FAZER LOGINSofía:
Por fin me bajó. Como fue tan repentino, perdí el equilibrio y me tomó en brazos quedando inclinado hacia mí. Quedamos tan cerca que podía sentir su aliento, su olor, su calor corporal, sus manos cálidas en mi cuerpo y sus ojos, aquellos ojos azules me observaron con algo que solo puedo nombrar como deseo. Lo peor de todo, lo que más me desconcertó, fue que por más absurdo que parezca, en ese segundo yo también lo deseaba. Un relámpago hizo que nos separáramos. Él se aclaró la garganta y me dijo evitando mi mirada: —Puedes quitarte esa ropa. En la cama hay un suéter y un pantalón que te pueden servir. Sin decir nada avancé hacia la habitación tratando de no pensar en lo que acababa de ocurrir. Todavía estaba aturdida. Para colmo, cuando me puse su suéter su olor embriagador me estremeció. ¿Era legal oler tan bien? En ese momento me lo pregunté. Unos minutos después estábamos en la pequeña mesa y frente a nosotros humeaban dos cuencos de sopa. Él revolvía la suya con parsimonia mientras yo me limitaba a observar. Era evidente que había una tensión palpable entre ambos desde lo ocurrido. —¿A qué esperas? No te voy a envenenar si es lo que estás pensando. Te imaginas tener que deshacerme de un cuerpo con el clima que hace… Le lancé una mirada agria y por fin tomé la cuchara. La verdad es que me sorprendió. Esperé que supiera a agua de arroz, pero estaba deliciosa. —Oye, cocinas muy bien. ¿De qué es? —De gato, cacé uno en la tarde… Lo miré paralizada y soltó una carcajada. Estaba bromeando. —Debiste ver tu cara. Es de pollo. Sopa instantánea. No sé cocinar. —Con razón estaba buena… —murmuré. —Oye, invades mi propiedad, usas mi ropa, bebes mi sopa y en lugar de agradecer, sueltas tus comentarios sarcásticos. —Lo siento. Fue involuntario, trataré de no hacerlo más. —Chica sarcástica, llevamos todo este tiempo conversando y no nos hemos presentado. ¿Cuál es tu nombre? —Lucía —mentí, no le pensaba dar mi identidad a un desconocido—. ¿Y tú? —Adalberto. Reprimí una risita. No porque el nombre fuera feo, sino porque me pareció que no iba con su edad, parecía más un nombre de un señor mayor. —¿Tienes algo en contra de mi nombre? —cuestionó y negué con la cabeza—. Porque era de mi padre fallecido. Murió en la guerra cuando yo tenía 6 años. Su nombre fue lo único que me quedó de él. Se me encogió el pecho. No me podía creer que había sido tan cruel de burlarme de su nombre. —Lo siento. No fue mi intención reírme. Se encogió de hombros, se incorporó y fue hasta la chimenea para meter algunos troncos nuevos. Fuera la lluvia seguía cayendo con una ferocidad que ya me estaba asustando. —Es broma —sonrió—. Mi padre está más vivo que tú y yo. —No deberías bromear con esas cosas. —lo regañé. Se hizo un silencio incómodo, pero no duró demasiado, cuando abrió la boca hizo aquella pregunta que tanto me temía. —Ahora, después de todo lo que te he ayudado, me gustaría saber qué estabas haciendo en el bosque a esta hora. Tras escuchar aquella pregunta que tantos recuerdos recientes me trajo, desvié la mirada hacia el fuego y, unos segundos después, me senté a su lado frente a la chimenea cálida. Estar en aquel lugar, con un completo desconocido, abrazada por un calor que no era mío cuando caía tanta lluvia fuera de aquella cabaña, era muy contradictorio. Si unas semanas atrás me hubieran dicho que algo así me iba a suceder me habría reído con ganas. —Vine al resort porque sufrí una tra… No terminé de hablar. Él se abalanzó hacia mí y me tapó la boca. Tener su cuerpo tan pegado al mío me estremeció por completo. Fue como si una corriente eléctrica recorriera mi cuerpo por completo. Estaba pasmada. —Guarda silencio —me susurró al oído provocándome un escalofrío—. ¿Escuchaste ese ruido? Negué con la cabeza. Lo único que escuchaba era el sonido de la lluvia al caer y nuestras respiraciones. —Debió ser alguna rama. —murmuré. —No creo. El silencio reinó entre ambos y estaba a punto de decir algo cuando lo escuché. Sonó como un arañazo contra la pared de afuera. —¿Escuchaste? —asentí con el corazón desbocado temiendo que fuera Armando que me había seguido hasta aquel lugar. Lo dudaba pero era una posibilidad que aún no podía descartar. —Iré a ver qué es. Lo tomé del brazo. —No. No me dejes sola aquí. Adalberto observó mi mano junto a su brazo y, roja