INICIAR SESIÓNCAPÍTULO 8: Soñando con él
Isabella Después de llamar a mis padres y a mi hermano Danilo —quien parecía haber volado para llegar a mi lado—, logré calmarme un poco. El día había transcurrido con total tranquilidad, hasta que llegó la hora de nuestra clase favorita: Arte. El proyecto consistía en entregar una pintura libre; me concentré tanto que mi lienzo fue mucho más allá de los estándares tradicionales, y la profesora no dudó en reconocerlo públicamente frente a todos. Aquello, por desgracia, hirvió la sangre de las chicas de siempre. No eran todas, claro, pero sí un grupo de unas cinco compañeras que arrastraron a un par de chicos para que les siguieran el juego. Nos emboscaron a Laurent y a mí en el patio trasero. Tumbaron nuestros caballetes, pisotearon los materiales y dañaron los trabajos con una saña horrible. Intenté defenderme, pero una de ellas me cruzó la cara con una bofetada tan limpia y violenta que estuve segura de que me dejaría marca por varios días. Cuando los chicos se adelantaron para agredirnos físicamente, un hombre imponente apareció de la nada. Su intervención fue quirúrgica y brutal: en un parpadeo, los idiotas terminaron en el suelo con moretones y las chicas gritaban histéricas de puro miedo. El hombre se presentó como Adam y, con una sonrisa amable, nos aseguró que «no era tan viejo» como para no poder escoltar a dos señoritas en apuros. Dijo que solía patrullar la zona por cuestiones de su trabajo, lo cual me alivió enormemente. Le agradecimos de mil maneras, pero él insistió en que solo había hecho lo correcto. Antes de marcharse, nos guiñó un ojo y nos dijo que, ante cualquier problema, solo debíamos gritar. Más tarde, en casa, una vez que mis padres regresaron y comprobaron que yo estaba a salvo, nos reunieron en la sala para darnos la noticia más increíble de nuestras vidas. Rompimos a llorar de la emoción; no podíamos creer que el calvario financiero de mi padre finalmente hubiera terminado y que fuera a recuperar su empresa. Nos explicaron que el nuevo socio mayoritario de la compañía era un magnate europeo de apellido Russo. Movida por la curiosidad, subí a mi habitación y busqué su nombre en internet. En cuanto la pantalla cargó su fotografía oficial, el aire se me atascó en los pulmones. Sus ojos eran unos ojos felinos, profundos y de un color miel tan magnético que me estremecí por completo. Se me hacían dolorosamente familiares. Era un hombre arrebatadoramente guapo y, aunque calculé que debía ser unos años mayor que yo, mi pecho experimentó una vibración extraña, un calorcito desconocido que me transportó de inmediato al recuerdo del hombre misterioso que me había protegido con su propia vida en el parque. Decidí sacudirme esos pensamientos absurdos y bajé a cenar. Disfrutamos de la comida entre risas, anécdotas y planes de futuro, pero el agotamiento emocional terminó por pasarme factura, así que me despedí temprano y me fui a la cama. Me desperté a las tres de la mañana dando un respingo, con la piel empapada en sudor y el corazón latiéndome en la garganta. El sueño había sido de una intensidad abrumadora. En él, volvía a estar atrapada en medio del tiroteo, pero esta vez lograba aferrarme con total claridad a los ojos color miel de mi salvador, escuchaba la vibración ronca de su voz y respiraba ese delicioso aroma masculino a tabaco y madera fina. Sin embargo, su rostro permanecía difuminado por una bruma espesa que me impedía reconocerlo, dejándome una profunda sensación de frustración e inquietud. Di mil vueltas entre las sábanas, incapaz de conciliar el sueño otra vez. Frustrada, encendí la lámpara de noche, tomé mi bloc de dibujo y dejé que el carboncillo fluyera sobre el papel blanco. Cuando aparté la mano para observar lo que mi subconsciente había creado, me llevé una sorpresa mayúscula: en el centro de la hoja estaban calcados, a la perfección, los ojos felinos del hombre del parque... unos ojos que coincidían de forma escalofriante con los del señor Russo. Asustada por mi propia mente, cerré el bloc de golpe, me calcé las zapatillas y decidí salir a trotar para despejarme antes de que amaneciera. Nicolás Habíamos regresado al penthouse después de una jornada agotadora. Me encerré directo en el despacho para responder correos urgentes de los negocios en Italia, pero mi mente insistía en sabotearme, regresando una y otra vez a la imagen de mi pequeña ninfeta. Dejé caer el bolígrafo sobre el escritorio y, sin poder evitarlo, abrí el archivo digital con su fotografía. Contemplar sus ojos heterocromáticos me transmitió una paz tan increíble y absoluta que, por un segundo, me sentí completo en medio de mi caótico mundo de sombras. La felicidad duró poco. Recordar que mañana por la tarde debía abordar el jet privado de regreso a Italia para atender los asuntos del consejo de la 'Ndrangheta me produjo una opresión