LOGINVolví a casa únicamente para preparar una pequeña maleta con algunos cambios de ropa.
Antes de terminar de guardar mis pertenencias, llamé a mis amigas.
Contestaron después de varios tonos y, por su voz, supe que seguía furioso.
—¡Es tu cumpleaños, Allegra!
Cerré los ojos y respiré profundamente. No necesitaba que me recordara algo que llevaba semanas organizando con ilusión.
—Si me niego a acompañarlo, podría perder mi puesto, y no puedo permitirme eso.
Al otro lado de la línea hubo un silencio. Después, lo escuché suspirar.
—Tienes razón. Pero, tu jefe es muy cruel, bueno, así son los millonarios.
Luego guardé el aparato y me obligué a continuar con la maleta. No podía hacer nada para cambiar las órdenes de Egan Benson.
Miré por la ventana de mi habitación.
La casa era pequeña; mi hermana se había ido a vivir con su novio, nuestro padre nos abandonó desde niñas y nuestra madre, bueno, ella murió poco después del apocalipsis, su corazón ya estaba muy enfermo.
Sin embargo, debía considerarme afortunada. Habíamos conseguido conservar la casa cuando tantas familias lo perdieron todo.
La contaminación seguía siendo un problema cotidiano. Incluso en nuestra zona, el aire podía volverse irrespirable durante ciertas horas, y las autoridades apenas hacían algo para solucionarlo.
Cerré la ventana y me tumbé sobre la cama.
Al día siguiente tendría que viajar con mi insoportable jefe. Suspiré, abracé una almohada y traté de dormir.
***
A la mañana siguiente llegué a la empresa con quince minutos de anticipación.
Sin embargo, apenas entré en mi oficina, descubrí que Egan ya estaba allí, impecable como siempre, revisando unos documentos.
¿Acaso aquel hombre era un robot que no necesitaba dormir?
Le dediqué una sonrisa profesional.
—Buenos días, señor Benson.
Él levantó la mirada.
—Casi llegas tarde.
Miré mi reloj, convencida de que había escuchado mal.
—Pero todavía faltan quince minutos para mi hora de entrada.
Egan se quitó lentamente los lentes y me observó con aquellos ojos verdes que, aunque eran hermosos, parecían esconder toda la maldad del mundo.
—Allegra, recuerda que la puntualidad es una virtud.
—Por supuesto, señor.
El hombre pasó junto a mí sin añadir nada más.
Esperé hasta que me dio la espalda para mostrarle la lengua y poner los ojos en blanco.
¡Menos mal que no me vio!
Poco después subimos a su automóvil y nos dirigimos al helipuerto privado de la compañía.
Desde allí abordamos un avión que nos llevaría a Bahía Norte.
Aquella ciudad costera era un privilegio reservado para unos pocos.
Sus playas permanecían limpias, sus calles estaban iluminadas y sus habitantes disfrutaban de servicios que en otras regiones del mundo se habían convertido en un lujo.
Solo los ricos podían vivir allí.
Y, por supuesto, sus empleados también podían entrar, siempre que fueran necesarios.
Cuando llegamos, no pude evitar mirar el mar turquesa desde la ventanilla del automóvil. El agua brillaba bajo el sol y la costa parecía sacada de una postal de otro mundo.
Resultaba difícil creer que la humanidad hubiera estado a punto de desaparecer tres años atrás.
Nos alojamos en un hotel tan lujoso que me sentí incómoda apenas crucé el vestíbulo. Los pisos relucían, los empleados vestían uniformes impecables y enormes lámparas iluminaban cada rincón.
Mi habitación estaba junto a la de Egan. Al menos, en ese aspecto, mi jefe no era tan terrible.
Cuando comíamos juntos, procuraba que me sirvieran lo mismo que a él, y nunca escatimaba en alojamiento, ropa o transporte cuando el trabajo exigía que lo acompañara.
No significaba que me cayera bien, pero debía reconocerlo.
Horas después lo acompañé a una reunión con representantes de las principales compañías energéticas.
Los magnates discutieron contratos millonarios, nuevos yacimientos y la distribución del Neval.
Uno de ellos exigió controlar una zona de extracción que abastecía a varias comunidades, mientras otro insistía en que el suministro debía priorizar a las ciudades que pudieran pagar más.
Escuché en silencio, tomando notas y organizando los documentos.
Mientras ellos discutían cifras que jamás podría imaginar ganar en toda mi vida, millones de personas seguían haciendo filas para conseguir agua y alimentos.
Aquella era la verdadera guerra del dinero.
