LOGINCapítulo 1: La oficina
El sonido de mis tacones contra el mármol de la entrada fue lo primero que escuché al entrar en la empresa aquella mañana.
Tac, tac, tac.
Caminaba con la espalda recta, una carpeta contra el pecho y una sonrisa que intentaba esconder lo que realmente estaba pensando o mejor dicho en quien; Diego.
Desde que había abierto los ojos esa mañana, no había podido dejar de pensar en él ni un solo segundo. La noche anterior no nos habíamos visto. Tal vez para cualquiera podía parecer una tontería el hecho de no verse, pero para mí no lo era. Ya estaba acostumbrada a tenerlo cerca en mi cama, a escuchar su voz en mi oído, a sentir su presencia en la alcoba aunque solo fuera durante pocas horas. Y aquella noche lo había extrañado más de lo que quería admitir. Por eso, desde que llegué a la empresa, no veía la hora de que apareciera por las puertas del elevador.
Llevaba una falda negra de corte elegante, una blusa clara con escote y unos tacones que había elegido con cuidado. Mi cabello estaba perfectamente arreglado y llevaba un maquillaje discreto.
Quería verme bien. No para todos, sino para él.
Cuando puse un pie en mi piso la oficina estaba mucho más agitada de lo normal. Ese día teníamos una reunión importante con un grupo Alemán y todos parecían estar corriendo de un lado a otro.
Yo había llegado temprano precisamente para asegurarme de que nada saliera mal y no tener que correr de un lado a otro. Revisé los documentos que Diego necesitaría, confirmé la presentación, organicé las carpetas y me aseguré de que la sala de juntas estuviera preparada.
Todo tenía que estar perfecto porque Diego no toleraba los errores y yo tampoco quería darle ningún motivo para molestarse conmigo.
Miré el reloj. Todavía faltaban unos minutos para la hora prevista. Mientras el tiempo seguía pasando intenté concentrarme en mi trabajo, pero cada vez que escuchaba el sonido del elevador, levantaba la mirada hasta que finalmente las puertas se abrieron.
Mi corazón dio un pequeño salto. Diego salió del ascensor acompañado por dos hombres de traje y sentí una sonrisa aparecer en mis labios.
Por fin estaba aquí. Nuestros ojos se encontraron durante apenas un segundo y el aire me faltó. Esperé alguna señal. Una mirada diferente, una sonrisa pequeña, cualquier cosa, pero no ocurrió.
En su lugar Diego caminó directamente hacia mí y mi sonrisa desapareció poco a poco cuando se detuvo frente a mi escritorio.
— Buenos días, señor Lancaster — dije, intentando mantener la naturalidad en mi comportamiento
Él ni siquiera respondió al saludo. Solo miró la carpeta que tenía sobre el escritorio antes de hablar.
— ¿Los documentos de la reunión están preparados?— parpadeé.
— Sí, señor. Están en la sala de juntas. También revisé la presentación y confirmé la asistencia de todos.
— Bien — dijo con seriedad y
eso fue todo.
Solo "bien" para alguien como yo que debe de llevar su apretada agenda. Ni siquiera un "buenos días" o siquiera una mirada que se pareciera a la de las noches anteriores ¡Nada!
Luego sentí varias miradas sobre nosotros, ya que la oficina estaba llena de empleados y, aunque todos fingían estar concentrados en sus asuntos, sabía perfectamente que estaban escuchando nuestras conversaciones hasta que Diego tomó la carpeta que estaba preparando para él.
— Quiero que lleves las copias a la sala de juntas para cada uno de ellos.
— Claro, señor.
— Muy bien, entonces cuando termine la reunión, deja todo preparado en mi oficina. Lo revisamos después.
Asentí.
— Sí, señor — él se alejó sin decir una palabra más y lo observé caminar hacia la sala de juntas.
Sentí una presión extraña en el pecho mientras veía su espalda¿Por qué estaba actuando así? La última noche que nos vimos habíamos estado bien. Muy bien me atrevería a decir y ahora parecía que yo era simplemente su secretaria. Sin embargo, respiré profundamente y volví al trabajo. No iba a permitir que aquello me afectara, al menos de eso intenté convencerme. Unos minutos después entré a la sala de juntas con las carpetas y mis tacones resonaron sobre el piso de mármol mientras todos tomaban sus lugares.
Diego estaba sentado en uno de los extremos de la mesa, en su asiento personal a la cabeza de todo. Serio, impecable, distante. Ni siquiera me miró cuando entré.
Dejé los documentos frente a cada persona que me observaba y ocupé mi lugar cerca de él. La reunión comenzó y durante más de una hora, Diego habló de negocios, contratos y cifras. Su voz era firme y segura, como siempre. A diferencia de mí que solo tomaba notas y permanecía atenta, pero una parte de mí seguía intentando entender qué había cambiado en Diego.
