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4. Contrato

Autor: J.M.Rose
last update Data de publicação: 2026-08-17 08:42:45

—Quiero que te cases conmigo, Amber.

Una simple frase provocó un largo silencio entre nosotros. Incluso el aire pareció detenerse al escuchar aquellas palabras. Matthew, por otra parte, apoyó con calma el codo sobre la mesa, sosteniendo la cabeza con su mano derecha. Sus ojos, gélidos como el hielo, me escrutaban de una manera que me provocó un escalofrío, además de congelarme todo el cuerpo.

—Creo que escuché mal —lentamente me froté uno de los oídos con el dedo.

—No lo hiciste, Amber Hughes. Te estoy proponiendo que te cases conmigo.

Una leve risa incrédula escapó de mis labios. Acaricié mi cabello como si fuera mi único soporte de cordura ante la locura que acababa de decir Matthew.

—¿Te golpeaste la cabeza? Porque no puedes venir como un lunático a proponerme matrimonio.

—¿Lunático? —Hizo una leve pausa mientras emitía un sonido pensativo desde el fondo de su garganta—. Me han dicho cosas peores.

—No pienso casarme. Me divorcié hace poco.

—Lo sé —contestó al instante.

Entrecerré los ojos mirando a Matthew, quien ladeó la cabeza con calma de un lado a otro.

—¿Cómo sabes que me divorcié?

—Porque tengo contactos en todas partes, señorita Hughes. Además, si siguiera casada, esta conversación nunca habría existido. Jamás le arrebato nada a otro hombre. Si algo debe ser mío, vendrá por decisión propia, no porque lo haya robado.

Su tono era ronco. Demasiado para hacerme temblar, algo que oculté. Llevé una mano hasta mi cadera, sintiéndome más firme. Levanté el mentón mientras me daba la vuelta para dirigirme hacia la puerta.

—Le advierto que no vuelva a pedirme una reunión si no viene a hablar de negocios. Si vuelve a hacerme perder el tiempo, le diré a seguridad que no lo deje llegar ni a cien metros de mi empresa.

Llegué a la puerta y tomé la manilla cuando escuché una risa ronca. Oscura. Lo suficiente para adueñarse del ambiente por completo.

—Señorita Hughes, yo dirijo un conglomerado de empresas, y una de ellas puede conseguir las esencias que necesita a nivel industrial.

Me congelé en ese instante. No me giré, pero quedarme inmóvil pareció ser su victoria personal, porque escuché una leve carcajada detrás de mí.

—Sin mí, señorita Hughes, le tomaría alrededor de tres años conseguir los permisos, las licencias y los contactos necesarios para importar esas esencias. Conmigo... una llamada. En menos de cuarenta y ocho horas tendrá todo listo para empezar a producir.

Lentamente me di la vuelta...

Y entonces lo vi.

Seguía exactamente donde lo había dejado. Una sonrisa apenas ladeada junto a unos ojos calculadores. Tenía la seguridad de saber que el mundo termina inclinándose a su favor. Y con esa mirada, supe que no estaba presumiendo.

Él realmente podía hacer que todos se inclinaran ante su voluntad.

Solo para conseguir aquella esencia, mi empresa había desperdiciado un año entero golpeando las puertas de las compañías de Matthew. Las demás apenas tenían capacidad industrial. Conseguir los permisos por esa vía significaba años de espera, mientras nuestra competencia seguía avanzando.

Fruncí los labios hasta convertirlos en una fina línea.

—Señorita Hughes... —su voz rompió el silencio que se había formado entre nosotros—. Tic, tac —una leve sonrisa apareció en su rostro—. Usted quiere revolucionar la industria de la perfumería, pero cada segundo que pasa dudando es otro segundo que su competencia aprovecha para adelantarse.

Tragué con fuerza intentando bajar la piedra que tenía atorada en la garganta. Había una seguridad en sus ojos que me hacía saber que, aunque me negara, terminaría volviendo a él. Lo miré con desafío...

Y eso le gustó.

—Dime por qué quieres casarte, porque dudo mucho que aparezcas de la nada para pedirle matrimonio a una desconocida.

Matthew no respondió enseguida. Se acomodó en el asiento, apoyando un codo sobre la mesa mientras tamborileaba los dedos con calma.

—Mi abuelo fundó y compró todas las empresas que hoy forman Sinclair S.A. Al morir, me dejó el conglomerado completo... bueno, más o menos.