asfixiante en el pecho. Me negaba a marcharme sin verla una última vez. Sabía perfectamente que lo que estaba a punto de hacer cruzaba todas las líneas de la cordura y la moral, pero yo no era un ciudadano común; era el Capo de la organización criminal más peligrosa del mundo, y las reglas ordinarias no aplicaban para mí. Movido por una necesidad visceral, decidí cometer una bendita locura: iría a su casa. Cuando la camioneta se detuvo a una calle de la residencia Mancini, mis hombres de guardia se sobresaltaron al verme bajar del vehículo. —¿Cuál es su habitación? —les pregunté a Adam y Mario con voz neutral. Ambos me miraron con una mezcla evidente de desconcierto y sorpresa, pero, conociendo de lo que era capaz, no dudaron un segundo en señalarme el ventanal del segundo piso que daba hacia el jardín lateral. —Vayan a patrullar los alrededores de la manzana —les ordené en un susurro—. Avísenme por el comunicador si hay algún movimiento sospechoso. Yo me encargo desde aqui. Me deslicé entre las sombras del jardín con la agilidad de un depredador y trepé por la estructura metálica que rodeaba el ventanal. Me asomé al cristal con cuidado, evaluando si estaba despierta, pero la habitación permanecía en una penumbra pacífica. Isabella dormía profundamente, arropada hasta la barbilla como un ángel hermoso. Deslicé el pestillo de la ventana con una de mis navajas tácticas y me colé en su santuario con pasos insonoros. En cuanto puse un pie dentro, su aroma dulce, limpio e inocente inundó mis fosas nasales, impregnando mi ser y desarmando mis últimas barreras de autocontrol. Me acerqué a la puerta principal y me aseguré de que el cerrojo estuviera puesto desde dentro para evitar sorpresas. Luego, me senté en un sofá pequeño que estaba junto a su cama. Se veía tan tierna, tan ajena a la tormenta de fuego y poder que yo arrastraba conmigo, que me dolió el pecho ante la perspectiva de tener que regresar a Europa. La necesidad de sentirla cerca me desbordó. Me acerqué al borde del colchón, me senté con extrema lentitud y, cediendo al impulso, pasé mis brazos alrededor de su pequeño cuerpo por encima de las cobijas, atrayéndola sutilmente hacia mí. Lo que sucedió a continuación me congeló el pulso: en lugar de asustarse o despertar, Isabella soltó un suspiro suave entre sueños, respondió al contacto de forma inconsciente y buscó mi calor, acurrucando su cabeza directamente contra mi pecho. Me sentí completo. Lleno por primera vez en veintiocho años de existencia. En ese preciso instante, con su respiración tranquila golpeando mi camisa, entendí que estaba perdido. Il mio angelo di luce (mi ángel de luz) se había convertido en mi mayor y más hermosa debilidad y obsesión. Supe que jamás podría dejarla ir; incluso si en el futuro ella decidía no elegirme, yo me encargaría de ser su sombra eterna, su protector invisible desde el mismísimo infierno. Decidí que la esperaría el tiempo que fuera necesario, respetando su inocencia hasta que la vida la convirtiera en una mujer. Estuve contemplando la delicadeza de sus facciones y su silueta envuelta en el enorme edredón durante casi dos horas, memorizando cada uno de sus gestos nocturnos. Cuando el reloj marcó las dos y media de la mañana, supe que era hora de marcharme si no quería levantar sospechas con sus padres. Le deposité un beso imperceptible en la frente, impregnándome de su calidez, y salí por el ventanal de la misma forma en que había entrado. Mañana por la mañana asistiría a la firma del contrato con su padre. Intentaría buscar su mirada en el instituto o verla de lejos antes de abordar el jet hacia Sicilia. Pero me marchaba tranquilo, sabiendo que mis hombres vigilarían cada uno de sus pasos desde el anonimato. Isabella Mancini no volvería a estar desprotegida jamás.CAPÍTULO 60: El santuario en las alturas Isabella El amanecer trajo consigo el olor fresco de la lluvia reciente y la presencia silenciosa, pero ineludible, del equipo médico. Nicolás permaneció de pie junto a la gran ventana del dormitorio, con las manos sepultadas en los bolsillos del pantalón y la mirada fija, actuando como una sombra omnipresente y vigilante mientras el doctor inspeccionaba las vendas de mis costillas, verificaba el avance de mis hematomas y examinaba la herida en mi pierna. —La inflamación ha cedido significativamente y la herida en la pierna está cicatrizando con perfecta evolución, por lo que le aconsejo mantener un reposo moderado, Signorina Mancini —concluyó el médico, ajustando la compresa de gasa antes de dirigirse a Nicolás con extrema cautela—. No hay fisuras desplazadas y la recuperación va por excelente camino, pero respecto al viaje, debe ser sumamente suave. Le he prescripto analgésicos de acción prolongada. Si llega a presentar un dolor agudo o di
