INICIAR SESIÓNLos latidos de su corazón estaban tan agitados e intensos que ella creía escucharlos. Tun-tun, tun-tun... Los sonidos se repetían en su cabeza como si fuera perseguida por aquellas palpitaciones. No sabía de dónde había sacado tanta energía, pues su cuerpo estaba débil. ¿Sería el instinto de sobrevivencia? ¡No sabía! Solo quería lograr su objetivo: escapar por su vida. Con sus pies descalzos, ignorando las espinas del camino o las pequeñas piedrecitas que se le incrustaban en las plantas, corría con todas sus fuerzas y aliento. Tenía que lograrlo, tenía que escapar de aquel infierno. El sudor, los bichos y las hebras de cabello que se pegaban a su piel le hacían estragos a su escape. Sus heridas picaban y la sangre corría por sus piernas; sonrió al ver la salida y entonces, todo fue oscuridad.
(...)Sam se levantó con el olor del café. Se acercó sorprendida a la pequeña cocina, donde un sonriente Arthur la recibió con una taza de la exquisita bebida, razón por la que ella se quedó observándolo con extrañeza.—¿Tú, haciendo café?
—Para que veas que soy buen aprendiz. —Sonrió mostrando su perfecta hilera de dientes. Ella lo observó como boba y los recuerdos de aquel beso delicioso inundaron su mente. Pero gracias al velo que cubría su cara, él no notó su sonrojo.
—Estuve investigando sobre una salida que te llevará a la carretera principal, desde allí podrás tomar el destino que desees. —Ella comentó mientras era examinada por su hermosa mirada café, que en esos momentos era cubierta por un atisbo de tristeza; si bien Arthur quería regresar a su casa y a sus responsabilidades, había una parte de él que deseaba quedarse allí con la extraña mujer del velo.
—Por la manera en que hablas, este lugar debe ser muy remoto —dijo poniendo la taza en su lugar.
—Lo es. —Ella aseguró—. Debe ser esa la razón por la que no lo han encontrado.
—Solo espero que sea por eso y no que mis hombres fieles hayan sido asesinados —respondió con un resoplido, ganando la mirada extrañada de la mujer.
—Me imagino que no andaba con todos sus hombres cuando lo asaltaron...
—No —la interrumpió—. Tengo hombres fieles en casa también, pero no me refería solo a los que fueron asaltados conmigo.
—¿Y por qué los hombres fieles de su casa podrían ser asesinados? —preguntó entre desconcertada e intrigada.
—Digamos que mi vida es un poco complicada —le respondió con la mirada ida.
Sam lo miró un poco asustada, puesto que la imagen que tenía de él hasta ese momento, se podría ir a la borda.
—No soy ningún criminal ni nada que se le parezca —aclaró adivinando sus pensamientos. Sam respiró y fue a poner la taza en su lugar, su corazón empezó a palpitar con intensidad cuando Arthur sostuvo sus manos y se acercó a ella.
—Debo... —Ella balbuceó como cachorro asustado—. Debo ir a asearme.
Arthur asintió y antes de liberar sus manos dejó varios besos sobre estas, provocando que la mujer hiperventilara.
—Te voy a extrañar, Sam. No sé de qué o quién te escondes, pero yo puedo darte seguridad en mi casa. No quiero dejarte aquí sola, temo que algo malo te suceda.
—Arthur, gracias por la oferta, pero no me conoces bien, ¿cómo pretendes llevarme a tu casa? Puedo ser una criminal.
—No sé cuál haya sido tu pasado, solo sé que eres una buena mujer que se arriesgó al salvarme la vida. Una mala persona no corre un riesgo tan grande ni le hubiera importado dejarme morir.
Ella se quedó pensativa un rato.
—Arthur —rompió el silencio—, yo he vivido aquí por más de un año, como puedes ver, sé defenderme sola. No te preocupes por mí, estaré bien.
