LOGINPOV Dante
—Bien —asentí—. Hablemos de los términos. Hice una pausa deliberada, dejando que mi mirada recorriera su postura rígida antes de fijarla en sus ojos. —Primero: el apellido. Desde el momento en que firmes ese papel, llevarás el Moretti. Eso significa que cualquier ofensa hacia ti es una ofensa hacia mí, y la pagaré con sangre. Pero la moneda tiene dos caras. Tu lealtad no es negociable. Lo que veas aquí dentro, lo que escuches, los nombres que mencionen mis hombres… se mueren contigo. Si hablas con alguien de afuera, si intentas enviar un mensaje a tu tío o a cualquiera de sus socios, consideraré que has roto el trato. Y las consecuencias no te van a gustar. Valentina ni pestañeó. —No tengo a nadie afuera a quien le importe lo suficiente como para enviarle un mensaje ¿si recuerdas que fue ese mismo tío que mencionas el que me vendió a ti? —respondió, y hubo un deje de fría verdad en su tono—. Considera el secreto guardado. ¿Qué más? —Tu papel afuera —continué—. No eres un adorno, Valentina. Ramos y las otras familias van a observarte con lupa, buscando una grieta en nuestra unión para saber si eres un rehén o una debilidad. En las cenas de la Camorra, en las galas, caminarás a mi lado con la cabeza alta. Vas a sonreír cuando yo sonría, vas a ignorar las provocaciones y actuarás como si este matrimonio fuera lo mejor que te ha pasado en la vida. Te daré el dinero, las joyas y los vestidos necesarios para que parezcas la reina de esta casa. Solo espero que cumplas con el papel. —Puedo fingir —dijo ella, con una madurez amarga—. He estado fingiendo que todo está bien toda mi vida. No será difícil. —Tercero: tus movimientos. Tienes libertad total en el ala oeste de la mansión, los jardines principales y el área de la piscina. Sin embargo, el ala este, mi despacho y el sótano están estrictamente prohibidos a menos que yo te llame. Si necesitas salir de la propiedad, lo harás en uno de mis vehículos y con dos de mis hombres escoltándote. No es una sugerencia, es por tu seguridad. Ramos querrá venir a por ti, y sabe que te tengo, además tengo enemigos al acecho, todo el tiempo. Una chispa de rebeldía cruzó sus ojos. Supuse que odiaba la idea de las cadenas, incluso si eran de oro. —¿Una jaula con guardaespaldas? —cuestionó. —Una jaula que te mantiene respirando —la corregí con frialdad—. Si das un paso fuera de este perímetro sin mi autorización, revoco la protección. Es así de simple. Ella asimiló el golpe, tensando los hombros. Se puso de pie, quedando casi a mí misma altura con la espalda recta, aunque le sacaba veinte centímetros. —Entonces necesito saber algo —dijo—. Si no voy a pagar con lo que crees que tengo que pagar, ¿con qué pago? Porque aquí nada es gratis. Eso lo aprendí antes de aprender a leer. No me lo esperaba. No la pregunta, si no la forma en que la hizo, directo, al punto, sin rodeos, sin manipulación. La miré. Tenía razón. En mi mundo nada era gratis, y ella lo sabía, aunque no conociera las reglas específicas. Había crecido en el lado equivocado de alguien que también cobraba todo. Una idea llegó sin que la buscara. La dejé llegar, la revisé, era una idea práctica. Tenía sentido. Y había algo en ella que no quise examinar demasiado de cerca. —Tienes razón —dije—. Nada es gratis. Se preparó. Lo vi en su cuerpo entero, esa forma de apretar la mandíbula antes de recibir algo que no va a gustarle. —Vas a bailar —dije. Silencio. —¿Bailar? —repitió. —Para mí. Aquí, en la mansión. Cuando yo lo pida. Ese será tu pago por la deuda de tu tío y por la protección que te brindo. No habrá contacto físico que tú no quieras, pero tu privacidad en esa habitación me