—¿Más o menos? —Alcé una ceja.

Una sonrisa casi imperceptible curvó sus labios.

—Actualmente dirijo todas las empresas, pero mi abuelo dejó una pequeña... y bastante molesta cláusula para convertirme en el propietario absoluto.

—Déjame adivinar... ¿casarte?

—Exacto. Debo contraer matrimonio antes de cumplir los treinta y cinco años.

Levantó la muñeca, observó su reloj y respondió con una precisión tan exacta que parecía haber repetido esas palabras miles de veces. Su tono se volvió casi robótico, sin ningún ápice de vida:

—Me queda un mes, seis días, doce horas... y veintinueve minutos. Si no cumplo, varias de las empresas pasarán a manos de diferentes familias cercanas a mi abuelo y perderé mucho más de lo que estoy dispuesto a admitir.

No pude evitarlo; solté una risa cargada de incredulidad. Aquello sonaba tan absurdo que parecía sacado de una mala película o de una novela. Demasiado loco para ser verdad.

—¿De verdad pretendes que crea que tu abuelo era tan anticuado como para condicionar un imperio a un matrimonio?

—Aunque te cueste creerlo, señorita Hughes, mi abuelo tenía una obsesión con la continuidad familiar. A mi padre le exigió darle un heredero para permitirle estudiar Medicina. A mí... casarme y permanecer un año junto a mi esposa.

Silencio.

Esperé que se riera. Que dijera que todo era una broma. Que solo había aparecido para decir semejante cantidad de tonterías y ver mi reacción. Pasaron los segundos. Luego los minutos...

No ocurrió.

—Tu abuelo estaba completamente loco...

—En eso coincidimos.

Su respuesta fue tan rápida que, por un instante, olvidé que estaba negociando conmigo. Con tranquilidad deslizó una carpeta sobre la mesa.

—Sería un acuerdo de mutuo beneficio. Un año de matrimonio. Usted obtiene exactamente lo que necesita... y yo también.

Negué lentamente con la cabeza.

—Matthew, esto sigue sin tener sentido. Puedes conseguir a miles de mujeres. Un hombre como tú debe tener una fila esperando para casarse contigo.

Una risa baja escapó de sus labios. Agachó el rostro unos segundos antes de volver a levantarlo con firmeza.

—Precisamente ese es el problema. —Sus ojos se clavaron en los míos—. Todas querrían quedarse o terminarían rogándome que las amara. Yo no puedo darme el lujo de atarme a una relación. Nunca lo he hecho... y no pienso empezar ahora.

Fruncí ligeramente el ceño.

—¿Y tú crees que yo no lo haría?

—No —respondió de inmediato—. Tienes dinero, poder y un apellido que abre puertas por sí solo. No necesitas mi fortuna, mis empresas ni mi influencia para construir un imperio.

Su mirada descendió lentamente hasta mi mano. Al dedo donde, hasta hacía unos días, había llevado mi anillo de bodas. Cuando volvió a mirarme, sus ojos tenían una oscuridad imposible de descifrar.

—Acabas de salir de un matrimonio que te destrozó. Lo último que deseas en este momento es volver a enamorarte de otro hombre.

Hizo una breve pausa. Una sonrisa lenta apareció en la comisura de sus labios. Esa sensación de que analizaba cada uno de mis movimientos con tranquilidad volvió a envolverme.

—Y por eso, señorita Hughes... eres la candidata perfecta para convertirte en mi esposa.

—Matthew, ¿de verdad crees que voy a creer toda esta mentira? Más aún después de lo que pasó en el hotel.

—¿Qué pasó con eso? —Su rostro se volvió serio, haciendo desaparecer aquella sonrisa ladeada.

—Oh, por favor. ¿Crees que soy estúpida? Conseguiste fotografías de Peter con su amante. No una ni dos... había demasiadas. Las suficientes para demostrar que los estuvieron siguiendo durante semanas. Tú sabías quién era él. Y ahora pretendes que me crea que todo esto es solo un contrato, cuando casualmente eres el único hombre que puede conseguirme esas esencias.

Negué lentamente con la cabeza.

—Para mí solo eres un hombre que movió todas las piezas de un tablero de ajedrez hasta dejarme en jaque mate.

Matthew acercó un poco más la carpeta y la abrió. Desvié la mirada hacia ella, notando que, en letras grandes, se leía Contrato Matrimonial.