En un momento por solo unos pocos segundos levanté la mirada y él estaba observándome. Nuestros ojos se encontraron por un instante y aquella frialdad desapareció. Sus ojos bajaron hasta mis labios, haciéndome sentir un escalofrío recorrerme todo el cuerpo.
Entonces volvió a mirar los documentos como si nada hubiera ocurrido.
Tuve que contener una sonrisa. Quizás no estaba tan indiferente como quería aparentar. No obstante, cuando finalmente terminó la reunión, todos comenzaron a recoger sus cosas para irse y Diego se puso de pie.
— Ámbar — lo miré al igual que todos los demás.
— Sí, señor.
— A mi oficina — dijo y mi corazón volvió a acelerarse.
— Claro.
Esperé unos segundos antes de seguirlo para evitar habladurías y cuando por din entré en su oficina, cerró la puerta detrás de nosotros con seguro. El silencio cambió inmediatamente. Ya no había empleados, ya no había miradas y ya no estaba aquel hombre distante que había tratado de fingir que yo era solamente su secretaria.
Diego se acercó lentamente.
— ¿Vas a seguir llamándome señor todo el día? — me preguntó seriamente y lo miré confundida.
— Tú empezaste, llegaste exigiendo seriedad — una sonrisa torcida apareció en sus labios.
— Tenía que hacerlo.
— ¿Por qué? — se acercó hasta quedar frente a mí.
— Porque si no lo hacía, habría olvidado que estamos en la empresa y habría comenzado a follarte delante de todos — mi respiración se volvió más lenta al escucharlo hablar de esa manera.
— Parecías bastante molesto.
— No estaba molesto — mano se deslizó descaradamente por mi cintura y lo miré a los ojos.
— Me hiciste pensar que estabas enojado conmigo.
— Solo estaba intentando mantener las apariencias, sabes que nadie debes saber lo que hay entre nosotros. No sería ético.
— Pues mantuviste las apariencias demasiado bien y te aseguro que nadie se dio cuenta — sonrió.
— ¿Me extrañaste anoche?
— pregunto y bajé la mirada sabiendo la respuesta.
— No — él soltó una pequeña risa.
— Mentirosa — levantó mi rostro con un movimiento firme — Yo sí te extrañé. Extrañe estar metido entre tus piernas, con mi pene endurecido por la humedad de tu cuerpo.
Aquellas palabras fueron suficientes para borrar el enojo que había sentido durante toda la mañana y sobre todo para calentarme. Diego sin duda era un sucio para hablar de sexo, pero a mí su morbosidad me encantaba y hacía que mi vagina se humedeciera al instante. Así que sin perder el tiempo lo besé y no fue un beso breve.
Fue uno que se fue profundizando con cada toque y cuando quise ver me encontraba de espaldas sobre su escritorio. Sus manos me tocaban mientras yo me aferraba a los bordes y todo comenzaba a darme vueltas.
Todo lo que había estado conteniendo desde que llegó desapareció en aquel instante. La distancia de la mañana se convirtió en cercanía y sus labios volvieron a buscar los míos mientras de un tirón rompía mis bragas.
Yo dejé de pensar en la oficina, en los empleados y en todo lo que podía salir mal si alguien se enteraba de que era su amante. Durante unos minutos solo existimos nosotros y ahora sus veinticinco centímetros de grosor entrando por mi cuerpo.
— Sigues siendo tan estrecha — dijo apretando la mandíbula mientras me penetraba con firmeza — Siento que ya quiero correrme.
— Hazlo, puedes correrte dentro de mí y dejarme sentirte — dije como una cualquiera en medio de su celo.
— Todavía no preciosa. Aún quiero seguir follándote — dijo mientras salía de mi cuerpo y después volví a entrar con una sola estocada.
Me agarro fuerte de la mesa para no caerme y gimo desesperada al sentir como él orgasmo se acerca. Afortunadamente esta oficina no deja que los ruidos salgan hacia el exterior o de lo contrario después no tendría cara para mirar a las personas.
Cuando finalmente alcanzo el orgasmo y siento como Diego deja todos sus fluidos dentro de mí, las piernas se me aflojan y él me sostiene. Eso me recuerda a la primera vez que estuvimos juntos y le entregué mi virginidad por completo. El día que entre en esta oficina para el puesto de asistente nunca pensé que terminaría así, abierta de piernas y amando con locura al hombre que acababa de hacerme suya.
