Compartir

2

Autor: HET
last update Fecha de publicación: 2025-06-08 19:45:34

LEO

Lo mejor de esto es que nadie espera más de mi. Vengo, hago mi m****a, dinero, me lo paso bien y vuelvo a casa. No es una rutina que me esté disgustando.

Esta noche, como casi todas, huele a caucho quemado y gasolina. La adrenalina es mejor que cualquier droga. El rugido de los motores, la vibración en el pecho cuando otro coche acelera justo al lado, el sabor metálico del riesgo… es como estar vivo de verdad.

Estoy apoyado en el capó de mi coche, uno de esos que no levantaría sospechas en un control policial pero que, bajo el capó, tiene suficiente potencia como para dejar atrás a cualquiera.

—Tío, nos hemos hecho ricos esta noche —suena la voz de Alex, medio riéndose con una botella de cerveza en la mano y el pelo revuelto por estar sobándose con cualquiera.

—¿Nos? No recuerdo haberte visto subido en mi coche —respondo, sin apartar la mirada de los coches que se alinean para la siguiente carrera. He ganado, sí, pero no me interesa hacer un show de eso.

—Vamos a tu casa. Tengo unas botellas en el maletero y dos amigas que no tienen donde pasar la noche. Tú tienes espacio —insiste, dándome un codazo en el costado.

—No.

—¿No? ¿Desde cuándo dices que no?

Lo miro. Una ceja arqueada. No sé si es la hora, la resaca de velocidad o que no tengo paciencia para gilipolleces, pero esta noche no me apetece lo de siempre. Y no me gusta la idea de gente borracha dando tumbos por mi salón cuando hay una madre con un crío del otro lado del pasillo.

—Desde que hoy no me apetece.

Raro. A mí siempre me apetece más, más adrenalina, más alcohol, más mujeres.

—Joder —refunfuña como un puto crío—. Has cumplido veintiocho y te estás volviendo un viejo. Crisis de los treinta, se llama. Y se te va a caer la polla si no la usas.

—¿Es que quieres verla?

Se desternilla, pero cuando ve que no estoy para bromas, me llama viejo unas cuantas veces antes de asumir que esta noche tendrá que follar en su coche. Otra vez. Tampoco me gusta tanto poner mi piso como picadero para que cualquiera de los gilipollas de mis amigos echen sus polvos allí.

Un rato después, es tarde cuando me subo al coche y llego al edificio. He estado viviendo aquí el tiempo suficiente como para saber que una madre soltera con su hijo no encajan. Es un edificio viejo, no suelo escuchar a los vecinos, casi ni me los encuentro y a veces parece que vivo solo aquí.

El ascensor chirría cuando lo uso, igual que la puerta de mi piso. Koda me espera, como todas las noches.

—Ni se te ocurra ladrar, capullo.

Koda es ese tipo de perro que consigues porque te sientes solo de cojones. Lo tengo desde que a los dieciséis lo encontré en la calle. Es fiel, y es una bestia. Ha sido una sorpresa que no le arrancara la cara al crío que se ha colado esta mañana. Es un buen guardaespaldas y sirve bastante cuando quiero echar a alguien de mi casa, como a las tías que me traigo muchas noches y por la mañana insisten en tocarme los cojones.

Es tarde cuando me tiro en la cama, y muy pronto cuando escucho un jaleo inusual. Miro el reloj que cuelga de la pared: las ocho. Sólo han pasado cuatro horas. M****a. ¿Quién coño hace ruido a las ocho de la mañana? Me quedo quieto unos segundos, con la esperanza de que el jaleo se disuelva solo. No lo hace.

Koda empuja mi puerta y se queda ahí, con la correa en la boca.

—Ni lo pienses —le digo, pero el cabrón gruñe.

Me termino arrastrando fuera de la cama. El suelo está frío como una hostia mal dada. Voy a la cocina a por algo que me espabile como un buen café cargado, y paso por la puerta escuchando el jaleo.

—¡Oliver! ¿Dónde está tu chaqueta? Te he dicho que la cojas.

No sé si es por el contraste con el silencio habitual del edificio o porque suena diferente a todo lo que ha pasado por este pasillo en los últimos años, pero se me queda pegada al oído.

—¡La verde, mamá!

—Vale, corre a por ella y vamos.

La cafetera es mi mejor amiga por las mañanas. El vapor me golpea la cara y me despeja un poco. Al otro lado del pasillo, siguen los gritos contenidos, las carreras de pasitos pequeños y el trajín de la puerta cerrarse.