—Está bien. Eres muy especial y me has regalado un mes de descanso mental. Creo que necesitaba esto, gracias por salvarme la vida, Sam.Él la abrazó con fuerza y olfateó su delicioso aroma a hierba buena y especias. De lejos pareciera una mendiga de quien todos quisieran alejarse, pero en realidad, siempre estaba limpia y olorosa a sus hierbas, pese a su descuidada apariencia.
(...)Arthur salió a buscar leñas suficientes para dejar buena provisión a la mujer antes de marcharse. Había decidido viajar al día siguiente a la carretera, para luego buscar la forma de llegar a su región. Era un largo y difícil viaje y la melancolía de dejar a Sam allí sola revolvía su estómago; no obstante, ya era tiempo de regresar y poner todo en orden, pues se imaginaba el desastre que su ausencia pudo haber causado.Pasó cerca del estanque donde ellos acostumbraban a bañarse para refrescarse un poco, pues el calor era insoportable y ya tenía varias horas cargando las leñas a la casucha. Se detuvo en seco al notar que había alguien allí y se escondió detrás de un árbol. Sus ojos brillaron con intensidad y su boca emanó más saliva de lo regular. ¿Quién era ella? Su espalda era perfecta y se veía delicada con el largo cabello mojado cubriéndola. La joven se hundió en el agua y segundos después salió a la superficie. Su cabello se movió a los lados y él se saboreó los labios al poder ver su espalda totalmente descubierta y esos firmes glúteos que estaban haciendo efecto en él. Pero algo más llamó su atención, había pequeñas cicatrices en la delicada piel, como si hubiera sido maltratada con crueldad; miró a la orilla y reconoció esos trapos.
«Sam», pensó. Quería ver más y no era morbo o que el amigo de su entrepierna ya estaba emocionado, era más que eso. Quería conocerla, entender su miedo, quería ver su rostro. Si bien era cierto que tuvo muchas oportunidades de hacerlo, nunca se atrevió a romper su promesa. Esa fue una de las condiciones que le puso la mujer. Se quedó quieto a la expectativa de que ella volteara y él poder conocer los deliciosos labios que había degustado semanas atrás. No estaría faltando a su promesa, esto se consideraría como un accidente y ella ni siquiera tenía que enterarse. La chica se estaba volteando, pues al parecer, buscaría su ropa para salir. El corazón le latía con gran agitación y su respiración estaba hecha un caos. Pronto sabría que se ocultaba tras ese velo. Sam volteó, pero un ruidoso llamado hizo que corriera hacia la orilla a buscar su ropa con desesperación, al mismo tiempo en que él había volteado al escuchar su nombre.
—¡Señor Connovan! ¡Arthur Connovan! —Eran sus hombres. ¡Ellos lo habían encontrado!
Un hermoso atardecer celebraba la unión de dos almas enamoradas, que se encontraron y se salvaron mutuamente.Bailes, risas, comidas y salutaciones inundaban la alegre hacienda.Una pareja admiraba a los novios bailar junto al niño inquieto, formando una danza de tres.—Nosotros Debemos casarnos, también. —Samuel susurró sobre el oído de la rubia a quien abrazaba por detrás.—Todo dependerá de usted y que tan productiva hagas nuestra hacienda —dijo maliciosa y él besó su cuello.Jacqueline había comprado la hacienda vecina y se instaló allí. Ella y Samuel la administraban, aunque este prefería los trabajos pesados junto a los demás trabajadores. Como todo hombre de hacienda con orgullo masculino, estaba ahorrando para comprar el anillo de compromiso, pues quería que saliera de su