Capítulo 4: La mujer en sus piernasNo podía apartar los ojos de Diego. Él estaba al otro lado del club, sentado en uno de los reservados como si fuera un rey junto a varios hombres que reconocí de la empresa. Eran sus amigos más cercanos. Los había visto en algunas ocasiones cuando iban a visitarlo, pero nunca me había presentado ante ellos como algo más que su secretaria.Entonces la vi.Una mujer alta, de cabello negro, cuerpo de modelo y vestido ajustado, estaba sentada sobre sus piernas como si aquel fuera su lugar. También tenía un brazo alrededor de su cuello y acariciaba su rostro con una confianza que me hizo sentir un vacío en el pecho. Diego sonreía, sonreía de verdad.Era una sonrisa que pocas veces había visto durante aquellos casi tres años y la mujer parecía conocer perfectamente a todos los hombres que estaban con él. Hablaba con ellos, reía y se movía con una naturalidad que me dejó claro que no era la primera vez que compartían una noche así.Sentí que los ojos comen
Capítulo 3: Una noche inesperadaLlegué al restaurante unos minutos antes de la hora acordada y elegí una mesa junto a los ventanales. Necesitaba despejarme. Desde que había salido de la empresa, no había dejado de pensar en Diego y en su extraño comportamiento. Así que tomé el menú y pedí algo de comer mientras esperaba a mi amiga. Sin embargo, no tuve que esperar demasiado.Unos minutos después, la vi entrar y sonreí.— ¡Ámbar! — me levanto al verla y acercarse a mí.— Clara — nos abrazamos como siempre y después tomamos asiento una frente a la otra.— ¿Qué está pasando? — preguntó mientras dejaba su bolso a un lado — Por teléfono sonabas bastante extraña.— Eso es porque estoy extraña. Más bien confundida — Clara me miró con atención.— Eso no me dice absolutamente nada — solté una pequeña risa.— Esta mañana pasó algo con Diego — su expresión cambió inmediatamente.— ¡Qué novedad! Sabía que ese hombre tenía algo que ver cuando me llamaste. Ya te tengo dicho que él no te conviene.
Capítulo 2: Una distancia inesperadaMe quedé unos segundos apoyada contra el escritorio, intentando recuperar la respiración que me había quitado y ordenar mis pensamientos. Diego estaba acomodándose la camisa y él traje frente al espejo de su oficina sin decir una palabra. Mientras tanto, yo lo observé en silencio.Hacía apenas unos minutos sus manos habían estado sobre mi cuerpo y ahora parecía que nada había ocurrido entre nosotros. Esa transformación siempre me sorprendía, pero ya lo había hecho antes.Él se abrochó los últimos botones de la camisa, acomodó sus mangas y volvió a ponerse el reloj que antes se había quitado. Su expresión cambió por completo. El hombre que había estado conmigo desapareció y frente a mí volvió a estar el señor Lancaster. Serio, impecable y distante.— Cuando salgas, redacta el informe de la reunión — dijo mientras revisaba unos documentos sobre su escritorio al pasar por mi lado — Quiero tenerlo todo listo antes de terminar el día.Parpadeé.— Claro,
Capítulo 1: La oficina El sonido de mis tacones contra el mármol de la entrada fue lo primero que escuché al entrar en la empresa aquella mañana.Tac, tac, tac.Caminaba con la espalda recta, una carpeta contra el pecho y una sonrisa que intentaba esconder lo que realmente estaba pensando o mejor dicho en quien; Diego.Desde que había abierto los ojos esa mañana, no había podido dejar de pensar en él ni un solo segundo. La noche anterior no nos habíamos visto. Tal vez para cualquiera podía parecer una tontería el hecho de no verse, pero para mí no lo era. Ya estaba acostumbrada a tenerlo cerca en mi cama, a escuchar su voz en mi oído, a sentir su presencia en la alcoba aunque solo fuera durante pocas horas. Y aquella noche lo había extrañado más de lo que quería admitir. Por eso, desde que llegué a la empresa, no veía la hora de que apareciera por las puertas del elevador.Llevaba una falda negra de corte elegante, una blusa clara con escote y unos tacones que había elegido con cuida
Prólogo: La última nocheLa ciudad brillaba al otro lado de los grandes ventanales de cristal, pero apenas podía verlas realmente, ya que toda mi atención estaba puesta en Diego Lancaster.Me había llevado hasta mi apartamento después de una cena que ninguno de los dos terminó y apenas cruzamos la puerta, dejó las llaves sobre la consola y se acercó a mí sin decir una palabra.Conocía perfectamente esa mirada. La había visto cientos de veces durante aquellos casi tres años. Era la misma mirada que conseguía hacerme olvidar que, al día siguiente, volveríamos a ser solo jefe y secretaria.Sin embargo, cuando Diego me tomó por la cintura y me besó con ferocidad. Respondí de inmediato, rodeando su cuello con los brazos. El beso se volvió más intenso mientras me hacía retroceder lentamente hasta el sofá más cercano.— Te deseo — murmuró contra mis labios casi inaudibles.Aquellas dos palabras fueron suficientes para hacer que mi corazón palpitara con fuerza dentro de mi pecho. Siempre era







