LOGINVeinticuatro horas antes...
Gareth Bowman. A veces no recuerdo los disparos. Mi mente no se centra en la caída. Ni siquiera en el de la sangre. Lo que siempre vuelve de forma nítida es el proceso. Las voces que dijeron lo que ya sabía. Las escucho incluso después de años. Más cuando estoy cerca de la fecha. Aún cuando trató de apagarlo, es como si todavía estuviera allí. Como si aún siguiera muriendo después de evadir cientos de balas y correr para salvar lo único real que me quedaba. Lo hice. Mantuve a mi hermana a salvo de la agencia que nos perseguía, aunque nunca pude imaginar que ellos no eran el enemigo real. Me zambullo bajo el agua en la cual mi cabeza me regresa a un pasillo de paredes blancas con olor a antiséptico. Mi pulso se acelera, y no es por la imposibilidad de llevar oxígeno a mis pulmones al estar sumergido. —¡Presión arterial cayendo! El techo blanco aparece y desaparece sobre mí. Luces me ciegan. Sombras me cubren. Rostros borrosos tratan de tocarme, alejándose con la impresión. —Dios mío…—una de las enfermeras se lleva la mano a la boca. La recuerdo perfectamente porque fue la primera persona que me miró y miré cuando yo mismo me creía muerto. —¿Qué demonios le hicieron? —se acerca otro enfermero. Alguien aparta parte de la camisa que se terminó pegando a mi carne abierta del tórax. —La pérdida de sangre es masiva— informan, en lo que el frío hace que respirar parezca un trabajo imposible. —Necesitamos otra unidad. —Ya vamos por la cuarta— dice otra voz. —No será suficiente— proclama quien me habla encima. Abro los ojos al quedarme quieto en el fondo marino. Pero sigo escuchando esas voces que endurecen cada zona muscular que mantengo a raya. —Doctor...Cristo. Nunca olvidaré esa palabra salida de boca del médico. Ni la forma en que la pronunció. —¿Quién hizo esto? —La princesa Springsteen fue quien lo trajo y dijo no saberlo— le contestan. El bullicio se acaba, en lo que el nombre rebota en mis oídos. —¿Cómo sigue vivo? Nadie responde esta vez. Porque nadie tiene una explicación. Y a decir verdad, yo tampoco. Siento la sangre abandonándome. Siento cómo mi cuerpo se apaga y aun así sigo negándome a morir. Mis pulmones piden aire, pero sé que puedo estar sin emerger un poco más. La voz de la primera enfermera regresa cuando cierro los ojos, al mismo tiempo que me mantengo en mi sitio. —Su rostro…—expresa la mujer. —¿Cómo respira todavía? Eso tampoco puedo responderlo. Un silencio extraño invade la sala hasta que escucho los pasos lentos e inseguros de un par de tacones. La desconocida que me encontró en la carretera. Nadie quiere acercarse demasiado, excepto ella que emana un aroma a albaricoque el cual me impregna las fosas nasales. —Hay daños severos— dicen. —¿Hay probabilidad de que sobreviva?— pregunta la desconocida. El médico tarda unos segundos, mientras en mis oídos se sigue repitiendo el mismo apellido, el mismo nombre con el que se presentó su joya familiar y el inicio de la sangre que borró la última sonrisa de Eva. —Princesa…—intenta saludar alguien. —Olvide el protocolo y sea sincero— lo silencia la voz de la chiquilla de la misma edad de mi hermana. —No puedo asegurar que sobreviva la próxima hora— termina diciendo. Escucho a alguien discutir al otro lado de la habitación. Una voz masculina. Furiosa. Exigiendo respuestas que nadie puede darle. —¡Salven su vida!— reconozco a Lukyan, y con ello confirmo que puedo confiar en la princesa, porque terminó de cumplir con lo prometido. —¡Salven su maldit@ vida! —Estamos intentándolo— le responden. —¡Entonces háganlo mejor! El monitor comienza a emitir un pitido más lento. Más espaciado, en lo que trato de abrir los ojos o respirar. Pero me es imposible lograrlo cuando todo se siente más lejano y ajeno. —Se nos va— confirman lo que siento también. —No. —Doctor…— vuelve la voz de la princesa. —Se nos está yendo. —Haga hasta lo imposible por él —la escucho decir. —No se limite por los recursos. Pongo a disposición lo que necesite, pero necesito hermetismo total. Regreso al presente, abro los ojos y me impulso hacia la superficie. Mi cabeza es la primera en salir del agua. Mis pulmones ahora pueden capturar el oxígeno que en otras ocasiones no me es posible. Sacudo la cabeza cuando