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Parte 1. Capítulo 2. El encuentro

Penulis: Johana Connor
last update Tanggal publikasi: 2024-04-16 09:34:03

Un día después, madre e hija ya estaban instaladas en una casa de alquiler cerca del mar. A Rebeca le correspondía ese día terminar de organizar los mostradores con las prendas de orfebrería que ellas mismas habían elaborado y abrir la tienda.

Por suerte, llegaron a La Costa en época de vacaciones escolares, era común ver a turistas ansiosos por hundirse en las templadas aguas del mar Caribe, posibles clientes que las ayudarían a mantener el trabajo que las hacía sentirse independientes.

Sin embargo, ambas eran conscientes de que la mayor fuente de ingresos con la que contaban provenía de la cosecha de cacao de la que su padre había sido socio, pero Marian no quería sentirse atada a ese dinero, pretendía simular que teniéndolo o no, igual podían subsistir.

Rebeca la apoyaba para evitar que la mujer volviera a caer en una depresión causada por el estrés, aun sabiendo que si no recibían ese beneficio sus finanzas entrarían en serios problemas.

Como ocurría en ese momento. Por eso aceptaron la invitación de los líderes de visitar La Costa y solventar los inconvenientes.

Mientras Marian se reunía con Pablo y con otros miembros de la sociedad, ella se distraía en la organización de los estantes.

El día estaba soleado y comenzaba a vislumbrarse la llegada de turistas.

El olor del mar y el sonido cercano del romper de las olas despertaron los pocos recuerdos que su mente mantenía de esa región y la hicieron sonreír.

Recordó las tardes de juegos en la playa, las risas y las caricias de la brisa marina; los brazos fuertes de su padre que la alzaban en dirección al cielo, las largas caminatas por la cosecha y el sonido incesante de los tambores.

Ese retumbar le hizo perder la alegría.

Quedó estática parada en medio del local siendo invadida por el frío fúnebre que agitaba sus pesadillas.

Se había esforzado por controlar esas emociones, pero La Costa le hacía una mala jugada al regresarlos a su memoria.

Cerró los ojos con fuerza, sin poder evitar que aquellas dantescas imágenes volvieran a pasearse por su cabeza.

Tenía cinco años cuando asistió con sus padres a una fiesta en el hotel más imponente de La Costa. Los miembros de la sociedad étnica celebraban la excelente cosecha producida ese año y las insuperables ventas, ignorando la extraña sensación de agobio que se propagaba en el ambiente y que todos podían sentir, incluso ella.

A los pocos minutos de haber iniciado la festividad se desató el caos.

Rebeca solo recordaba haber escuchado explosiones y gritos llenos de desesperación, así como disparos y rugidos de animales salvajes.

Una mano delgada la ayudó a esconderse bajo una mesa mientras afuera se desataba una sangrienta masacre, y en medio de la oscuridad lo único que divisó fue la mirada intensa del niño que la acompañaba y no soltaba su mano.

Su presencia y cercanía la calmaba.

Al captar el olor de la madera quemada ambos salieron de su escondite, quedando petrificados. A su alrededor poderosas llamas comenzaban a alimentarse con los restos de la destrucción ocasionada y de los cuerpos inertes de los que habían fallecido ese día.  

Con los ojos agrandados y rebosantes de lágrimas, ella repasó el lugar. En un rincón su madre lloraba desconsolada, con su padre en brazos.

La sangre cubría casi en su totalidad el cuerpo sin vida del hombre, y tras ellos, una figura fantasmagórica salía agazapada de entre las lenguas de fuego.

Era un animal muy grande y fiero, que la observaba con rencor a través de unas pupilas inyectadas de sangre.

Apretó con fuerza los labios para no dejar escapar el grito de terror que solía emitir cuando recordaba ese fragmento de su vida pasada.

Sentía un miedo inmenso por esa bestia que desde ese día la rondó en sueños por muchos años, hasta que pudo hacerla desaparecer con ayuda de psicólogos y psiquiatras.

De mal humor continuó su día y por la tarde se sintió exhausta. Marian nunca apareció, la había llamado en un par de oportunidades asegurándole estar muy ocupada, por eso ella decidió cerrar antes y darse una vuelta por los alrededores.

Desde que el líder Pablo comenzó con su insistencia de que viajaran a La Costa para resolver los inconvenientes de los envío de dinero, ella lo apoyó para convencer a su madre.

Sentía una ansiedad apremiante por caminar de nuevo por las calles arenosas de ese poblado, lleno de vitalidad y alegría.

Los aromas del mar y el sonido del oleaje la acompañaban hasta en los callejones más apartados, así como el murmullo de la gente y la actividad turística.

Rebeca se alejó del casco central del pueblo en dirección a las plantaciones de café, plátano y naranja; buscaba el río.

Se dejó guiar por una sensación de curiosidad y júbilo a pesar de no recordar nada de aquellos caminos.

