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Capitulo 9. De vuelta, pero completamente otro.

Autor: J_Foz
last update Fecha de publicación: 2026-07-24 11:16:46

CAPÍTULO 9: De vuelta, pero completamente otro.

Nicolás

—Lorenzo, ¿dejaste organizada la transición para la dirección de esta sede? —pregunté, mientras acomodaba los archivos confidenciales en mi maletín de cuero.

Necesitábamos regresar a Calabria de inmediato. Habían surgido serios problemas de filtración de información en las rutas de la organización y, como Capo de la 'Ndrangheta, me correspondía a mí poner orden con mano de hierro.

—Tranquilo, Boss, todo está resuelto —respondió Lorenzo con su habitual eficiencia, terminando de abotonarse el chaleco—. Solo debemos pasar con el señor Marco Mancini por las oficinas de Electronic Fusion para purgar los últimos cabos sueltos. La junta directiva nos espera para firmar el traspaso y dejar la jerarquía en perfecto orden antes de nuestro vuelo.

Nos dirigimos al imponente edificio corporativo. Al llegar, divisé al señor Marco esperando en la entrada privada; vestía un traje impecable, recuperando esa estampa de gran empresario que Lombardi le había arrebatado. Apenas ingresamos al vestíbulo principal, el aire se volvió denso. Los empleados y mandos medios se tensaron al vernos pasar; mi sola presencia irradiaba una hostilidad peligrosa que nadie se atrevía a desafiar.

Al llegar al piso de la alta gerencia e ingresar a la sala de juntas, nos topamos con un completo desastre. Los miembros del comité, acostumbrados al desastre de Carlos Lombardi, parloteaban alterados, exigiendo explicaciones sobre la repentina auditoría. Nadie entendía nada, y esa incompetencia me puso de un pésimo humor.

Me bastó con dar un paso al frente y levantar una sola mano para que un silencio sepulcral, cargado de pánico, gobernara la habitación.

—Silencio —sentencié, con una voz que cortó el aire como una cuchilla—. Les presento al nuevo socio de la compañía y nuevo CEO, el señor Marco Mancini. A partir de este segundo, su palabra es la ley en este edificio.

Cedí la palabra a Marco, quien con una templanza y autoridad admirables comenzó a desglosar las nuevas directrices, los recortes de personal corrupto y el nuevo plan de reestructuración tecnológica. Hubieron diferencias y objeciones por parte de dos inversionistas minoritarios al principio, lo que provocó que la junta se extendiera mucho más de lo que yo había presupuestado. Sin embargo, no dudé en intervenir con un par de advertencias sutiles sobre los riesgos de oponerse a mis intereses financieros.

Al finalizar, las actas notariales estaban firmadas y todos los directivos tenían el panorama cristalino. Pude retirarme con la absoluta certeza de que la inversión multimillonaria que había inyectado en la empresa daría frutos monumentales bajo la mano honesta de Mancini.

—Da una vuelta por el instituto antes de dirigirnos al aeropuerto —le ordené al conductor de seguridad a través del intercomunicador.

Lorenzo me observó desde el asiento contiguo y soltó un suspiro pesado, frotándose las sienes. Estos días, él también había estado vigilando de cerca a Laurent; intento salir por la noche para distraerse en los clubes de Manhattan, pero regreso aún más estresado y de peor genio, ya que la imagen de la castaña rebelde se había ensañado con su mente, del mismo modo en que mi ángel lo había hecho conmigo. Ambos estábamos jodidos.

Cuando llegamos a las inmediaciones del colegio privado, el coche se estacionó a una distancia prudencial, bajo la sombra de unos robles. Los demás autos de escolta se distribuyeron estratégicamente por el perímetro, manteniéndose fuera de la vista del alumnado para no levantar sospechas. A lo lejos, camuflados entre la multitud de padres y autobuses, identifiqué a mis tres hombres de confianza: Adam, Mario e Ítalo.

Ellos serían los fantasmas encargados de su seguridad permanente en suelo americano. Ya les había advertido, con una frialdad implacable, que si a Isabella le pasaba algo, aunque fuera la pérdida de una sola hebra de su cabello, lo pagarían con sus propias vidas. Entendieron perfectamente el peso del encargo. Mi orden fue tajante: un informe detallado en mi correo cada tres horas. Qué hacía, a dónde iba, qué miraba y qué necesitaba; quería saberlo todo.

—Allí están saliendo —me comunicó Lorenzo en un susurro, señalando las escalinatas de piedra del edificio.

Giré la vista hacia la ventana lateral y mi corazón dio un vuelco salvaje. Allí estaba ella. Caminaba junto a Laurent, sonriendo de una manera tan resplandeciente, limpia y feliz que me robó el aliento. Al verla tan perfecta, un pensamiento sombrío y doloroso me cruzó la mente: «Ella no es para ti, Nicolás. La corromperías con tu oscuridad. Esa inocencia tan dulce, ese brillo celestial... no tienes derecho a apagarlo nunca».

