Home / Mafia / Entre sus ojos y el infierno / CAPÍTULO 2 El encuentro

Share

CAPÍTULO 2 El encuentro

last update publish date: 2025-05-12 20:41:13

Grasso no dejaba de hacer comentarios incómodos. Yo simplemente apreté los labios y seguí trabajando, fingiendo no escucharlo. Pero su actitud se volvió más atrevida. Cuando pasé por detrás de él, estiró el brazo para tocarme la cintura.

—Vamos, no seas tímida. Seguro sonríes tan bien como luces —murmuró con esa voz babosa.

Antes de que su mano me rozara, una voz grave se alzó desde el otro extremo de la mesa.

—Eso está completamente fuera de lugar.

Me giré, el corazón latiendo fuerte. Era él, el hombre de ojos color miel. Estaba erguido, atento, con la mirada fija en Grasso.

—¿Disculpa? —replicó Grasso con arrogancia.

—Ella está trabajando. No está aquí para aguantar tus vulgaridades —dijo con calma, pero con una firmeza que helaba.

Grasso intentó mantener su postura.

—¿Y tú quién te crees?

—El único aquí que entiende lo que significa respeto —respondió sin levantar la voz.

Un silencio tenso cubrió la sala. Uno de los otros hombres intentó reír para distender el ambiente.

—Vamos, no hagamos un escándalo por una chica…

—Una mujer —corrigió el hombre sin apartar los ojos de Grasso—. Y merece respeto.

Yo apenas podía respirar. Nunca nadie me había defendido así. Y lo hacía sin buscar nada, sin aprovecharse, sin mostrar otra intención que protegerme.

Grasso alzó su copa con una sonrisa falsa.

—No quise ofender. Solo admiraba.

—Admira en silencio —sentenció el hombre, retomando su copa.

El almuerzo siguió como si nada hubiera pasado, pero yo ya no era la misma. Algo dentro de mí había cambiado. Me sentía protegida. Vista. Y confundida.

Más tarde, al ir al baño, cuando había terminado el servicio y me había sacado el uniforme,  me topé en un pasillo estrecho con Grasso. Llevaba una copa y olía a alcohol fuerte.

—Te ves mejor sin el uniforme —dijo, acercándose.

—Déjeme pasar —dije firme.

Pero me bloqueó el paso, me acorraló contra la pared. La copa se cayó y se rompió en el suelo.

—No grites… solo quiero tocar un poco —susurró, e intentó subir su mano por mi pierna. Su aliento olía a alcohol y trataba de acercar su asquerosa boca a mi rostro.

—¡No! ¡Aléjese! —grité, empujándolo.

Forcejeé con todas mis fuerzas, pero era demasiado fuerte. Me invadió el pánico, la desesperación.

Y entonces, el estallido. Un disparo seco.

Grasso se quedó congelado. Yo también.

—Suéltala —ordenó una voz.

Él estaba allí, a unos pasos, con un arma plateada en la mano. Su expresión era de acero, sus ojos fijos en Grasso, radiando una rabia contenida.

—¡Estás loco! —gritó Grasso, soltándome.

—No. Solo sé defender lo que vale la pena. Y tú… no eres más que un cobarde.

Él dio un paso adelante, el arma firme.

—¿Un juego, dijiste? Un paso más y esta vez no fallo.

—Lo siento… fue una tontería… —balbuceó Grasso.

—Pide disculpas. A ella.

Grasso me miró, temblando.

—Perdón, señorita. No quise asustarte.

Yo no podía parar de temblar. Él guardó el arma, acercándose con suavidad.

—¿Estás bien? —preguntó con una voz inesperadamente tierna.

Asentí, sintiendo las lágrimas arder en los ojos.

—Gracias… si no hubiera sido por usted…

—No tienes que agradecerme. Nadie merece pasar por esto —dijo. Luego, suavizó el tono—. Me llamo Gabriele.

Yo no podía casi hablar y solo salió de mis labios un "Ludovica" casi como un susurro.

