FAZER LOGINOlivia había decidido infiltrarse en el restaurante del hotel familiar para seguir con su papel de empleada del hotel. Se presentó como una ayudante de cocina, aprovechando su estatus para obtener el trabajo sin mucho cuestionamiento por parte del chef, quien estaba encantado de tener a una de las herederas en la cocina.
La primera impresión fue positiva. Olivia comenzó a trabajar, o al menos a intentarlo, en la cocina del restaurante. Sin embargo, sus habilidades culinarias dejaban mucho que desear. Pronto, los platos que preparaba no solo eran insípidos, sino que también estaban mal preparados y desorganizados. El chef, un hombre conocido por su perfección y su pasión por la gastronomía, observó con creciente horror cómo sus creaciones se convertían en un desastre. —¡Yo lo hago, chef! —dijo la omega con determinación mientras se dirigía hacia el área de servicio con las órdenes. El chef, aún frustrado pero determinado a salvar la noche, gritó órdenes a sus cocineros mientras trataba de reorganizar el caos. Su rostro estaba enrojecido de estrés y enojo, pero también había un destello de esperanza. Uno de los camareros entró a la cocina con prisa. —¡Los comensales están más impacientes que nunca, chef! —¿Hay algún plato que esté listo? —preguntó el viejo alfa, desesperado. —¡Las costillas y el salmón! —una joven omega llegó apresurada—. Las órdenes de la mesa 6 y la 8 estarán listas en diez minutos. —¡Excelente! Si seguimos así, recuperaremos la noche. Ahora que alguien lleve esas órdenes a las mesas... —¡Yo lo hago, chef! Las cosas sucedieron en cámara lenta, sin que nadie pudiera evitarlo. Cuando Olivia logró despegar el pescado de la sartén, este cayó al suelo, justo a tiempo para que el camarero que llevaba las órdenes resbalara con él. Platos, comida y maldiciones volaban en el aire. Hubo un minuto de eterno silencio; el chef se puso tan rojo que las venas de su cuello se saltaron. Y toda esa furia iba dirigida a una pequeña omega rubia. —¡Esto es inaceptable! —gritó el chef mientras miraba los platos destrozados que Olivia había intentado preparar. La indignación en su voz era evidente mientras examinaba los desastrosos resultados—. ¡Fuera de mi cocina! Olivia se quedó paralizada por el impacto de las palabras de Jong. No solo se sentía avergonzada por el caos que había causado en la cocina, sino también profundamente herida por la decepción de alguien que había sido tan amable con ella en su infancia. —Jong, lo siento. —Olivia trató de recuperar su compostura, aunque su voz temblaba. —Chef, por favor. —El chico le dio una mirada significativa—. Es la hija del presidente... —¡Y a mí qué me importa que sea la hija del presidente! —El chef estaba harto—. ¡Que me despidan si quieren, pero esa niña inútil no vuelve a pisar mi cocina! Las palabras del alfa hirieron a Olivia. El chef la conocía desde que era una pequeña cachorra y siempre fue paciente con sus rabietas. Cuando la omega se encaprichaba de que le hacía falta sal a la comida o si algún ingrediente no le gustaba, Jong cambiaba su comida por algo delicioso, sin enfadarse. —Jong... —¡No me des esa mirada, cachorra! ¡No puedes andar haciendo tu santa voluntad, sin pensar en los demás! —Jong estaba demasiado molesto con esa Omega mimada—. Te adjudicaste el nombre de mi aprendiz y, aunque seas hija de los dueños del hotel, no debiste venir a causar problemas. En ese momento, Alejandro entró a la cocina y se detuvo en seco al ver la escena: Olivia cubierta de comida y con lágrimas en los ojos, uno de sus compañeros en el suelo con platos quebrados a su alrededor y el chef gritando. —¡Fuera de mi cocina y no regreses! Alejandro sostuvo a Olivia con firmeza, intentando calmar su angustia mientras ella se aferraba a él. La situación había sido una mezcla de errores, y Olivia estaba abrumada por el sentimiento de haber fallado en algo que realmente quería hacer bien. —Lo siento mucho, Alejandro. —La voz de Olivia era apenas un susurro, y su mente seguía volviendo a los momentos de caos en la cocina—. Solo quería impresionar y... y... —No tienes que disculparte. Todos cometemos errores. —Alejandro