LOGINEl guardia cerró la puerta detrás de mí y me encontré en una lujosa sala de reuniones. Como era habitual en el Cubo, había muchas ventanas que daban al jardín interior a mi izquierda. Tres pantallas planas enormes en la pared al otro extremo de la puerta, un aparador a lo largo de la pared lateral opuesta a las ventanas, con dos cafeteras y todo lo necesario para servirse una infusión, fuera té o café.
En el centro de la habitación había una mesa ovalada de cristal grueso con seis sillas giratorias tapizadas cuero negro. No había asientos adicionales. Si estabas allí, era para sentarte en la mesa principal.
Dos hombres me esperaban. Uno estaba sentado a la mesa, de cara a las ventanas con una laptop abierta ante él, mientras el otro estaba de pie junto a la ventana más alejada, mirando hacia afuera con las manos en los bolsillos. Noté una tablet y un teléfono al otro lado de la mesa. Seguramente pertenecían al hombre junto a la ventana.
El código de vestimenta de la empresa era relajado en la planta baja. Todos estábamos autorizados a usar jeans y tenis si queríamos, pero se ponía más formal a medida que subías de piso. Nunca había visto nada más que pantalones de vestir y camisas de manga larga para los hombres en el segundo piso, y faldas con zapatos para las mujeres. Era vox populi que en el tercer piso sólo había Armani y Prada. Estos hombres parecían confirmar la leyenda con sus trajes impecables. Afortunadamente, ese día yo llevaba mis pantalones de vestir, sandalias y una blusa de manga corta, porque hacía demasiado calor para mis jeans.
El hombre sentado en la mesa me hizo señas de que me acercara. Obedecí preguntándome de nuevo qué demonios estaba haciendo allí. Tenía un mal presentimiento. Como si estuviera esperando malas noticias.
—¿Vera Walsh? —preguntó el hombre sin alzar la vista de su computadora.
—Sí, señor —murmuré.
Me enfrentó alzando una sola ceja, sin el menor rastro de simpatía.
—O, ¿debería decir Verónica Walton?
Me quedé de una pieza, sintiendo cómo mi corazón se hundía en mi estómago, que se revolvía como si quisiera vomitar, y el aire en mis pulmones se hacía escaso. La falta de respuesta hizo que el hombre de la ventana se acercara a la mesa. Era alto, con el pelo castaño, facciones angulares y una mandíbula tan afilada que parecía esculpida en piedra. Sus ojos de un azul intenso se clavaron en los míos con una fría intensidad que me hizo estremecer al reconocerlo.
¿Salomon Ellis? ¡Big Sallie! ¿Qué hacía el mismísimo CEO en la misma habitación que yo?
Tomó la tablet y pareció compararme con algo en ella antes de mostrármela. Me temblaron las rodillas cuando vi la foto de mi prontuario en pantalla.
—Ésta eres tú —dijo, afirmación, no pregunta.
No había forma de negarlo. Ésa era mi yo el año pasado, los ojos hinchados y las mejillas arreboladas de llorar. Me quedé mirando mi propia cara mientras el otro tipo leía de su computadora.
—Fuiste sentenciada a 90 días de cárcel y dos años de libertad supervisada en East Aurora, Nueva York, por una colisión mientras conducías alcoholizada que resultó en heridas leves en las víctimas. El fiscal del condado de Erie te autorizó a mudarte a California hace ocho meses
Tragué con dificultad, escuchando esas palabras directamente de mi prontuario, incapaz de apartar la vista del CEO, que seguía mirándome como si quisiera leer en mi alma mientras se acercaba desde la mesa.
—Sabías que no aceptamos empleados con antecedentes, de modo que te conseguiste una identificación falsa antes de solicitar trabajo. —Dio tres rápidos pasos para detenerse a solo unos centímetros de mí, sus ojos azules ardiendo de ira—. Y apenas te sentiste cómoda, te pusiste de acuerdo con tu amiguita para estafarme.
—¿Qué? —exclamé confundida—. ¿De qué hablan?
—De Steffi Peterson —respondió el otro desde la mesa.
—¿Qué? ¿Qué hay con ella?
—Habrás notado que hoy no vino a trabajar. Es porque sabe que descubrimos su e****a y se fugó. La policía la está buscando en este mismo momento.
Me quedé mirándolos boquiabierta. Tenía que ser un error o una pesadilla. No había forma de que todo esto fuera real.
—Encontró cómo ingresar en el proceso de transacciones, y durante los últimos meses se dedicó a robarse unos pocos centavos de cada comisión que cobramos, desviándola hacia su propia cuenta.