Quería irme. Solo irme a casa.

—¿Puedo llevarte? —ofreció.

Vacilé, pero algo en su mirada me hizo confiar. Asentí.

Durante el trayecto, casi no hablamos. Yo miraba por la ventana, nerviosa.

—¿Trabajas todos los días en el restaurante? —preguntó de pronto, con un interés genuino.

—Sí. Aunque no es un trabajo fijo… más bien por horas.

Llegamos. Me apresuré a bajar, queriendo escapar de toda la tensión acumulada.

—Gracias por todo, Gabriele —dije antes de entrar a casa.

Él no respondió. Solo me miró con esa intensidad tranquila que me había desarmado antes.

Esa noche no pude dormir.

Me giré una y otra vez entre las sábanas gastadas, con el cuerpo aun vibrando por la tensión acumulada, y la mente enredada en imágenes superpuestas: la copa rota, el sonido seco del disparo, el rostro desencajado de Grasso... y sus manos. Sus manos sobre mí. Me estremecí. La piel todavía me dolía en los lugares donde me había tocado. No con fuerza suficiente para dejar moretones, quizás, pero sí con esa violencia sorda que deja huellas invisibles, de esas que se sienten mucho después.

Intenté respirar profundo, calmar el corazón que no encontraba sosiego. Me levanté, caminé descalza hasta la ventana, la abrí un poco y dejé que el aire de la madrugada me acariciara el rostro. La ciudad dormía, o fingía hacerlo, como yo. Pero en mi interior, algo más que el miedo me mantenía despierta.

Gabriele.

Ese nombre empezó a repetirse en mi mente como una melodía sutil, suave y persistente. Él no tenía por qué intervenir. No me conocía. No ganaba nada con defenderme. Y, sin embargo, lo hizo. Con una determinación tan serena como feroz. Su voz, esa voz grave y segura, había cortado el aire como una espada afilada. Y luego, el arma… No sé cómo explicarlo, pero no sentí miedo de él. No cuando lo vi con el arma. No cuando lo escuché hablar. Sentí… protección. Una extraña calma. Como si, por primera vez en mucho tiempo, alguien me hubiese visto. Realmente visto.

Cerré los ojos. Apoyé la frente contra el marco frío de la ventana y lo imaginé de nuevo. Gabriele, con esa expresión de acero bajo la superficie tranquila. Su mirada color miel. Y esa forma de hablarme, suave pero firme. Como si yo valiera algo. Como si yo mereciera ser defendida. Como si fuera importante.

No sé en qué momento me quedé dormida de pie, o si regresé a la cama y me venció el cansancio. Pero lo que vino después fue un sueño, lo supe, apenas empezó… y, sin embargo, se sentía tan real.

“Estaba en el restaurante, pero vacío. Todo en penumbra, bañado por la luz cálida de las velas. Caminaba entre las mesas vacías, descalza, sin uniforme. Una música suave se filtraba desde algún rincón invisible. Y entonces lo vi. De pie, en medio del salón, vestido de negro, esperándome. Gabriele.

Me acerqué sin decir palabra. No hablábamos, pero lo entendíamos todo. Su mirada se volvió más intensa a medida que acortaba la distancia entre nosotros. Sentí su mano tomando la mía, guiándome. Me rodeó la cintura, pero esta vez no con violencia, sino con una delicadeza que me hizo temblar. Apoyé las manos en su pecho. Estaba cálido. Vivo.

—Estás a salvo ahora —me susurró, como si pudiera leer mis pensamientos.

Y luego me besó.

No fue un beso impaciente. Fue lento. Cálido. Infinito. Un beso que no exigía nada, pero lo ofrecía todo. Me derretí en sus brazos, mi cuerpo cediendo al calor de los suyos. El miedo se disipó como humo. El dolor, la angustia, la vergüenza… todo quedó atrás, borrado por la firmeza de sus labios sobre los míos”

Desperté sobresaltada, con el corazón agitado. Me llevé una mano a los labios, aún temblorosa. Afuera comenzaba a clarear. El sueño se desvanecía lentamente… pero su sensación no. Ese beso. Esa mirada.

