Mag-log inClara Valdés creía estar a punto de vivir el día más feliz de su vida. Después de meses de relación con Diego Manrique, estaba preparada para convertirse en su esposa, hasta que descubre que el hombre que ama la engaña con su propia asistente. Destrozada y furiosa, Clara abandona el lugar sin escuchar las explicaciones de Diego y conduce sin rumbo hasta detenerse en un bar. Allí espera a su mejor amiga Helen, pero ella nunca llega. En medio de su desesperación, Clara conoce a Asdrúbal Ferrer, un hombre atractivo, seguro de sí mismo y sorprendentemente agradable. Una conversación que comienza por casualidad termina entre copas, confesiones y una atracción magnética que los llevará a un encuentro intenso y cargado de deseo. Esa noche, Clara decide olvidarse de Diego y dejarse llevar por primera vez. Pero lo que comienza como un encuentro impulsivo está a punto de cambiar su vida. Cuando ella descubre quién es realmente Asdrúbal y cuál es su relación con Diego, comprenderá que aquella noche no fue una simple casualidad. Ahora deberá tomar una decisión: ¿Regresará con el hombre que la traicionó o se atreverá a vivir un amor intenso con el hombre que jamás debió conocer?
view moreEstaba recostada en el sofá, revisando mis redes sociales, intentando distraerme un poco. Llevaba casi media hora esperando que finalmente Diego me llamara.
Habíamos quedado en cenar juntos, aunque él había dicho que primero tenía que resolver unos asuntos y que después pasaría por mí, comenzaba a impacientarme. ¿Dónde estaba metido? ¿Por qué tardaba tanto? Me senté y dejé el teléfono encima de la mesa de centro sin apartar la mirada de la pantalla; seguía apagada. Me puse de pie y me dirigí a la cocina. En ese instante comenzó a sonar. Debe ser él. Regresé corriendo y lo tomé con rapidez. Al ver la pantalla, me sentí desconcertada. No era él. Desconocía aquel número, por lo que lo dejé sonar. No me gustaba contestar llamadas de números que no tenía registrados. Seguramente sería alguna empresa intentando venderme algo, como tantas veces ocurría. El teléfono dejó de sonar por unos segundos. Nuevamente volvió a encenderse la pantalla. El mismo número. Fruncí el ceño y finalmente me decidí a contestar. Quizás se había quedado sin batería y me estaba llamando de algún otro móvil. —¿Sí? —pregunté, ansiosa. Del otro lado hubo silencio. —¿Quién habla? —insistí. Entonces una voz masculina, extraña y algo forzada, respondió: —Si quiere saber dónde está su novio, vaya al Hotel Madrid. Me incorporé de inmediato. —¿Qué? —Está en la habitación 407. Está con su asistente. Sentí que el corazón daba un salto dentro de mi pecho. —¿Quién eres? —pregunté con enojo—. ¿Cómo sabes dónde está Diego? La llamada terminó. Me quedé mirando el teléfono. Me había cortado y dejado en medio de la incertidumbre. —No puede ser. Diego jamás me engañaría. Al menos eso era lo que yo creía. Llevábamos meses juntos. Estábamos comprometidos para casarnos. Habíamos hablado de nuestra boda, de nuestra casa, incluso de cómo queríamos que fueran nuestras vidas después de casarnos y hasta cuántos hijos tendríamos. ¿Y ahora un desconocido pretendía hacerme creer que estaba con otra mujer? Seguramente debía ser una broma. Una bastante cruel. Pero entonces pensé en la habitación 407. Si aquello era mentira, podía comprobarlo. Y si era verdad… No quise terminar ese pensamiento. Tomé mi bolsa, las llaves del coche y salí de casa. Durante todo el trayecto intenté convencerme de que encontraría el hotel vacío, que Diego estaría trabajando. Pero mientras más me acercaba, más fuerte sentía el nudo en el estómago. Cuando llegué al Hotel Madrid, entré rápidamente. Me acerqué a la recepción. —Buenas noches. Necesito la llave de la habitación 407. El recepcionista me miró con cierta sorpresa. —La habitación está ocupada. —Sí, lo sé. —sonreí de forma pícara—. Me han enviado para un encuentro privado. Ya sabe… El hombre sonrió, había entendido el mensaje. —Ah, de acuerdo. —dijo tomando una llave y me la entregó—. Cuarto piso. Cogí las llaves con manos