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Capítulo 9: El heredero.

last update publish date: 2026-08-07 23:54:16

Los días siguientes se convirtieron en una rutina que Violet nunca imaginó.

Las noches eran intensas. Cada vez que la luz se apagaba y la luna entraba por los ventanales, algo cambiaba entre ellos. La atracción era magnética, imparable. No había necesidad de palabras. Solo gestos, miradas, caricias que se volvían más profundas con cada noche que pasaba. Sus cuerpos se buscaban como si fueran dos imanes que no podían evitar encontrarse. Ella sentía que se deshacía bajo sus manos, que se perdía e
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    Mateo la besó con una intensidad que la dejó sin aliento. Sus manos recorrían su espalda, su cintura, sus caderas, atrayéndola más hacia él. La oficina estaba en silencio, solo roto por el sonido de sus respiraciones entrecortadas y el susurro de la tela contra la tela. Cada vez que Mateo la tenía así, Victoria se dejaba llevar, siempre perdía el control. Y esa vez, iba a ser la excepción.Se separó del beso con un movimiento brusco, y lo empujó contra el sofá. Mateo cayó sentado, sorprendido, con los ojos abiertos de par en par. Victoria lo miró desde arriba, con una sonrisa que era pura malicia. Sus ojos color miel brillaban con una intensidad que helaba la sangre. Y su cuerpo, aún vestido con el traje de chaqueta y pantalón, se movía con una gracia que lo dejaba sin aliento.—Hoy mando yo —dijo, con voz firme. No era una pregunta. Era una orden.Mateo abrió la boca para responder, pero Victoria no lo dejó hablar. Se subió sobre él, con las piernas a cada lado de sus caderas, y lo m

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    Victoria seguía sentada en el sofá de cuero, con los brazos cruzados y la mirada fija en la ventana. El silencio entre ellos era denso, cargado de cosas no dichas. Mateo la observaba desde el otro lado de la oficina, sintiendo que la tensión flotaba en el aire como una nube eléctrica. Sabía que ella estaba molesta. No necesitaba preguntarlo. Lo veía en la rigidez de sus hombros, en la forma en que apretaba los labios, en la manera en que evitaba mirarlo. Y eso, lejos de apagarlo, lo encendía más. Porque Victoria, incluso enojada, era la mujer más hermosa que había visto en su vida.Se acercó lentamente. Paso a paso. Hasta que estuvo lo suficientemente cerca para sentir el calor que emanaba de su cuerpo. Podía oler su perfume. Un aroma suave, floral, que se le metía en los sentidos y lo volvía loco.—Estás celosa —dijo, con una sonrisa en la voz. No era una pregunta. Era una constatación.Victoria giró la cabeza de inmediato. Sus ojos color miel brillaban con una intensidad que helaba

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    Victoria y Mateo terminaron de recorrer la empresa. Habían pasado horas caminando por los pasillos, hablando con los empleados, escuchando sus preocupaciones, tomando notas de todo lo que necesitaban mejorar. Victoria estaba satisfecha. Por primera vez en mucho tiempo, sentía que estaba haciendo algo importante. Algo que valía la pena. Algo que cambiaba vidas.Mateo la observaba de reojo, sintiendo que el corazón se le llenaba de admiración. Verla hablar con los empleados, verla escuchar con atención, verla prometer soluciones, le recordaba por qué se había enamorado de ella. Por qué la había buscado durante cinco años. Por qué no podía vivir sin ella.Cuando terminaron, caminaron hacia la oficina de Fernando Beltrán. Pero ya no sería la oficina del padre de Mateo. Ahora iba a ser la oficina de Victoria Montgomery. La oficina que Victoria había exigido para sí misma y que habían tenido que quitarle a su suegro para cumplir su deseo. Al entrar, Victoria sonrió. Le gustaba esa oficina.

  • Usada por el CEO: Ahora él ruega mi perdón.   Capítulo 109: La reina y el rey

    Mateo se puso de pie lentamente. La sala de juntas estaba en silencio, todos los directivos aún sentados, con los rostros pálidos y las carpetas de sus secretos esparcidas sobre la mesa de caoba. Mateo miró a Victoria, que seguía de pie frente a su padre, con la barbilla en alto y la mirada encendida.—Eso es todo por hoy señores, querían a mi esposa, pues allí la tienen. —dijo Mateo, con voz firme y clara, lo suficientemente alto para que todos en la sala lo escucharan—. Es una mujer fuerte y admirable, la apoyaré en todo. Victoria lo miró, y por un momento, sus ojos color miel se suavizaron. Solo un momento. Un instante. Luego, volvieron a ser los mismos ojos fríos y calculadores de siempre. Pero en ese instante, Mateo supo que sus palabras habían llegado a ella. Que habían tocado algo profundo. Algo real.Victoria asintió, y luego se giró hacia la puerta. Caminó con la espalda recta, la barbilla en alto, y una sonrisa que era puro triunfo. Sus tacones resonaban en el suelo de márm

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    El silencio que siguió fue denso. Todos los presentes miraron a Victoria, esperando su reacción. Mateo apretó los puños, dispuesto a intervenir. Pero Victoria levantó una mano, pidiéndole silencio. Y Mateo obedeció. Porque confiaba en ella. Porque sabía que ella no necesitaba que nadie la defendiera.Victoria miró a Gustavo largamente. Sus ojos color miel brillaban con una intensidad que helaba la sangre. Pero no había rabia en ellos. Había algo más. Algo que se parecía a la lástima. A la superioridad. Al desprecio de quien sabe que es mejor que su oponente.Por dentro, sin embargo, la rabia le hervía en las venas. Sentía que la sangre le quemaba. Que el corazón le latía con fuerza. Que las manos le temblaban. Quería gritar. Quería romper algo. Quería arrancarle la cara a Gustavo Herrera. Pero no podía. No frente a ellos. No frente a su padre. No frente a nadie. Así que respiró hondo, y sonrió. Una sonrisa fría, calculada, que helaba la sangre.—Señor Herrera —dijo, con voz fría pero

  • Usada por el CEO: Ahora él ruega mi perdón.   Capítulo 107: Sangre en el agua

    Fernando Beltrán se quedó solo en el pasillo, con los puños apretados y el rostro enrojecido por la rabia. Pero no se movió. No entró a la reunión. No los siguió. En cambio, se giró lentamente y caminó hacia su oficina, cerrando la puerta detrás de él con un golpe sordo que resonó en todo el piso. El eco del golpe se desvaneció en el silencio, pero la tensión quedó flotando en el aire como una niebla tóxica.Se sentó en su silla de cuero, frente a la mesa de caoba, y esperó. Sabía que el sobre iba a llegar. Lo había ordenado esa misma mañana. Y su investigador privado nunca fallaba. Nunca. En todos los años que llevaba trabajando para él, jamás había entregado un informe incompleto. Jamás había dejado un cabo suelto. Jamás había decepcionado a Fernando Beltrán.Pasaron quince minutos. Alguien golpeó la puerta. Tres golpes secos, precisos, como los de alguien que sabe que su presencia es esperada.—Adelante —dijo Fernando, con voz fría.Un hombre de traje oscuro entró, con un sobre gru

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