MasukCatalina
Las palabras de Julián se repiten en mi mente, pero es como si mi cerebro se negara a asimilarlas, mientras que mis ojos se enfocan en el hermano del hombre al que amé… y el mismo que me ha destruido la vida.
—No comprendo, ¿a qué te refieres con que estoy en peligro?
Noto cómo el hermano menor de Gabriel se pasa las manos por el cabello, unos tonos más claros que los del innombrable, antes de poner sus ojos cafés, más suaves que los de su hermano, sobre mí.
—Esa noche... ¿realmente copiaste los documentos? —pregunta, bajando un poco la voz.
Lo miro fijamente, dolida, sin responder de inmediato. Finalmente niego con la cabeza.
—No lo hice. Jamás. Puede que nadie me crea, pero te juro que esa del video no soy yo. No realmente. Yo ni siquiera frecuentaba esa sala, pero no sé cómo hicieron eso y no puedo competir con esas imágenes. Sin embargo creí… creí…
—Que él iba a creer en ti —termina por mí y me siento tonta nada más oírlo, aunque es cierto.
Yo de verdad pensaba que lo que había entre Gabriel y yo era más que atracción. Pensaba que me amaba…
—Fui una tonta. Ahora lo sé.
Él se encoge de hombros.
—No lo eres, simplemente confiaste —me dice y niega antes de agregar—. He estado en el lugar donde todo el mundo te da la espalda y no te creen. Y creo… creo que mi hermano fue... demasiado cruel esta vez. Estás sufriendo, has perdido a alguien a quien amabas. Pero ya lo conoces. Una vez que se siente traicionado...
—Ataca sin piedad —termino por él, y veo cómo asiente.
—No hay pruebas de tu inocencia, Catalina. Solo ese video que te inculpa. Quieren demandarte por espionaje industrial. Esto no es un asunto menor. Gabriel está decidido a hacerte responsable por los cargos y las pruebas parecen muy favorables para él. El equipo legal de la familia San Román no es ningún pusilánime. Tienen la capacidad y la voluntad de enviarte a prisión y hacerte desaparecer por completo, solo para dar una lección. Ahora eres uno de los criminales más "famosos" de esta ciudad, e incluso de esta industria. Nadie se atreve a ayudarte. Nadie quiere meterse con la familia San Román.
Siento que las manos me sudan, pues eso explicaría muy bien por qué no he podido conseguir trabajo en meses.
Sin embargo, aún no estoy presa… pero antes de que pueda preguntar, Julián agrega:
—Pero eso no es lo más peligroso. Si Gabriel supiera que estás embarazada… si supiera que el niño es suyo...
Mi estómago se encoge. Siento cómo mi corazón se me sube a la garganta.
Los ojos de Julián se vuelven fríos y realistas:
—Créeme, Catalina, conozco muy bien a mi hermano. Concede una importancia casi obsesiva a los derechos de herencia y al linaje familiar. Él no dejará ir a este hijo que llevas. No se detendrá ante nada. Utilizará todos los medios, legales o ilegales, para arrebatártelo. Demostrará que no eres una madre apta e incluso puede tacharte de "peligrosa". Te enviará a prisión y luego reclamará con todo derecho a ese heredero o heredera. Y lo perderás todo.
Cada palabra es como un carámbano que me atraviesa el pecho. No tengo ninguna duda de que lo que dice Julián es posible. Ya experimenté la crueldad de Gabriel cuando me echó sin escucharme.
Durante años lo vi aplastar a sus enemigos sin pestañear. Nunca imaginé que un día yo sería uno de ellos.
El miedo a perder a mi bebé de repente lo define todo.
—No… No puedo perder a mi bebé. —Quiero proteger la pequeña vida en mi vientre.
—Entonces, tienes que irte. —El tono de Julián es firme, con una determinación irrefutable.— Inmediatamente, Catalina. Hasta que puedas limpiar tu nombre. Abandona el país y ve a un lugar donde la influencia de Gabriel no pueda llegar. Oculta tu identidad y comienza de nuevo.
Sus palabras hacen que una risa nerviosa y amarga se me escape.
—¿Dejar el país? ¿Yo? ¿Dónde podría ir? No me queda nada. Ni siquiera tenía para el entierro de mi abuela, y ahora me pides que me mude a otro país. ¿De dónde voy a sacar los recursos?
