LOGINOctavio se deslizó en el asiento trasero junto a Daphne y cerró la portezuela con un golpe seco. En el mismo segundo, el sedán gris aceleró con un zumbido sordo y constante, subiendo por la rampa de servicio en dirección a las avenidas perimetrales para eludir a las camionetas de vigilancia.El habitáculo era un espacio reducido, impregnado de una tensión fría y calculadora. Daphne permanecía erguida, con el maletín de cuero sobre el regazo y la mirada fija en el retrovisor interior. A su lado, la presencia de Octavio era pesada pero serena; ya no había arranques desmedidos, sino la quietud peligrosa de un hombre que evalúa el terreno antes de la emboscada.—Aprecio la maniobra de extracción, Campbell —dijo Daphne con voz neutra, rompiendo el mutismo—. Pero te contraté para blindar el fideicomiso ante los tribunales, no para montar un convoy clandestino con la hermana del hombre que intenta fabricarme un delito penal.Valeria Sforza soltó una risa breve y seca sin apartar la vista del
Lograron salir por el muelle de carga subterráneo del edificio justo cuando el cielo de la ciudad decidió romperse.No era una llovizna fina; era un aguacero torrencial, helado e implacable, típico de las mañanas más grises del distrito financiero. Daphne se había calzado los zapatos de tacón antes de empujar la pesada puerta de servicio que daba al callejón, pero caminar sobre los adoquines resbaladizos con prisas era casi una sentencia de fractura.Octavio no dudó. Se quitó el abrigo oscuro de lana y lo echó sobre los hombros de ella, cubriéndole el traje carmín para protegerla del impacto directo del agua.—No lo necesito —protestó ella instintivamente, temblando por el choque térmico y aferrando su maletín contra el pecho para proteger la portátil.—No es una sugerencia, Daphne. Camina —ordenó él. Se había quedado solo con la chaqueta del traje, la cual comenzó a empaparse en segundos, pegándose a la musculatura de su espalda y hombros.Avanzaron a paso rápido durante cinco calles
El eco de los tacones de Daphne contra el mármol del pasillo marcaba el compás de su furia contenida.Octavio caminaba medio paso detrás de ella, con las manos en los bolsillos del pantalón y la corbata ligeramente aflojada. No había rastro de arrepentimiento en su semblante; la tensión en su mandíbula y la frialdad de su mirada dejaban claro que volvería a doblarle la muñeca a Adrián Mercer sin pensarlo dos veces.Llegaron a la sala de conferencias privada que Daphne había reservado antes de la asamblea. Ella empujó la puerta de cristal esmerilado, esperó a que Octavio entrara y la cerró con el seguro puesto.En cuanto el pestillo encajó, Daphne se giró hacia él, cruzándose de brazos.—Tienes suerte de que Mercer sea demasiado cobarde para llamar a la policía frente a los periodistas —dijo, con la voz controlada pero afilada como un bisturí—. Si hubieran levantado un reporte de agresión, el síndico habría usado el incidente para solicitar una orden de restricción. Y sin tu firma manc
—No voy a quedarme encerrado como un perro mientras ustedes dos juegan a los espías con una Sforza —la voz de Octavio cortó el aire como un látigo.Daphne se calzó un abrigo impermeable oscuro, ignorando el fuego que ardía en los ojos de él.—Valeria fue enfática, Octavio. Si te ve aparecer, interpretará que rompimos el acuerdo y abortará la entrega de los balances. No te quiere allí porque te considera impredecible, y en este momento tiene toda la razón: eres un polvorín sin control.—Es una trampa, Daphne —insistió él, dando un paso agresivo hacia ella y plantándose en su camino con los puños cerrados—. Conozco a esa familia mejor que nadie. Julián es una hiena, pero Valeria es la que le enseñó a sonreír a los inversionistas mientras les vaciaban los bolsillos. No puedes confiar en una sola palabra que salga de su boca.Mateo Campbell cerró de golpe su maletín de cuero y soltó un suspiro de fastidio.—El único que no puede confiar en nadie aquí eres tú, Krone, porque te pasaste los
La llamada terminó con un pitido seco.Octavio permanecía petrificado en medio del salón, con los ojos fijos en la pantalla del teléfono como si acabara de escuchar una sentencia de muerte.—¿Mateo Campbell? —su voz cayó a un tono peligrosamente bajo—. ¿Trajiste al hijo rebelde de Walter a este asunto? Ese tipo es un perro de presa que ha pasado los últimos cuatro años demandando a cada conglomerado financiero que no cumple con sus estándares éticos de pacotilla. Odia a muerte a Grupo Krone.—Odia la corrupción corporativa, que es distinto —corrigió Daphne con serenidad, dirigiéndose a la cocina abierta para preparar una tetera—. Y odia a Julián Sforza incluso más de lo que te detesta a ti. Cuando Sforza intentó desmantelar la constructora municipal hace dos años, Mateo fue el único litigante que logró sentar a sus testaferros en el banquillo. Es el mejor abogado penalista del fuero mercantil, Octavio. Y, a diferencia de tus bufetes de tres mil dólares la hora, a él no lo pueden compr
El trayecto de regreso desde el hotel St. Regis se desarrolló bajo un silencio sepulcral, espeso como brea.El vehículo blindado que Octavio solía utilizar ya no respondió al llamado de su escolta habitual; la orden ministerial de aseguramiento de bienes dictada sobre sus cuentas personales había inmovilizado las pólizas de servicio en menos de veinte minutos. Daphne tuvo que solicitar un taxi corporativo a través de la cuenta fiduciaria de Vargen Holdings para sacarlos del asedio mediático.Cuando el automóvil se detuvo frente al edificio de ladrillo a la vista en el distrito de Kensington, Octavio bajó la ventanilla apenas un centímetro y contempló la fachada con desdén. Era una zona residencial sobria, elegante pero mundana, a años luz del ático de cristal del distrito financiero donde él solía mirar al resto del mundo por encima del hombro.—¿Esto es una broma, Daphne? —inquirió él, con la voz pastosa y cargada de una furia que pugnaba por estallar.—Es mi departamento —respondió







