria, de cuarenta y dos años, quien ahora lideraba la Alianza Global de Rosas Blancas.—Bisabuela, esta semana recibimos reportes desde la Antártida —dijo Valeria con una sonrisa suave—. Un grupo de científicos plantó rosas blancas en un invernadero. Dicen que cuidarlas les ayuda a recordar su humanidad en medio del hielo.Sofía se sentó con cuidado en el banco central. La placa de mármol ahora tenía treinta y cuatro nombres grabados.

  • El nombre prohibido    El último pétalo

    Doscientos noventa años después de que Lucía rompiera el ciclo, el Jardín de las Diez Generaciones ya era parte de la memoria colectiva de la humanidad. No era solo un jardín. Era un testimonio vivo de que las heridas más profundas pueden convertirse en belleza compartida. Rosas blancas crecían en plazas, hospitales, escuelas y comunidades de recuperación en casi todos los países del mundo.Victoria Rivera Solís, de ochenta y ocho años, era la última de su línea que aún recordaba personalmente las historias contadas por boca de sus abuelas. Caminaba con mucha lentitud, apoyada en un bastón tallado con rosas, junto a su tataranieta Lucía, de treinta y nueve años, quien dirigía ahora la Fundación Global de Rosas Blancas.—Bisabuela, esta mañana llegó un video desde un refugio en Siria —dijo Lucía con voz emocionada—. Niños que nunca habían visto una flor plantaron sus primeras rosas blancas. Dijeron que al cuidarlas sintieron que podían soñar con un futuro diferente.Victoria se sentó c

  • El nombre prohibido    La luz que ya no se apaga

    Doscientos ochenta años después de que Lucía rompiera el ciclo, el Jardín de las Diez Generaciones se había convertido en un faro permanente de la humanidad. No era solo un lugar de sanación, sino un recordatorio vivo de que el perdón puede trascender generaciones, culturas y siglos. Rosas blancas florecían en más de ciento ochenta países, y la historia de “El Nombre Prohibido” se había transformado en una leyenda de esperanza.Johanna Rivera Solís, de ochenta y seis años, caminaba con pasos muy lentos pero llenos de dignidad por el sendero principal. A su lado iba su tataranieta Sofía, de treinta y siete años, quien ahora coordinaba la red mundial de jardines blancos.—Bisabuela, esta semana llegó una delegación desde Ruanda —contó Sofía con voz suave—. Plantaron un jardín entero en un lugar donde hubo mucho dolor. Las ancianas del pueblo dijeron que al cuidar las rosas sintieron que podían perdonar lo imperdonable.Johanna se sentó con cuidado en el banco central. La placa de mármol

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