MasukAmbas mujeres se volvieron hacia ella, sorprendidas por la seriedad de su tono.
—De verdad agradezco que tú y mamá se preocupen por mí —empezó suavemente—. Pero… no creo que el matrimonio sea algo que deba arreglarse de esta manera.
Su madre parpadeó, desconcertada.
—No quiero parecer irrespetuosa —continuó Isabella, con una voz educada pero decidida—. Miguel es un hombre maravilloso, y siempre lo consideraré un buen amigo. Pero eso es todo. No estoy lista para casarme ahora, y no quiero aceptar algo en lo que no creo de corazón.
La sonrisa de la señora Martez se desdibujó un poco, aunque su tono siguió siendo amable.
—Lo sé —respondió Isabella con dulzura—, y de verdad lo aprecio. Pero, por favor, perdóname por rechazar la propuesta.
Siguió un breve silencio. Luego Isabella se puso de pie y les dedicó una pequeña sonrisa respetuosa.
Su madre la miró con sorpresa.
Pero Isabella solo asintió con cortesía y se dio la vuelta. El ceño de su madre se frunció, una sombra de decepción cruzando su rostro, aunque ella no dijo nada más. Subió las escaleras en silencio, paso a paso, con pisadas suaves pero firmes.
Cuando la puerta se cerró tras ella, apoyó la espalda en ella y exhaló lentamente.
Abajo, el silencio duró unos segundos antes de que la señora Hernando hablara con voz apesadumbrada.
La señora Martez agitó la mano con gentileza.
—Sí, pero aun así… espero que no te haya ofendido —dijo la señora Hernando rápidamente, mirando hacia las escaleras con preocupación.
La señora Martez esbozó una leve sonrisa, aunque en sus ojos se adivinaba un dejo de decepción.
Cuando se marchó esa tarde, la casa quedó sumida en un pesado silencio.
Era domingo por la mañana.
De pronto, una voz familiar la sacó de su ensimismamiento.
—¡Isabella!
Sobresaltada, levantó la vista y vio a una joven frente a ella. Era Samantha, su mejor amiga desde la secundaria y la universidad.
—¡Dios mío, Samantha! ¡Me diste un susto! —exclamó Isabella, llevándose una mano al pecho.
Samantha soltó una risita.
Isabella suspiró, apartando los mechones de cabello pegados a su frente húmeda.
—¿Estás bien? Te noto un poco distraída —preguntó Samantha, ladeando la cabeza con preocupación.
—Estoy bien, de verdad. Por cierto, ¿qué haces por aquí? —preguntó Isabella.
—¡Iba camino a tu casa! Quedamos en salir hoy, ¿recuerdas? —Samantha entrecerró los ojos con fingida sospecha—. No me digas que se te olvidó.
—Ahh… ¡sí! Lo olvidé por completo. Lo siento muchísimo —respondió Isabella con una sonrisa culpable.
—Lo sabía —bromeó Samantha con una sonrisa traviesa—. Pero dime, ¿qué pudo hacerte olvidar tu cita conmigo?
—Ah… —Isabella soltó un suspiro resignado—. Verás, mi mamá intentó emparejarme con el hijo de la tía Martez… Miguel.
—¿Miguel? ¿Ese del que me hablaste hace mil años? ¿Tu amor de infancia, verdad? —bromeó Samantha, sonriendo con picardía.
—¡Nooo! ¡No es mi amor de infancia! —protestó Isabella, riendo mientras sus mejillas se teñían de rosa—. Solo es un amigo.
—Está bien, está bien… un amigo —repitió Samantha, riendo—. Pero siendo sincera, si tu madre está tan preocupada, ¿por qué no lo consideras? No estás saliendo con nadie, después de todo.
El tono era juguetón, pero las palabras pesaron más de lo que Isabella esperaba. Su sonrisa se desvaneció lentamente.
—Ohhh… ¿te preocupa que se haya vuelto feo, eh? —rió Samantha.
—¡No! —Isabella frunció el ceño, entre divertida y fastidiada—. ¡Samantha, por una vez, sé seria! ¡Por favor!
—Vale, vale, perdón —dijo Samantha, levantando las manos en rendición antes de suavizar el tono—. Pero en serio, creo que deberías pensarlo. Es de una buena familia, y como tu mejor amiga, apoyaré lo que decidas.
—Eres la mejor, ¿lo sabías? —dijo Isabella, dándole un golpecito en el hombro—. Vamos, volvamos a casa. Necesito ducharme y hablar con mamá.
—Perfecto —respondió Samantha con alegría, dejando que Isabella la tomara de la mano mientras caminaban juntas.