Cuando salgo con Koda un rato después y vuelvo, ella está aparcando el coche que esperaría del alguien así: pequeño, una chatarra llena de cosas. Unos juguetes se le caen antes de cerrar la puerta.

La tía es guapa, y está buena. Los mechones de pelo rubio y ondulado le caen por la cara y se los aparta de un manotazo, resoplando. Tiene las mejillas rojas y los ojos de un azul intenso que me descubren mirándola. Sólo voy a sujetarle la puerta del portal porque parece que si se pelea con otra puerta más va a echarse a llorar.

—Gracias —murmura cuando pasa por mi lado y esquiva a Koda. Me sorprende que el perro siga sin echársele al cuello a alguien—. ¿Vas o vienes?

Mantiene apretado el botón del ascensor. Koda echa a correr escaleras arriba y yo me monto en el ascensor, con ella.

—Es mentira —digo por aclarar, por si quiere tener cuidado con el niño—. Lo de que el perro no muerde.

—Ya —se ríe y se apalanca contra el espejo del ascensor—. Lo tendré en cuenta. Y perdón, otra vez, pero es que Oliver se pierde con los animales.

—¿Siempre te disculpas tanto?

—No, sólo cuando mi hijo se mete en casas ajenas.

—¿Es que ha pasado más veces?

Vuelve a reírse, pero está negando con la cabeza.

—Que va, y espero que no vuelva a pasar. Es que... cosas de críos, ya sabes, lo ven todo fácil.

Estoy a punto de decirle que no, que no sé nada, no tengo ni puta idea de niños. ¿No se me nota?

—¿Has terminado la mudanza?

Ella asiente, aunque parece agotada solo con pensarlo.

—Algo así, digamos que lo importante ya está fuera de las cajas. ¿Nos has oído mucho esta mañana? Ha sido un poco un caos.

—No —miento—. No te preocupes.

Me parece que eso la deja mucho más tranquila. Estoy a un segundo de preguntarle si no es demasiado joven para tener un hijo y parecer tan estresada, pero el ascensor llega a nuestra planta y la verdad es que no debería interesarme.

Koda ladra cuando me ve y espera paciente a que abra la puerta para correr a su cama. Ya le podría haber dado por dormir más esta mañana. No quiero repetir un paseo a las ocho de la mañana.

Continúa leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la App

Último capítulo

  • El vecino del 4B   FIN

    ANASTASIAEl jardín trasero de la casa de Lou y Marko está transformado en un caos de colores, globos y risas infantiles. Hay una mesa larga cubierta con un mantel de unicornios, llena de dulces con glaseado rosa, bandejas de sándwiches con formas de estrellitas y un castillo hinchable que rebota con una docena de niños gritando. Margot cumple cinco años hoy, un año menos que Lily, pero cualquiera diría que son gemelas por cómo se entienden. Las dos se llaman “primas” aunque no compartan sangre, y se quieren como si fueran hermanas.—¿Cuántos putos niños hay aquí? —suelta Alex, ajustándose un gorrito de fiesta ridículo que Lou le ha obligado a ponerse.Lou, que está colocando una bandeja de limonada, lo apunta con otro gorrito como si fuera un arma.—Sin insultos. Margot ha querido invitar a toda su clase, y aquí están. —Se gira hacia mí, atusándome el pelo como si fuera una cría, y me coge de la mano—. Ven, Stas, ayúdame con los canapés.Me dejo arrastrar a la cocina, donde el caos e

  • El vecino del 4B   35

    ANASTASIAEl aire de noviembre es frío, y el cielo está cubierto de nubes grises que amenazan con lluvia. Estoy en el coche, con las manos apretando el volante mientras espero en el tráfico, de vuelta de recoger a Lily del colegio. Ella está en el asiento trasero, cantando una canción de la radio, y su voz chillona me saca una sonrisa a pesar de que estoy agotada. El trabajo en la cafetería hoy ha sido un caos, Marta y yo todavía parece que estamos aprendiendo a llevar las riendas del negocio a solas. Entre pedidos equivocados, un proveedor que se retrasó y un cliente que casi arma un escándalo por un café frío, lo único que quiero ahora es meterme en casa, ponerme una sudadera de Leo y dejar que el mundo se detenga por un rato.Mi teléfono vibra en el salpicadero cuando aparco en casa y Lily sale dando brincos del coche. El teléfono no me da un respiro ni cuando casi me pillo la mano con la puerta. Es Trevor.—Hola...—Stas, hola —su voz suena tensa, como si estuviera midiendo cada p