pertenece. Su cara no cambió. Pero algo en sus ojos sí. Una mezcla de desconcierto y una chispa de oscuro entendimiento. —Eso es lo que quieres —dijo, despacio, como si estuviera revisando cada palabra antes de soltarla—. ¿Qué te baile? —Sí —para mi era una idea estupenda pero no iba a decírselo. —A ver… te refieres a ¿Bailes exóticos? —Sí. Me miró durante lo que pareció mucho tiempo. Después dijo, con una voz completamente plana: —Eres un hombre muy raro, Dante Moretti. No respondí. Porque tenía razón, y las verdades que no necesitan respuesta no la reciben. Se fue sin decir si aceptaba o no. Yo solo me quedé mirando la puerta cuando esta se cerró, pensé en su figura, era atlética, pero delgada, demasiado delgada. Me quedé pensando en que formas la hacía pagar su tío y eso me revolvió el estómago. No quería pensar en si le había hecho hacer cosas aun más abominables que presentarla ante tantos hombres con miradas lascivas. Marcos entró cinco minutos después, me miró la cara y tuvo el buen juicio de no preguntar nada. Le dije que llamara al arquitecto. Que iba a necesitar un cuarto en el ala este. Con un tubo, con espejos de piso a techo. Con el tipo de iluminación que hace que todo parezca más real y más íntimo al mismo tiempo, con luces led, un solo sofá semicircular, elegante y tonos rojos y negros. Quiero propuestas dentro de tres días. Marcos escribió todo sin decir una palabra. Hasta que llegó a la puerta. —¿Jefe? —¿Qué? —Nada —dijo—. Nada. Pero el muy cabrón se estaba aguantando una sonrisa.POV: ValentinaCaminé hacia el área del vestuario a paso lento, casi con recelo. Extendí la mano y toqué las telas con la yema de los dedos. No eran piezas genéricas. No eran talla estándar ni la aproximación torpe de un hombre que había intentado adivinar mis proporciones a ojo. Eran exactas. El tipo de ajuste que solo se consigue cuando alguien ha tomado medidas con una cinta... o cuando ha pasado demasiado tiempo observando tu cuerpo de cerca.Seda y licra de primera calidad, con el peso perfecto para garantizar el agarre en la barra. Una era de un negro azabache impecable; la otra, de un color rojo intenso, como de diabla.Mire la etiqueta, la talla era exacta. Aparté la mano del perchero como si la tela quemara.Alguien había entrado a esta habitación después de las once de la noche y antes de esta mañana. Alguien que sabía mi talla perfectamente porque había estado observando mi cuerpo más de una ocación. Alguien que había decidido dejar las prendas colgadas en silencio, sin dec
POV: ValentinaEntré al ala este pasadas las once de la noche, cuando la mansión finalmente quedó sumida en un silencio denso.No se lo dije a nadie. No pedí permiso a la escolta ni busqué la mirada aprobatoria de Marcos. Simplemente tomé la llave de latón que Dante me había entregado el día del recorrido y me deslicé por el corredor descalza, sintiendo el mármol helado bajo la planta de mis pies. Tenía el corazón golpeándome contra las costillas con una fuerza salvaje que me negaba a admitir.Nadie te está obligando, Valentina, me repetí una y otra vez en la penumbra.Y eso era exactamente lo peor. Eso era lo que me retorcía las entrañas: que no había armas apuntándome a la espalda. La necesidad de cruzar esa puerta nacía puramente de mi propia cabeza.La cerradura cedió con un chasquido casi imperceptible.Me colé en el espacio, encendí únicamente la iluminación del nivel bajo —esa luz cálida y rasante que envolvía el cuarto en un tono íntimo, sin proyectar sombras duras en el crist