—Me tienes a mí. —La voz de Julián se suaviza, con un poder hechizante—. A fin de cuentas, soy el tío de la criatura, y por alguna razón creo en tu versión. Te ayudaré. Tengo un lugar seguro donde quedarte en el extranjero y amigos confiables. Te daré una nueva identidad, organizaré la atención médica y me aseguraré de que tú y tu hijo vivan seguros, lejos de los problemas que hay aquí. Ésta es la única manera, Catalina. Para ti, y más aún para el bebé.
Me cuesta creer lo que oigo. Irme del país con un casi desconocido suena temerario. Pero quedarme... quedarme es jugar a la ruleta con la vida de mi hijo.
Lo miro, recordando que se encargó del funeral de mi abuela. Que no me ha dejado sola. Tal vez... ¿tal vez Julián realmente sea diferente? ¿Tal vez esta sea la última oportunidad que Dios me da?
Un débil rayo de esperanza me cruza el pecho.
Me seco las lágrimas y lo observo con detenimiento.
—Tú... ¿realmente puedes ayudarme?
—Ciertamente. —Su voz es firme, segura—. Me encargaré de todo. Ahora sólo necesitas descansar. Confía en mí.
—Muy bien, Julián San Román. Voy a confiar en ti. Espero, de corazón, que tú no me traiciones.
Días después, bajo una identidad protegida y con papeles gestionados por Julián, abordo un avión rumbo a un país extranjero. No dejo notas. No dejo rastro. Solo una maleta y mi corazón palpitando con fuerza.
Nos quedamos en silencio frente a la puerta de embarque. Julián sostiene la maleta como si pesara más de lo que realmente pesa. Yo aprieto el pasaporte con fuerza, temblando.
Julián me observa con una mirada que no logro descifrar. Algo me dice que hay más detrás de su ayuda. Pero ahora mismo… no puedo darme el lujo de rechazarla.
Estoy huyendo.
CatalinaEl ruido es lo primero que desaparece.No sé en qué momento exacto deja de haber gritos, órdenes, sirenas, pasos apresurados y armas levantadas, pero cuando logro volver a respirar con normalidad, el mundo parece haberse reducido a una sola imagen.Julián está en el suelo.El tiempo se detiene.Está tendido de lado, con la camisa empapada de rojo, los ojos abiertos mirando a ningún lugar en específico. Hay gente alrededor, policías, paramédicos, pero yo apenas los registro. Mi mente retrocede sin permiso a otros recuerdos: su risa falsa, su obsesión, su forma de mirarme como si yo fuera una posesión… y aun así, cuatro años de mi vida.Cuatro años que no puedo borrar como si nunca hubieran existido.Samuel llora contra mi pecho. Lo tengo apretado con tanta fuerza que temo estar haciéndole daño, pero no puedo soltarlo. Mis manos tiemblan. Todo mi cuerpo tiembla.Doy un paso hacia Julián sin darme cuenta.No porque lo ame. No porque lo perdone. Sino porque, en el instante más o
El tiempo se rompe en pedazos.No hay estrategia, no hay órdenes, no hay policías ni protocolos cuando escucho ese sonido seco, brutal, que no debería existir dentro de una casa: un disparo.Todo se vuelve ruido blanco.—¡Muévanse, muévanse! —grita alguien a mi espalda.Pero ya no escucho.Mis piernas se mueven solas.La puerta cede con un golpe y entro.El aire huele a pólvora, a humedad, a miedo viejo. La escena frente a mí es un infierno detenido en el tiempo: Catalina está siendo arrastrada del cabello, sus manos aferradas a Samuel, que grita con un llanto desgarrado; Julián lo sostiene por el brazo, nervioso, fuera de control; y Elena… Elena tiene el arma en la mano y los ojos completamente vacíos.—¡SUELTA A MI MUJER AHORA MISMO! —mi voz sale rota, salvaje.Catalina levanta la mirada y me ve.El mundo se reduce a un solo punto cuando veo el cañón del arma levantarse.Samuel.Todo ocurre en un segundo, pero mi mente lo estira como si el tiempo se negara a avanzar. El grito de Cata