Se sumergió entre senderos de tierra, trazados entre matorrales. El colchón vegetal silenciaba los sonidos del mar y agitaba los de la naturaleza, pero además, producía uno que a la chica le erizaba la piel: tambores.

Por un momento se detuvo, sin saber si continuar o no. Aquel sonido despertaba sus temores, porque estaba ligado a sus pesadillas.

Sin embargo, una intensa inquietud la invitaba a seguir. Creía que había algo más allá, algo que necesitaba como al aire para vivir y esperaba por ella.

Haciendo acopio de toda su fuerza de voluntad, terminó de atravesar el sendero y se internó en una selva apretada por enormes árboles, arbustos y enredaderas.

En la distancia divisó una casa, construida junto al río, donde se podía distinguir la presencia de algunas personas. La música de los tambores provenía de ese lugar, así como el aroma del incienso y del tabaco.

Movida por la curiosidad se acercó. Los cánticos que acompañaban a la percusión invocaban la ayuda de santos y deidades.

Rebeca miraba con fascinación, semiescondida entre ramajes bajos, los sensuales bailes de cumaco que se producían en el porche trasero de la casa, frente a un altar lleno de estatuillas extrañas, vasijas, flores, velas e infinidad de frutos.

Junto a los bailarines se hallaban los músicos, todos ellos de piel negra y cabellos ensortijados, unos sentados sobre grandes tambores de madera pulida y otros con sus instrumentos colgando del cuello.

Varios estaban vestidos enteramente de blanco, incluso el que cantaba, que se notaba algo embriagado y con el rostro y cuello sudado por el esfuerzo que hacía al entonar con fuerza los temas que parecían oraciones.

Por la vestimenta pudo deducir que se trataba de «santeros», seguidores de alguna secta que rendía devoción a los santos, realizando ceremonias y ritos especiales en su honor y enlazando sus existencias a ellos.

Le era imposible apartar la vista, era como si la hubieran hipnotizado con sus pegajosos acordes.

A pocos metros, en la orilla del río, se encontraba una decena de personas desperdigadas. Unos alrededor de una fogata, donde calentaban un caldo en una enorme olla, y otros en el agua, haciendo una especie de ritual.

Tenían a un hombre sumergido hasta los muslos, era alto, pues las mujeres que lo rodeaban tenían el agua hasta la cintura y lo bañaban recitando oraciones.

Una de ellas, una vieja gorda y de cabellos canosos y enmarañados, fumaba un tabaco y soplaba el humo en el pecho del sujeto mientras él se mantenía con los ojos cerrados y la cara en dirección al cielo.

Sus cabellos, largos hasta los hombros, chorreaban copiosamente agua, y su cuerpo escultural, de músculos definidos y hombros anchos, atrajo con fuerza la atención de Rebeca.

A la chica le era imposible dejar de admirarlo.

Él respiraba con bocanadas profundas, como si fuera víctima de algún dolor, y a medida que se intensificaban, lo hacían también los cantos y la música de los tambores, como si todo formara parte de un mismo rito.

Rebeca lo observaba embelesada. El hombre cerraba los puños con firmeza demostrando que sufría, pero aquello hacía que los músculos de su cuerpo se definieran aún más.

Sintió un ramalazo de placer mientras lo repasaba con hambre, jamás había experimentado tal cosa cuando veía a un hombre, pero le fue imposible evitarlo, era como si hubiera sido afectada por algún embrujo.

Lo deseaba, con una fuerza abrumadora.

Gimió, sosteniéndose de las ramas de los árboles para soportar el arrebato. Pero a pesar de que el sonido que emitió fue muy bajo, él abrió enseguida los ojos y dirigió su rostro hacia ella.

Rebeca se sobresaltó al ver sus pupilas enrojecidas, tan parecidas a las de la bestia que la atormentaba en sueños. Ahogó un grito y retrocedió un paso tropezando con una raíz y cayendo sentada en el suelo.

Aunque los cantos y el ritual continuaron sin que alguien se percatara de su presencia, ella salió huyendo como si la persiguieran. La mirada dura del hombre la había perturbado.

Llegó a su casa con el corazón latiéndole con furia en el pecho, se encerró en su habitación pasando doble cerrojo a la puerta y se acostó en su cama boca abajo, ocultando su cabeza bajo la almohada. Hasta que sus nervios pudieron serenarse.

La Costa no solo le despertaba antiguos recuerdos, sino que además, brotaba sus miedos. Tal vez aquel hombre en realidad nunca tuvo los ojos enrojecidos, pero ella ahora los veía en todos lados, incluso en los ojos de quienes la rodeaban, al igual que había ocurrido en el pasado.

Como si aquella bestia demoníaca la acosara, atrayéndola hacia sus fauces.

Creyó haber superado ese terror. Su madre había gastado dinero llevándola con especialistas, pero al parecer, el esfuerzo se había perdido.

Vivir en una urbe moderna y agitada como Caracas quizás fue lo que la ayudó a no pensar más en ello y mirar siempre adelante, pero el aroma del mar y la cercanía de la selva le agitaron las emociones, así como viejos miedos.

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