—Imposible —musité—. Tiene que ser un error.
—Un error de medio millón de dólares —masculló Big Sallie iracundo.
Lo enfrenté con ojos desorbitados, hasta que reparé en un detalle que no tenía sentido.
—¿Y yo que tengo que ver con todo eso?
—Peterson hizo todos los movimientos fraudulentos con tu usuario —respondió el otro, mientras Big Sallie me daba la espalda bruscamente para regresar hacia la mesa, los puños apretados y los hombros envarados, tratando de serenarse un poco.
—¿¡Qué!? —exclamé estupefacta.
—Sabemos que no fuiste tú —gruñó Big Sallie, todavía dándome la espalda.
—Todos los desvíos se hicieron después de tu horario de trabajo, y grabamos su pantalla mientras hacía los últimos —explicó el otro con frialdad—. Pero aún queda ver si utilizó tu usuario con o sin tu consentimiento.
—¡Por supuesto que lo hizo sin mi consentimiento!
Big Sallie giró una vez más hacia mí, y su expresión endurecida iba a tono con la frialdad del otro.
—¿Sí? ¿Y por qué le creeríamos a alguien que utilizó una identidad falsa para ocultar sus antecedentes criminales?
Retrocedí por instinto, sintiéndome repentinamente acorralada. Quería despertar de aquella pesadilla. Abrir los ojos y encontrar Dylan durmiendo a mi lado, acurrucarme entre sus brazos que siempre me ofrecían seguridad y consuelo.
—Fue un delito menor —balbuceé, como si cambiara algo.
—¿Qué crees que pensará el detective a cargo de la investigación cuando sepa tus antecedentes y tu identidad falsificada? —insistió el CEO—. ¿Sospechará que estás involucrada en la e****a? ¿O se inclinará por creer que eres completamente inocente?
Me cubrí la boca con ambas manos para sofocar un gemido, los ojos llenos de lágrimas que rodaron incontenibles por mis mejillas heladas. Las palabras brotaron por sí mismas, empujadas por mi desesperación.
—¡No, por favor! ¡No me involucren! ¡Me revocarían la libertad supervisada y presentarían cargos criminales en mi contra! ¡La condena sería por varios años! ¡Me arruinaría la vida!
Los dos hombres intercambiaron una mirada inescrutable que me causó un escalofrío de puro terror.
—¡Por favor! —repetí sin contener mi llanto—. ¡Por favor! ¡Haré lo que sea!
Big Sallie se acercó a paso de carga como un toro furioso y se detuvo a pocos centímetros, traspasándome con sus ojos de hielo desde su casi metro noventa de estatura.
—¿Lo que sea? —preguntó en un susurro intenso, tan cerca que sentí su aliento en mi cara.
Asentí tratando en vano de enjugar mis lágrimas.
Él se volvió hacia el otro tipo con un cabeceo fugaz. El otro se incorporó de inmediato y salió apresurado por una puerta lateral, dejándonos solos. Salomon Ellis me enfrentó una vez más. Bajé la vista, incapaz de sostener su mirada.
—¿Harías lo que sea? —repitió.
Asentí de nuevo, y me quedé de una pieza al sentir que su mano se apoyaba abierta en mis glúteos.
—Entonces tal vez podamos encontrar una solución.
Hola chicas!Malas noticias.Mi salud me está jugando malas pasadas y me impide sentarme a escribir, así que no voy a poder actualizar la historia, al menos por unas semanas.Tan pronto me sea posible, continuaré trabajando, con todo lo que tengo en mente para los protagonistas.Por si no tengo oportunidad de saludarlas en fecha, les deseo las mejores Fiestas, y que empiecen el año con todo.Dios mediante, nos reencontraremos en enero.Muchísimas gracias por su paciencia, su apoyo y su constancia!