temblorosas. —Gracias. Me dirigí al ascensor. Una vez dentro, sentí que mi corazón retumbaba con fuerza, las manos me sudaban. Cada número que aparecía en la pantalla parecía tardar una eternidad. Finalmente el ascensor se detuvo en el cuarto piso. Caminé de prisa por el pasillo hasta encontrar la habitación 407. Me quedé parada frente a ella. Durante unos segundos no pude moverme. Respiré hondo, introduje la llave y abrí. Mi mundo se detuvo al ver que Diego estaba allí con su asistente. Ambos completamente desnudos, tendidos en la cama luego de follar. No necesitaba ninguna explicación. La escena que tenía frente a mí era suficiente para destruir todo lo que había creído sobre nuestro futuro. Me quedé paralizada. Diego levantó la mirada y palideció al verme. —¡Clara! Sentí que las lágrimas comenzaban a llenar mis ojos. —Es verdad… —murmuré en un hilo de voz—. Me has estado engañando. —Clara, espera. No es lo que piensas. —dijo con voz agitada, mientras intentaba cubrirse y ponerse algo de ropa.— No es lo que piensas —repitió. Negué con la cabeza. —No quiero escucharte. —Déjame explicarte. Retrocedí un par de pasos y salí de la habitación mientras él gritaba desde adentro que me detuviera. Apresuré el paso y corrí hasta el elevador. No quería verlo ni escucharlo. Apenas entré, las puertas se cerraron, me apoyé contra la pared fría de metal y rompí en llanto. Las lágrimas comenzaron a salir sin control, cubrí el rostro con mis manos. ¿Cómo había podido hacerme aquello? ¿Cómo podía haber estado planeando una boda conmigo mientras se acostaba con otra mujer? Me sentía como una estúpida, creía que me amaba, pero no era cierto. Cuando llegué al vestíbulo, caminé hasta la recepción. El recepcionista me miró con una sonrisa traviesa. —¿Tan rápido? No le respondí. Simplemente dejé la llave sobre el mostrador y salí de aquel lugar. Mientras subía a mi coche, pude ver que se acercaba a la recepción apenas cubierto con una toalla. Por su expresión sabía que debía estar reclamándole al recepcionista por haberme permitido entrar. —¿Cómo la dejó entrar? El recepcionista lo miró confundido. —Me dijo que venía por un encuentro privado. —Joder… Se dio la vuelta y regresó rápidamente hacia el ascensor. Puse el coche en marcha y conduje sin saber adónde iba. Las lágrimas no dejaban de caer. No quería volver a casa. Sabía que iría a pedirme disculpas y yo, terminaría creyéndole. Saqué el teléfono con las manos temblorosas y marqué el número de mi única amiga. —Helen —pronuncié su nombre con voz temblorosa. —Clara, tía… ¿Qué te ocurre? Intenté hablar, pero la voz se me quebró por completo. —Diego… —¿Qué pasó con él? —preguntó con preocupación. —Diego me ha traicionado. —¿Qué? —Lo encontré con su asistente. Me quiero morir, Helen. —Clara, cálmate. —No puedo. Respiré profundamente. —Necesito verte. —Está bien. Todavía estoy en el trabajo, pero ya estoy por salir. Nos vemos en el bar de siempre. —Sí. Colgué la llamada y seguí conduciendo hasta llegar al bar. Antes de bajar del coche, me miré al retrovisor, limpié las lágrimas y respiré varias veces intentando calmarme. Bajé del coche y entré al bar. Por suerte, no había mucha gente. Me senté en uno de los bancos de la barra y pedí un trago. —Un gintonic, por favor. El camarero asintió. Mientras esperaba a Helen, tomé mi trago. Después de unos minutos miré varias veces hacia la puerta. Estaba ansiosa, necesitaba de mi amiga. Necesitaba desahogarme con ella aunque siempre terminara diciéndome: “Te lo dije”. Sí, esa era su frase predilecta. Pedí un segundo trago. Ya habían transcurrido diez minutos y Helen seguía sin aparecer. Tomé un sorbo grande y dejé la copa sobre la barra. De pronto sentí algo raro. Como si alguien me mirara. Giré lentamente la cabeza hacia el final de la barra. A pocos asientos de distancia, había un hombre sentado que me observaba. No lograba ver con claridad su rostro, pero me miraba, con insistencia. Volví el rostro hacia mi copa, bebí un segundo sorbo y pude ver con el rabillo del ojo el momento en que dejó su copa sobre la barra, se puso