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Capitulo 7. Devolviendo lo que corresponde.

Author: J_Foz
last update publish date: 2026-07-20 06:35:05

CAPÍTULO 7: Devolviendo lo que corresponde

Marco Mancini

—Debo admitir, señor Russo, que me tomó por sorpresa que solicitara una reunión conmigo —comencé diciendo, después de que los camareros nos sirvieran las copas—. ¿Sobre qué clase de negocios necesita tratar con este viejo servidor?

Nicolás Russo me observó fijamente, con una intensidad en esos ojos felinos que resultaba casi intimidante.

—Se trata de su antigua compañía tecnológica, señor Mancini —respondió con una calma pasmosa.

Me quedé helado. Mi querida Loretta, a mi lado, tensó la postura en la silla. Sentí un vuelco en el estómago. No entendía cómo un magnate europeo de ese calibre tenía conocimiento de mi pasado.

—¿Cómo está usted enterado de que tengo relación con esa compañía? —pregunté, tratando de mantener la voz firme—. Actualmente trabajo con Ryan Wilson, el padre de la mejor amiga de mi hija. Él es un excelente amigo que me apoyó económicamente cuando lo perdí todo... Pero, ¿usted cómo lo sabe?

—La verdad, señor Marco, los detalles de cómo obtengo mi información no son importantes —repuso Russo, esbozando una media sonrisa que no llegó a sus ojos—. Lo que realmente importa es que tengo algo en mi poder que le va a interesar mucho. Es un proyecto que necesita una cantidad enorme de trabajo, restauración y liderazgo. Y considero que no hay nadie mejor en este país que su fundador original para dirigirlo. ¿Le interesa escuchar?

Lo que siguió a continuación me dejó en un completo estado de shock. La propuesta de Russo era tan irreal, tan colosal, que la mente se me nubló por unos instantes. Fue la mano de Loretta, apretando la mía por debajo de la mesa, la que me hizo reaccionar.

Este hombre acababa de comprar la empresa que me robaron. Había aplastado a Carlos Lombardi en una sola mañana y ahora me estaba ofreciendo regresar a mi oficina como director general absoluto. Pero no solo eso: me estaba entregando el cuarenta por ciento de las acciones de la compañía de forma directa, mientras él se reservaba el cuarenta y cinco por ciento. El quince restante se mantendría en la bolsa. Solo quería asegurarse de que el negocio volviera a su antiguo auge bajo mi mando.

—Claro que acepto, señor Russo —respondí, sintiendo que un nudo de años se disolvía en mi garganta—. No tiene la menor idea de lo que esto significa para mi familia. Nos devuelve la dignidad.

—No se preocupe, señor Mancini —me dijo Russo, asintiendo con una seriedad impecable—. Yo no juego a la beneficencia; esto es un negocio. Sé que usted es el único capaz de hacer que mis inversiones se tripliquen.

En medio de la oleada de alivio, el teléfono en el bolsillo de mi saco comenzó a vibrar con insistencia. Al sacarlo, vi el nombre en la pantalla. Era mi princesa.

—Disculpen, señores, es mi hija Isabella —les dije, mirando a ambos hombres con pena—. Usualmente no interrumpe mis reuniones, me parece extraño.

—Conteste, señor Mancini. No tengo ningún problema, puede hablar con total tranquilidad —respondió Russo de inmediato. Su tono de voz había cambiado de golpe, volviéndose extrañamente atento, casi rígido.

Acerqué el aparato a mi oído.

—¿Hola, mi amor? ¿Qué pasa?

Al escucharla, una punzada de inquietud me atravesó el pecho. Isabella sonaba notablemente nerviosa, con la respiración entrecortada, como si hubiera estado llorando o a punto de hacerlo. Me preguntó con urgencia dónde estábamos y si tardaríamos mucho en regresar a casa. Ella jamás saboteaba mi espacio de esa manera.

—Tranquila, hija. Escúchame, llama a Danilo —le indiqué, intentando no transmitir mi preocupación a mi esposa—. Dile que vaya a la casa de inmediato y que no te deje sola. Nosotros ya casi terminamos aquí y saldremos pronto para allá. Te amo.

Colgué el teléfono, sintiendo la mirada pesada y penetrante de Nicolás Russo clavada en mí como dos dagas. Le pedí disculpas nuevamente por el exabrupto, pero él no pareció molesto por la interrupción. En su lugar, una curiosidad casi sombría emanaba de su postura.

Nicolás

Saber que mia Luce estaba al otro lado de la línea telefónica desató una tormenta salvaje dentro de mi pecho. Una urgencia irracional me golpeó las venas; deseé con todas mis fuerzas arrebatarle el teléfono a Marco Mancini solo para escuchar su voz, para asegurarme de que el aire seguía entrando en sus pulmones. Y la escuché. Incluso sin el altavoz activado, mi oído entrenado captó el temblor nervioso de sus palabras. Estaba asustada. Alguien la había hecho llorar.

Una furia negra empezó a burbujear en mi estómago. Le hice una seña corta y casi imperceptible a Lorenzo por debajo de la mesa: Averigua qué carajos está pasando ahora mismo. Mi Sottocapo captó la orden en el acto, sacó su teléfono con discreción y comenzó a teclear bajo el amparo de la mantelería.

