LOGIN¿Plantada en el altar por una infidelidad? Check. ¿Viaje de luna de miel sola con tus amigos para sanar el ego? Check. ¿Terminar la noche de fiesta en la cama del hombre más arrogante, enigmático y peligroso del mundo... sin saber quién es? Grave error. Audrey pensó que lo peor que le podía pasar había ocurrido el día en que su prometido la dejó esperando en la iglesia. Huyendo del escándalo, buscó refugio en una locura de una sola noche que prometía quedar enterrada en el olvido. Pero los secretos más oscuros siempre regresan a cobrar factura. Cuando Audrey cree que puede retomar su vida y regresa a su empleo, se reencuentra con su ex... y con el nuevo director ejecutivo de la empresa. El hombre al que le entregó su cuerpo y sus peores secretos en una isla paradisíaca no es otro que Caiden, el implacable, intocable y temido hermano mayor de su ex, un hombre que la mira con desprecio y está convencido de que ella es una calculadora cazafortunas que planeó cada segundo para atraparlo. Sin trabajo, con el orgullo destrozado y guardando un secreto bajo el corazón que cambiará las reglas del juego —un embarazo inesperado de pocas semanas—, Audrey jura mantenerse alejada. Pero el destino, o más bien la despiadada obsesión de Caiden, tiene otros planes. Cuando la salud de su abuela pende de un hilo, Caiden aparece con una propuesta tan tentadora como cruel: un contrato matrimonial de dos años bajo su mismo techo, donde ella será su esposa ante el mundo y su prisionera en la intimidad. Él cree que la compró. Ella está dispuesta a sobrevivir. Pero en un juego donde las mentiras se mezclan con una química incontrolable, lo más peligroso no es el contrato... sino enamorarse del enemigo.
View MoreEl bullicio del Aeropuerto Fiumicino de Roma era una marea ensordecedora de despedidas felices, maletas con ruedas deslizándose sobre el suelo de granito y risas de turistas que ignoraban por completo el tamaño de la catástrofe que habitaba en el interior de Audrey.
Estaba sentada en una de las bancas metálicas de la terminal internacional, con la mirada perdida en el panel luminoso de salidas. En su mano izquierda, el dedo anular lucía una franja de piel más blanca y desnuda, un recordatorio cruel de lo que debería haber estado ahí: un anillo de oro blanco con un diamante de tres quilates que simbolizaba una farsa de tres años. A su lado, dos maletas grandes y un bolso de mano guardaban los restos de una vida que había estallado en mil pedazos apenas unas horas antes.
Italia entera parecía burlarse de ella con su sol radiante reflejándose en los ventanales gigantes. Milán quedaba atrás, pero el eco de la vergüenza la seguía persiguiendo.
El silencio de su mente se rompió de golpe. Un zumbido seco y constante comenzó a vibrar dentro de su bolso de mano. Audrey parpadeó, sacudiendo el entumecimiento de sus extremidades, y metió los dedos con lentitud, como si estuviera a punto de tocar una serpiente venenosa.
Sacó el teléfono inteligente. La pantalla iluminada era una ametralladora de notificaciones.
Theon: «Audrey, por favor, contéstame. No seas irracional. Tenemos que hablar de lo que pasó en la iglesia. Las cosas no son como crees...» Theon: «¿Dónde estás? ¿Por qué no estás en la casa? Los invitados siguen preguntando. Mi madre está furiosa y la prensa local está comenzando a rondar la recepción. Contéstame, maldita sea.» Theon: «No puedes simplemente desaparecer. Sé que estás herida, pero esto se nos va de las manos. Fue un error, un desliz de una noche, ¡ella no significa nada para mí comparado contigo!»
