FAZER LOGINEl monitor cardíaco junto a la cama emitía un zumbido rítmico y monótono que marcaba el pulso de las horas en la habitación privada. La luz de la tarde se filtraba a través de las persianas de aluminio, proyectando líneas horizontales sobre las sábanas blancas donde Karen yacía con la vista fija en el techo, inmersa en un letargo espeso inducido por los calmantes. La vía intravenosa continuaba suministrando el suero necesario para mantener relajado el tejido uterino, borrando cualquier rastro de la fuerza implacable que la había sostenido en el salón de baile la noche anterior. Un golpe discreto en la madera precedió el crujido de la puerta al abrirse. Chloe entró con el paso silencioso, enfundada en una bata blanca que le quedaba ligeramente holgada sobre los hombros y con el estetoscopio colgado al cuello. Trabajaba en el mismo complejo hospitalario, se había enterado del ingreso de emergencia a través de la red interna de avisos y había cruzado al ala de ginecología tan pronto co
El trayecto hacia el hospital transcurrió en un mutismo tenso.Karen no gritó ni se lamentó. Su cuerpo simplemente se dobló sobre el asiento trasero del sedán, con los ojos cerrados de golpe y las manos aferradas al bajo vientre en una mueca de dolor tan brutal que le robaba el aliento antes de dejarla emitir sonido alguno. Un hilo de sudor frío le empapaba las sienes, mezclándose con el maquillaje, mientras la palidez de su rostro adquiría un tono ceniciento.Richard no dio órdenes a los gritos ni hubo rastro del empresario implacable. Tenía los dedos de ambas manos enterrados en su propio cabello, tirando de los mechones con una fuerza desesperada mientras la atraía hacia su regazo. La respiración se le atoraba en la garganta, convertida en un jadeo corto y tembloroso que le quemaba el pecho.—Amor mío... Mírame. Por favor, abre los ojos —susurró él, con la voz rota, perdiendo por completo la compostura al notar que la piel de ella estaba helada y el pulso en su cuello se volvía pel
El teléfono no paró de sonar en toda la tarde. Victoria operó desde las sombras con la precisión quirúrgica de una víbora herida de muerte, usando los favores pendientes de viejos amantes, las deudas de juego de algún directivo en bancarrota y el chisme más sonado como moneda de cambio. Para cuando el sol comenzó a retirarse de la bahía, la trampa estaba tejida: una exclusiva gala benéfica en el hotel The Grand Regent, el epicentro donde la alta sociedad de la ciudad iba a pavonearse fingiendo filantropía mientras se clavan puñales por la espalda. Ese era el terreno; el lugar donde su apellido todavía pesaba lo suficiente para abrir puertas y donde una advenediza sin cuna estirada sería devorada viva sin que nadie manchara sus trajes de alta costura. Cuando Richard recibió la invitación en su despacho, una tarjeta de papel costoso con caligrafía dorada firmada por el comité directivo, la arrugó en su puño con tanta fuerza que el cartón quedó reducido a pulpa. —Es una provocación dir
El eco del teléfono resonó en el departamento de lujo de Victoria Miller como una bofetada sorda. A sus cuarenta y cinco años, la piel de su rostro estirada por un tratamiento reciente y una ración obscena de bótox le daban una expresión perpetua de sorpresa congelada, un esfuerzo patético y desesperado por detener el tiempo que los cirujanos plásticos le cobraban a precio de oro. Frente al espejo del tocador, rodeada de frascos carísimos que prometían milagros imposibles, se apretó las sienes con las uñas postizas recién pintadas de rojo carmesí.Estaba jodidamente arruinada. Otra vez.El imbécil con el que se había estado acostando la semana pasada, un instructor de tenis con la mitad de su edad y la inteligencia de un ladrillo, había desaparecido con diez mil dólares de su chequera mientras ella dormía la cruda. Era una maldita constante en su vida: le encantaban los culos jóvenes, los tíos musculosos y los despliegues de falsa adulación, pero todos terminan secándole las cuentas b
El sonido de los tacones sobre el mármol del piso presidencial sonaba hueco, carente del ritmo exacto y silencioso al que sus oídos se habían acostumbrado. Richard levantó la vista de la pantalla del ordenador. La luz de la tarde filtrada a través de los ventanales de la oficina principal caía sobre los documentos apilados con un desorden que le encendía una vena en la sien.Afuera, Laura intentaba coordinar una llamada con la mesa de dirección de Chicago. La muchacha hablaba con un tono tembloroso, atropellando las palabras, incapaz de retener los nombres de los socios ni el estatus de las carpetas prioritarias. No llevaban ni veinticuatro horas de regreso a la ciudad tras los días en París, y el piso ya parecía un mecanismo desajustado.Richard se pasó una mano por la nuca, sintiendo el peso seco del cansancio. En su mente todavía parpadeaban los destellos de la capital francesa, la intimidad densa de las mañanas envueltas en sábanas revueltas, y la forma en que Karen, con su inteli
El penthouse del hotel destilaba un lujo obsceno, y dentro de las paredes de la habitación principal el aire se había vuelto irrespirable, lleno de una tensión que llevaba meses acumulándose. Las maletas para Francia descansaban a medio cerrar junto al vestidor, convertidas en un estorbo inútil ante la urgencia que latía en el centro de la estancia.La ciudad brillaba a través de los ventanales de suelo a techo, un mar de luces doradas y rojas que dibujaban la silueta de los rascacielos lejanos. Pero ninguno de los dos miraba hacia afuera.Richard estaba de pie junto a la cama matrimonial, con la camisa blanca desabotonada por completo, dejando al descubierto el pecho ancho y el vello oscuro que descendía en una línea densa hasta perderse en la pretina del pantalón. Tenía los ojos fijos en su esposa con una intensidad devoradora, esa misma mirada de depredador que había contenido durante toda la recepción de la boda y el viaje en limusina.Karen se encontraba a un par de pasos, con lo