salgo a la arena que se mete entre mis dedos cuando camino hasta el teléfono sobre mi ropa, en una roca. La pantalla se ilumina mientras el aparato vibra. Al ver el número agendado sé de quien se trata, por lo que activo la llamada, luego de colocarme el pantalón. —Informes— meto las manos en la camisa sabiendo perfectamente el motivo. —Tenemos toda los datos —escucho el ruido urbano en el fondo—. La boda se realizará mañana en la tarde. Guardo silencio en lo que cierro la camisa botón a botón, sosteniendo el teléfono con el hombro y la cabeza hasta que puedo tomarlo con una mano. A…ellos, ser muy enigmáticos en lo que hacen siempre ha logrado que nadie sepa de sus eventos más exclusivos. Nadie podría saberlo. Excepto quien vivió entre ellos. Excepto quien alguna vez perteneció a su mismo grupo social y sabe a quienes contactar para averiguarlo. Lo escucho decirme la ruta, y no debo saber más detalles porque esas calles las reconozco a la perfección. Les doy un punto específico para realizar la extracción, ya que es el más solitario. —Prepara a todos —dispongo girándome hacia las olas que se rompen contra las rocas—. Estaremos puntual en esa ubicación. —¿Vendrá usted, señor?— inquiere Bram. —Creí que todo lo haríamos nosotros. Ese era el plan inicial, pero todo se va a conectar conmigo, pero la posibilidad de ver sus rostros cuando comprendan quién volvió cambia ligeramente mis planes —Faltar sería un desperdicio de espectáculo— afirmo mirando la hora para saber a ciencia cierta a qué hora llegaré. —La joya de esa familia será el punto de partida. Él sabe qué papel le corresponde. Todos saben cómo deben moverse. —¿Con qué personaje se presentará ante ellos?— me pregunta con un tono burlesco. Su voz de lija debido a su única adicción. —¿Alessio Black? ¿Gareth Bowman? —Todos —contesto tranquilamente. —Todos van a quitarle la paz a los Becerfom. No vuelve a contestarme. Cuelgo la llamada y camino con el saco en la mano hacia el vehículo, mientras mi gente, invisible a los ojos de todos, comienza a moverse. Antes de recibir el último disparo dije que era mejor apuntar a la cabeza. Quien apretó el gatillo se equivocó de objetivo Lo decía por esto. Porque ahora no solo regreso yo, lo hacen todo a lo que le temen. Todo a lo que aspiran voy a recuperarlo y al mismo tiempo los haré perder lo que tanto han cuidado; su diamante. Su hermosa joya. El pilar más grande de cada familia. Los Becerfom tardaron años en construir lo que poseen. Yo tardaré menos en desmantelarlo.Maleya Becerfom. No existe preparación. No existe pensamiento ni ninguna de las razones que deberían existir antes de besar a un hombre al que conozco como una amenaza.Solo existe la necesidad desesperada de encontrar otra cosa. Mientras la suya parece querer adueñarse de mi lengua, en un arrebatado combate dentro de mi boca. Mis labios se alejan de los suyos por un milímetro y, durante un instante, no sucede absolutamente nada cuando nuestros ojos se encuentran. Él permanece inmóvil. Tan quieto que por una fracción de segundo temo haber cometido el error más absurdo para acabar con mi vida. Sin embargo, al siguiente instante percibo el calor de su boca golpeando la mía de nuevo. Su firmeza contenida emerge, y finalmente termino respondiendo con todo lo demás perdiendo volumen a mi alrededor. El suelo deja de moverse. La habitación desaparece.La presión en mi pecho continúa ahí, pero ahora tiene un punto de referencia distinto. Ya no intento encontrar una forma de escapar de ella
Maleya Becerfom.«Te necesito. Ven rápido».El mensaje para Tess se marca como enviado, pero sacudo la mirada cuando siento que me falla. Atrapo el pomo de la puerta, aunque no logro cerrarla después de entrar a mi habitación. Mi peso al apoyar la mano es la que lo consigue. El suelo parece desplazarse bajo mis pies y esa presión entre mis costados aumenta hasta empujar mis pulmones hacia arriba, como si alguien hubiera cerrado una banda alrededor de mi tórax y continuara apretándola sin intención de soltarla. El brazo comienza a dolerme. Los dedos se me entumecen. Una gota de sudor frío resbala desde mi sien hasta la mandíbula y las rodillas amenazan con doblarse antes de que consiga sujetarme de la butaca.«No».Me niego a regresar a ese espacio vacío en el que mi cabeza deja de distinguir entre lo que está ocurriendo y lo que ocurrió. Las imágenes aparecen demasiado rápido. La playa. Las tablas. Los gritos de Tess. Mi mandíbula recibiendo el impacto que me noqueó.Todo gira como s
