FAZER LOGINTraicionada por su esposo y por su propia familia, Alejandra entra a un exclusivo club swinger decidida a descubrir la verdad. Allí conoce a un misterioso hombre enmascarado que le muestra una libertad y una pasión que jamás había experimentado. Pero lo que parecía ser una única noche cambiará su vida para siempre cuando descubra que él es Vicent Salvatore, un poderoso mafioso con quien el destino volverá a cruzar su camino.
Ver maisCapítulo 1
POV Alejandra Sandoval
Me casé por amor a los veinte años. Pensaba que había elegido a mi príncipe azul. Diego Rodríguez era la mano derecha de mi padre, y él confiaba plenamente en él.
Viviamos una historia de amor tierno, el no era millonario, pero era muy inteligente y se que eso vio papá cuando lo eligió, y eso vi yo cuando lo ame, la hija de un poderoso industrial, eligia a un hombre humilde pero trabajador como su esposo.
Pero, después de tres años de matrimonio, descubrí que no era el hombre que había imaginado. Era orgulloso, arrogante y vanidoso de su inteligencia. Cuando mi padre enfermó gravemente, Diego asumió la presidencia de las empresas. Lo que debía ser el inicio de su gran carrera también marcó el principio del fin de nuestra relación.
Nuestro matrimonio era un error. Me entregué a él por completo, pero nunca llegué a sentir verdadero placer. Todo sucedía demasiado rápido; él solo buscaba satisfacer sus propios deseos, mientras yo me sentía más como una muñeca inflable que como su esposa.
—¡¿Qué acabas de decir?! —me gritó con furia cuando, con la esperanza de salvar nuestro matrimonio, le confesé lo que sentía.
—Nunca he sentido un orgasmo cuando hacemos el amor —agaché la cabeza, avergonzada de expresar por primera vez lo que ocurría con mi sexualidad.
Me sujetó del brazo con fuerza y me arrojó al suelo. En sus ojos podía ver una rabia feroz, como dos llamaradas que amenazaban con consumirme.
—¡Una mujer decente jamás diría algo así! —me tomó del cuello. Creí que iba a asfixiarme, pero terminó soltándome—. Esta humillación nunca te la voy a perdonar.
Desde ese día cambió. Se volvió más frío, más distante y descarado. Coqueteaba con otras mujeres delante de mí sin el menor remordimiento. Toda la élite social sabía que me era infiel y ni siquiera se molestaba en ocultarlo.
Un par de meses después, mi padre murió. En su testamento dejó a Diego como albacea y administrador de todos mis bienes. Desde entonces, el control que ejercía sobre mí fue aún peor.
Tenía unos celos enfermizos. Me vigilaba constantemente y hasta me obligaba a vestir como una anciana que va a la iglesia los domingos.
Le pedí el divorcio en varias ocasiones, pero estaba atrapada entre sus manos ya que manejaba mi herencia.
Mi único refugio era Lorena, la única amiga que Diego me permitía frecuentar, únicamente porque era hija de uno de los socios más antiguos de mi padre.
—¡Es un idiota! —me dijo una tarde, mientras tomábamos café—. No quería decírtelo, pero toda la ciudad sabe que te engaña.
Asentí en silencio. Desde aquella discusión había notado el cambio en él. Ya lo sabía, y lo peor era que había terminado aceptándolo como parte de mi realidad.
Lorena me tomó de los brazos y me obligó a mirarla a los ojos.
—Te engaña con tu prima, Clara.
Aquellas palabras me quemaron el alma. Clara era como mi hermana. Las dos habíamos crecido bajo el cuidado de mi padre desde que sus padres murieron en un accidente. Su traición no tenía límites.
—¿Estás segura, Lorena? —pregunté con la voz temblorosa. Sentía como si esa noticia hubiera recorrido mi cuerpo como una descarga eléctrica, obligándome a despertar.
Lorena me sirvió un vaso de whisky. Sabía que necesitaría algo más fuerte para escuchar el resto.
—Los han visto juntos en un lugar muy peculiar —dijo después de tomar aire—. Es un club swinger. Van una vez al mes. Es un sitio muy exclusivo al que solo pueden entrar personas con tarjeta negra.