Finalmente, llegaron a un acuerdo y anunciaron que celebrarían el resultado con una fiesta privada esa noche.
Regresé a mi habitación agotada. Apenas había comenzado a quitarme los zapatos cuando escuché que llamaban a la puerta.
Al abrir, encontré a Egan.
—¿jefe?
—Dentro de quince minutos, ven a buscarme al Salón Dorado. Necesito que inventes una excusa para sacarme de ahí. Di que ha ocurrido algún problema en la empresa.
Lo miré, incrédula.
—¿Quiere que interrumpa una fiesta de magnates para decirle que tiene trabajo?
—Exactamente.
Tuve que contener un suspiro.
—Entendido, señor.
—Y ponte un vestido. No permitirán que entres con ropa de trabajo.
Se marchó sin darme oportunidad de protestar.
¡Desgraciado!
Mi jornada laboral había terminado y, aun así, pretendía seguir dando órdenes.
Sin embargo, recordé la comida deliciosa que había disfrutado durante el viaje y las comodidades del hotel. Quizá le debía, al menos, un pequeño favor.
Me cambié rápidamente, me puse un vestido sencillo y me maquillé con discreción.
Solo tenía que buscarlo, inventar una excusa y regresar a mi habitación.
Entonces, mi teléfono vibró. Era un mensaje de Egan.
Apúrate.
Lo leí dos veces, incrédula.
¡Maldito hombre!
Podía llorar después.
Si quería seguir sobreviviendo en aquel mundo, necesitaba conservar mi empleo.
Guardé el teléfono en mi bolso, levanté la barbilla y salí de la habitación.
***
Cuando llegué al Salón Dorado, dos guardias custodiaban la entrada. Desde el otro lado de las puertas se escuchaban la música y las risas de los invitados.
—Buenas noches. Vengo a buscar al señor Benson —expliqué.
Uno de los hombres me examinó de arriba abajo.
—¿Su máscara?
Parpadeé.
—¿Perdón?
—Nadie puede entrar sin máscara.
Miré las puertas y después mi vestido. Había seguido las instrucciones de Egan y me había arreglado a toda prisa, pero no tenía ninguna máscara.
—Solo necesito entrar unos minutos. Mi jefe está esperándome.
—Sin máscara, no entra.
Sentí que el estómago se me encogía.
Si regresaba a mi habitación sin haber cumplido el encargo, Egan me sometería a uno de sus interminables discursos sobre la responsabilidad profesional.
Y, sinceramente, aquella noche no tenía fuerzas para soportarlo.
Entonces vi a una mujer salir acompañada por un hombre.
Llevaba una máscara plateada que brillaba bajo las luces de la entrada.
Al llegar a la puerta, se la quitó y la arrojó a un recipiente cercano, como si fuera un objeto sin importancia.
Mis ojos se iluminaron.
Esperé a que la pareja se alejara y recogí la máscara.
No era precisamente elegante tomar algo de la basura, pero tampoco estaba en condiciones de ponerme exigente.
Me la coloqué y volví ante los guardias. Uno de ellos comprobó la pulsera de acceso del hotel y finalmente me permitió pasar.
Por fin.
Sin embargo, apenas crucé las puertas, me arrepentí de haber deseado entrar.
Aquella fiesta era una exhibición de excesos.
Todo relucía en tonos dorados. Enormes lámparas iluminaban el salón, mientras mujeres semidesnudas bailaban suspendidas en aros y dentro de estructuras doradas que parecían jaulas decorativas.
Los invitados bebían champán, reían y se acariciaban con una naturalidad que me hizo sentir incómoda.
Había comida suficiente para alimentar a decenas de familias durante días. Mesas repletas de carnes, frutas, pasteles y bebidas ocupaban uno de los extremos del salón.
Y, aun así, algunos invitados dejaban platos casi intactos sobre las mesas.
Sentí asco.
Fuera de aquellas paredes, había personas que recorrían kilómetros para conseguir agua potable. Familias que reducían sus comidas para que los niños pudieran alimentarse. Personas que trabajaban hasta caer rendidas por salarios que apenas alcanzaban para sobrevivir.
Mientras tanto, aquellos millonarios celebraban su fortuna como si el resto de la humanidad no existiera.
Los ricos podían tenerlo todo.
Y, aparentemente, nunca era suficiente.
Aparté la mirada y busqué a Egan entre los invitados.
También había hombres jóvenes y atractivos acompañando a mujeres mayores, todos vestidos con una elegancia que contrastaba con la miseria que yo conocía.
Odiaba aquel lugar. Casi tanto como odiaba a mi jefe.
