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El protector que no pedí
El protector que no pedí
Autor: Luis

Capítulo 1

Autor: Luis
last update Fecha de publicación: 2026-01-13 15:26:30

Sofía

Me encontraba nuevamente frente a mi doctor en aquella consulta. Aquel proceso se había repetido tantas veces ya, que vivirlo era como repetir una y otra vez el mismo día. La única diferencia era que, a medida que pasaba el tiempo, el sentimiento de impotencia aumentaba. 

—¿Y bien? —le pregunté observándolo con nerviosismo—. Dígamelo de una vez. ¿El tratamiento funcionó? 

Lo vi en su mirada. Conocía a aquel hombre desde hacía ya mucho tiempo. Solo me bastó con los dos segundos que se tomó en responder para saber la respuesta. No había quedado embarazada.

—Lo siento, Sofía. Quizás el tratamiento no fue el adecuado. A veces no funciona.

—¿A veces? —pregunté conociendo la respuesta.

—Lo siento —repitió—. Quizás deberías desistir por un tiempo…

Tener un hijo era algo que deseaba más que a nada. Desde niña siempre soñé con ello. Cuando mis amigas jugaban a ser princesas y desfilar con sus vestidos, yo prefería jugar a ser madre, a cuidar a mi hijo imaginario y evitar que nada malo le sucediera. Al parecer el destino me había jugado una mala pasada porque por más que lo intentaba, nada funcionaba, no lograba quedar embarazada. Ya mi esposo ni siquiera me acompañaba a las consultas.

Los ojos se me llenaron de lágrimas sin que lograra contener mis emociones. Lloraba por no poder quedar embarazada, por mi matrimonio que se estaba acaba sin que lo pudiera evitar y por mí, porque mi vida de ensueño se estaba volviendo una pesadilla y no era capaz de decirlo en voz alta. 

—¿Es que hay algo malo en mí? —le pregunté mientras los ojos se me llenaban de lágrimas y un dolor intenso se formaba en mi pecho.

—Según los análisis, en tu cuerpo todo está funcionando en orden —vaciló antes de continuar—. Deberíamos ir pensando en otras posibilidades…

—¿Cuándo iniciará el nuevo tratamiento? —lo interrumpí.

El hombre me observó por unos largos segundos hasta que asintió y apuntó algo en su libreta. Sabía que no iba a desistir tan fácilmente.

—Pronto. ¿Te parece bien para el mes que viene? 

Con una sonrisa forzada, me sequé las lágrimas y me puse de pie y asentí.

Mi amiga de tantos años, caminó hacia mí en cuanto salí de la consulta. No hizo falta que dijera nada, con solo ver mis lágrimas me envolvió en un abrazo. Lucía era enfermera y desde las últimas consultas siempre me acompañaba a realizar aquellos dolorosos y complejos tratamientos que no estaban sirviendo de nada. 

—Lo siento, amiga —me dijo mientras me envolvía en un abrazo—. ¿Cómo te sientes? 

Me encogí de hombros mientras comenzaba a caminar por aquel largo pasillo que daba a la salida del hospital. Lucía trabajaba en el salón de neonatología. Me gustaba ir con ella y ver a aquellos bebés recién nacidos que luchaban desde tan temprana edad por aferrarse a la vida. Verlos me recordaba que no tenía derecho a creer que el destino no era justo conmigo. Habían personitas mucho peor que yo. 

—¿Quieres saber cómo me siento? —suspiré—. Como si no sirviera para nada.

—No digas eso, eres una mujer muy fuerte. Tanto tiempo en esto y lo sigues intentando. Otra en tu lugar se habría dado por vencida. Para colmo el imbécil de Armando ni siquiera viene contigo.

—Está trabajando… 

Mi amiga me detuvo por el hombro mientras me observaba con aquellos ojos marrones tan expresivos y supe que iba a decir algo serio. Desde un inicio Armando no fue de su agrado. Siempre me dijo que no era un buen hombre y no tenía razón. Recordaba con cariño el principio de nuestra relación, cuando me aseguró frente a mis compañeros de trabajo que siempre íbamos a estar juntos y cuando me pidió matrimonio en aquel evento tan importante. Los hombres malos no hacen ese tipo de cosas. De eso estaba completamente segura.