como un tomate, la aparté. ¿En qué estaba pensando? —No te preocupes. Iré a por mi escopeta de caza. Lo seguí hasta su habitación y vi como comprobaba las balas antes de salir por la puerta. —Ten cuidado. —le susurré. —¿Ahora te preocupas por mí? —preguntó con sorna. Puse los ojos en blanco pero cambié el gesto a uno de preocupación en cuanto salió. Traté de ver por la ventana pero como estaba tan oscuro no logré ver nada. Salté entonces al escuchar otro ruido más fuerte acompañado esta vez por un fuerte zarpado, pero no fue hasta que un rugido aterrador partió en dos la noche que me asusté de verdad. —¿Adalberto? —pregunté—. Oye, qué fue ese ruido… Las piernas se me debilitaron al escuchar un disparo. Nunca había escuchado uno tan cerca. No me podía mover, no me quería mover. Con el corazón en la boca observé la puerta esperando a que algo sucediera. Mi mente esperaba lo peor, pero al ver que él regresaba sano y salvo respiré con un repentino alivio. —¿Qué fue eso? —pregunté a toda prisa—. ¿Por qué disparate? ¿Estás bien? —Tranquila, chica sarcástica, solo era un oso. Alcé las cejas sin poder creer en sus palabras. —¿Un oso? Creía que aquí no habían osos. Caminó hacia mí y dejó la escopeta en una esquina tras cerrar la puerta a sus espaldas. Estaba empapado de pies a cabeza. Ahora el que tenía la ropa ceñida al cuerpo era a él. —Y en teoría no los hay. Supongo que ese se ha de haber perdido por la tormenta. No es muy común ver uno en estos alrededores, pero siempre existe la posibilidad. Tuvimos suerte. —¿De estar cerca de un oso? —De tener una escopeta. —¿Lo mataste? No me puedo creer que hayas hecho algo así. Él sonrió divertido. —No le disparé. Esa escopeta es de entrenamiento, no la uso para matar animales. Solo disparé al aire para ahuyentarlo. De la nada se quitó el suéter y ante mí quedó la imagen de su torso semidesnudo. Avergonzada di media vuelta y entré a la única habitación en busca de una toalla. No me podía creer que con solo ver su piel mojada ya estuviera nerviosa. —Toma, para que te seques. —se la lancé y la alcanzó al vuelo. Unos segundos después se estaba secando el cabello antes de pasar a su piel bronceada. Lo estaba haciendo a propósito, se estaba secando como si tuviera todo el tiempo del mundo para hacerlo. Sabía que lo estaba viendo. —Creo que me debería dormir. No estoy acostumbrada a estar tan tarde despierta. —mentí descaradamente. —Puedes quedarte en mi cama. Pasaré la noche aquí. Debo cerciorarme de que el fuego no se apague y de que el oso no regresa. Asentí sin decir nada y caminé hacia la habitación con el corazón acelerado. Fue acostarme en la cama, cerrar los ojos y la imagen de Armando abrazando a aquella mujer en el hospital vino a mi mente. Parecía mentira que aquello hubiera ocurrido hacía solo unos días. Parecía que había transcurrido una eternidad. Abrí los ojos de golpe y me volteé hacia la ventana. Los relámpagos me iluminaron. Me volteé del otro lado y en cuanto cerré los párpados me llegó la imagen de Adalberto secando su cuerpo musculoso con lentitud mientras me observaba. Nunca nadie me había observado de aquella forma. No aguanté más. Me incorporé y regresé al pequeño salón con lentitud. Ahí estaba él con la mirada perdida en el fuego. Seguía aún sin camisa y sus cuerpo era bañado con la luz naranja de la chimenea.Capitulo 94 final.Sofía:Lo primero que vi al despertar fueron los ojos azules de Marcelo. Estaba al lado de mi camilla y me observaba con evidente preocupación.—Estás vivo… —murmuré con dificultad.Recordaba lo ocurrido como si no fuera real, como si todo hubiera sido una de esas pesadillas que son tan intensas que parecen recuerdos. Pero todo era real. Armando, aquel hombre y Laila habían perdido la vida. Todo había terminado, de la peor forma posible, pero había acabado.Una sonrisa se esparció por el rostro de mi esposo. Tomó mi mano, la llevó hasta sus labios y me besó. Parecía muy cansado y me fijé en que llevaba barba de varios días, cosa me hizo dame cuenta de que no llevaba poco tiempo en el hospital.—Llegaste muy mal al hospital —me contó como si hubiera estado leyendo mi mente—, respiraste demasiado humo. Por el bien tuyo y del bebé decidieron entubarte y mantenerte sedada hasta que los niveles de oxígeno de tu cuerpo regresaran a la normalidad. Llevas aquí dos semanas.