Sacó de su bolso una manilla de invitación y me la entregó. Lorena siempre había sido más liberal. Le gustaba experimentar y disfrutar la vida y de su sexualidad según ella con la misma libertad con la que, lo hacían los hombres.
Con las manos temblorosas recibí la manilla.
—Tengo que irme. Debo organizar una cena de beneficencia.
Intentó detenerme, pero ya no quería seguir allí. Caminé hasta mi casa con las piernas temblando y el corazón hecho pedazos.
Al llegar, entré al estudio de Diego. Revisé su escritorio y encontré, bajo llave, una invitación idéntica a la de Lorena, junto con otra manilla que llevaba el nombre de Clara.
Todo era cierto. La verdad estalló frente a mis ojos.
Mi esposo me engañaba con mi propia prima y ambos frecuentaban ese tipo de lugares.
Tomé una botella de vodka del bar y me encerré en la habitación para beber.
Un par de horas después lo escuché llegar. Entró al estudio y salió apresurado con un antifaz negro en la mano. Le escribí a Clara preguntándole si podía venir a verme, pero inventó una excusa tan barata como todas las anteriores.
Completamente ebria, me puse un vestido de gala. Después de beber una jarra de café para despejarme un poco, tomé la invitación y la manilla. De camino compré un antifaz negro. No quería que nadie me reconociera. Necesitaba ver con mis propios ojos de qué eran capaces.
La fiesta estaba rodeada de lujo y extravagancia. Era evidente que allí se reunían personas muy poderosas, tanto de la élite de la ciudad como del bajo mundo.
—¿Es nueva? ¿Conoce las reglas? —preguntó un hombre alto, vestido de traje, que recibía a los invitados.
Negué con la cabeza.
—Si alguien le quita la manilla y usted hace lo mismo, ambos podrán ir a cualquiera de las habitaciones. Aquí nadie pregunta nombres. Las máscaras nunca se quitan. ¿Entendido?
Asentí y entré con las manos temblorosas, buscando entre tantos rostros ocultos a Diego y a Clara.
No tardé en encontrarlos.
Reconocí la risa estridente de mi prima antes de verla. Llevaba un brillante vestido rojo, el mismo color que siempre elegía cuando quería ser el centro de atención.
Entonces Diego se acercó a ella y la besó con una pasión que jamás había tenido conmigo.
Sentí que el alma se me rompía.
Ya no lo amaba. Ese sentimiento había muerto hacía mucho tiempo. Pero ellos eran la única familia que me quedaba... y me estaban traicionando.
Intenté retroceder, pero tropecé con un hombre alto, musculoso, que llevaba un elegante antifaz plateado. El contenido de mi copa terminó sobre su traje.
—¿Estás bien, preciosa? —preguntó con un marcado acento italiano.
—Lo siento... Yo... —No pude contener el llanto.
Se comportó como un verdadero caballero. Me sujetó con delicadeza por la cintura y me llevó hasta un balcón del segundo piso para que pudiera tomar aire.
—¿Encontraste a alguien que no querías ver? —preguntó con una leve sonrisa.
—Me encontré con mi realidad. Descubrí que soy una estúpida. Dejé todo por él, le entregué cada parte de mí... Maldita sea, ni siquiera he sentido un orgasmo a su lado —solté sin pensar. Enseguida me quedé paralizada—. Lo siento. No debí decirle todo eso. Seguro tiene cosas más importantes que hacer.
Intenté marcharme, pero él me sostuvo suavemente del brazo. Desprendía un aroma intensamente masculino que iba mucho más allá de su perfume.
—Déjame entender —dijo con una sonrisa ladeada—. El idiota de tu marido está aquí con su amante, ni siquiera sabe cogerte bien... ¿y tú eres la que piensa huir? —Guardó silencio unos segundos antes de añadir —Desde hoy vas a ser otra mujer.
Me quitó la manilla y luego extendió la mano hacia mí, esperando mi decisión.
Nunca imaginé que, incluso en algo tan íntimo, yo pudiera elegir. Durante años solo había hecho lo que Diego quería.
