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Capítulo 4 — Rencores en tacones

ผู้เขียน: Marbella
last update วันที่เผยแพร่: 2025-04-16 12:19:17

El sonido de los tacones sobre el mármol resonaba como una advertencia mientras Valeria cruzaba el enorme salón del Hotel Imperial. Las lámparas de cristal colgaban como joyas del techo y la música suave de cuerdas llenaba el aire perfumado a éxito y falsedad.

Valeria odiaba ese tipo de eventos.

Demasiado brillo, demasiadas sonrisas vacías. Pero no podía permitirse no estar ahí. La gala anual de la Cámara de Empresarios de Alborada era el lugar donde se cerraban negocios importantes y se forjaban alianzas que valían millones. Aunque no estuviera invitada oficialmente, había logrado colarse gracias a una amiga que le debía un favor.

Su vestido era negro, ceñido al cuerpo, elegante pero sin excesos. El cabello lo llevaba recogido en un moño desordenado que dejaba escapar algunos mechones rebeldes. Lo justo para verse profesional… y peligrosa.

Tomó una copa de vino de una bandeja y buscó con la mirada algún rostro conocido. Necesitaba hablar con un par de inversores antes de que la seguridad se diera cuenta de que su nombre no estaba en la lista.

Y entonces lo vio.

Liam Del Valle.

De pie junto a un grupo de empresarios, con su copa en mano y su maldita aura de hombre inalcanzable. Vestía un traje gris oscuro que lo hacía parecer sacado de una portada, y su sonrisa encantadora no mostraba ni una sola grieta.

Pero sus ojos —esos malditos ojos grises— la encontraron enseguida.

Y la sonrisa se desvaneció.

Ella sostuvo la mirada con la barbilla en alto. No iba a ser la que se acobardara.

Liam se despidió del grupo con una breve excusa y caminó hacia ella. La gente se abría a su paso como si intuyeran que nadie debía interponerse entre dos fuerzas que estaban a punto de colisionar.

—¿Infiltrada en mi mundo, señorita Andrade? —preguntó cuando estuvo frente a ella.

—¿Tu mundo? Qué curioso. Juraría que la gala es pública. Bueno… casi.

Él la observó con una mezcla de diversión y fastidio.

—No me malinterpretes. Me alegra verte.

—Claro que sí. A todos los hombres poderosos les gusta tener una mujer desafiante cerca, mientras puedan mantenerla a raya.

—¿Y tú te dejas mantener a raya?

—Nunca.

El silencio que siguió fue corto, pero intenso. Como una carga eléctrica a punto de encender un incendio.

—Tu propuesta me hizo pensar —dijo Liam, dando un sorbo a su copa—. Pero todavía no estoy convencido de que sepas jugar en esta liga.

—¿Y eso lo decides tú solo?

—En este caso, sí. Soy el cliente, ¿recuerdas?

—Entonces tal vez estés demasiado acostumbrado a rodearte de aduladores —dijo ella, inclinándose ligeramente hacia él—. Porque la gente que tiene ideas no suele obedecer.

Liam sonrió, esta vez de verdad. Había algo en ella que le provocaba una mezcla peligrosa de irritación y deseo. No sabía si quería callarla o besarla.

—¿Siempre fuiste así de difícil?

—¿Siempre fuiste así de insoportable?

La tensión entre ellos era palpable. Varias personas empezaron a notar la escena, murmurando en voz baja.

—Baila conmigo —dijo él de pronto.

—¿Qué?

—Una sola pieza. Para demostrarte que puedo ser tan flexible como exigente.

Valeria lo miró como si quisiera decirle que estaba loco. Pero luego, sin saber por qué, extendió su mano.

—Si me pisas, estás muerto.

—Lo tendré en cuenta.

Él la condujo al centro del salón justo cuando comenzaba una melodía lenta, elegante. Sus cuerpos se acercaron lo justo para parecer apropiados… pero cada roce era dinamita.

—¿Sabes qué es lo peor de ti, Del Valle?

—Ilumíname.

—Que me haces perder el control. Y lo detesto.

—Entonces tenemos un problema, Andrade —susurró él cerca de su oído—. Porque tú me haces querer perderlo.

Ella tragó saliva. El calor subió por su cuello y estalló en sus mejillas.

No dijo nada más. Solo siguió bailando. Consciente de cada respiración. De cada mirada.

Y de que, pese a todo… ya no podía negar que ese hombre estaba empezando a importarle.

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