CAPÍTULO 59: Un refugio antes de la tormenta Lorenzo En la parte oeste de la mansión, el ambiente dentro de nuestro salón privado era sofocante. Frente a mí se encontraban mi madre, Janet, mi padre, Vittorio, y mi hermano menor, Lucca. Estaba hirviendo por dentro; la frialdad y el desprecio con los que mi madre se había comportado durante las últimas horas habían rebasado todos los límites tolerables. —¡Madre, de verdad no entiendo tu maldita actitud! —estallé, encarándola con los puños apretados mientras mi padre y Lucca asentían a mi lado—. Primero, la forma tan ruin en la que tratas a la mujer de mi vida, ¡a Laurent! Y segundo, esas muecas de asco que hiciste cuando Nicolás salvó a Chiara... Es una chica dulce, maltratada y humillada. ¡¿Qué diablos te ocurre?! —¡Es tu culpa! —rugió Janet, poniéndose de pie con los ojos inyectados en ira—. ¡Tú debías casarte con la mujer que yo elegí para ti, una mujer de nuestro estatus! Esa niña con la que te obsesionaste en Nueva York no
CAPÍTULO 58: Alianzas de sangre y cuentas pendientes Lorenzo Todo se había transformado en un verdadero caos de revelaciones. Mi principessa atravesaba una crisis emocional, Nicolás parecía dispuesto a desatar una guerra continental con tal de no perder a Isabella, y la colisión entre los Mancini, los Romano y los Russo amenazaba con hacer estallar la mansión en cualquier instante. Laurent se aferró a mí como si fuera su único refugio en medio del océano. La rodeé con los brazos, pegándola a mi pecho para tratar de apaciguar el temblor de su cuerpo mientras le murmuraba palabras de contención al oído. En un hilo de voz quebrado, me suplicó que no la soltara. ¡Joder! ¿Cómo demonios podía siquiera cruzar por su mente la idea de que la dejaría ir? —Hey... mi principessa, jamás te soltaré. Te tengo, todo va a estar bien —le prometí, acariciando su cabello con devoción—. Sé que es una sorpresa abrumadora, pero escuchaste a Marco: tu padre no está metido en la mafia. Solo fueron conexio
CAPÍTULO 57: Sombras del pasado y el eco de los Blackwood Isabella El aire en el jardín se sentía denso, saturado de una electricidad que presagiaba más tormenta. Tenía el cuerpo molido; el dolor en las costillas era un latido constante que los analgésicos apenas lograban apaciguar, y el agotamiento mental amenazaba con hacerme colapsar en cualquier momento. Intenté mantener la postura, disimulando la debilidad, pero era absurdo pretender engañar al hombre que me observaba como si fuera el centro de su universo. Los ojos dorados de Nicolás no se apartaron de mí ni un solo segundo. En cuanto mi voz decayó ligeramente, su instinto de protección se disparó. Cortó la distancia entre nosotros con pasos rapidos, agachándose frente a mi para quedar a mi altura. Sus manos grandes y cálidas comenzaron a trazar círculos pausados sobre mis muslos, un gesto que pretendía calmar a la bestia que llevaba dentro tanto como a mí. —Necesito que estés bien, ángel... y noto perfectamente que te estás
CAPÍTULO 56: El pasado está de vuelta (Parte 4) Nicolás Cuando vi a Lorenzo avanzar por el sendero del jardín escoltando ambas familias; los Romano y los Russo, supe que el volcán finalmente haría erupción. Era un evento inevitable. Me deslicé con absoluta tranquilidad pero con una velocidad calculada para interponerme entre la familia Mancini y la marea que se les venía encima. Marco quedó al frente, hombro a hombro conmigo, mirando de forma alterna a los recién llegados y a mi rostro. —Mantén la fuerza y la mente abierta —le susurré, sin mover un solo músculo facial. Él volvió la vista hacia el frente. En el instante en que mi abuela Luciana emergió de la sombra de mi abuelo Lucio, la tez de Marco perdió todo vestigio de color. —No... no, no, no... No pueden ser ellos —escuché que siseaba Marco en un hilo de voz ahogada—. Loretta... Giro bruscamente hacia su esposa, quien mantenía los ojos clavados en Isabella. No se había percatado quiénes se acercaban a ella. Mis ab
CAPÍTULO 55: El pasado está de vuelta (Parte 3)IsabellaTener a mis padres y a mi hermano conmigo me devolvía una paz que creía perdida, pero el pánico latente amenazaba con ahogarme en cada respiración. Me aterraba la simple idea de que me prohibieran estar junto a Nicolás, provocando un conflicto bélico aún mayor del que ya se avecinaba respecto al verdadero origen de mi madre.Mi padre era despiadadamente protector; ella era su centro de gravedad. Sabía perfectamente que, en cuanto saliera a la luz la verdad sobre su linaje y la dinastía Romano, la bomba de tiempo explotaría sin remedio.—Papá, de verdad quiero estar con Nicolás —comencé, reuniendo las pocas fuerzas que me quedaban para sostenerle la mirada—. Lo amo. Quiero tu bendición, la de mi madre... y la tuya, Danilo.Danilo me miró como si me hubieran crecido diez cabezas, con la mandíbula apretada y la furia contenida a punto de desbordarse. Mi madre, en cambio, evaluó detenidamente la postura rígida de Nicolás, luego