Maleya Becerfom.Kayce desvía la mirada y sigue la dirección de mis ojos.Sao continúa inmóvil, con una mano descansando dentro del bolsillo del pantalón y la otra apoyada sobre la baranda de madera oscura. La tenue iluminación de la lámpara del vestíbulo acentúa la firmeza de las facciones que heredó de nuestro padre, como la mandíbula marcada, la nariz recta y los pómulos altos. Lleva el cabello negro peinado hacia atrás, impecable como siempre, sin un solo mechón fuera de lugar. La camisa arremangada hasta los antebrazos deja ver unas venas discretas bajo una piel demasiado clara para alguien que pasa tantas horas fuera de casa.Pero lo que más llama la atención nunca ha sido su apariencia. Son sus ojos grises. Extraordinariamente grises.Tan quietos que cuesta saber si observan o simplemente atraviesan a quien tienen delante.Por un momento pienso que dirá algo al enfocarme el rostro. Los labios se le mueven, sus dedos se presionan sobre la madera, haciéndome recordar al sujeto qu
Maleya Becerfom. Papá solía mencionar constantemente que los papeles dentro del Pacto estaban mal distribuidos. Lo relacionaba con la obtusa conexión que poseían los originales. Sobre todo porque mencionaba que estos conservaban con recelo sus tendencias a no elevar sus aspiraciones. Recalcaban que poseer demasiado también podía convertirse en una desgracia. Y Valerian Becerfom no estuvo de acuerdo jamás con esa idea.Porque para él, poseer más siempre fue dominar mejor. Y de cierto modo tuvo razón. Ya que, siendo honesta mientras el motor es el único sonido dentro del vehículo y los árboles pasan uno detrás de otro al otro lado del cristal, mi mente reproduce tantas cosas que pudieron evitarse si su sistema se hubiese tomado en cuenta. La luz de la tarde comienza a deshacerse lentamente sobre las montañas y el cielo adquiere un tono grisáceo que amenaza otra lluvia. Comienzo a odiarlas. Porque aun cuando reduce el calor, aumenta la sensación de que no solo el ambiente se torna
Maleya Becerfom. En el silencio que se adhiere a las paredes luego de la mención, debo removerme sobre mi silla cuando es su figura enmascarada la que me atraviesa el cráneo. Nunca soy de incomodarme por la mención de un nombre. Por eso me parece absurdo que sienta que incluso el piso es un lago de arenas movedizas que no me permiten usar uno solo de mis pies. Siento que todos me miran. Y no es solo a mí, porque los ojos de todos recorren el lugar, pero mi cabeza insiste en hacerme sentir culpable de algo que ni siquiera puedo nombrar. Lacer desvía la mirada hacia su hijo. Zeger lo mira detenidamente como si se dijeran algo, y esa sí sé que no es mi percepción. Realmente lo hacen. —¿Por qué él aceptaría?— cuestiona Xavier sin hacer un movimiento más que con su boca. —Tengo entendido que nuestra relación con ese…individuo, es la definición más lejana a la amistad. Así que no comprendo esta nueva postura. —Es el único hombre del que Yanté decidió hablar con respeto —comenta Lacer
Maleya. —Déjenme adivinar —cruzo el umbral, reparando en Eladio que también se presentó. —Zeger recibió la visita de Gareth. —Lo que debes dejar es la ironía —me responde Zahily con las manos en el reposabrazos. —¿Acaso a la niña no le enseñaron a tener modales y saludar primero?—A las personas que es imprescindible saludar solamente —Eladio arrastra la silla detrás de mí. —Cómo ejecutivos de alta gama. Personas de alta estima. Vecinos. Personas en situación de calle —dejo el celular a mi costado al acomodarme en la silla. —¿Alguna duda más?La rubia me detalla sin borrar la sonrisa que con su chaqueta oscura solo destaca más. Si Lyanna es callada. Esta no cierra la boca jamás. Kayce entrelaza las manos sobre la mesa, haciendo que el resto se gire en su dirección. Con un gesto le cede la palabra a Lacer, quien deja el bastón en manos de su nieta. —Bien. Ya que estamos todos, iré al punto —el viejo se acomoda en la silla. —Considerando la situación y el riesgo de que Gareth se pre







