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Capítulo 2

Autor: Kurumi Cuerva
Me quedé mirándola, completamente atónito.

¿Había oído bien? ¿Qué acababa de decir?

¿Así de abiertas eran las mujeres en la ciudad?

¿Que si la salvabas, te lo pagaban con su cuerpo?

Mi mente era un caos, me quedé sin saber qué hacer.

Y lo peor... estábamos en el baño de mujeres.

¿De verdad era buena idea hacer algo así ahí?

Pareció darse cuenta de lo inapropiado del lugar.

Me tomó de la mano, abrió la puerta de un cubículo y me jaló hacia adentro.

Luego me empujó contra ella.

Su piel era suave, firme al tacto.

De cerca, despedía un aroma ligero, delicado... algo que nunca había percibido antes.

Al ver que seguía inmóvil, frunció ligeramente el ceño y, para mi sorpresa, se dio la vuelta y apoyó las manos contra la pared.

—Vamos...

Yo seguía sin reaccionar.

—¿Qué estás esperando? Es mi forma de agradecerte por haberme salvado —dijo, girando apenas la cabeza—. Antes que a ese desgraciado... prefiero entregarme a un desconocido.

Lo último lo murmuró tan bajo que no alcancé a entenderlo.

Al notar que no me movía, insistió:

—¿O qué? ¿Ni hombre eres? ¿Ni para esto te atreves?

Eso sí no lo iba a dejar pasar.

Claro que era hombre. ¿O creía que mi fama no era por algo?

Además, en una situación así... si me contenía, entonces sí que no lo sería.

***

Era mucho más intensa de lo que imaginaba.

De pronto, un timbre de celular rompió el momento.

No era el mío... era el suyo.

Se quedó quieta un segundo, claramente sorprendida por la llamada.

Me lanzó una mirada, indicándome que no hiciera ruido.

Asentí.

Sacó el celular y contestó.

—¿Bueno, hermana...?

Era su hermana.

—¿Dónde estás? Mamá dijo que hoy ibas a venir conmigo, ¿por qué no has llegado? —la voz al otro lado sonaba molesta.

—Me salió algo con una amiga... ah... —de pronto soltó un pequeño quejido y se giró a verme, fulminándome con la mirada.

Yo solo pude poner cara de inocente.

—¿Renata? ¿Qué pasó? ¿Estás bien? —la mujer al otro lado se alarmó.

—No... no es nada. Me tropecé, nada más. No voy a ir esta noche. Luego hablamos... —colgó apresuradamente.

Después se giró hacia mí, visiblemente molesta, y me pellizcó con fuerza en el brazo, haciéndome hacer una mueca.

—No pensé que fueras tan cabrón... ¿lo hiciste a propósito para hacerme quedar mal?

—Para nada —respondí, encogiéndome de hombros.

Me lanzó una mirada de reproche y murmuró:

—Apúrate... tengo que regresar.

***

—Te ensucié la ropa... —murmuró en voz baja.

Me acomodé la camisa.

Estaba hecha un desastre, pero no al punto de no poder salir así.

—Bueno... adiós. Seguramente no volveremos a vernos.

Soltó la frase al aire, agitó la mano y salió con sigilo.

—¿Cómo te llamas? —la detuve de inmediato.

No quería que, después de todo lo que había pasado, ni siquiera supiera su nombre.

Se quedó quieta un instante. Dudó... y al final respondió:

—Me llamo Renata Quiroz.

—Entonces...

—¿Qué más quieres? Si estás pensando en que esto siga... olvídalo. Lo de hoy fue solo cosa de una noche. Entre tú y yo no hay nada posible —dijo, mordiéndose el labio.

—No, no es eso... solo quería preguntar algo —parpadeé—. ¿Dónde queda el Aura Celeste?

Se quedó completamente paralizada. Su rostro se encendió de inmediato.

Había pensado que yo quería algo más... y al final solo era para pedir direcciones.

Vaya vergüenza.

—Este es el Aura Celeste. Entraste por la puerta de atrás, tonto... —sacó la lengua y me hizo una mueca antes de darse la vuelta y marcharse.

Fue como una ráfaga de viento, irreal, casi como un sueño.

Hasta que la vi alejarse, cojeando, no reaccioné.

Un escalofrío me recorrió el cuerpo.

Entonces noté que mi ropa seguía hecha un desastre, con algunas marcas de labial.

Estaba en el baño de mujeres... mejor salir antes de que alguien me tomara por pervertido.

Mientras me arreglaba a toda prisa para salir, vi manchas de sangre en la ropa.

Claramente no eran mías.

¿Acaso... era su primera vez?

¿Y aun así había sido tan intensa? No tenía sentido.

Me acomodé lo mejor que pude y salí del baño de mujeres con discreción.

Así que ese era el Aura Celeste... había entrado por la parte trasera.

Seguí el pasillo hasta la zona principal del bar.

No tenía nada que ver con los lugares ruidosos y caóticos a los que estaba acostumbrado.

Aquí todo era tranquilo, con música suave de fondo.

Sentí un nudo en el pecho.

Había llegado tarde.

La mujer al celular había sido clara: si no llegaba a tiempo, no habría oportunidad.

Seguramente ya se había ido.

Me dio coraje conmigo mismo.

Por un momento de impulso, había olvidado por completo a qué venía.

Justo cuando, cabizbajo, estaba por irme, una voz sonó a mi lado:

—¿Ignacio?

Me giré.

Cerca de la ventana, una mujer alta, de figura elegante, vestida con un traje formal, me hacía señas.

¿Ella era la viuda que buscaba marido?

—Ven. No me equivoqué, eres tú —dijo con calma—. Me llamo Daniela Quiroz.

¿Daniela Quiroz? ¿El mismo apellido que la mujer de hace un momento?

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