Capitulo 93Sofía:Aquel hombre que le acababa de disparar a Laila cayó al suelo ante el disparo de Marcelo. Al ver que no se movía nos acercamos a Laila. Ella estaba en el suelo. De su espalda brotaba un enorme charco de sangre. Mis ojos fueron hasta los del niño. Favio no debía haber visto una atrocidad como esa, no debía haber presenciado algo así. Sus pequeños e inocentes ojos la observaban aterrados. Estaba llorando. Al parecer entendía lo que estaba ocurriendo. Quizás él lo entendía mejor que nadie, había perdido ya a alguien importante para él incluso antes de ser consciente de ello. —Lo siento —nos dijo Laila con la voz débil y la piel pálida—. Armando llegó hace unos días, me propuso vengarnos de ustedes… —miró a Marcelo con unos ojos cristalinos—. Él creía que porque te amaba iba ser capaz de traicionarte. Mientras ella hablaba tomé su celular y le envié un mensaje de texto a Lucía con nuestra ubicación. Estábamos demasiado lejos del hospital más cercano pero lo debíamos
Capitulo 92Marcelo:La casa de los padres de Laila, seguía prácticamente igual. La diferencia era que ahora, en lugar del jardín bien cuidado que la caracterizaba, ahora había maleza por doquier. Ni siquiera sabía que aquel lugar seguía siendo propiedad de los Benedict, pensé que tras mudarse la habían vendido. Imaginé que fue Laila quien le ofreció el lugar como escondite a Armando. Como el cerco se le estaba cerrando, seguro que sus propiedades estaban siendo vigiladas por la policía, había tenido que acudir a su ayuda. Mi pregunta era, ¿desde cuándo lo estaba ayudando? ¿Por qué había decidido ponerse del lado de un delincuente como él sabiendo que lo único que lograría con eso era ir a la cárcel?Aquella casa alguna vez fue una joya de la arquitectura, pero ahora solo era un esqueleto que se aferraba a vivir de los vestigios de la belleza del pasado. En la pared de atrás, una hiedra trepadora comunicaba el suelo con una de las ventanas del segundo piso. Decidí intentar subir por a
Capitulo 91Sofía:Confiaba en Marcelo con los ojos cerrados. Sabía que si pensaba que lo mejor era ir por nuestra cuenta a rescatar al niño, entonces debía hacerle caso y seguir su plan. Por eso, tras cambiarnos por fin de ropa y dejar atrás nuestra vestimenta de casados, nos marchamos en el auto de Marcelo antes de que Dusol y los demás policías se dieran cuenta.Mientras avanzábamos por la carretera pensé en todo lo que había ocurrido últimamente. De estar casados y previamente pensar que estábamos a punto de resolver nuestros problemas, habíamos pasado a estar completamente sumergidos en una pesadilla. No entendía a Marcelo, no podía saber el dolor que debía estar sintiendo puesto que aún no era madre, aún así imaginaba toda la tormenta que debía estar pasando por su cabeza, en muy poco tiempo Favio se había ganado mi cariño y ahora que estaba lejos de nosotros me daba cuenta de lo mucho que lo quería. —Hay un pasadizo por la parte de atrás —me contó Marcelo mientras conducía con
Capitulo 90Marcelo:Lo sentía de nuevo. Era como una pesadilla pero la diferencia es que todo era real. El miedo a perder a mi hijo, a perderme de nuevo en la angustia, el dolor, la soledad… me estaba volviendo loco. El tiempo pasaba y aquellos policías no hacían nada, sentía que nadie estaba haciendo nada, que a nadie le dolía el secuestro de mi hijo, tanto como a mí. Nunca me sentí tan pequeño e insignificante como en ese momento, estando en un país tan grande sin saber en dónde estaba mi hijo. Sin saber si se sentía solo, si tenía miedo, si estaba llorando o si pensaba que lo habíamos abandonado. En ese momento Sofía, Dusol y yo estábamos debatiendo cuál era la mejor opción, pero mi teléfono comenzó a sonar y nos quedamos paralizados unos segundos. Fue Sofía la primera que habló:—Déjame hablar con él —repitió lo que llevaba rato diciendo—. Tengo que convencerlo de devolver a Favio.Para mí aquello era una mala idea, aún así prefería no arriesgarme. Ella tenía razón en que Armand
Capítulo 89Sofía:La imagen era insólita, Laila trabajando con un criminal psicópata como Armando. Imaginaba lo que estaba sintiendo Marcelo en ese momento, viendo como una mujer que conocía desde que estaban en el instituto, amiga de su familia, se aliaba con su mayor enemigo para secuestrar a su hijo. Más insólita aún fue la imagen que estaba viendo en ese momento al mirar una de las ventanas de cristal frente a nosotros. La casa plagada de policías, Marcelo de traje arrugado y corbata deshecha con las manos en la cabeza, apretando su cabello mientras caminaba de un lado a otro, yo aún vestida de novia, con el maquillaje corrido y mi vestido de novia que lejos de traerme suerte, sucedió todo lo contrario. Fue viendo esa imagen que lo comprendí. Marcelo había dicho en el altar, frente al cura que nos casó y a todos nuestros seres queridos, que yo había llegado para destruir la barrera que lo había aislado por tanto tiempo tras la pérdida de su primera esposa. En ese momento no lo v







