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SWINGER

Autor: Escarlata
last update Data de publicação: 2026-07-15 14:22:52

Capítulo 2

Entramos a una habitación. Yo estaba temblando. Era un lugar lujoso, decorado con rosas y una botella de champán sobre la mesa. Con gentileza, me sirvió una copa.

—¿Por qué vienes a este tipo de lugares? Es pecaminoso —le dije con la voz temblorosa mientras bebía un sorbo.

—Pecado es lo que te hace tu esposo —sonrió—. ¿Alguna vez te pregunta qué te gusta? ¿Cómo te sientes?

Tomó una fresa de la mesa. Todo parecía preparado para una noche de romance, para una noche pasional, con juguetes sexuales en la habitación, estaba muy asustada.

—No... Él solo... No quiero hablar de eso. —Me senté en la cama. Él tomó asiento a mi lado.

Se quitó el saco y me puse nerviosa, sin saber qué iba a pasar. Sin embargo, en lugar de acercarse, lo colocó sobre mis hombros para cubrirme del frío. Entonces vi el imponente tatuaje de un dragón que recorría su brazo, tan majestuoso como él.

—No va a pasar nada que tú no quieras. Te quité la manilla para que fueras tú quien eligiera. Pero, si estás arrepentida, podemos simplemente aprovechar la habitación para conversar.

No podía creer que un hombre como él, con ese porte y esa elegancia, pudiera ser tan gentil. Creo que hacía mucho tiempo nadie me hablaba de esa manera.

—Gracias. No sé si está bien que esté aquí. Diego me hizo mucho daño, pero no sé si yo sería capaz de hacer lo mismo. —Suspiré.

Me sentía como una estúpida, intentando encajar en un lugar al que claramente no pertenecía, mi madre siempre me enseñó que el sexo era pecado, cuando murió y quede a cargo de papá, ese tipo de temas no se tocaban, yo era su niña.

—No eres estúpida. Solo quieres abrir una puerta que nunca te permitieron cruzar. Hay dos posibilidades: puede ser algo maravilloso o puede ser aterrador. Pero la única que decide si vale la pena correr el riesgo eres tú. —Sonrió.

Durante varios minutos hablamos del lugar, de mi matrimonio y de lo desgraciados que podían llegar a ser ellos. En ese corto tiempo, aquel desconocido del tatuaje de dragón logró comprenderme mucho más que mi propio esposo en meses.

—¿Quieres que nos vayamos? Puedo llevarte a casa. —Se disponía a quitarse el antifaz cuando ambos fuimos interrumpidos.

Desde la habitación contigua se escuchaban los intensos gemidos de una mujer. Casi parecían gritos. Reconocí su voz de inmediato, al igual que la risa. Era Clara, suplicándole a Diego que no se detuviera.

Me paralicé cuando escuché la voz de otra mujer. Los malditos estaban haciendo un trío con alguien más.

Pensé en todas las veces que me había acostado con él sin protección porque era mi esposo. ¿Y si ni siquiera se cuidaba? ¿Cuántas veces había puesto en riesgo mi salud?

—Vámonos. No tienes por qué escuchar esto. —Él tomó mi mano y me sacó de la habitación.

Seguía temblando. De rabia. De impotencia, eran unos malditos infelices.

¿Qué había ganado siendo la esposa perfecta? ¿Esforzándome por ser una mujer intachable?

Lo detuve antes de que llegáramos a la puerta y lo besé.

—Quedémonos. Ellos ya no me importan. Si ellos pueden hacerlo, yo también tengo derecho a vivir esto. —Tomé una copa de champán y la bebí de un solo trago antes de volver a besarlo.

Él me miró con seriedad.

—¿Estás segura? No quiero que mañana despiertes arrepentida.

Lo sostuve de la mirada.

—Me voy a arrepentir mucho más si no sigo adelante.

Él me miró con una intensidad que me derritió por dentro. Sus ojos, oscuros y profundos bajo el antifaz, parecían leer cada uno de mis deseos. Respondió a mi beso con lentitud. Me sentí segura, deseada de una forma que nunca había experimentado.

Me guio de nuevo hacia la cama y se arrodilló frente a mí. Sus manos subieron por mis piernas con caricias, mientras levantaba mi vestido.