El sudor en sus frentes y los rápidos latidos de sus corazones eran evidencia del temor que los recorría. Estaban en mano de sus enemigos y era obvio que este sería su fin.Arthur se apresuró al portón con alivio, al notar que era la pelirroja quien estaba allí, ella lo miraba con interrogantes y él entendió esa expresión y agradeció a Dios por aquella oportunidad.—Dígame, señor Connovan, ¿cree que hay alguna esperanza para mí? ¿Creé que mi alma pecadora y malvada encuentre un lugar donde pertenecer y que pueda ser admirada por alguien?—Lo creo. No tiene que ser el amor romántico, puede encontrar el amor donde desee cultivarlo. Y definitivamente, creo que puede redimir sus actos y ser una persona de bien, creo que puede soñar y hacer esos sueños realidad.—¿Ser&eacut
Arthur se apeó del caballo lleno de emoción. Había soñado todos esos días con el rostro de Sam al ver a su hijo, y las ansias de presenciar esa felicidad en ella lo tenía nervioso y con náuseas. Corrió hacia la puerta con temblores en sus manos y el pecho agitado. Jacqueline lo siguió con el niño en brazos, él era muy tranquilo para un niño de su edad y casi no emitía palabras.Arthur se percató de la puerta a medio abrir y entró en silencio, pues quería sorprenderla. Su corazón palpitó con intensidad al ver un florero roto en medio de la sala y algunas cosas tiradas, como si una lucha se hubiese llevado a cabo allí. Corrió con desesperación hacia las demás habitaciones de la casa mientras la llamaba con gritos llenos de angustia.—¡Sam! No, no, no, no. Sam, amor mío. ¿Qué sucedi
—Entonces, Samay está con ustedes. —El pelinegro dijo sonriente—. Esa muchacha es muy escurridiza, nunca pude dar con su paradero.—¿La buscabas? —Samuel y Sebastián se miraron con una sonrisa.—¡Claro que la buscaba! Quería devolverle a su hijo.—¿Su hijo? —Samuel inquirió estupefacto. Pues Arthur no le había contado sobre aquello.—¿Que no les ha dicho nada? Ella quedó embarazada del animal de su esposo. No sé bien como logró escapar, pero yo la encontré desmayada en las afueras del bosque que rodeaba la hacienda de los Fraga. Ella estaba sangrando y creí que había perdido al bebé. Un amigo doctor la trató en secreto, puesto que muchas personas le temían a White. Ella despertó alterada creyendo que su hijo había muerto, pero esa criat
Arthur cabalgaba aturdido, la melancolía en su pecho y el vacío de su ausencia le eran tortuoso. Imaginar todo lo que sufrió, todo lo que tuvo que sacrificar.***—Entonces, la señora está muerta. —Samuel se quedó pensativo y luego sonrió—. No debemos perder las esperanzas, hay una persona que puede ayudarnos y pronto daré con su paradero.—¿Quién es? —Arthur inquirió confundido.—El nieto de la señora Julia.Arthur asintió y Samuel se levantó de la silla y se marchó.Arthur estaba en su habitación meditando la confesión de Sam, cuando la puerta se abrió.—Hola, Arthur. —Anabela lo abrazó con fervor—. He estado tan preocupada. ¿Dónde te metiste que no dormiste en la casa anoche?—Estaba
En una cabaña ubicada en un lugar remoto y rodeado por la naturaleza, el secreto de un hombre enamorado se ocultaba. Alejada del peligro, Sam habitaba allí hasta recibir nuevas instrucciones de parte de su amado, a quien no había visto por toda una semana. Aquella tarde soleada, ella buscó comida y decidió que el patio era un buen lugar para almorzar. Con la mirada perdida en el río, Sam rememoró aquel día cuando él la llevó allí por primera vez. Los ojos se le cristalizaron al extrañar sus caricias, esa mirada intensa que solo le regalaba a ella y los besos deliciosos que tanto le encantaban. Lo amaba, por tal razón era doloroso estar separada de él. Dado que no había recibido noticias acerca de él desde que huyó de la hacienda, una angustia tortuosa no la dejaba en paz, es por esto que ella decidió visitar a los señores que Arthur designó para que se hicieran cargo de asistirla en sus necesidades. —Hola, querida. —La señora Goodman la recibió con una sonrisa—. ¿Cómo está tu braz