Esa noche me costó dormirme.Sal se había bajado del auto para caminar conmigo hasta la casa de huéspedes, y me había despedido con uno de esos besos que me dejaban sin aliento y con mariposas en el estómago. Pero no había aceptado mi invitación a entrar.—No quiero distraerte —había dicho con una sonrisa cálida, deslizando un dedo por mi nariz—. Ve y sueña.El problema era que todo lo que me dijera seguía dándome vueltas en la cabeza, ahuyentando el sueño.Con la tranquilidad de quien trabaja por la tarde, opté por hacerme café con leche y me procuré un par de los deliciosos mantecados que preparaba Micaela, y que nunca faltaban en la despensa.Acabé corriendo el sillón del dormitorio para ubicarlo frente a la ventana abierta, las cortinas recogidas. Me acurruqué allí con mi tazón y mis mantecados, envuelta en una manta liviana, no porque hiciera frío, sino por la sensación de contención que me proporcionaba.Desde mi nido podía ver unas pocas estrellas por encima de la copa de los á
—Entiendo que hayas rechazado el apartamento, pero ahora es tu turno de entenderme a mí —terció, su tono tan grave y sereno como su expresión—. Hasta ahora, hemos estado los dos demasiado ocupados enfrentando crisis, primero lo de tu novio, luego lo de tu suegro. Pero ahora que las aguas se han calmado, es momento de que pienses qué harás de ahora en adelante. Quiero que estés bien y quiero darte lo que te mereces. Y no volveré a aceptar negativas, ¿de acuerdo?Hizo una pausa para darme oportunidad de asentir. Lo hice por puro reflejo, no porque pensara ahorrarle tantas negativas como creyera necesarias, sino porque su actitud reflexiva, casi paternal, había capturado mi curiosidad.—Necesitas un lugar para vivir, Vera. Un lugar que sea tuyo, donde puedas rodearte de las cosas que te gustan y te hagan sentir bien. Un lugar para dejar atrás lo que te ocurrió y mirar hacia adelante. Si ese lugar resultara ser la casa de huéspedes, por mí, perfecto. Me encanta tenerte al otro lado del ja
El pañuelo de seda negra me impedía ver absolutamente nada.Permanecí muy quieta, regulando mi respiración para controlar mi curiosidad.Su mano cubrió la mía, su pulgar acariciando el dorso de mis dedos.Cuando me soltó, advertí que el auto giraba a la izquierda y avanzaba un poco más antes de detenerse.Sal apagó el motor y lo oí quitarse el cinturón de seguridad y abrir su puerta. Un momento después abría la mía desde afuera. Sus labios rozaron mi pelo cuando se inclinó para soltar mi cinturón de seguridad. Entonces tomó mi mano de nuevo, apoyó la otra en mi cabeza y me ayudó a apearme.Sin soltar mi mano, rodeó mi cintura con su brazo para conducirme varios metros antes de detenernos. Oí un zumbido electrónico y pronto comprendí que habíamos tomado un elevador.No sé si era muy lento o mi ansiedad me jugaba una mala pasada, pero me pareció que tardaba una eternidad en detenerse.El suelo que pisamos al salir del ascensor estaba alfombrado. El aire era fresco, con un vago perfume f
Sal atendió en altavoz, situando el teléfono entre nosotros.—Andrew —dijo solamente.Al otro lado de la línea, la voz del CFO sonaba clara y profesional, aunque no lograba disimular del todo su entusiasmo.—Sal, estoy con Peter y sus dos mejores hombres de Legales. Confirmaron que la información es correcta.—Peter es mi Asesor Legal Principal —me susurró Sal, y alzó la voz para preguntar: —¿Qué tan serio es?Otro hombre respondió, e imaginé que se trataba del tal Peter. Sal se incorporó para pasearse detrás de la mesa, las manos en los bolsillos.—La demanda colectiva está sellada en el Condado de Orange, pero la conexión con la disolución de Atlas Capital es innegable. Las pérdidas que causó Sterling fueron catastróficas. No se trató de una mala inversión, sino de negligencia total. Y todo indica que no devolvió más que el cuarenta por ciento de las pérdidas.—Pero entre los documentos encontré otras cosas —intervino Andrew.—Empresas fantasmas y evasión de impuestos —completó Sal.
Llevé los cafés y ocupé la silla que quedaba vacante frente al escritorio. Sal encontró mi mirada un instante al tomar su tazón. No logró sonreír y no me molestó. Comprendía que mi descubrimiento debía tenerlo en ascuas.—¿De dónde proviene esta información? —preguntó Andrew entonces.El gesto de Sal lo obligó a enfrentarme por primera vez.—Vera lo halló, así que hazle a ella cualquier pregunta que tengas al respecto.Pasé la siguiente media hora explicándoles paso a paso cómo había descubierto el secreto del perfectísimo Richard Sterling y respondiendo sus dudas, precisas y puntuales.—Necesito estudiar esto con Legales —dijo al fin el CFO, que llevaba varios minutos meneando la cabeza lentamente de pura incredulidad.Sal abrió un cajón de su escritorio y me tendió un pendrive.—Cópiale los archivos —indicó, y se volvió hacia Andrew—. Nada de esto pasará por internet, ¿comprendido?—Lo saqué de internet —objeté, preparándome para copiar los archivos al pendrive.—Nadie se preocuparí