Finalmente, lo encontré al fondo del salón, con una copa en la mano y las mejillas ligeramente enrojecidas.
Hablaba con varios empresarios, aunque su expresión dejaba claro que preferiría estar en cualquier otro sitio.
Al menos, coincidíamos en algo.
Me abrí paso entre los invitados, decidida a cumplir mi misión y regresar a mi habitación.
Sin embargo, cuando estaba a pocos metros de él, vi una nube fina elevarse cerca de la pista de baile.
Al principio pensé que era parte del espectáculo.
Entonces, alguien a mi lado comenzó a reír de manera extraña. Otro invitado se tambaleó y tuvo que apoyarse en una mesa.
Recordé los rumores que había escuchado sobre algunas fiestas privadas de los magnates.
Se decía que ciertos asistentes utilizaban sustancias para prolongar la diversión, sin importarles quién terminara respirándolas.
Retrocedí de inmediato y me cubrí la nariz con la mano.
Demasiado tarde.
Un olor extraño me alcanzó. Casi de inmediato, sentí un hormigueo en la lengua y una sensación desagradable en la garganta.
Tragué saliva.
¿Qué demonios era aquello?
Intenté avanzar hacia Egan, pero las luces comenzaron a parecerme demasiado intensas y la música retumbó con una fuerza insoportable. Mi respiración se volvió irregular.
Tenía que salir.
Me abrí paso entre los invitados hasta encontrar una puerta lateral. La empujé y llegué a un corredor más silencioso, donde el aire parecía menos pesado.
Apoyé una mano contra la pared.
Necesitaba respirar. Necesitaba pensar.
Pero mi cuerpo no respondía como debía. Sentía un calor creciente bajo la piel y las piernas me temblaban.
Entonces escuché pasos detrás de mí.
Intenté girarme, pero una mano sujetó la mía.
No conseguí ver bien el rostro de la persona que tenía delante.
La máscara de plata se había desplazado y mi visión parecía cubierta por una neblina.
El desconocido me condujo hacia una puerta cercana y entramos en una habitación sumida en la penumbra.
—¿Quién es usted? —pregunté.
Mi voz sonó débil, casi irreconocible.
Intenté retroceder, pero tropecé con el borde de la cama. El hombre me sostuvo antes de que cayera.
Por la penumbra de la habitación, no pude distinguir sus facciones con claridad, pero sí percibí que estaba muy cerca.
Sentí tanto calor, sentí que mi cuerpo se encendía como una llama, ¿Qué pasaba conmigo?
Me quitó la máscara y de pronto, unos labios besaron los míos con ferocidad y pasión.
Me empujó a la cama, no pude detenerlo, sentí que sus labios abandonaban los míos, deslizándose a mi cuello y mi clavícula, mi cuerpo aceptaba esas caricias por un instinto de deseo imposible de resistir.
POV ALLEGRAEgan se puso de pie y rodeó el escritorio, fijando sus ojos en mí con una expresión difícil de descifrar.Egan permaneció en silencio durante unos segundos. Después, se dio la vuelta y caminó hacia el enorme ventanal de su despacho.Desde allí se observaba buena parte de la ciudad. Los edificios, las avenidas y los vehículos parecían diminutos a aquella altura, como si todos los problemas del mundo fueran insignificantes para un hombre que tenía tanto poder como él.Lo vi suspirar.—Está bien. Este trabajo es muy importante, escúchalo bien.Mi corazón dio un vuelco.Me apresuré a cerrar la boca.Egan se giró lentamente hacia mí.—Te ofrezco una buena cantidad de dinero. Un millón de dólares, además de una cantidad considerable de oro.Me quedé mirándolo, convencida de que había escuchado mal.—¿Un millón de dólares?—¿Necesitas que te lo repita?—No, señor. Lo escuché perfectamente.Lo que no podía comprender era por qué estaba dispuesto a ofrecerme semejante cantidad de
POV AllegraTenía mi mente llena de pensamientosY entonces saqué mi caja de ahorros, los pobres como yo no teníamos acceso a un banco, así que mi dinero estaba en una caja, en casa. Conté los billetes una vez. Después volví a contarlos, como si el resultado pudiera cambiar.No era suficiente, necesitaba más dinero, y lo pensé bien, mi hijo no podía nacer aquí en al ciudad. Si quería comenzar una vida nueva, tendría que tomar una decisión pronto.Apoyé los codos sobre las rodillas y miré por la ventana.Nuestra ciudad era una de las más prósperas de la región, aunque también una de las más contaminadas. Las fábricas de extracción y procesamiento del Neval ocupaban enormes extensiones de terreno, y sus trabajadores pasábamos años expuestos a sustancias cuyos efectos a largo plazo todavía eran motivo de preocupación.La empresa de Egan Benson tenía políticas estrictas para las personas que presentaban ciertos problemas de salud. En particular, las embarazadas no podían permanecer en