—Ningún trabajo del mundo debería ser más importante que estar al lado de su mujer en un momento como este —sentenció ella—. Ese idiota debería estar aquí contigo para compartir tu dolor. Así sufrirías menos.

En eso sí que tenía razón. Me dolió en el alma cuando la noche anterior me dijo que estaría todo el día en el trabajo. Creo que no recordó que tenía consulta. No me dió tiempo a pedirle que me acompañara porque se durmió en cuanto se acostó en nuestra cama. En el fondo sabía que se había rendido. Ya nada era igual que aquellos primeros años.

—Sofi, mírame —me dijo ella interrumpiendo mis pensamientos—. ¿Y si el problema no es tuyo? ¿Qué hay de él? He conocido casos en los que el problema de infertilidad está en los hombres…

—Ni se te ocurra insinuar algo así en frente suyo. Sería capaz de…

—¿De qué? —preguntó con el ceño fruncido—. ¿De pegarme? ¡Dile que se atreva a hacer algo así!

Desvié la mirada. No quería que leyera mis pensamientos y al parecer mi amiga tenía esa capacidad en mí. Bastaba con solo mirarme y ya descubría lo que estaba pensando. Armando nunca me había puesto una mano encima, pero poco le había faltado. Lo bueno era que existía ese límite entre sus gritos y los golpes. Un límite que nunca iba a cruzar. 

—Es complicado —dije al final—. Sabes que viene de una familia muy estricta. No es su culpa ser así. 

—¿Qué hay de ti? Tu padre es peor y mírate. Eres un pan. Todos te aman.

Todos no —pensé para mis adentros—. Creo que mi esposo ya no me ama. 

—Además —seguí diciendo—, se realizó los análisis y todo está bien en él. Vi los resultados con mis propios ojos. La que tiene el problema soy yo. 

Mi amiga suspiró. Parecía cansada. Se había pasado la noche de guardia. Si no se había marchado a casa ya, fue porque decidió esperarme. 

—Bueno, tú espérame aquí. Me cambio y nos vamos. Te invito a almorzar. Sé que tú querido esposo llegará tarde a casa.

Asentí y vi como se alejaba agitando en el aire su cabello castaño claro. Si de algo estaba segura, era de que, con todo y sus cosas, tenerla como amiga era de las mejores cosas que me habían sucedido en mucho tiempo. 

Un ruido desvió mi atención. De un momento a otro se formó una confusión muy grande a mi alrededor. Las puertas de emergencia se abrieron después de escucharse la sirena de una ambulancia y una mujer entró gritando algo que no entendí. Todos los presentes corrieron a ver qué sucedía y el tumulto de personas evitó que viera con claridad. Solo supe que alguien estaba muy mal.

Me iba a ir. Iba a dar media vuelta e iba a salir del hospital para esperar a mi amiga fuera, pero una voz que creí conocida evitó que lo hiciera. Regresé la mirada hacia el tumulto y, por una milésima de segundo, me pareció ver a mi esposo. Pero no podía ser él. Armando estaba fuera de la ciudad en una reunión importante. Aún así, con el ceño fruncido, esquivé a algunas personas y me acerqué.

Todo se detuvo de golpe a mi alrededor en una imagen. Me pareció tan surrealista lo que estaba viendo que por un momento pensé que no era real. Armando se encontraba al lado de una mujer rubia que nunca había visto antes. La estaba abrazando mientras un niño pequeño visiblemente enfermo, era trasladado y llevado con urgencia en una camilla por el personal del hospital. Los dos respiraban con facultad, parecían agitados. Pero eso no fue lo peor de todo. Mi mundo se vino abajo cuando él la miró a los ojos, acarició su mejilla y le dijo con una voz dulce: 

—Tranquila, él está en las mejores manos. Nuestro hijo se pondrá bien.

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