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Capítulo 3

Autor: Svaqq16
last update Fecha de publicación: 2026-04-07 09:48:23

—Quiero que firmes el acuerdo de divorcio. No, no, no… te lo exijo —Lena le aventó el lapicero en la cara—. Estoy harta de tus evasivas. De que me ignores.

—Te he dicho que te calmes. En este matrimonio hay muchas cosas en juego. La empresa, propiedades… yo no voy a firmar ese documento que solo te beneficia a ti.

—¿Pero si preferiste verme la cara de idiota y meterte con tu empleada? —Lena tomó la almohada del sofá y se la arrojó con fuerza en el rostro—. ¿Esa mujer lleva un año en el trabajo o menos?

Dimitri la atrapó en el aire. Hundió sus dedos en la tela y después la tiró al suelo.

—¡Me tienes harta, maldita sea! —alzó la voz. La vena de su frente se marcó.

Lena vio la máscara de autocontrol resquebrajarse. Ese era el Dimitri enojado.

—¿Y tú a mí no? Te crees el muy hombre y no tienes los huevos para decirme que estás con otra.

—¡Te he dicho que te calles!

—No me voy a callar. Tú no me mandas. ¡Maldito infeliz!

Las fosas nasales de Dimitri se ensancharon, posó ambas manos en los brazos delgados y frágiles de Lena.

—Si digo que te calles, te vas a callar, pequeña caprichosa de m****a.

—¡Me duele! —ella no exageraba, de verdad, su todavía esposo la sujetaba con demasiada fuerza.

—Por eso lo hago. Te la has pasado rompiéndome las bolas con tus dramas baratos. Sí te fui infiel y eso no es ningún maldito crimen.

—Idio… —antes de que pudiera terminar la frase, Dimitri apretó el agarre.

—¿De verdad crees que podría soportar tu horrible carácter? Eres una cotorra insoportable, solo sabes hablar de ti y ponerte a pedir cosas absurdas. Necesitaba por unas horas estar con una mujer de verdad.

Lena tiró de sus brazos en un intento de zafarse de él.

—Eres un canalla.

—¿Y tú qué eres? —le preguntó con burla en la voz—. Una estúpida consentida sin cerebro.

Lena sintió eso como un golpe bajo.

Sin embargo, en lugar de ponerse a llorar o lamentarse, soltó una carcajada de lo más cínica.

—¿Y tú? Eres un fraude andante. ¿De qué sirven tus casi dos metros? Para la cama eres tan simple y desabrido.

Dimitri sonrió de lado.

—Eso lo dices por ardida. ¿No será que la simple y desabrida eres tú? —soltó su agarre.

Lena se acarició el brazo. Sin bajar la cabeza, sin mostrar el miedo que le revolvía el estómago.

Alzó la barbilla y se plantó frente a él.

—Me sentiría fatal si me hubieras “reemplazado” por alguien que tuviera la mitad de lo que yo tengo. Pero te buscaste una perdedora. Una mujer insignificante y ruin como tú. Que no le importa estar con un tipo con esposa.

—Justo por eso la elegí a ella. Dices que eres mejor, pero sincérate, Lena: estás seca por dentro, y un reflejo de eso es que ni siquiera puedes quedar embarazada.

Lena se quedó quieta por unos segundos. La vista enfocada en la nada, las cejas demasiado juntas.

Dimitri la vio en sus momentos más oscuros. Él sabía lo mucho que sufría en cada in vitro. Cada vez que pasaba por el proceso de hormonas.

El llanto que seguía entre cada prueba de embarazo negativa.

Y ahora, como si no importara nada, usaba ese tema tan delicado y doloroso para hacerla sufrir.

Todo se volvió negro.

El sonido de la cachetada resonó en la sala de la casa. La mano de Lena ardía.

Dimitri tensó la mandíbula, la respiración se le aceleró y, con la paciencia al límite, le devolvió la bofetada.

Lena perdió el control de sí misma. Se abalanzó sobre él. Dimitri la empujó, sin usar mucha fuerza.

Ella cayó al suelo y los oídos le zumbaron.

Nunca creyó que algo así le pasaría.

Hace tres días su vida era “perfecta”.

Tenía un marido guapo, detallista, que se derretía al verla.

Estaba a punto de terminar su tercer tratamiento in vitro y con toda la esperanza de que esta sí saliera positiva.

Ahora su mundo caía a pedazos y solo le quedaba una mejilla adolorida.

Ella buscó su bolsa.

—Lena, tú iniciaste toda esta m****a —Dimitri apretó los puños. Luchaba consigo mismo por recuperar el control.

A Lena le tomó medio minuto encontrar su teléfono celular.

—Ven —susurró con el móvil al oído—. Necesito que estés aquí.

Dimitri le arrebató el aparato. Al ver la pantalla reconoció el número de inmediato. Sin decir nada, cortó la llamada.

—Este es un asunto de nuestro matrimonio, ¿por qué metes a ese hijo de puta? —Dimitri azotó el teléfono contra el suelo—. ¿Cuántas veces tengo que repetir que me molesta que hables con ese maldito gigoló?

—Lo que te molesta no es mi asunto —Lena no vaciló ni un poco.

—Te repito que no voy a perder todo lo que he trabajado con tanto esfuerzo por tus cursilerías —se masajeó la mejilla bruscamente—. Así que piénsalo. O hacemos que nada pasó y sigues en tu burbuja rosa, o cedes a lo que es mío. Me entregas la mitad de todo y el setenta por ciento de la nueva empresa.

—Nunca. Jamás voy a dejar que te quedes con mis negocios. Ni una migaja. Todo eso es mío.

—Yo he trabajado hasta el cansancio. Me partí el lomo por levantar los negocios y ahora me dices que no me darás ni la mitad —soltó una carcajada sin humor—. No me dejas opción, te voy a quitar todo.

—Eso lo vamos a ver.

Dimitri se quitó el saco, lo aventó al sofá y se metió a su cuarto. Tenía reuniones que atender y ni su insoportable esposa lo detendría.

Veinte minutos después salió del cuarto con el cabello húmedo. Un traje limpio y la boca le olía a menta.

Frunció el ceño al darse cuenta de la persona que había llegado a invadir su sala.

—¿Qué haces aquí? —Él mostró su descontento; a esa altura no le importaban los modales.

—¡Eso a ti que te importa!

—Esta es mi casa.

—Yo le dije que viniera a ayudarme.

—¿Ayudarte? Pensé que eras capaz tú sola. Ah, olvidé lo mucho que te encanta exagerar y ser el centro de atención.

—Deja de decir estupidez —Alán tenía los ojos entrecerrados—. Te aprovechas de Lena porque estaban aquí solos.

—¿Aprovecharme? Ja, me extraña que no te eches a reír. Tú más que nadie sabes que esa mujer es todo menos indefensa —Dimitri miró su reloj de pulsera—. Todo lo que hice fue en defensa propia.

Alán parpadeó, incrédulo. Giró la cabeza ahora en busca de señales de agresión en el cuerpo de Lena.

Se encontró con las manos de esa bestia marcadas en la piel de ella.

El corazón de Alán golpeó sus costillas.

—¿Qué le hiciste?

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