  • El vecino del 4B   34

    ANASTASIAAyer, después de que Leo me contara su charla con Oliver, no pude dormir. Me pasé la noche dando vueltas, pensando en cómo abordar esto, en cómo explicarle a mi hijo de trece años por qué su familia es un rompecabezas con piezas que no encajan. No quiero llenarle la cabeza de rencor, pero Leo tiene razón: Oliver ya no es un niño pequeño. Está empezando a hacer preguntas, a atar cabos, y si no le doy respuestas, alguien más lo hará, y no de la manera que quiero.Toda la casa está despierta a estas horas, menos Oliver. Sé que estuvo jugando con la consola hasta tarde.Cuando oigo sus pasos bajando las escaleras, mi estómago se tensa. Lleva el pijama arrugado y el pelo revuelto, y aunque intenta parecer despreocupado, hay algo en su postura. Se acerca, arrastrándose descalzo, y me besa la mejilla.—Buenos días, mamá —dice, con esa voz que ya no es la de un niño, pero que todavía tiene un eco de suavidad.Ha pegado tanto el estirón que ya no me pide ayuda para bajarle la caja de

  • El vecino del 4B   33

    LEONunca pensé que me emocionaría por un color pastel. Ni por una pared. Ni por una cuna. Y, sin embargo, aquí estoy, con una brocha en la mano, mirando cómo Anastasia me da órdenes desde la puerta como si llevara toda la vida dirigiendo reformas.—Más a la derecha, que te ha quedado un hueco —me señala, con una mano apoyada en la curva de su barriga de siete meses y la otra sosteniendo un vaso de agua que probablemente no ha tocado en media hora.—A la derecha está la esquina, jefa —respondo, intentando no reírme.Me mira con ese gesto que mezcla paciencia y amenaza.—Tú pinta.Obedezco, porque con las hormonas que se gasta, hoy no es día para provocarla. Además, verla ahí, con esa camiseta vieja que me robó y que apenas cubre su barriga, hace que cualquier cosa que me pida suene razonable.Hoy es un día tranquilo, sin carreras, sin amigos dando por culo. Oliver está con su padre el oficinista estirado, así que tenemos la casa para nosotros. Anastasia dice que está cansada, que el e

  • El vecino del 4B   32

    ANASTASIANunca pensé que el sonido de una furgoneta vieja y un grupo de amigos quejándose mientras cargan muebles pudiera hacerme tan feliz. Pero aquí estoy, con las llaves en la mano, de pie frente a la puerta blanca de la casa que a partir de hoy va a ser nuestra casa.No un piso pequeño.No un alquiler temporal.Una casa con jardín, espacio para que Oliver corra, para que Koda se revuelque en la hierba, y para que Leo y yo construyamos algo mucho más grande.—¡Anastasia! —Lou se asoma con el ceño fruncido dese la barandilla de las escaleras—. ¿Dónde diablos quieres que ponga otra de tus cajas "frágiles"? Son frascos de velas.—Déjala en la habitación pequeña, ya las organizaré otro día.Alex está gritando algo sobre cómo el sofá “no va a caber por la maldita puerta”, y Marko le contesta que “deje de lloriquear y empuje más fuerte”. Yo sólo me río. Leo pasa por delante de mí, cargando con una caja enorme que pone juguetes, y me guiña un ojo. El pelo se le pega a la frente de lo sud

  • El vecino del 4B   31

    LEOMis navidades llevan demasiados años siendo tranquilas. Nunca he sido de grandes regalos, ni de decorar el apartamento, y menos de escuchar villancicos. Para mí, la Navidad perdió la magia cuando cuando mi padre murió y a mi madre y a mi nos empezó a dar más igual el siquiera molestarnos a poner un árbol torcido en el salón. Era como si las luces, los adornos y toda esa mierda festiva fueran un recordatorio de lo que faltaba, así que simplemente dejábamos pasar las fechas con una cena sencilla y poco más.Este año es diferente. El espíritu navideño ha vuelto.Anastasia se ha gastado cuatro sueldos para que su piso parezca una taller de enanos del Polo Norte. He descubierto que es una flipada de la Navidad. Al principio, pensé que estaba loca, pero luego me contó por qué: sus últimas navidades han sido una mierda. Entre los padres de Trevor, que la trataban como si fuera invisible y arrebatándole momentos con Oliver, y los suyos propios, no ha podido disfrutar de su época favorita

Más capítulos
Explora y lee buenas novelas gratis
Acceso gratuito a una gran cantidad de buenas novelas en la app GoodNovel. Descarga los libros que te gusten y léelos donde y cuando quieras.
Lee libros gratis en la app
ESCANEA EL CÓDIGO PARA LEER EN LA APP
DMCA.com Protection Status