El estómago de Audrey se contrajo con una náusea tan violenta que tuvo que cerrar los ojos y respirar hondo. Un desliz de una noche, ella no significa nada. Las palabras del mensaje se grabaron en su retina con letras de fuego. Así era como Theon resumía el fin de su historia, la traición descubierta justo la noche anterior a la boda en el teléfono de su prometido, los mensajes explícitos con una de sus compañeras de alta sociedad, las risas cómplices a espaldas de la mujer que había dejado su carrera y sus propios sueños en segundo plano para encajar en el molde perfecto de la esposa sumisa.
El teléfono volvió a vibrar en su palma. Una llamada entrante de Theon parpadeaba en la pantalla.
Audrey sintió un calor furioso ascender por su garganta, secando sus lágrimas y transformando la tristeza en una rabia helada, pura y cristalina. No iba a permitir que él controlara el ritmo de su humillación. No iba a escuchar sus patéticas mentiras ni sus intentos de justificar lo injustificable.
Con un movimiento firme, impulsado por una dignidad que creía haber perdido, deslizó el dedo por la pantalla y apagó el teléfono. La oscuridad absoluta se apoderó del aparato. Lo guardó en el fondo del bolso y exhaló un suspiro larguísimo, sintiendo cómo una tonelada de peso invisible comenzaba, al fin, a desprenderse de sus hombros.
—Si crees que voy a pasarme el resto de mi vida llorando por un cobarde en la cuna del arte y el vino, Theon, estás muy equivocado —murmuró para sí misma, con la voz apenas un hilo firme.
—¿Decías algo, cara mia? —una voz familiar y efervescente la sacó de su trance.
Audrey levantó la vista. Sus dos mejores amigos, Marco y Sofia, venían caminando desde el área de cafeterías cargando vasos enormes de espresso doble y una bandeja con paninis italianos. Marco, con su eterna bufanda de seda al cuello y una sonrisa socarrona diseñada para devolverle los colores al rostro de Audrey, agitó los boletos de abordar en el aire.
—Estaba pensando —respondió Audrey, levantándose del asiento con una elegancia renovada, sacudiéndose el abrigo y echando su larga y ondulada melena pelirroja hacia atrás con un movimiento altivo— que este viaje de luna de miel que ya está pagado en la isla más exclusiva del Mediterráneo va a ser lo mejor que me ha pasado en la vida.
Sofia soltó una carcajada triunfal, dejando la bandeja en manos de Marco y corriendo a abrazar a Audrey con fuerza, protegiéndola como una leona a su cachorro.
—¡Ese es el espíritu, maldita sea! —exclamó Sofia con los ojos brillantes de emoción y complicidad—. Que se pudra Theon, que se pudra su madre clasista y que se ahoguen todos en su propia hipocresía. Nos vamos a Ibiza a gastar el dinero que no es nuestro, a beber champaña hasta el amanecer y a recordarte por qué eres la mujer más hermosa de toda Italia.
—Los billetes de avión están listos y la puerta de embarque acaba de abrirse —añadió Marco, guiñándole un ojo con picardía mientras ajustaba sus gafas de sol sobre el puente de la nariz—. Las maletas van documentadas y el pasado se queda oficialmente bloqueado en itinerancia internacional. ¿Lista para volar, Audrey?
Audrey miró a su alrededor. El aeropuerto de Roma ya no olía a despedida trágica, sino a una línea de salida. Tocó con discreción el bolsillo donde reposaba el teléfono apagado, sintiendo que una nueva versión de sí misma acababa de nacer, dispuesta a devorarse el mundo sin mirar atrás.
—Nacida para esto —respondió Audrey con una sonrisa peligrosa en los labios.
Tomó las asas de su equipaje de mano y, con el paso firme de quien no tiene nada que perder y todo un universo por conquistar, caminó junto a sus amigos hacia la puerta de embarque, dejando atrás el sonido de un teléfono en silencio y adentrándose sin saberlo en la boca del lobo que cambiaría su destino para siempre.