Nos detuvimos a dos pasos de distancia. La corriente de aire en el pasillo pareció congelarse al instante.—Buenos días, Valentina —dijo él. Su voz rasgó el silencio con esa gravedad rasposa que siempre me erizaba la piel.—Buenos días.Un silencio denso y cargado de electricidad se instaló entre los dos.Estábamos parados a cerca de la puerta del ala este. La entrada a la sala de baile flotaba a nuestra derecha como un secreto a voces que ninguno de los dos podía ignorar.Dante desvió la vista hacia la puerta de madera oscura. Fue solo un segundo, un parpadeo deliberado.Pero lo hizo.Y yo lo vi mirar. Y él supo que yo lo había pillado haciéndolo. Los dos nos sostuvimos la mirada de nuevo, con el recuerdo del primer baile y la tensión de las ganas contenidas aplastándonos las palabras en la garganta. Podía oler su loción, ese aroma a tabaco caro y madera que me devolvía directo a la imagen de su cuerpo desnudo en mi sueño.—¿Ibas hacia el jardín? —preguntó Dante, dando un paso casi i
El miércoles al mediodía, fue Durán quien me cerró el paso en la galería del primer piso.Era la primera vez que el jefe de sistemas se dirigía a mí de forma directa. Hasta ese momento, solo había sido una presencia alta y silenciosa en el fondo de los salones, el tipo de hombre que mide cada espacio con la mirada y que parece saber exactamente cuántos pasos hay entre la puerta y la salida de emergencia más cercana.—Buenos días, señorita —dijo, usando un acento cerrado que mezclaba el italiano con un ramalazo del sur.—Buenos días, Durán.—Dante me pidió que le explicara esto personalmente. —Me extendió una tableta táctil de pantalla oscura que llevaba en la mano—. Es el plano de cobertura del sistema de seguridad interno. Las zonas activas, los protocolos de respuesta nocturna y la ubicación exacta de los sensores de presencia.Tomé el dispositivo, frunciendo el ceño. La pantalla mostraba un gráfico tridimensional de la mansión con líneas verdes y rojas parpadeando.—¿Por qué me ent
Había aprendido a tomar rutas que no pasaban por ese corredor que da al ala este.No era una tarea difícil. La mansión era un laberinto de piedra con suficientes pasillos secundarios como para ir a la cocina, a la biblioteca o al jardín sin cruzar jamás el ala este. Los había memorizado durante mi primer semana allí, cuando mapear la propiedad era una simple estrategia de supervivencia para saber por dónde escapar si todo se iba al demonio. Ahora los usaba por razones muy distintas; razones que prefería no examinar demasiado si quería mantener la cordura.Habían pasado cuatro días desde la noche del baile.Cuatro días en los que Dante no había vuelto a casa y mucho menos me había llamado para hablar del tema. Cuatro días en los que yo tampoco había hablado con nadie sobre lo sucedido. El conjunto de seda y licra vino tinto que había usado esa noche descansaba doblado en el fondo del cajón de mi armario, sepultado bajo dos suéteres gruesos de lana. Lo había escondido en un lugar donde
POV. ValentinaNo llevaba el saco ni la camisa abotonada. Iba con el torso desnudo, la piel aún marcada por el agua de la ducha y los pantalones negros ajustados a la cadera. No dijo una sola palabra. Cerró la puerta a sus espaldas, giró el cerrojo con un golpe seco que resonó en mis oídos y caminó directo hacia mi cama.—Dijiste que tenías un viaje —murmuré, intentando incorporar el torso, pero el calor de su presencia me heló la voz en la garganta.—Cancelé el vuelo —dijo él. Su voz no era la del capo de Florencia; era un murmullo grave, rasposo, cargado de una autoridad salvaje que me erizó cada vello de la piel.Llegó al borde del colchón, hundió las rodillas sobre la tela y se inclinó sobre mí antes de que pudiera formular otra pregunta. Su peso me atrapó contra las sábanas. Olía a tabaco caro,