acarició suavemente su espalda—. Lo importante es que aprendes y sigues adelante. No dejes que un mal momento te defina. Olivia levantó la vista, encontrándose con la mirada comprensiva de Alejandro. Aunque estaba herida y desanimada, sus palabras le daban algo de consuelo. —¿Y si no puedo enmendar lo que hice? —preguntó, la duda clara en sus ojos. —No es cuestión de enmendarlo todo a la perfección. —Alejandro la miró con ternura—. Es cuestión de aprender de tus errores y seguir adelante con más sabiduría. La perfección no es lo que cuenta, sino tu esfuerzo y tu voluntad de mejorar. Olivia asintió lentamente, tratando de absorber el apoyo y las palabras reconfortantes de Alejandro. Sabía que él tenía razón, pero el golpe a su autoestima era profundo y necesitaba tiempo para recuperarse. —Gracias por estar aquí. —Susurró, sintiéndose un poco más tranquila con la presencia de Alejandro a su lado. —Nada de esto fue culpa tuya, fue culpa del chef. —¿De verdad lo crees? —Por supuesto. —Alejandro hablaba con seriedad—. Nunca debió contratarte en primer lugar. Olivia soltó una carcajada y le dio un golpe. —¡Tonto! —Siempre estaré aquí para ti, Olivia. —Alejandro sonrió y, después de darle un último beso en la frente, se levantó. —Ahora que te sientes mejor, regresa a tu casa, toma un buen baño con burbujas y más tarde te llevaré a cenar a un lugar bonito. ¿Qué dices? Esa noche, Harper y él debían asistir a una cena de beneficencia. —En realidad, no tengo muchas ganas de salir. —Vale, no te preocupes, podemos hacer algo más tranquilo en tu apartamento. Será la primera vez que voy a tu casa y mentiría al decirte que eso no me emociona. —No creo que sea buena idea... mejor otro día. —No te preocupes, entonces solo ve a descansar. A pesar de que la actitud de la Omega le parecía extraña, ya que jamás dejaba que la fuera a visitar a casa, el seguía confiando en ella, no creía que ocultara nada malo. Con esas palabras Olivia se marchó mientras Alejandro se dirigió de vuelta a la cocina, dispuesto a confrontar al chef y arreglar las cosas a su manera. Entró a la cocina en busca del chef. —¡Qué bueno que regresaste! Lleva estas órdenes a las mesas... —Alejandro lo agarró del cuello de la camisa y le gruñó, no le importaba que lo despidieran—. Si vuelves a hacer que mi omega llore, te mato. ¿Está claro?La puerta de la cabaña fue abierta de golpe con gran entusiasmo. Un pequeño cachorro rubio de dos años entró igual que un tornado, con la misma energía y velocidad.—¡Abuelita Jones! —El pequeño Dylan no pudo contenerse y se dejó llevar por sus pequeños pies hacia la cocina.— ¡Vine por todos tus postrecitos! ¡Abuelitaaaaa!El cachorro desapareció en la cocina mientras sus padres iban entrando con más calma.—Creo que está feliz.—Al menos uno de mis bebés la pasa bien aquí. —Alejandro rodeó la cintura de su omega y le dio un beso al sentir que estaba tensa.— Te amo.—No empieces, Alejandro.—¿Yo qué estoy haciendo?—Esa es tu cara de "por favor, no digas nada cuando los abuelos lo consientan". —Olivia lo miró con acusación. —Te conozco.—En primer lugar, no sabía que tenía una expresión para eso. —Alejandro le dio un toquecito en la nariz. —Y en segundo, mis padres aman a Dylan y ese es el rol de los abuelos, consentir. No podemos hacer nada al respecto.—Dylan tiene una rutina en cas
Algún día en el futuro...Un alfa bastante molesto miró con seriedad al pequeño cachorro rubio de cinco años frente a él.—No lo volveré a decir, es hora de tus lecciones. Obedece.El cachorro hizo un puchero y empezó a pisotear el suelo con sus piecitos enfundados en zapatos a la medida que el abuelo Moor le había mandado a hacer.—¿Por qué tengo que aprender a rastrear conejitos en el bosque, Papá? ¡No somos salvajes! ¡Además, no los voy a matar! ¡Eso es horripiloso, papá! ¿Acaso no sabes lo adorables que son? ¡Ellos son mis amigos!—El pequeño Dylan terminó su discurso con los brazos cruzados, un puchero y el ceño fruncido.Alejandro se agachó y puso su cabeza entre sus manos. Llevaban dos horas con la misma discusión. Frente a él estaba una versión en miniatura de su omega. Vestido con pequeños pantalones negros, una mini chaqueta verde que le quedaba enorme, gafas Gucci y unos adorables zapatitos que el abuelo Moor le había regalado, su hijo era la viva imagen de Olivia. Ambos rub