La luz del sol mediterráneo se filtraba de manera implacable a través de los ventanales de cristal tintado, golpeando directamente los párpados de Audrey. Un dolor de cabeza punzante, sordo y pesado, como si un martillo le golpeara las sienes desde el interior, la obligó a fruncir el ceño y emitir un quejido ahogado.Con los ojos aún cerrados, intentó estirar una pierna, pero chocó contra algo sólido, cálido y pesado.El tacto de la piel masculina desnuda contra la suya hizo que todos los sensores de su cuerpo se dispararan de golpe. Audrey abrió los ojos de par en par, incorporándose de un solo salto sobre las sábanas revueltas. El edredón blanco cayó pesadamente hacia su cintura, dejando al descubierto su torso desnudo y la estela de marcas rojas que cubrían su piel.El desconcierto duró apenas una fracción de segundo antes de convertirse en pánico puro.Giró el rostro con brusquedad hacia el lado izquierdo. Allí, tumbado boca arriba con un brazo cruzado sobre los ojos oscuros y la
La oscuridad de la habitación se convirtió en el cómplice silencioso de un incendio que llevaba gestándose desde el momento en que sus miradas se cruzaron en la terraza del club. El aire acondicionado apenas lograba mitigar el calor corporal que irradiaba la piel de Audrey. La fiebre del narcótico que corría por sus venas se mezclaba de forma visceral con una necesidad animal, un anhelo profundo de contacto que borraba cualquier rastro de la mujer recatada, herida y abandonada en el altar que había abordado un avión rumbo a Italia pocas horas antes.Bajo ella, el cuerpo de Caiden era pura tensión, un bloque de mármol esculpido por la furia y por el mismo veneno que le quemaba las entrañas. Cuando sus labios se encontraron, no hubo suavidad ni tanteos de cortesía; fue un choque de bocas hambrientas, un beso salvaje, profundo y desesperado donde los dientes chocaron con una urgencia casi dolorosa.—Maldita sea... —rugió Caiden contra su boca, perdiendo el último vestigio de control raci
El aire de la terraza de L’Éclipse se había vuelto denso, cargado de una electricidad invisible que rozaba la estática. Audrey lo miraba con los ojos medio cerrados, intentando descifrar los bordes de su rostro entre la penumbra y los destellos de neón que se filtraban desde la pista de baile. Había algo en su mirada, una mezcla de soberbia y una urgencia contenida, que le incomodaba tanto como le encendía la piel.—¿Originalidad? —respondió el hombre, dando un paso al frente y acortando la distancia con una seguridad aplastante—. No necesito ser original cuando la mujer que tengo enfrente está claramente pidiendo a gritos un desastre, aunque intente disfrazarlo detrás de esa melena pelirroja y esa actitud de niña rica ofendida.—Cuidado con lo que dices, idiota —espetó Audrey, dando un paso hacia atrás, aunque sus piernas sintieron una extraña debilidad que la hizo tambalear ligeramente—. No tienes ni la menor idea de quién soy, ni de lo que he tenido que aguantar hoy para venir a es
El vuelo de Roma a Ibiza pasó en un parpadeo de risas ahogadas, brindis con latas de refresco y una conspiración silenciosa. Para el momento en que el avión tocó tierra en la isla balear, el aire ya olía a sal, crema solar y una promesa salvaje de libertinaje. La melena roja y ondulada de Audrey, suelta y alborotada por el viento mediterráneo, parecía una llamarada brillante bajo el sol de la tarde que se negaba a apagarse.—Bienvenidos al paraíso de los solteros, las malas decisiones y la sanación mental a base de tequila —exclamó Sofia apenas cruzaron las puertas de llegadas del aeropuerto de Ibiza, agitando un abanico español con exagerada elegancia mientras un chófer privado contratada de última hora los esperaba con un letrero brillante.El hotel era una oda al exceso moderno: The Sunken Pearl, un resort de cinco estrellas al borde de un acantilado donde las piscinas infinity se fundían con el azul profundo del mar y la música electrónica de fondo latía como un segundo corazón. N






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