Gabriele.

Aún no entendía por qué se había cruzado en mi camino. Pero lo que sí sabía, con una certeza nueva y extraña, era que él ya no saldría tan fácil de mi mente. Ni de mis sueños.

Continue to read this book for free
Scan code to download App
Comments (13)
goodnovel comment avatar
Regina Rangel
Gabriele al rescate ...... que bueno que defendió a Ludo ...
goodnovel comment avatar
Regina Rangel
Grasso es de lo peor eh lo bueno que le dieron su susto ...
goodnovel comment avatar
Alejandra Romero
Ese grasso ya me cayó mal y Parisi uff que bueno que mando a Ludo a atender esa mesa
VIEW ALL COMMENTS

Latest chapter

  • Entre sus ojos y el infierno   CAPÍTULO 136 Entre sus ojos y el infierno

    Desde que me levanté, algo se sentía diferente.No era dolor exactamente. Era… una presión extraña. Como si mi cuerpo se estuviera preparando para algo, estirándose desde dentro. Me había duchado temprano, como todos los días, y bajé a desayunar con una leve molestia en la parte baja de la espalda. Nada grave, pensé. Nada que no me hubieran dicho que podía pasar en las últimas semanas del embarazo. Ya estábamos casi al final. Siete meses y tres semanas. Podía ser solo eso. Preparativos del cuerpo.Gabriele no estaba.Ese día tuvo que viajar a Palermo. Asuntos urgentes del consejo, de esos que no podía delegar y que literalmente lo llevaban al otro extremo de Sicilia. Me besó la frente antes de salir, me dijo que no tardaría más de unas horas y que cualquier cosa lo llamara de inmediato.—Estoy bien —le aseguré, sonriendo con la seguridad que él siempre necesitaba para poder marcharse en paz.Y era verdad. O al menos eso creía.Mi madre, que se había quedado a vivir con nosotros junto

  • Entre sus ojos y el infierno   CAPÍTULO 135 Llego la paz

    Después de la tormenta, llegó el silencio.Un silencio diferente, no vacío ni lleno de miedo como antes. Era un silencio tibio, necesario. Como si el alma de esta casa, que había sido testigo de tanto horror, hubiera soltado por fin el aire contenido en sus paredes.Gabriele se levantó temprano esos días. Aunque sus heridas no habían sanado del todo, su mente ya estaba despierta, tan afilada como siempre. Lo veía salir con determinación, hablar por teléfono durante horas, reunirse con hombres que antes me parecían meros fantasmas armados, pero que ahora empezaban a mostrar rostros humanos, rostros que dudaban, que buscaban dirección, que aceptaban que habían estado del lado equivocado.La traición de Antonio, y de Marco con él, había dejado más que cicatrices. Había tambaleado estructuras que durante décadas se creyeron inquebrantables. Gabriele sabía que no bastaba con limpiar la superficie. Había que escarbar hondo, arrancar raíces podridas y sembrar algo nuevo. Y él lo estaba hacie

  • Entre sus ojos y el infierno   CAPÍTULO 134 La luz al final del túnel

    La noche se estiraba como una sombra interminable.Habían pasado ya más de cinco horas desde que crucé la puerta de casa, y seguía sin poder respirar con normalidad. El cuerpo me dolía entero, no solo por las heridas que traía encima, sino por la tensión que me devoraba los nervios desde dentro. Sentía el peso del bebé en mi vientre, recordándome a cada momento que debía cuidar de él… pero ¿cómo podía hacerlo cuando mi alma estaba allá afuera, corriendo entre la oscuridad, persiguiendo a un fantasma que aún no sabía si respiraba?Teresa, dulce, paciente, incansable, había intentado por todos los medios convencerme de que subiera a descansar. Me preparó un té con manzanilla y menta, lo dejó a mi lado, me acarició el cabello como lo hacía mi madre cuando era niña, e incluso me ofreció un cambio de ropa limpia. Pero nada lograba sacarme del sofá. No podía. No iba a cerrar los ojos hasta que supiera algo. Algo real. Algo que me dijera que Gabriele estaba vivo.Había llamado a Fyodor, dos