de pie y comenzó a caminar directamente hacia mí…No sabía qué estaba haciendo. Lo único que sabía era que no quería detenerme.Apenas mis labios tocaron los de Asdrúbal, sentí que todo lo que había ocurrido durante aquella noche desaparecía por unos instantes.Sus brazos rodearon mi cintura y me atrajo hacia él, correspondiendo a mi beso con la misma intensidad con la que yo lo había buscado. Sentí sus manos firmes en mi espalda y cerré los ojos. Mientras su lengua perversa entraba en mi boca y nuestros labios parecían hambrientos. No había planeado besar a aquel hombre, pero ahora que lo tenía frente a mí, ya no quería apartarme.Nos separamos apenas unos centímetros para respirar. Asdrúbal me miró como si todavía estuviera intentando comprender lo que acababa de ocurrir.—Guau… —Sonrió, todavía sorprendido—. No esperaba esto.Lo miré sin saber qué decir.—Pensé que sería yo quien tendría que seducirte para llevarte a un hotel —bromeó él. —Eres un gilipollas. Soltó una risa.—Eso sí que no me lo esperaba.Volví a besarlo antes
No entendía qué me estaba pasando. Sentir celos por Asdrúbal era absurdo. Lo conocía desde hacía un par de horas. Ni siquiera sabía demasiado sobre él, excepto lo que me había contado minutos antes, que era empresario, tenía una constructora y que, según él, acababa de pasar por una ruptura amorosa.Entonces, ¿por qué me había molestado tanto cuando mencioné a su supuesta novia y él decidió no responder?Quizá estaba demasiado sensible, después de lo que había ocurrido con Diego. Terminé mi trago, dejé la copa sobre la barra y me levanté de mi asiento. —Ya regreso. Necesito ir al baño. —murmuré mientras tomaba mi bolso. Apenas estuve de pie, sentí que el suelo se movía ligeramente bajo mis pies.Asdrúbal me observó con atención.—¿Estás bien?—Sí —respondí rápidamente. —¿Segura?—Sí.Él se encogió de hombros. Yo sonreí y me dirigí hacia el pasillo tratando de no tambalearme. Me sentía algo perturbaba por el licor. Por suerte conocía perfectamente aquel lugar, por lo que pude lleg
Las copas chocaron en el aire. Yo acerqué la copa a mis labios y él me miró fijamente. Por una extraña razón, desde que había abierto aquella puerta del hotel, sentí que podía respirar un poco mejor.No sabía quién era Asdrúbal, ni qué hacía allí. No sabía si realmente había sido traicionado por su novia, sin embargo, aquel desconocido comenzaba a resultarme excesivamente agradable. No sabía si era por la forma en que hablaba, por su sentido del humor o simplemente porque, por primera vez desde que había descubierto la traición de Diego, alguien conseguía distraerme.Él apoyó un brazo sobre la barra y me miró.—Hagamos un trato. Lo miré confundida.—¿Qué trato?—Dejemos a nuestros ex fuera de esta conversación ¿vale?—¡Vale! Me parece bien. —Hablemos de nosotros. —sugirió. —¿De nosotros?—De ti y de mí. De dos personas que casualmente terminaron esta noche en el mismo bar. —Está bien. Empieza tú. —No. Primero tú.—Qué caballero. —Me gustaría conocerte.Aquellas palabras me hic
El hombre se detuvo frente a mí.—Buenas noches. —dijo con voz tranquila y segura. Levanté la mirada y lo recorrí de arriba abajo sin disimularlo. Era bastante alto, tez bronceada y una presencia imponente. Vestía un traje oscuro perfectamente ajustado y llevaba el cabello negro, ligeramente peinado hacia atrás. Por alguna razón, cuando se acercó, sentí un extraño calor recorrerme el cuerpo. Fruncí ligeramente el ceño. Quizás eran los nervios o el trago que acababa de beber. Aunque tampoco había tomado tanto.—Buenas noches —respondí con poca amabilidad.Él sonrió.—¿Puedo acompañarte?Negué inmediatamente con la cabeza.—No. Estoy esperando a alguien.—¿Segura? —preguntó con cierta incredulidad. —Completamente. —contesté con voz firme. Él miró su reloj y después volvió a mirarme.—Es que llevas un buen rato esperando. —Ya le dije que espero a alguien ¿vale? —Está bien. —dijo encogiéndose de hombros con una tranquilidad que me irritó todavía más. —Entonces te dejo con tu espera












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