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Capítulo 4

Penulis: LauraC
last update Tanggal publikasi: 2026-01-27 06:46:24

Sophie se sentó en su escritorio completamente confundida. No dejaba de pensar en lo que su extraño jefe acababa de hacer con ella; no entendía si eso era malo o bueno.

—Sophie, ¿qué pasó? ¿Por qué te fuiste a la oficina del gran jefe? ¿Te despidió? —Gloríe le preguntó con todas las ansias posibles.

—Porque hice un informe mal y por poco me despide. También me quería sancionar, pero le supliqué que no lo hiciera.

—¿Qué hiciste qué? —Gloríe respondió aterrada.

—Pues le pedí misericordia por mí. Ahora mi situación económica es la peor; el salario se me ajusta apenas para poder sobrevivir. El asilo de mi madre es muy costoso y también sus medicinas.

—Nadie ha pedido la misericordia del jefe. Él es una persona demasiado exigente; la mayoría baja de ese piso a recoger sus cosas. Has tenido mucha suerte, Sophie.

—¿Tú crees eso, Gloríe?

—Estoy más que segura.

Sophie se sintió extraña por las palabras que le acababa de decir Gloríe. Lo que menos quería era que un hombre como él le tuviera lástima, y mucho menos que sus compañeros pensaran que ella tenía alguna especie de privilegio. Así que, decidida, nuevamente se levantó de su escritorio y se fue hacia el elevador.

Iba a confrontar a su obsesivo jefe.

Al llegar al piso de su oficina, estaba aún más oscuro de lo que estaba cuando ella subió. En esta oportunidad sintió el verdadero pánico, y más por haber ido sin ser anunciada.

No se escuchaba ni un zumbido. La oficina de la secretaria de Valentín quedaba un piso menos que la de él, así que ella estaba completamente sola. Siguió por el pasillo dispuesta a golpear, pero el miedo fue más grande que sus intenciones de hablar con su jefe y, despavorida, se devolvió hacia el ascensor.

Mientras tanto, Valentín, como todo vampiro, tenía su vida de forma nocturna. Dormía unas horas en su oficina, entre seis y siete horas, tiempo suficiente en el que nadie lo interrumpía, pues en la noche, junto a su familia, vivían la vida de cualquier legión de vampiros: se alimentaban y hacían reuniones. Por ende, en el día Valentín estaba agotado.

Sin embargo, Sophie estaba exhalando un olor bastante fuerte, uno que fue capaz de sacar de su profundo sueño a Valentín. No hubo necesidad de una cámara para darse cuenta de que ella estaba a las afueras de su oficina, y por supuesto que había salido corriendo.

Para no hacer más terrorífica la historia, se acercó al altavoz que tenía y le habló:

—¿Qué estás haciendo aquí, señorita Robinson?

Cuando ella escuchó la voz que provenía de la nada, comenzó a gritar despavorida. Sophie se agarró la cabeza y comenzó a brincar a la par que gritaba; tenía los ojos cerrados y apretados. Para Valentín la escena fue muy divertida. Salió de su oficina y se paró frente a ella.

—Sophie, ¿no conoces los altavoces? ¿O las cámaras de seguridad? —Valentín le dijo divertido.

Sophie inmediatamente abrió los ojos y trató de recomponer su respiración entrecortada. Luego de levantar la cabeza y mirar a su jefe, que sonreía divertido, en seguida se sonrojó.

—Si me estaba viendo, ¿por qué no me hizo pasar a su oficina? ¿Qué necesidad de asustarme de esta manera?

—No quise asustarla. Es simplemente que usted debe primero anunciarse. Yo solo atiendo al personal de ocho a diez de la mañana; el resto del día estoy muy ocupado. Pero tal parece que usted es bastante rebelde, ¿cierto, señorita Robinson?

—Señor, no se trata de eso. Lo que pasa es que quería venir a hablar con usted —Sophie le replicó avergonzada.

—¿Hablar sobre qué? —Valentín se estaba volviendo loco de fascinación con el olor a miedo que ella tenía. Controlarse le estaba costando bastante, pero ella era completamente prohibida para él.

—Acerca de mi castigo. Pues si es necesario, acepto la semana de sanción; no hay problema —cabizbaja, comenzó a cruzar sus dedos, esperando clemencia por parte de su jefe sin necesidad de súplicas.

—Sophie, no te preocupes, no te voy a sancionar. Pero si sigues cometiendo esta clase de cosas impertinentes, muy seguramente voy a tener que despedirte.

—Pero señor… —ella trató de refutar lo que él le estaba diciendo, pero las luces se apagaron de repente, quedando completamente en la oscuridad.

Sophie comenzó a gritar de nuevo, pero Valentín la tomó en sus brazos, tratando de consolarla.

—Tranquila, querida, no ha pasado nada; son solo las luces.

Al rozar su piel, su instinto le estaba jugando una mala pasada, pero en lugar de eso aprovechó la situación y la besó apasionadamente en la oscuridad.

Sophie, incrédula por lo que estaba pasando y sin una sola gota de luz para ver si era cierto, se dejó llevar por el beso y lo correspondió. Sus lenguas estaban entrelazadas, sus besos eran demasiado candentes y la pasión estaba apoderándose de ellos dos. Valentín la tomó en sus brazos y la levantó; en un instante estaban en su oficina. Aunque todo seguía en la misma oscuridad, ella no sentía miedo. Cuando esto pasaba, la cordura de Valentín lo hacía volver en sí.

Se besaron por una buena cantidad de tiempo: fueron besos húmedos y apasionados. Pero a medida que Sophie iba dejando el miedo, el olor que excitaba a Valentín iba desapareciendo.

No se arrepentía de estarla besando, pero sabía que eso podía traerle problemas. Así que, haciendo uso de sus mágicas facultades, con un simple chasquido de dedos borró el peso de la memoria de Sophie e hizo que regresara la luz.

—¿Qué pasó? —Sophie preguntó confundida, mirando a Valentín que estaba sentado en su escritorio como si nada hubiera pasado.

—¿Qué pasó de qué, señorita Robinson? Usted vino a hablar conmigo y, pues bueno, aquí estoy esperando qué quiere decirme.

Sophie se quedó viéndolo como si hubiera vivido una pesadilla despierta. Nuevamente comenzó a temblar del miedo y, sin decir nada más, salió huyendo.

—Con permiso, señor Von Strudel. Me tengo que ir. Creo que aquí hubo un error.

Valentín simplemente vio cómo ella corría, suspiró y volvió de nuevo a su siesta. Ella le encantaba; estaba causando algo en él que ni siquiera lo dejaba vivir en paz. Pero debía controlarse, y aún más por lo que estaba por venir a la ciudad. Eso era más importante que hacer suya a una humana, y menos si era su empleada.

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