—Señorita Hughes, no necesita creerme ni considerarme inocente. Me es indiferente. Lo único importante es que me necesita tanto como yo te necesito. Mientras espera que las puertas se abran por sí solas, pierde tiempo... y el tiempo también es dinero. Conmigo bastará un chasquido de dedos para que todo aparezca frente a usted.

No respondí.

Mis ojos descendieron al contrato mientras comenzaba a leerlo con calma. Leí la primera hoja. Luego la segunda. Cuando llegué a la tercera, donde debía firmar, levanté la vista.

—No veo que aquí incluyas habitaciones separadas. Quiero que las tengamos.

—Como desee. Pediré a mis abogados que modifiquen esa cláusula.

—Nuestras empresas permanecerán completamente separadas. No quiero tu dinero.

—Por supuesto. ¿Algo más?

—No quiero que me regales la esencia. Pienso pagar hasta el último centavo. No aceptaré un solo regalo tuyo, por pequeño que sea.

—Bien. ¿Algo más, señorita Hughes?

Negué lentamente con la cabeza mientras él tomó nuevamente el contrato y comenzó a leer en voz alta.

—La esposa, Amber Hughes, se compromete a mantener un año de matrimonio con Matthew Sinclair bajo exclusividad y fidelidad. Ambos residirán en la propiedad asignada por Matthew Sinclair.

—Me parece bien.

Continuó leyendo:

—Ambos asistirán a eventos públicos únicamente cuando sea estrictamente necesario. Mantendrán contacto físico mínimo con el único objetivo de aparentar ser un matrimonio legítimo.

No dije nada. Matthew bajó lentamente las hojas y me observó durante unos segundos.

—Y, por último, este contrato es completamente confidencial. Nadie, además de nuestros abogados, podrá conocer su existencia.

Tomé el documento y señalé una de las cláusulas con el dedo.

—Quiero que tu abogado especifique exactamente qué significa contacto mínimo. No pienso acostarme contigo solo porque estemos casados de mentira.

Por primera vez desde que comenzó la reunión, Matthew pareció sorprendido. Un instante después, una leve sonrisa apareció en sus labios.

—No pensaba incluir esa cláusula, pero me parece curioso que hayas sido tú quien la mencionara. No te preocupes. Haré que la modifiquen. Tomarse de la mano... besos únicamente cuando sean indispensables... nada más.

Hizo una breve pausa antes de añadir con serenidad.

—Jamás he obligado a una mujer a estar conmigo... y no voy a empezar contigo.

Ninguno de los dos se movió durante varios segundos. Miré aquellos papeles que parecían pesar toneladas.

—¿Y si me niego?

—No pasa nada.

Guardó el contrato con total tranquilidad.

—¿No pasa nada? —pregunté confundida—. ¿Me dejarás comprar la esencia, aunque no acepte?

—Por supuesto, señorita Hughes, sería una compradora más.

—¿Me dejarás comprarla en cuarenta y ocho horas?

Matthew guardó silencio y, tras esto, dejó escapar una leve risa.

—No. Ese privilegio forma parte de mi propuesta. Si rechazas el matrimonio, la señoría Hughes recibirá exactamente el mismo trato que cualquier otra compañía buscando mis servicios.

—Y si requiero tus servicios… ¿de cuánto tiempo hablamos?

—Lo típico. Dos o tres años.

Apreté la mandíbula.

—Dices que no me sobornarás… pero parece otra cosa.

—No ponga esas ideas en mi empresa, señorita. Tu empresa lleva un año intentando conseguirlo sin mí. Si rechazas mi propuesta, no perderás absolutamente nada que ya tengas. Si la aceptas, ambos ganaremos algo que necesitamos.

Sin añadir una sola palabra más, acomodó los documentos, se levantó y caminó hacia la puerta. Se detuvo apenas unos centímetros antes de salir. Miró su reloj. Después giró ligeramente el rostro por encima del hombro.

—Amber Hughes, tienes veinticuatro horas para aceptar este matrimonio. Mañana debo asistir a la gala anual de mi compañía... y preferiría hacerlo acompañado de mi prometida. Si a las seis de la tarde no me has llamado, asumiré que rechazaste mi propuesta.

Hizo una breve pausa.

—Así que piénsalo bien.

No me dio tiempo a responder, simplemente salió de la sala. En ese instante comprendí una sola cosa. Sentía que estaba a punto de firmar un pacto con el mismísimo demonio. Y lo peor de todo...

Era que estaba considerando aceptarlo.

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