Intenté mantener mi fachada de hombre de negocios, observando cómo los Mancini se desvivían en cuidados genuinos por su hija. Pero la sangre se me congeló y me hirvió al mismo tiempo en el instante en que Marco pronunció ese maldito nombre: Danilo.

«Dile que vaya a la casa de inmediato y que no te deje sola».

¿Quién demonios era Danilo? ¿Por qué Mancini mandaba a un hombre a encerrarse a solas con mi ángel en su casa? ¿Acaso tenía un novio? La sola idea de que otro hombre tocara su piel, la mirara o estuviera cerca de ella hizo que un monstruo posesivo y violento despertara en mi interior, nublándome el juicio. Estuve a un milímetro de perder los estribos, golpear la mesa y exigir respuestas. Apreté los puños con tal fuerza que los nudillos se me pusieron blancos.

—Disculpe la indiscreción, señor Mancini —intervine, forzando una cortesía que me supo a ceniza, mientras mi voz sonaba peligrosamente baja—. ¿Le ocurre algo malo a su hija? ¿Y quién es ese tal Danilo?

Marco parpadeó, un tanto sorprendido por la brusquedad de mi pregunta, pero suspiró con pesadez.

—Sí, la note un poco extraña, señor Russo... Tendremos que llegar a casa para hablar bien con ella. Y no se preocupe, Danilo no es nadie extraño; es nuestro hijo mayor, el hermano de Isabella. Siempre ha sido muy protector con ella.

El aire regresó a mis pulmones de golpe. Toda la tensión acumulada en mi espalda se disipó, transformándose en un alivio tan abrumador que tuve que dar un trago largo a mi copa de agua para ocultar mi reacción. Un hermano. Era su maldito hermano como lo pase por alto. Estaba a salvo.

Considerando el estado de mi ninfeta, preferí dar por terminada la sesión de inmediato. No quería retener a sus padres ni un segundo más; necesitaba que fueran a consolarla.

—Entiendo perfectamente. No los retengo más, la familia es lo primero —sentencié, poniéndome de pie—. Quedamos formalmente citados para mañana a las diez de la mañana en la sede central de la compañía para la firma de las actas notariales. Buen viaje de regreso.

Nos despedimos con un firme apretón de manos y cada grupo tomó su rumbo.

—Amigo, tendrías que haber visto tu cara. Fue un poema absoluto. ¡Un verdadero poema lírico, jajaja! —se burló Lorenzo en cuanto cerramos las puertas de la camioneta blindada, soltando una carcajada limpia que me crispó los nervios.

—Cállate si no quieres que te baje de este auto en movimiento, Lorenzo —le rugí, fulminándolo con la mirada.

—¡Es que fue increíble! —continuó él, limpiándose una lágrima de la risa—. Estabas a un segundo de ordenar un golpe de estado contra un fantasma llamado Danilo. Los celos te están carcomiendo el cerebro, Capo.

—Dame el informe de la seguridad ahora mismo —le corté, ignorando sus burlas.

Lorenzo recuperó la compostura profesional y me indicó que ya lo había enviado a mi correo electrónico institucional. Saqué mi teléfono y abrí el archivo encriptado que Adam había redactado hace apenas unos minutos. A medida que avanzaba en la lectura, la diversión de Lorenzo se extinguió por completo al notar cómo la temperatura dentro del vehículo caía a cero grados debido a mi furia.

Unas estúpidas envidiosas de su instituto, acompañadas por un grupo de idiotas que les seguían el juego, habían acorralado a Isabella y a Laurent a la salida de las clases de arte. Intentaron humillarlas, romper los lienzos de mi ángel y agredirlas físicamente, todo por pura envidia debido a su innegable talento con la pintura. Por fortuna, Adam y Mario, que estaban de encubierto mimetizados como ciudadanos comunes, intervinieron a tiempo. Se hicieron pasar por transeúntes indignados, dispersaron a los agresores a empujones y escoltaron a las chicas a un lugar seguro.

La mandíbula me dolió de tanto apretar los dientes. Nadie tocaba lo que me pertenecía. Nadie osaba hacer llorar a mi Luce. Enzo también estaba enojado porque princesa.

Busqué el número de mi seguridad y marqué.

—¿Señor? —respondió Adam al primer timbre.

—Adam —dije, y mi voz arrastró una promesa de muerte que hizo que hasta Lorenzo se enderezara en su asiento—. Ubica a cada uno de los adolescentes y a las perras que intentaron tocar a Isabella y a su amiga. Búscalos cuando estén solos. Quiero que les des un susto que jamás en sus miserables vidas puedan olvidar. Que les quede claro que hay líneas que no se cruzan.

—Entendido, Capo. Considérelo hecho —respondió Adam antes de cortar.

Guardé el teléfono en el bolsillo de mi abrigo, mirando hacia el cielo gris de Nueva York a través del cristal tintado. Tenía que protegerla, incluso si ella nunca llegaba a saber que era yo quien movía los hilos de su seguridad desde el infierno.

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