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La visita

Author: ARYO
last update publish date: 2026-04-24 22:50:05

Valeria llegó a la biblioteca al día siguiente con ojeras profundas y un pañuelo al cuello para tapar la marca. Doña Rosa la miró un segundo de más pero no dijo nada.

El libro negro ya no estaba en el sótano. Había desaparecido.

A las once de la mañana, Mateo entró con dos cafés en la mano. Le pasó uno sin preguntar.

—Anoche no dormiste —dijo. No era una pregunta.

—Pesadillas —murmuró ella, mirando el café para no mirarlo a él.

Mateo se apoyó en el mostrador.

—Val, hace semanas que estás rara. Si alguien te está molestando, dímelo. No me importa si es real o si te lo estás imaginando, yo te creo.

Ella sintió un nudo en la garganta. Por un segundo quiso contarle todo: el libro, la voz, la marca. Pero ¿cómo explicas que un ser sin cuerpo te toca en la oscuridad?

—No es nada —dijo al fin—. Solo estoy cansada.

Mateo suspiró, decepcionado, pero no insistió.

—Esta noche te paso a buscar cuando salgas. No quiero que camines sola.

—No hace falta…

—Valeria —la cortó él, usando su nombre completo con esa voz de policía que no aceptaba discusión—. Esta noche te paso a buscar. Punto.

Ella asintió sin fuerzas.

Cuando Mateo se fue, Doña Rosa apareció a su lado como un fantasma.

—Te lo dije —susurró la anciana—. Nunca debiste decir tu nombre completo. Ahora ya no hay vuelta atrás.

Valeria se giró hacia ella, desesperada.

—¿Qué es él? ¿Qué quiere de mí?

Doña Rosa miró hacia la escalera del sótano como si temiera que alguien las escuchara.

—Se llama Kael. Hace ochocientos años le pusieron un nombre prohibido para que nadie pudiera invocarlo. Ese nombre… es el que tú dijiste anoche. Ahora estás atada a él. Cada vez que lo pronuncies, vendrá más fuerte, más cerca. Y si lo dices tres veces seguidas… —la anciana tragó saliva— ya no podrás librarte nunca.

Valeria sintió que el mundo se movía bajo sus pies.

—¿Y cómo lo hago parar?

Doña Rosa la miró con pena.

—No puedes. Solo puedes elegir qué clase de dueño quieres tener.

Esa misma noche, cuando Valeria cerró la biblioteca, Mateo la estaba esperando afuera con su patrulla.

—Sube —le dijo.

El camino a su casa fue en silencio. Él no preguntó, ella no habló.

Cuando llegaron, Mateo apagó el motor pero no se bajó.

—Val… si algún día quieres contarme la verdad, aquí estoy. Sin importar lo loco que suene.

Ella lo miró. Por primera vez en mucho tiempo, sintió ganas de llorar en sus brazos. Pero no lo hizo.

—Gracias —susurró y bajó del auto.

Subió las escaleras de su edificio con el corazón pesado. Al abrir la puerta de su apartamento, el olor a incienso antiguo la golpeó como una pared.

Las luces estaban apagadas.

Y en medio de la sala, sentado en su sofá como si fuera el dueño de la casa, había un hombre.

Alto. Piel pálida. Ojos tan negros que parecía que absorbían la poca luz que entraba por la ventana. Vestía todo de negro y la miraba con una calma peligrosa.

—Hola, Valeria —dijo con esa voz grave que ella ya conocía demasiado bien—. Esta vez decidí presentarme como es debido.

Valeria dejó caer las llaves al suelo.

Kael sonrió.

—¿No vas a invitarme a pasar?

Valeria retrocedió hasta chocar contra la puerta cerrada. Las llaves seguían en el piso, brillando débilmente.

—No puedes estar aquí —susurró—. Esto es mi casa.

Kael se levantó con una elegancia que no parecía humana. Cada movimiento era demasiado perfecto, como si el aire mismo se abriera para dejarlo pasar.

—Invocaste mi nombre. Eso me da ciertos… derechos —dijo, y su voz sonaba casi divertida—. Aunque admito que preferiría que me hubieras invitado con una sonrisa.

Valeria encendió la luz con mano temblorosa. La habitación se iluminó, pero Kael no desapareció. Seguía ahí, más real que nunca.

Ahora podía verlo bien: cabello negro ligeramente largo, rasgos afilados, una mandíbula que parecía tallada en piedra. Era hermoso de una forma que dolía mirarlo.

—¿Qué quieres? —preguntó ella, tratando de sonar fuerte.

—A ti —respondió él sin rodeos—. Desde el momento en que pronunciaste mi verdadero nombre, te convertiste en mía. El lazo ya está hecho. Solo falta que lo aceptes.

Valeria negó con la cabeza.

—Yo no acepto nada. Sal de mi casa.

Kael dio un paso hacia ella. No caminaba, parecía deslizarse. El aire se enfrió a su paso.

—Puedo obligarte, pero no quiero hacerlo. Prefiero que vengas a mí porque lo deseas. —Se detuvo a menos de un metro—. Y lo deseas, Valeria. Lo siento en tu sangre cada vez que piensas en mí.

Ella sintió que las mejillas le ardían. La marca en su cara empezó a palpitar otra vez.

—No es deseo, es miedo —mintió.

Kael inclinó la cabeza, observándola como quien estudia algo precioso.

—El miedo y el deseo siempre han sido hermanos. —Extendió una mano pálida y le rozó el pañuelo que cubría la marca—. Quítate eso. No me gusta que escondas mi huella.

Valeria se quedó inmóvil. El toque de sus dedos era frío y eléctrico al mismo tiempo.

—No soy tuya —dijo entre dientes.

Kael sonrió lentamente, mostrando unos dientes demasiado perfectos.

—Aún no —susurró—. Pero lo serás. Noche tras noche. Hasta que digas mi nombre completo otra vez… y te rindas.

De pronto, un golpe fuerte en la puerta hizo que ambos se giraran.

—¡Valeria! ¡Soy Mateo! ¿Estás bien? Escuché voces.

Kael soltó una risa baja y peligrosa.

—Tu pequeño guardián humano —murmuró—. Qué oportuno.

Valeria miró hacia la puerta, luego a Kael. El ser inmortal dio un paso atrás y se fundió con las sombras del rincón, desapareciendo como si nunca hubiera estado ahí.

Solo quedó su voz flotando en el aire:

—Esta vez te dejo elegir. Pero la próxima… no seré tan generoso.

La puerta se abrió de golpe. Mateo entró con la mano en la pistola, mirando en todas direcciones.

—¿Qué pasó? ¿Con quién hablabas?

Valeria se quedó callada, con el corazón latiéndole en la garganta.

No sabía qué contestar.

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