POV Allegra¿Y si realmente estaba esperando un bebé?No podía ser. Había sido una sola noche. Una noche confusa, de la que apenas conservaba recuerdos claros. Nunca imaginé que algo así pudiera cambiar mi vida de aquella manera.Además, después de la catástrofe, la natalidad había disminuido considerablemente. La contaminación, la escasez de recursos y las difíciles condiciones de vida habían hecho que tener hijos fuera cada vez más complicado.Entonces, decidí ir a la farmacia, no era fácil conseguir una.Sonreí todo con este desabastecimiento, pero al final, conseguí comprar una con el dinero de mi jefe. Ay, si supiera como gasté su dinero.En fin, volví a casa, debía hacerlo, salir de dudas, pero estaba convencida de que esto no pasaría, era imposible para mí. O eso quería creer. Bajé la mirada.Tomé la caja con las manos temblorosas y caminé hacia el baño.Abrí el empaque. Mis manos temblaban tanto que tuve que apoyarlas en el lavabo para tranquilizarme.Solo necesitaba hacer
Un mes después, mi vida había vuelto a una rutina que cada día me resultaba más insoportable.Seguía trabajando para Egan Benson.Lo que sí comenzaba a preocuparme era mi salud.Últimamente tenía un sueño insoportable. Podía dormir durante horas y aun así despertarme cansada. Mi estómago parecía haberse convertido en mi peor enemigo: sentía náuseas a cualquier hora, había comenzado a vomitar con frecuencia y, en ocasiones, bastaba con percibir ciertos olores para que tuviera que correr al baño.Pensé que se debía a la contaminación.Desde la catástrofe del meteorito, la calidad del aire había empeorado en muchas regiones. Aunque las autoridades aseguraban que los filtros ambientales ayudaban a reducir los efectos más graves, los ciudadanos comunes seguíamos expuestos a condiciones que los ricos podían evitar pagando por vivir en zonas protegidas.Tal vez había respirado demasiado aire contaminado.O quizá simplemente necesitaba descansar.No podía permitirme perder el trabajo por se
POV AllegraDesperté cuando el primer rayo de sol atravesó las cortinas y golpeó directamente mi rostro.Al principio, no supe dónde estaba.Me quedé inmóvil, contemplando el techo desconocido, mientras intentaba ordenar mis pensamientos. Tenía la cabeza pesada, la boca seca y una extraña sensación de agotamiento que recorría todo mi cuerpo.Entonces me incorporé de golpe.Estaba desnuda. Una sábana de seda cubría mi cuerpo hasta el pecho.—¡Maldición! ¿Qué hice?Las imágenes de la noche anterior aparecieron en mi mente como fragmentos de una pesadilla. La fiesta, la nube extraña que había respirado, el calor insoportable que se había extendido bajo mi piel y aquella sensación de que mis pensamientos se deshacían antes de que pudiera comprenderlos.Después, una habitación oscura.Un hombre. Unos labios.Me llevé las manos al rostro.¡No podía ser!Giré la cabeza lentamente y descubrí que no estaba sola. A mi lado dormía un hombre, boca abajo, con el rostro imposible de ver. La sában
Volví a casa únicamente para preparar una pequeña maleta con algunos cambios de ropa. Antes de terminar de guardar mis pertenencias, llamé a mis amigas.Contestaron después de varios tonos y, por su voz, supe que seguía furioso.—¡Es tu cumpleaños, Allegra!Cerré los ojos y respiré profundamente. No necesitaba que me recordara algo que llevaba semanas organizando con ilusión.—Si me niego a acompañarlo, podría perder mi puesto, y no puedo permitirme eso.Al otro lado de la línea hubo un silencio. Después, lo escuché suspirar.—Tienes razón. Pero, tu jefe es muy cruel, bueno, así son los millonarios. Luego guardé el aparato y me obligué a continuar con la maleta. No podía hacer nada para cambiar las órdenes de Egan Benson.Miré por la ventana de mi habitación. La casa era pequeña; mi hermana se había ido a vivir con su novio, nuestro padre nos abandonó desde niñas y nuestra madre, bueno, ella murió poco después del apocalipsis, su corazón ya estaba muy enfermo. Sin embargo, debía c