  • Entre sus ojos y el infierno   CAPÍTULO 133 El fin de todo

    El impacto contra las rocas no fue tan brutal como podría haber sido, pero suficiente para dejarme sin aire, con la vista nublada y el cuerpo hecho un nudo de dolor. Resbalé unos metros por la ladera, chocando contra ramas, tierra suelta, una raíz que me desgarró el costado. Después… silencio. No sé cuánto tiempo pasó. Un minuto. Dos. Diez. Lo único que recuerdo es el ardor de mis pulmones al intentar tomar aire y un zumbido constante en los oídos.Cuando por fin pude abrir los ojos, la montaña ya no temblaba. Las detonaciones se oían más lejos. El cielo, cubierto de nubes, parecía más cercano, más pesado. El sabor metálico en la boca me indicó que sangraba, aunque no podía decir exactamente de dónde. Me senté con torpeza, tanteando con las manos hasta que encontré algo sólido a lo que aferrarme.Me dolía todo. Pero estaba vivo.Y lo sabía. Sabía que le había dado el disparo a Antonio. Lo vi tambalearse, vi su expresión sorprendida, la mancha roja extendiéndose en su costado. Lo vi ca

  • Entre sus ojos y el infierno   CAPÍTULO 132 La tensa espera

    El viento comenzaba a soplar con una frialdad que calaba los huesos, y yo apenas lo sentía. Me encontraba sentada en un banco improvisado dentro de una de las carpas médicas, cubierta con una manta gruesa que alguien me había puesto sobre los hombros. Había perdido la noción del tiempo. Podía ser media tarde o ya el inicio de la noche, pero mi mente seguía atada a una sola pregunta: ¿Dónde está Gabriele?Un enfermero había atendido mis heridas. Mis pies, ensangrentados y llenos de cortaduras por correr descalza entre rocas y ramas, ahora estaban limpios, vendados, cubiertos por calcetas gruesas y unos botines acolchados. Las piernas, con raspones y moretones, también estaban cubiertas con gasas. Me habían ofrecido algo caliente para beber, me habían rogado que descansara, que me recostara al menos un par de horas, pero no podía.Salvatore había sido estabilizado, lo subieron a una ambulancia improvisada que partiría rumbo al hospital más cercano, con un equipo médico que monitoreaba s

  • Entre sus ojos y el infierno   CAPÍTULO 131 Aun con esperanza

    Volví a la habitación, me arrodillé junto a la manta, y recé. No con palabras elegantes. No con fórmulas aprendidas. Si no con el corazón roto.—Protégelo, Dios —susurré—. Devuélveme a Gabriele. Devuélveme la esperanza. Por él. Por nuestro hijo. Por Salvatore.Y en el silencio que siguió, creí escuchar un latido doble. No solo el mío. Si no el suyo. Lejano. Pero vivo.El alba comenzaba a teñir el cielo de un gris casi pálido, y el silencio de la montaña había sido invadido por un zumbido cada vez más claro. Me puse de pie tambaleante, con el corazón detenido en el centro del pecho, apenas respirando. Ese ruido... era un motor.Un vehículo se acercaba.Fyodor salió primero, su mano buscando el arma por instinto, pero no la sacó. Observó, atento, con la mirada filosa como un halcón. Yo, desde la entrada del refugio, apenas podía sostenerme en pie, pero avancé un par de pasos, con la vista fija en la curva donde se perdía el sendero.Una camioneta apareció finalmente, levantando polvo y

More Chapters
Explore and read good novels for free
Free access to a vast number of good novels on GoodNovel app. Download the books you like and read anywhere & anytime.
Read books for free on the app
SCAN CODE TO READ ON APP
DMCA.com Protection Status