Las dos amigas charlaban y reían de camino a casa, como siempre. Isabella no tenía muchas amistades cercanas; Samantha era más como una hermana, alguien en quien confiaba plenamente. Su vínculo era inquebrantable.
Ninguna de las dos imaginaba lo rápido que esa luminosa mañana se tornaría oscura.
Al llegar, Isabella giró el pomo y empujó la puerta.
Silencio.
Frunció el ceño. La casa estaba extrañamente quieta. Entonces lo oyó: una tos ronca y entrecortada desde el interior. Su corazón se detuvo.
—¿Mamá? —llamó de nuevo, con la voz temblorosa, avanzando hacia el sonido.
La tos se hizo más fuerte con cada paso.
Encontraron a la señora Hernando desplomada en el sofá, el rostro tan pálido como el papel. Se sujetaba el pecho, tosiendo con tanta fuerza que todo su cuerpo temblaba.
—¡Mamá! —gritó Isabella, corriendo hacia ella.
Por Dios, parecía que cada hueso del cuerpo de Adeline se estuviera desgarrando uno por uno. El dolor era abrumador, insoportable en todo sentido de la palabra.Jason no dejaba de consolar a su esposa. Cuando finalmente llegó el momento y el bebé de Adeline estaba listo para nacer, el doctor entró para asistir en el parto. Jason permaneció a su lado, incapaz de apartar la vista. Su corazón se apretaba dolorosamente al ver a su esposa sufrir así. Cada grito que escapaba de los labios de Adeline hacía que los pelos del cuello de Jason se erizaran.—Jason… ya no soporto el dolor —lloró Adeline, con la voz temblorosa y cargada de lágrimas que corrían por su rostro. Jason le secaba suavemente las lágrimas una y otra vez.&md
Al escuchar el grito de Adeline, Odette se quedó paralizada. Sus ojos se abrieron de par en par y todo su cuerpo temblaba, como si pudiera sentir el dolor que su mejor amiga estaba soportando. Andrew notó de inmediato lo pálida y tensa que se había puesto su esposa.Odette estaba completamente aterrorizada.Maximilian se disculpó y se apresuró a entrar para revisar a Adeline.Dios… ¿será realmente tan doloroso? —susurró Odette en silencio en su corazón.—Amor —llamó Andrew suavemente.—S-sí… —respondió Odette, con los labios temblorosos.Andrew sabía que e
—Maldita sea… me colgó —murmuró Odette con frustración—. Ugh, Adeline… ¿qué se supone que haga ahora? Estoy tan confundida.—¿Confundida sobre qué, cariño?La voz de Andrew surgió de repente justo al lado de la cama.Los ojos de Odette se abrieron de par en par. Su corazón casi le sale del pecho.—¡Andrew?! ¿N-no estabas en el baño? —balbuceó.Él levantó una ceja, claramente divertido, con una leve sonrisa en los labios.—Terminé más rápido de lo que pensaba —dijo con calma—. Entonces… &iques
Celine soltó una risa corta, burlona y aguda.—Señorita Selena —dijo con calma—, escúchame bien.—Sí, me gusta Jason. Pero hay algo que necesitas entender: Jason ama a Adeline más que a su propia vida.Sus ojos se dirigieron hacia Jason, al otro lado del salón de baile.—¿No viste lo aterrorizado que estaba hace un momento? ¿Sabes que Jason fue quien le donó un riñón a Adeline? ¿Sabes que una vez me pidió que fingiera ser su novia… por una sola razón? Para hacer que Adeline sintiera celos.Celine esbozó una leve sonrisa.—Hizo todo eso porque la ama.
Se escucharon carcajadas.—Estás bromeando —se burló Belva—.—No hay manera de que alguien como Jason te eligiera —añadió otra, con tono burlón.—¿Por qué iba a bromear sobre esto? —replicó Adeline con firmeza—. ¿Qué tiene de malo? Jason es mi esposo. Si no me creen, pregúntenle a Selena.Se giró hacia Selena con una sonrisa afilada y cargada de intención.—¿Verdad, Selena?Selena puso los ojos en blanco, claramente molesta.—Selena, ¿es cierto? —preguntó Belva—. ¿Jason e
Adeline sonrió felizmente.—¡Oye, por favor! —protestó Odette dramáticamente, fingiendo cubrirse los ojos—. ¡Aquí hay un niño!—¡Ay, cállate! —le respondió Adeline.Jason notó que Adeline seguía tragando saliva nerviosamente.Tomó un vaso, le sirvió un poco de agua y se lo entregó.—Bebe —dijo suavemente—. Siempre se te olvida hidratarte. Recuerda que ya has tenido problemas de riñón antes.—Perdón, se me olvidó —dijo Adeline en voz baja.Jason la ayudó a bebe







