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La marca

Autor: ARYO
last update Data de publicação: 2026-04-24 22:47:24

Valeria salió corriendo del sótano sin mirar atrás. Subió las escaleras tropezando, abrió la puerta de la biblioteca con tanta fuerza que la campanita casi se desprendió. Afuera llovía fuerte. No le importó. Corrió bajo el agua hasta llegar a su pequeño apartamento en la calle principal.

Cerró la puerta con llave, puso el cerrojo y se apoyó contra ella, jadeando. Tenía la ropa empapada y el corazón desbocado.

—Fue una pesadilla —repitió en voz baja—. Solo eso.

Pero cuando encendió la luz del baño y se miró al espejo, se quedó congelada.

En su mejilla izquierda, donde había sentido aquella caricia invisible, había aparecido una marca. Tres líneas finas y negras, como tres dedos que la hubieran tocado. No dolía, pero ardía. Y brillaba ligeramente en la oscuridad.

—Dios mío…

Se lavó la cara con agua fría una y otra vez. La marca no desapareció. Al contrario, parecía hundirse más en su piel, como un tatuaje recién hecho.

El celular vibró sobre la mesa. Era Mateo.

—¿Estás bien? Doña Rosa me llamó preocupada. Dijo que saliste corriendo de la biblioteca como si te persiguiera el diablo.

Valeria tragó saliva. No podía contarle la verdad. Nadie le creería.

—Estoy bien, Mateo. Solo… me asusté con una sombra. Ya sabes cómo es ese sótano.

Hubo un silencio al otro lado de la línea.

—No me mientas, Val. Si pasa algo raro, me llamas. A cualquier hora. ¿Entendido?

—Entendido —susurró ella y colgó.

Esa noche no durmió. Cada vez que cerraba los ojos sentía aquella voz grave susurrándole al oído. Cada vez que respiraba, juraba que olía a incienso y a algo antiguo, como pergamino quemado.

A las tres y cuarenta y siete de la madrugada, las luces de su habitación parpadearon.

Valeria se sentó en la cama, abrazándose las rodillas.

La marca en su mejilla empezó a arder más fuerte.

Y entonces la oyó de nuevo.

—Valeria…

La voz venía de todas partes y de ninguna.

—No puedes esconderte de mí. Ya me perteneces.

Ella cerró los ojos con fuerza.

—Vete —suplicó en un hilo de voz—. Por favor, vete.

Una risa suave, casi tierna, respondió:

—No hasta que me digas mi verdadero nombre otra vez. Solo entonces… te dejaré en paz.

Valeria apretó los labios hasta que le dolieron. No iba a decirlo. Nunca más.

Pero en el fondo, una parte traicionera de ella ya se preguntaba cómo sonaría ese nombre prohibido saliendo de sus labios.

Y esa parte le daba más miedo que la voz misma. Valeria se levantó de la cama con las piernas temblando. Encendió todas las luces de la casa, pero la oscuridad parecía tragárselas. La marca en su mejilla palpitaba como si tuviera pulso propio. Cada latido enviaba pequeñas descargas de calor que le bajaban por el cuello.

No podía quedarse quieta. Caminó de un lado a otro, abrazándose los brazos. El apartamento se sentía demasiado pequeño, como si las paredes se estuvieran acercando.

De repente, el espejo del pasillo reflejó algo que no era ella.

Detrás de su propia imagen, por una fracción de segundo, vio unos ojos completamente negros mirándola fijamente. Desaparecieron tan rápido como aparecieron.

Valeria retrocedió hasta chocar con el sofá. El corazón le martilleaba en los oídos.

—Esto no es real —repitió como un mantra—. No es real, no es real.

Pero la marca ardía más. Se tocó la mejilla y sintió la piel caliente, casi febril. Las tres líneas se habían oscurecido, como si alguien las hubiera repasado con tinta fresca.

Un golpe suave en la ventana la hizo saltar. Afuera, bajo la lluvia, solo estaba el árbol viejo del patio. Nada más.

O eso creía.

La voz regresó, esta vez más cerca, como si estuviera sentada a su lado en el sofá.

—Estás temblando. No tienes que tener miedo de mí, Valeria Solís. Solo quiero lo que ya es mío.

Ella se tapó los oídos con las manos, pero la voz no venía de afuera. Estaba dentro.

—Déjame en paz —susurró—. Por favor…

—Dime mi nombre completo una vez más y te dejaré dormir esta noche. Una sola vez, y desapareceré hasta mañana.

Valeria apretó los dientes. Sentía la tentación como una mano que la empujaba hacia el borde de un precipicio. Sabía que si cedía, todo cambiaría para siempre.

—No —dijo con voz ronca—. No voy a decirlo.

La risa de él llenó la habitación, cálida y peligrosa.

—Bien. Me gusta que seas terca. Hace que esto sea… más interesante.

El aire se enfrió de golpe. La marca dejó de arder. Cuando Valeria se atrevió a mirar el espejo otra vez, ya no había ojos negros.

Solo su propio reflejo, pálido y asustado, con tres líneas negras grabadas en la mejilla como una firma.

Y en voz muy baja, casi inaudible, la voz susurró una última promesa antes de desvanecerse:

—Mañana volveré. Y cada noche estaré más cerca… hasta que me llames como debo ser llamado.

Valeria se dejó caer en el sofá, exhausta. Las lágrimas le rodaban por la cara sin que se diera cuenta.

Por primera vez en años, tenía miedo de quedarse dormida.

Porque sabía que, en sueños, él estaría esperándola.

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