Algún tiempo en el futuro...Cuando atravesó la puerta de la cafetería e hizo sonar la campanilla, todas las miradas se dirigieron a la apuesto alfa de abrigo negro que había entrado. El cabello castaño y la sonrisa de dientes brillantes hicieron suspirar a más de una omega. Pero solo una era la afortunada que acaparó su atención. El alfa no se molestó en quitarse el abrigo, solo se dirigió emocionado hasta una conocida mesa de la esquina en donde una omega rubia estaba acomodando sus bolsas de compras.—¡Olivia!—El alfa tomó el pequeño rostro de Olivia entre sus manos y le dio un beso ansioso. Suspiró al sentir el sabor dulce de sus labios.—Te extrañé.Olivia se levantó para abrazarlo.—¡Ya estás en casa!—Sí, amor.—Alejandro tuvo cuidado de no presionar mucho la barriguita de su omega.—¿Cómo están? ¿Has tenido molestias?—Nada fuera de lo normal. Náuseas y dolor de cabeza. Pero estaba a punto de desesperarme, anoche casi no pude dormir porque el olor en tu almohada se está desvaneci
Olivia no se perdió la enorme sonrisa de su alfa al ser llamado por el apellido de su padre. Sin lugar a dudas en este lugar estaba en casa. Y minutos después estaban de nuevo aparcando frente a la cabaña de los Jones. Las luces estaban encendidas y la casa tenía ese aire a hogar que Olivia sintió la primera vez que estuvo allí.El corazón se le aceleró cuando vio que la madre de Alejandro abrió la puerta. Seguía siendo una omega hermosa. Su cabello negro enmarcaba sus delicados rasgos y sus delgados brazos se aferraban al chal que tenía puesto.—Todo estará bien.Olivia se dejó besar por su alfa y aspiró su esencia, tranquilizándose.—¿Estás lista, Olivia?—Sí, pero nunca sueltes mi mano.—Eso jamás.Poco a poco, hicieron el recorrido hacia la entrada hasta que estuvieron frente a la puerta. Ahora que estaban tan cerca, Olivia pudo ver que la señora Jones tenía los ojos hinchados y la nariz roja. Pero Olivia no podía decir si había llorado de cólera o por tristeza.El señor Jones apa
—¿Y lograste todo esto en tres años?—Es poco a comparación de todo lo que hace falta. Pero mi gente ya no vivirá aislada de lo que sucede en el mundo, como nos pasó a nosotros.Olivia estiró su mano y acarició la mejilla de su alfa. Otra cosa, entre las muchas que hacían que amara a Alejandro, era que su alfa no era el prototipo de alfa de alta sociedad, aquel que se dedica a cuidar de sus empresas e inversiones para mantener un estatus social. Alejandro era parte de una gran corporación ahora, y en su mente estaba que el dinero no te hace mejor persona, sino lo que haces y a quiénes ayudas con él. Sin lugar a dudas, supo escoger muy bien a su alfa.—¿Alejandro?Alejandro había tomado su mano y depositado un beso en ella.—¿Mmm?—Estoy orgullosa de ti.—Olivia se estiró para darle un beso en la mejilla.— Siempre lo he estado.Detrás de esas palabras había mucho sufrimiento, anhelos y felicidad implícitos. Olivia estaba orgullosa de aquel pequeño alfa que supo cómo ser fuerte y estar j
—¡Espera, aún faltan estas, Alejandro!Olivia venía arrastrando un pequeño bolso y una enorme maleta.—Ya acomodé tres de tus maletas en el auto.—El alfa frunció el ceño.—¿Qué más piensas llevar? Solo estaremos allá tres días. Bueno, cuatro, si cuentas el día en auto.Olivia agrandó los ojos.—¿Cuatro días?—¿Quieres dejar algunas cosas...?—Alejandro fue interrumpido.—¡Por qué no me lo dijiste antes!—Abrió la boca, indignada.—¡Voy a necesitar otra maleta!Alejandro cerró los ojos y se masajeó la sien cuando Olivia subió de nuevo al apartamento en busca de solo la luna sabía qué más.Sí, algunas cosas, nunca cambiarían. Si este viaje se parecía al anterior, sería muuuuuy largo.Olivia bajó media hora después con otra maleta; era más pequeña de lo que el alfa estaba esperando.—¿Olivia?—¿Sí?—Te amo.Olivia sonrió.—Y yo a ti.—Le dio un beso.—Pero apresúrate a acomodar mi maleta, se nos hizo tarde.—Y no imagino por qué.—Murmuró el alfa entre dientes.Olivia se giró en su dirección co