GabrielEl reloj del tablero marca las 01:47.Han pasado casi dos horas desde la llamada.Dos horas eternas.Estoy dentro del auto, sentado en el asiento trasero, con el cuerpo inclinado hacia adelante, los codos apoyados en las rodillas y las manos entrelazadas con tanta fuerza que siento los nudillos arder. El vehículo avanza por una carretera secundaria, escoltado por otras dos unidades sin distintivos. Las luces están apagadas. Todo es discreto. Todo es tenso.El detective va a mi lado.—Ya sabes lo que tienes que hacer —dice, sin mirarme.Gruño, pasándome una mano por el rostro.—Joder, ya lo sé. Ya lo sé —respondo, con la voz rota—. Pero no es nada fácil.Me mira entonces. Sus ojos son firmes, cansados.—Nunca lo es —contesta—. Pero tienes que hacerlo si quieres recuperar a tu familia.Aprieto los dientes.Todo esto es una actuación. Una mentira necesaria. Un maldito juego psicológico.La llamada anterior nos dio lo que necesitábamos. El rastreo fue limpio. La ubicación coincid
CatalinaEl silencio pesa más que el miedo.Es un silencio espeso, incómodo, como si las paredes respiraran con nosotras. Samuel está sentado a mi lado, con las rodillas recogidas contra el pecho y los ojitos enrojecidos de tanto llorar. Lo tengo abrazado, balanceándolo despacio, como hacía cuando era un bebé y el mundo todavía no se había vuelto este lugar oscuro y cruel.—Shhh… —le susurro—. Tranquilo, mi amor. Respira conmigo.Lo hace, aunque a trompicones. Su pequeño cuerpo tiembla cada vez que un ruido llega desde afuera. Cada crujido de la madera, cada paso, cada puerta que se abre o se cierra.Nadie nos va a encontrar aquí, vuelve a repetirse en mi cabeza, y tengo que morderme el labio para no gritar.La puerta se abre de golpe.Levanto la mirada de inmediato, protegiendo a Samuel con todo mi cuerpo.Es ella.Elena entra como si fuera dueña del mundo, con el rostro desencajado, los ojos brillantes de una furia que ya no intenta ocultar. Camina de un lado a otro de la habitación
GabrielEl papel sigue ahí, sobre la mesa de la cocina, como si se burlara de mí.Empieza el juego.Dos palabras escritas con una letra que reconozco demasiado bien. Dos palabras que me parten el pecho en dos. Siento que el aire no me alcanza, que cada respiración raspa, quema, duele.Catalina no está.Samuel no está.Y yo… yo no estaba.Me paso las manos por el rostro con violencia, caminando de un lado a otro del apartamento como un animal enjaulado. El lugar está lleno de gente, pero me siento completamente solo. Policías, agentes de seguridad, un detective que habla por teléfono en voz baja, Nathalie sentada en el sofá con los ojos hinchados de tanto llorar. Iván camina de un lado a otro, revisando su celular sin parar.Mi padre está aquí también. Salió del hospital en contra de toda recomendación médica. Está sentado, encorvado, con las manos entrelazadas frente a la boca, la mirada perdida en el suelo.Todo esto es mi culpa.La idea no me suelta. Me taladra la cabeza.No debí ir
Doblo la última camiseta de Samuel con cuidado y la dejo dentro de la maleta pequeña. No quiero hacer ruido, como si el silencio pudiera protegernos. El apartamento está en calma, una calma extraña, artificial, que no termina de tranquilizarme.Samuel está sentado en el suelo, rodeado de sus juguetes, observándome con el ceño fruncido. No juega. Me mira.—Nani… —dice al fin, con esa vocecita que siempre logra romperme por dentro—. ¿Pa’ dónde vamos?Me agacho frente a él y le acomodo un mechón rebelde del cabello.—Vamos a salir unos días, mi amor. Unas vacaciones pequeñitas.Sus ojitos se iluminan de inmediato.—¿Vacaciones? ¿Con piscina?Sonrío, aunque el pecho me aprieta.—Tal vez. Y helado. Mucho helado.Él ríe, pero luego su expresión cambia. Se pone serio. Demasiado serio para alguien de su edad.—¿Y el príncipe? —pregunta—. ¿Papi Briel va a ir?Trago saliva.—Sí —le respondo con suavidad—. El príncipe va a estar con nosotros. Siempre.—¿Entonces por qué no se viene ya? —insiste,