Con la mano temblorosa... tomé la manilla que él me ofrecía.
Capítulo 72Pasé buena parte de la noche mirando las fotografías que el detective me había enviado. Camila entrando a la propiedad. Anastasia llegando poco después. Las dos en el mismo lugar, un día antes de mi parto. Cada vez que intentaba convencerme de que podía existir una explicación, volvía a recordar todo lo que ocurrió después y las coincidencias dejaban de parecer inocentes.A la mañana siguiente decidí que no podía seguir investigando únicamente desde lejos. Necesitaba mirar a Anastasia a la cara y escuchar lo que tenía que decir cuando le hiciera las preguntas correctas. No pensaba mostrarle las fotografías ni acusarla de nada. Solo quería comprobar si su versión podía sostenerse cuando no tuviera tiempo para preparar una respuesta.Utilicé a Dante como excusa para regresar a la mansión Salvatore. Aún quedaban documentos médicos y algunas pertenencias suyas allí, así que nadie podía cuestionar mi presencia. Cuando llegué, uno de los empleados me hizo pasar y me informó que
Capítulo 71Permanecí allí hasta que la enfermera entró para revisar sus medicamentos.Después regresé a casa.El detective me llamó cuando acababa de llegar.Respondí inmediatamente porque llevaba todo el día esperando información nueva sobre la visita de Camila a aquella propiedad.—Encontramos algo relacionado con la fotografía que le enviamos —explicó mientras su tono dejaba claro que no se trataba de un dato menor—. Conseguimos revisar otros fragmentos de las grabaciones del lugar y pudimos identificar a la persona con quien Camila se reunió ese día.Me quedé quieta en medio de la habitación mientras sentía que el corazón comenzaba a acelerarse. —Quiero saber quién fue y cuánto tiempo estuvieron juntas. No quiero suposiciones ni nombres basados en una imagen borrosa. Necesito que estén seguros antes de decírmelo —pedí mientras apretaba el teléfono entre los dedos.El investigador respiró antes de responder. —La reunión duró aproximadamente una hora. Camila llegó primero y la otra
Capítulo 70Dos días después, el ataque de Camila llegó por otro lado.Mi secretaria entró a la oficina con una expresión seria y colocó una tableta frente a mí.—Hay varias publicaciones y comentarios circulando entre algunos contactos de las familias —explicó mientras señalaba diferentes mensajes—. Dicen que usted está utilizando el estado del señor Dante para presentarse nuevamente como su esposa y ganar reconocimiento dentro de la organización.Sentí que la rabia apareció de inmediato.Seguí leyendo.Afirmaban que había trasladado a Dante únicamente para utilizar su apellido y su condición frente a las familias. Algunos incluso insinuaban que mi interés en entrar a los negocios de la organización dependía de seguir presentándome como la mujer de un Salvatore.Dejé la tableta sobre el escritorio.—¿Sabemos de dónde salió? —pregunté mientras intentaba mantener la voz tranquila y repasaba mentalmente quién conocía detalles del traslado.Mi secretaria negó con la cabeza. —Todavía no.
Capítulo 69Camila abrió los labios, pero tardó en responder.—Lo dijiste mirándome de esa forma porque querías provocarme —se defendió mientras recuperaba parte de su arrogancia—. Sé perfectamente cómo funcionan tus juegos desde que regresaste.Me acerqué un poco más, cuidando que nadie pudiera escuchar con facilidad. —Entonces no deberías caer en ellos tan rápido. Te estás poniendo nerviosa por una fotografía que supuestamente no tiene ninguna relación contigo —respondí mientras sostenía su mirada—. Quizá deberías aprender a controlar mejor tus reacciones.Camila tomó su bolso de la barra y me lanzó una mirada llena de odio. —No sabes con quién estás jugando, Alejandra. Entraste en un mundo que no entiendes y sigues creyendo que el dinero de tu padre va a protegerte de todo —advirtió mientras intentaba pasar junto a mí.Me hice a un lado.—Durante mucho tiempo no tuve dinero, poder ni aliados y aun así sobreviví. Ahora tengo las tres cosas —respondí mientras la veía alejarse—. Eso d












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