No supe por qué, pero en ese preciso instante, como si un hilo invisible hubiera tirado de su atención, Isabella detuvo su caminata y giró la vista directamente hacia mi coche blindado. Estuvo así durante unos minutos, clavando sus ojos en el cristal tintado, como si de alguna manera mística pudiera verme a través del espejo ciego. Aquello me llenó el alma por completo. Le agradecí mentalmente al destino por ese segundo de conexión subconsciente antes de que ella se volviera hacia su amiga, sonriendo de nuevo.

—Arranca. Vámonos al aeropuerto —ordené, apartando la mirada antes de romper mi propia cordura.

Abordamos el jet privado y, en cuanto las ruedas despegaron del suelo neoyorquino, sentí un vacío desgarrador en el pecho, como si estuviera dejando atrás una parte vital de mi existencia que ni siquiera sabía que poseía. Durante las primeras horas del vuelo transatlántico, el silencio en la cabina fue absoluto. Tanto Lorenzo como yo estábamos sumergidos en nuestros propios infiernos mentales, sabiendo perfectamente por quiénes suspirábamos, aunque el orgullo mafioso nos impedía romper el hielo.

Finalmente, tras tres horas de vuelo y con un vaso de whisky en la mano, Lorenzo rompió la tensión.

—¿Qué piensas hacer realmente con Isabella, Nicolás? —preguntó, con una seriedad que rara vez le veía—. Es una niña. Falta mucho tiempo para que sea una mujer legalmente.

No quise darle explicaciones complejas que sonaran a debilidad.

—La voy a esperar, Lorenzo —respondí, mirando la noche eterna a través de la ventanilla—. Me prometí a mí mismo ser su sombra. La protegeré desde la distancia, aunque los años pasen y ella nunca llegue a elegirme como su hombre.

Mi amigo resopló, dando un trago largo a su licor antes de negar con la cabeza.

—Amigo mío... creo que finalmente te tocaron donde más te duele. Estás metido en esto hasta el cuello y no tienes una maldita salida.

—Tú no estás muy atrás, Lorenzo. Esa castaña te tiene de mal humor y con las defensas bajas, ¿o me lo vas a negar? —le reviré con una ceja alzada.

Él no lo negó. Simplemente desvió la mirada, sabiendo que nuestra realidad en Italia nos reclamaba y que no podíamos permitirnos flaquear ante los enemigos que esperaban un solo rastro de debilidad para atacarnos.

Los meses posteriores en Calabria fueron una completa tortura milimétrica. Mi regreso a la mansión familiar no pasó desapercibido. Mis padres, los antiguos Don de la familia, no tardaron en notar el cambio drástico en mi temperamento.

—Has vuelto con una mirada completamente distinta, Nicolás —me comentó mi madre una tarde en el jardín, mientras me observaba tomar el café—. Lo disimulas muy bien ante los soldados, pero yo te parí. Hay un brillo de posesión y melancolía en tus ojos que nunca antes había visto.

Agradecí internamente que no presionaran para obtener nombres, respetando el hermetismo de mi posición como Capo. Para mí, la única vía de escape eran los informes que Adam me enviaba religiosamente cada tres horas. Ver las fotos analógicas de su día a día me destrozaba y me reconstruía a la vez; cada día que pasaba la notaba más hermosa, más madura y segura de sí misma, aunque ante mis ojos protectores seguía luciendo tan frágil y pequeña como el día en que la sostuve en el parque.

Finalmente, llegó la fecha de su cumpleaños. Yo no estaba allí, y el hecho de estar a miles de kilómetros de distancia me puso de un humor insoportable; mis hombres evitaban cruzarse conmigo en los pasillos de la mansión para no sufrir las consecuencias de mi ira. Mi único momento de paz era cuando me encerraba en el despacho, abría el cajón bajo llave de mi escritorio y contemplaba su fotografía que atesoraba como mi posesión más valiosa.

Para esa fecha especial, mandé a diseñar una pieza de alta joyería exclusiva en Florencia: un collar de oro blanco con la silueta detallada de un ángel que custodiaba un diamante central de una pureza tan perfecta que parecía irradiar luz propia, idéntico a ella. Sabía perfectamente, gracias a los informes de Adam, que mia Luce no era una mujer materialista, por lo que me abstuve de enviarle autos o lujos excesivos que la hicieran rechazar mis obsequios por considerarlos un exceso grotesco de un desconocido.

La noche de su celebración, ordené a mis hombres en Nueva York que coordinaran un espectáculo masivo de fuegos artificiales que iluminó por completo el cielo sobre el río Hudson, justo a la hora de su cena familiar. El collar sería entregado de manera anónima en el restaurante donde cenaba con sus padres y su hermano Danilo, oculto estratégicamente en medio de un descomunal ramo de lirios, sus flores preferidas.

Miré el reloj de mi despacho, calculando la diferencia horaria con Nueva York, mientras el eco lejano de mis propios negocios resonaba en la mansión. «Feliz cumpleaños, mia Luce», pensé, cerrando los ojos. «Disfruta de tu juventud. Yo seguiré aquí, siendo tu sombra en el invierno, esperando el día en que finalmente pueda reclamar lo que el destino me prometió».

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