—¿Estás segura? —susurró, mirándome a los ojos—. Dime qué quieres esto una vez más.

Asentí, con el corazón latiéndome con fuerza.

Cuando su boca bajo entre mis muslos, contuve la respiración. Su lengua me rozó con una delicadeza que me hizo temblar. Un gemido escapó de mis labios. Era una sensación nueva, cálida, húmeda y electrizante.

—¿Te gusta así? —murmuró contra mi piel, sin detenerse—. Dime cómo lo quieres.

—Sí… justo así —logré responder, arqueándome ligeramente—. Es… increíble, sigue así... Suave...

Nunca había sentido algo parecido. Con Diego, todo era frío y mecánico; yo nunca alcanzaba el orgasmo. Pero este desconocido me exploraba con paciencia, alternando caricias con movimientos más intensos. Sus manos sostenían mis caderas con ternura.

—Dime todo lo que sientes —pidió, levantando la mirada un segundo.

—No pares… por favor —supliqué, perdida en el placer que crecían dentro de mí.

Me moje una y otra vez, hasta que un orgasmo suave me lleno, haciéndome temblar. Pero él continuó.

Cuando se incorporó, se quitó la camisa lentamente, revelando su cuerpo de Adonis, Se acostó a mi lado y me abrazó, besando mi cuello.

—Ahora… voy a continuar —dijo con voz ronca—, ¿quieres que use protección? 

Lo miré, aún recuperando el aliento. Sentía una confianza absoluta en él.

—¿Puedo confiar en ti? —pregunté en un susurro.

—Sí. No tengo ninguna enfermedad. Y es la primera vez en mi vida que lo hago sin condón con una desconocida. Pero contigo… quiero sentirte, si tú también lo deseas.

—Quiero sentirte. Todo de ti —respondí, atrayéndolo hacia mí.

Me penetró con una delicadeza, entrando poco a poco, dándome tiempo para adaptarme. La sensación de plenitud fue espectacular, tan diferente a todo lo que había conocido. Sus movimientos eran suaves y profundos, sus manos recorrieron mi cuerpo.

—¿Estás bien? ¿Quieres que vaya más lento? —preguntó, besándome con ternura.

—Así… está perfecto —susurré.

Pero algo se despertó en mí. El placer creció hasta volverse una droga. Empecé a moverme contra él con más fuerza. Mis caderas se encontraron con las suyas en un ritmo cada vez más salvaje. Lo besaba con pasión, mis uñas recorrian su espalda.

Esto es lo mejor que he sentido en mi vida, estaba perdida en el éxtasis, me sentía volando… como si mi cuerpo entero estuviera vivo por primera vez.

Mis gemidos se volvieron más duros. Me sentía poderosa, salvaje, disfrutando como nunca había disfrutado. Él respondía a cada uno de mis impulsos, sosteniéndome con fuerza.

—Voy a… no puedo más —jadeé, sintiendo cómo el orgasmo estaba por llegar.

—Liberate —susurró contra mi oído—. Quiero sentirte.

Explote en un orgasmo tan intenso que me hizo arquearme y gritar de placer. Mi cuerpo se contrajo alrededor de él, llevándolo al límite, toque el cielo.

—Dentro… por favor —supliqué, mirándolo a los ojos mientras temblaba

Con un último movimiento, se derramó dentro de mí, gimiendo contra mi cuello. Nos quedamos abrazados, respirando agitados.

Pero el momento no duró mucho, escuché golpes en la puerta, me cubri con la sabana al escuchar la voz de Diego.

—¡Abreme Alejandra! Ya te escuché, conozco tus gemidos.

—Mi esposo —titubee mientras el cuerpo me temblaba de placer y miedo.

El desconocido me pidió que me ocultara en el baño, abrió la puerta mientras yo escuchaba todo.

—¡Vete de aquí! —le dijo a Diego furioso.

—¡¿Dónde está mi mujer!? —le dijo Diego fuera de sus cabales.

—¿Tu sabes quién soy yo? —le dijo el desconocido —Soy, Vicent Salvatore, Don de la cosa Nostra en Nueva York ¿Quieres está pelea?

Abrí los ojos, el desconocido, el hombre que me llevo al placer infinito era el jefe de la mafia.

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